La Habana. Año XI.
23 al 29 de JUNIO
de 2012

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Cuando Piñera ya era Piñera:
Virgilio en Espuela de Plata y Poeta
Cira Romero • La Habana
Fotos: Cubaliteraria

La aventura literaria de Espuela de Plata (1939-1941), capitaneada por José Lezama Lima como figura central, junto con Guy Pérez Cisneros y Mariano Rodríguez, crítico de arte y pintor, respectivamente, y “aconsejada” por músicos, pintores y poetas —Jorge Arche, José Ardévol, Gastón Baquero, René Portocarrero y Cintio Vitier— fue también compartida por Virgilio Piñera. Creo que, muy gustosamente, hubiera suscrito el documento titulado “Razón que sea” aparecido en su primer número de agosto-septiembre de 1939, en el cual se expresaba (o más bien creo que era Lezama quien escribía, aunque no esté firmado): “Convertir el majá en sierpe, o por lo menos en serpiente. [...] Capar un caballo e injertar allí la rosa. Muchos artistas lo intentan, pero no hay castración ni injerto posible que puedan producir monstruos o signos de luz”. Y el más divulgado de todos: “Mientras el hormiguero se agita —realidad, arte social, arte puro, pueblo, marfil, torre— pregunta, responde, el Perugino se nos acerca silenciosamente y nos da la mejor solución: ‘Prepara la sopa, mientras tanto voy a pintar un ángel más’”.

Con ese desenfado del pintor italiano, maestro de Rafael, llegó a las páginas de Espuela de Plata Virgilio Piñera, ¿invitado por Lezama? Su primera colaboración apareció en el número de abril-junio de 1940. “Poesía y crimen” fue el título que le dio y la considero una especie de arte poética. Cito el penúltimo párrafo:

“Comenzaron a surgir entonces del velo de la divinidad los cinco mudos hijos del Silencio, esos cinco hijos que abrazados a su padre presentifican al Cosmos apático. Eran ellos el Tiempo, la Luz, lo Vegetal, la Soledad y la Muerte y de su eterna copulación recíproca surgía en reflejo, en síntesis de belleza, la callada poesía. [...] Celestial torbellino que nos ilumina y mueve el rostro de gozo y espanto; así también en un giro seráfico llegó a mi presencia un alma que yo conocía.”

Poesía identificada con el alma ya “tocada” por el poeta en versos que poco tenían que ver con lo que, por esos años, cultivaban voces neorrománticas muy del agrado del escaso público lector, pero, sin duda, era lo que se leía. Pero en Espuela de Plata, en homenaje rendido a Juan Ramón Jiménez —pieza capital en el ajedrez literario jugado a jaque mate, años después, entre Lezama y José Rodríguez Feo— aparecían las “Estancias de los cuatro elementos”, poema que no sucumbe a los estereotipos al uso. En el que dedica al agua, expresa en algunos momentos:

Por armoniosos cuerpos prometidos

bajas aguas ejemplar en jerarquía

de señora lustral hasta la pena,

herida bajas por un loco fuego,

desordenada en húmedo mensaje

de gozosa demencia que te impulsa

a calmar ansiedad de amarga tierra. 

La voz “otra” es un hermoso pateo que no tiende la mano generosamente al lector, pero significa algo más que las palabras de Virgilio, sus propias palabras. Una insospechada emoción se percibe en esta estrofa donde no se adivinan condescendencias sino una reconstrucción de la poesía desde un linaje diferente, que extiende un hilo filológico desde una urdimbre estética apenas reconocida en otras voces contemporáneas. Ni ingenuo ni pueril en su decir, sino impulsado por una voz, la suya, que le es propia y que, a la vez, asusta porque poetiza lo común desde una nueva perspectiva. Lo logra también en una décima incorporada a su poema “Invención”1, de una naturaleza particular para nuestra estrofa nacional:

¡Qué fino nervio de pluma

solicita la distancia

su matizada constancia

conduce por leves brumas.

La desamparada suma

se mira musical fragua.

Del mar, pulsando sus aguas

mueven dorados conjuros:

fuego en círculos impuros

la metamorfosis fragua. 

En agosto de 1941 vuelve a colaborar, ahora con un ensayo titulado “Dos poetas, dos poemas, dos modos de poesía”, donde se acerca a Muerte de Narciso, de Lezama, y Elegía sin nombre, de Emilio Ballagas. Aunque pudiera parecerlo, Virgilio no compara a ambas figuras, sino que sus palabras son de apertura, de entendimiento a uno y a otro y significan, para Lezama, una de las primeras críticas laudatorias a su quehacer.  Apenas un tiempo después, otro sería el cantar para con el futuro autor de Paradiso. Al situar a cada una de estas voces poéticas, precisa muy bien: “Antes y bajo la necesaria fascinación del espejo, Ballagas, Lezama saben con Narciso, con Ovidio en las Transformaciones que: ‘el requestado es el que requesta, el que abrasa se quema, y es pedido el que pide, pregunta y da respuesta’”. No es un simple juego de palabras, sino un modo de clasificar lo que quizá, hasta para el propio Virgilio, resulta inclasificable aunque no era un intelectual amante de los encasillamientos o los ajustes. Se trata de un acercamiento plural a dos textos capitales de nuestra poesía, vistos sin aspavientos. Sobre Ballagas volvería después, en las páginas de Ciclón, a través de ese texto capital e irrepetible de la literatura cubana: “Ballagas en persona”. En carta a Lezama Lima del 31 de marzo de 1942 resume, al referirse a Espuela de Plata: “Forman tu genealogía de patrocinador de las bellas, letras (como diría Baudelaire)”.

La aventura literaria de Poeta la emprendió Virgilio solo. Él era el director, el único, sin consejeros ni asistentes, por eso quizá (o casi seguro) hizo en ella lo que mejor creyó y su nombre se repite en los dos únicos números publicados, en noviembre de 1942 y mayo de 1943. Fue algo así como un parto gemelar diferido en seis meses, hijos legítimos del futuro autor de Aire frío. Se apropió de ellos sin medida, egoísta (los buenos padres lo son, dicen) y los construyó casi a su imagen y semejanza.

En Poeta, “El Director”, Virgilio, por supuesto, publicó, en la página inicial, la primera parte de un ¿editorial, declaración, proclama? que ha dado mucho que hablar en nuestros medios literarios: “Terribilia meditans...”, cuya continuación, bajo igual título, pero indicando era la segunda parte, apareció casi seis meses después, en el mencionado número de mayo. El documento —prefiero llamarlo así, a pesar de la indefinición del término— comienza con su habitual desenfado: “El desarrollo es como sigue: del síntoma (Verbum) se origina el sentimiento (Espuela); de este surge el disentimiento (Clavileño, Nadie Parecía, Poeta). El resultado es riquísimo, no mensurable. Pero con todo se puede ir hablando ya de esa ‘excepcional generación de 1936’”. Si Espuela de Plata, a los ojos (dicen muy hermosos) de Virgilio, “está ya dentro del movimiento perpetuo”, el poeta avizoraba que “una descendencia son muchas cosas, pero es siempre un peligro [...] un peligro para ellos mismos”. Entonces comienzan a urdirse, salidos de su propia mano, los riesgos que empezaban a correrse: “Clavileño es la ‘revista para la amistad’”, Nadie Parecía es “revista de catolicidad”.

Pero lo que él no aceptaba era “cierto deus ex machina, muy inteligente, de mucho efecto pero muy falso también. Superar ese deus sería para la literatura, que al fin dirá la última palabra, de mayor beneficio que la amistad o el catolicismo declarados expresamente”. “Poeta, dice, no está o va contra nadie. Poeta es parte de la herencia de Espuela, familiar de Clavileño y Nadie Parecía. Solo que en este consejo poético de familia poética la salvación vendrá por el disentimiento, por la enemistad, por las contradicciones, por la patada de elefante. Por eso Poeta disiente, se enemista, contradice, da la patada, y, aguarda, a su vez, el bautismo de fuego. Poeta espera, necesariamente, el descubrimiento de su parte falsa”. Esta “parte falsa”, revelada “gracias al conocimiento de la parte verdadera”, afloró en la segunda parte de “Terribilia...”, la causante del enfrentamiento físico sostenido entre Virgilio y Lezama frente al Lyceum, narrado en su momento por el primero, y que no es necesario repetir por ser tan conocido. Pero lo cierto es que, entre tantos desacuerdos y acuerdos, en Lezama encontró Virgilio, como ha dicho Antón Arrufat, “el necesario antagonista, el opuesto que nos ilumina a nosotros mismos, el otro del cual necesitamos para comprendernos”2. Asimismo, considera que en su “’Terribilia meditans’ Piñera supo ver con mucha claridad el peligro en que se hallaba la poesía de Lezama y del Grupo Orígenes. ¿Cuál era ese peligro? Toda la obra de Piñera es la conjunción de ese riego, el propósito deliberado de sacar a flote la irrealidad de la realidad, la negación del hombre santificado. Él sabe que al morir no nos acudirán alas, que el dogma o los consuelos religiosos no son suficientes. Mientras Lezama confía en la reparación del hombre en la eternidad, Virgilio se plantea la reparación en la vida, en el reino de este mundo. Y en esto fueron profundamente antitéticos, fueron dos respuestas distintas a una misma pregunta”3. Si la revista Poeta ha trascendido es precisamente por “Terribilia meditans...”, aun cuando en sus páginas aparecieron textos de María Zambrano, Vitier, Lezama o Aimé Césaire y Baquero. Cuando Virgilio Piñera diseñó Poeta —posiblemente sin ayuda de nadie, sin consultar a nadie, por una voluntad expresa de ser él y no otro(s)— no era ya un cachorro en literatura. Con ella está inaugurando un acto confesional que no lo abandonaría jamás. ¿Quería hacer tabla rasa con lo establecido? Creo que sí, pues con Poeta creó, él solo, una especie de fogata a cuyo alrededor no hubo coro, sino asombradísimas miradas que quizá desdeñaron lo allí publicado.  

Notas:

1. Apareció en el número correspondiente a febrero de 1941.

2. Carlos Espinosa. Virgilio Piñera en persona. Término Editorial, EE.UU., 2003, p. 99.

3. Idem, p. 100.

 
 
 
 
 


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Virgilio Piñera
(1912-1979)

 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.