MI REINO POR UN PLANETA 

Dean Luis Reyes | La Habana

Cuando Maruja Torres subía al estrado donde la esperaba el trofeo y el cheque que la consagraban como premio de novela Planeta del 2000, tenía cara de todo menos de sorpresa. Por eso a nadie alarmó cuando, tras dedicar el galardón a la escritora Carmen Kurtz, a quien dice deberle su pasión por la escritura, bromeó: "Y ahora les dejo, que llevo toda la tarde sin beber ni una gota de alcohol, para no decir ninguna tontería cuando subiera al escenario". Sin querer, la periodista estrella de España, a cuya novela Mientras vivimos esperaban récords de venta en medio mundo, develaba la trama dudosa de un concurso que, dicen ellos, suele definirse minutos antes del anuncio.
A pesar de los ingenuos, que el Planeta es un concurso "arreglado" ha sido un secreto a voces durante mucho tiempo. El argentino Ernesto Sábato lo confirmó recién: en 1994 la editorial le propuso ser el ganador de ese año cuando aún no había terminado de escribir el libro que concursaría. El escritor español Miguel Delibes se sumó a la denuncia: "José Manuel Lara (consejero delegado de Planeta) vino a ofrecerme el premio tratando de convencerme con el argumento de que todos saldríamos beneficiados: él, yo, el premio y la literatura."
Parece ironía: el propio Lara, hijo del creador del premio que desde 1952 no ha dejado de ser el mejor dotado monetariamente de la lengua, reconoció que la editorial había sugerido a veces a algunos autores conocidos que se presentaran al certamen sin garantizar nada y ofreciéndoles el anonimato. Tal revelación se hacía en el mismo momento en que anunciábase el aumento de la suma para el ganador de octubre próximo a cien millones de pesetas.
Aunque la filosofía que respalda tamañas decisiones parece ser: a mayor premio, mejor libro; ello fuese diferente si la caja no cuadrara. En el medio siglo del Planeta, se han superado ventas de 30 millones de ejemplares, equivalente a dos libros y medio por cada uno de los 14 millones de hogares españoles. Más preciso: la mitad de las ventas en librerías ibéricas.
Detrás del premio hay una vigorosa trama de empresas anilladas al Grupo Planeta, entre las cuales se cuentan editoriales como Ariel, Seix Barral, Destino, Martínez Roca, Planeta De Agostini, Deusto, Espasa Calpe, Dom Quixote y hasta una Planeta Infantil. Al holding, uno de los primeros grupos empresariales de comunicación de España, líder en el sector editorial y el de mayor presencia en América Latina, se suman firmas comerciales y de servicios que incluyen una difusora internacional, compañías de impresión, derechos de autor, marketing, una cadena de librerías, estaciones de televisión y negocios de nuevas tecnologías, aparte de las ramificaciones de Planeta Internacional, que incluye divisiones en Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, México, Uruguay, Venezuela: en su conjunto facturan casi 130 000 millones de pesetas anuales y emplean a 2 400 personas.
Entonces, el simbolismo de la noche de premiaciones, organizada como gran cena televisada donde los presentadores insisten en el reñido debate de los jurados que mantiene en vilo la decisión final —eso huele a culebrón— redunda en payasada distante de la verdadera esencia de la literatura. En todo caso, tiene más que ver con la frase de Ricardo Piglia al obtener Plata quemada el Planeta de 1997: "Los premios son la única manera que tiene un escritor de financiarse, ojalá hubiera más."Pese a premiados de tal nivel, y a que entre los ganadores haya autores de la calidad de Antonio Gala, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela o Francisco Umbral, dudo que esas obras sean hitos literarios. Nadie pierde de vista la tendencia a premiar textos conectados a una moda, como es hoy la llamada no ficción, el docudrama o reportaje periodístico alargado. Convengamos en que están bien escritos (faltaría más) y en que algunos son excepcionales, pero con poco esfuerzo puede uno abrazar la tesis de Eulogio López, según la cual Miguel de Cervantes y su Quijote no hubieran recibido tal mérito. "Para ganar el Planeta, hasta el mejor autor, aquel que aspira a decir algo lo suficientemente interesante para ser leído por generaciones futuras, aquel que anhela escribir algo que trascienda a su vida, algo con sabor de eternidad, se transforma, reduce su calidad en busca de un lector presumiblemente idiota, consumidor de frivolidades."
No por gusto, agrega, entre los libros premiados brillan por su ausencia la literatura fantástica, la novela policíaca, histórica o la sátira. Prima entonces la funcionalidad de los contenidos que se premian y, sobre todo, la atención a resortes del marketing editorial en vez de la sustancia de lo auténticamente literario. Por ello, la fórmula de los famosos que acceden al premio, ganado en el 2000 por una Maruja Torres periodista-mujer-novelista, aparte de garantizar el interés del lector más docente, juega con los principios de lo políticamente correcto.
De todos modos, luego de un Planeta cualquiera accede al Olimpo de los medios, convertido en una suerte de semidiós cuyos libros se regalan y cuya foto alude enseguida a las rutilantes lucecitas que iluminan la platea del éxito. Al cabo no se sabe si se lee lo que se quiere leer o lo que ofrecen las editoriales para cuando se puede leer.
Ojalá uno tuviera en su camino un premio de ese monto, pero si la cosa es con trampitas, no sé si sea mejor dedicar una sonrisa a ese bulto de papel que en rebaja ofrece la Planeta a propósito de su nuevo aniversario: 25 títulos galardonados con tan prestigioso lauro, para adornar tu sala y recrear tus noches, vaya, ¿quién da más?


2001. La Jiribilla. Cuba.
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