LA JIRIBILLA
EL INDIO NABORÍ

Quizás por su origen de gente de pueblo, prefirió ser indio a cacique, como se llamaban así mismos por entonces los cantores.

Desde muy niño, allá en la periferia habanera de San Miguel del Padrón, le brotaron, como trino de sinsonte y susurro de hojas, las primeras rimas.

De los de abajo siguió siendo Jesús Orta Ruíz aún cuando halló otros horizontes en los bosques y serranías de libros donde aprendió que lo culto podía ser popular y viceversa, y ya, desde que publicó sus primeros versos y comenzó a entonar por radio sus canciones, se convirtió en una de nuestras figuras emblemáticas del neopopularismo de la Generación del 27.

Ni el aprendizaje y el ejercicio de las más variadas formas clásicas y del versolibrismo, lograron distanciarlo de la gente de la tierra a las que siguió dibujando, como mejor se hace, con trazo de testigo cómplice, en una extensa obra que puede definirse, desde el punto de vista temático, como campesina, social y autobiográfica.

El Premio Nacional de Literatura de 1995, hizo también, desde muy joven, poesía desde el compromiso por lo que no es de extrañar que el monte infinito de la Revolución deviniera uno de sus principales temas.

Como la de un bardo de la clásica Grecia, su obra, que se extiende además por el ensayo y el periodismo, narra en décima la epopeya cubana de estos últimos 42 años.

No me asusta morir... Sólo lamento
no tener ojos para ver las cosas
que se transformarán: zarzas en rosas,
lobos en hombres, polvo en monumento.

No me asusta morir... Sólo lamento
ser sordo como el frío de las losas
cuando vengan las músicas gloriosas,
cuando una larga risa sea el viento.

Sólo lamento no tener mi tacto
cuando sea concreto el mundo abstracto
que en crisoles de sueño se moldea.

No me asusta morir... Sólo lamento quedarme quieto cuando todo sea
la perfecta expresión del movimiento.


2001. La Jiribilla. Cuba.
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