EN PROSCENIO

OMAR VALIÑO | La Habana

Quiero abrir esta nueva sección, que dedicaré esencialmente al teatro, con un texto ya publicado en La Gaceta de Cuba algún tiempo atrás porque ubica, desde mi punto de vista, a los seguidores de La Jiribilla ante el espectáculo que marca con más precisión el tránsito que vive hoy la escena nacional, y del cual iré dando cuenta en las sucesivas entregas, sobre todo, a través de una mirada a los montajes de estos días.

La vida es dura, caballo

Con su temporada de inicios del 2001, en la sala Hubert de Blanck, Historia de un caba-yo traza un arco perfecto sobre los tres últimos lustros del teatro insular.
Buendía, como todo buen asesino, vuelve al lugar del "crimen". Allí fue estrenada por Vicente Revuelta, hace más de quince años, la versión de Mark Rezovski sobre el relato "Jolstomer", del gran León Tolstoi, llamada Historia de un caballo. Tal espectáculo marcó, junto a los procesos pedagógicos experimentales lidereados por Flora Lauten que por esa misma época dieron lugar, precisamente, a Buendía, un momento de renovación explícita de la escena cubana.
Quien tal vez fuera apenas una espectadora de aquel montaje, le rinde homenaje hoy, creyendo en ese imaginario para su primera puesta. A Antonia Fernández la acompañan, en su mayoría, un conjunto de jóvenes que eran niños entonces, y ahora, cuando ha transcurrido el tiempo justo de crecimiento de una generación, devuelven al caballo convertido en caba-yo.

Aquella renovación, cuyos frutos han sostenido una de las zonas más interesantes del teatro nacional de este período, sufre en los últimos años una vuelta de tuerca, curiosamente protagonizada por colectivos deudores de Buendía, ya sea por los procesos de formación en él de sus directores, entre otros, o por la referencia que ha significado para algunos. A la altura de sus primeros quince años, esta agrupación transita el ciclo que, con las diferencias estéticas y de tiempo históricos, un día cumplieron Teatro Estudio y el " Escambray", a su vez grupos madres, en la tradición, de Buendía.
Hijo de esa supracontinuidad, el montaje de Historia de un caba-yo tiene el valor fundamental, para mí, de colocar frente al público, de pensar para el espectador una serie de hallazgos, características y constantes de la escena del período antes referido.
En definitiva, la fábula y su manera de contarse son sencillas. En forma de flashback, se nos presenta el nacimiento, desarrollo y muerte de un caballo, como doble analogía con la historia de un hombre, el Príncipe Serpujovskoy y del Hombre, es decir, cualquiera de nosotros.
A pesar de su origen de buena raza y cuna en la Rusia zarista, nacer como pinto borrará para el caballo la admiración que despiertan sus condiciones, por lo cual será, sucesivamente, castrado, explotado, desechado y sacrificado. El viaje entre el esplendor y la ruina generará en el caballo, sin embargo, una comprensión sobre el mundo moral del hombre, a cuya depauperación, como ha dicho alguien muy joven, asistimos en el espectáculo al presenciar la trayectoria de Sepujovskoy, el otrora flamante Príncipe, dueño de un Cuentabrazas inigualable y ahora convertido en un desecho humano, y en el espectáculo de la existencia al, simplemente, vivir.
Ese marco amplio sirve a consideraciones ecologistas, antidiscriminatorias y existenciales; reflexiones sobre la propiedad, el destino, las clases sociales; imprecaciones sobre lo bajo y lo alto; pero, como he dicho, la calidad de esa amalgama estaría dada por la cualificación, la tensión propositiva inserta en la analogía escena- espectador. De ahí el tránsito de caballo a caba-yo.
Para precisar ese sentido y comunicarlo, la puesta elige un destinatario específico: el público joven, alrededor del espectro de los veinte años. Ello le otorga concreción a los códigos elegidos como vehículos comunicativos: transparencia de la historia, estructura narrativa convencional, diseño atractivo, luminotecnia teatral, vestuario contemporanizado, música rock, coreografías naif, mezclas de tragedia y melodrama, de humor y dramaticidad, erotismo de diverso signo, conforman una visualidad y una sonoridad elaboradas para gustar, transmitir ideas y sensaciones, belleza y placer, naturalidad y extrañamiento.
Como soporte de tal superestructura, el actor. Como siempre en Buendía, la actuación no cumple un papel, digamos, egoísta, sino que lo individual se fusiona en lo colectivo en función de la imagen, el signo síntesis del discurso artístico.
Esa prevalencia de la colectividad adquiere valor al transformarse en la energía positiva que emana de la escena. A ella contribuyen, especialmente, el artesanado de la cuadra de caballos concebida por Rolando Estévez, las actuaciones de Sandra Lorenzo y Carlos Cruz ( en la primera temporada del montaje), entre distantes y partícipes para con sus personajes, el Príncipe y Cuentabrazas, respectivamente, límpidos en el diseño corporal y vocal de las acciones, creíbles en sus caracterizaciones, convincentes en sus emociones; y, por supuesto, resulta decisiva en esa contribución la guía de Antonia Fernández, quien es capaz de apostar en su primera carrera en la dirección al caballo, al uno, obviando falsas dicotomías, lugares comunes, experimentaciones sin sentido, antagonismos justificativos y exigencias aparentes que son hoy los obstáculos primarios, salvables según demuestra ella, que entorpecen el crecimiento de nuestro teatro.
Cuando hacia la despedida del espectáculo, el Príncipe se observa en el espejo que es Cuentabrazas, su caba-yo, su encarnación, no sabemos si reconociéndose, se ha consumado, sin falta, la anagnórisis de cada espectador ante su yo, ante su realidad, ante su teatro, ante ese inconsciente colectivo que es Rusia, ante su proceso histórico; temas que, en otro espacio, provocan para un "ensa-yo en el teatro".
Si esas provocaciones ideológicas, artísticas y estéticas, contenidas en Historia de un caba-yo, marcan, como se ha dicho, el fin de un período escénico en Cuba, que otras tantas como esas, de distinto signo, inicien un nuevo arco creativo sobre la isla teatral de comienzos del siglo XXI. De que la vida es dura, no caben dudas, mas apostemos a ese caballo. 


2001. La Jiribilla. Cuba.
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu