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CULTURA,
CUBANIDAD, CUBANIA En 1949, cuando ya su obra investigativa sobre la formación
y el perfil del ser nacional cubano nos había dejado
textos fundamentales, Fernando Ortiz llegó a la
conclusión de que era necesario, además, "algo
inefable" para completar "la cubanidad del
nacimiento de la nación, de la convivencia y aun de la
cultura". Ese "algo", que nada tiene que
ver con caracterizaciones etnográficas, es, justamente, lo que define a la cubanía. "Hay
cubanos", subraya Ortiz, que "no quieren ser
cubanos y hasta se avergüenzan y reniegan de
serlo". En ellos, "la cubanidad carece de
plenitud, está castrada". Se imponen, pues,
algunas distinciones y un nuevo concepto: No basta
para la cubanidad tener en Cuba la cuna, la nación, la
vida y el porte; aún falta tener la conciencia. La
cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano por
cualquiera de las contingencias ambientales que han
rodeado la personalidad individual y le han forjado sus
condiciones; son precisas también la conciencia de ser
cubano y la voluntad de quererlo ser. Acaso convendría
inventar o introducir en nuestro lenguaje una palabra
original que sin precedentes roces impuros pudiera
expresar esa plenitud de identificación consciente y ética
con lo cubano (...). Pienso que para nosotros los
cubanos nos habría de convenir la distinción de la
cubanidad, condición genérica de cubano, y la cubanía,
cubanidad plena, sentida, consciente y deseada;
cubanidad responsable, cubanidad con las tres virtudes,
dichas teologales, de fe, esperanza y amor. (Fernando Ortiz: "Los factores humanos de la
cubanidad", en Etnia
y sociedad, La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales, 1993). El interés de Ortiz —inspirado en Unamuno— en el
concepto de cubanía,
habla por sí mismo de las contradicciones y desafíos
que ha enfrentado nuestra identidad nacional, desde sus
orígenes, para realizarse plenamente y sobrevivir. Y el
hecho de acudir a la eticidad, también presente en las
investigaciones poéticas sobre lo cubano de Cintio
Vitier, y a la responsabilidad, y a la conciencia,
muestra las polarizaciones surgidas a lo largo de este
itinerario espinoso y difícil que recorrió la
nacionalidad cubana hacia su definición. Elías Entralgo diferencia la "cubanidad
progresiva" de la "cubanidad
estacionaria", y esta última fue la que
"compuso los cuerpos de voluntarios y guerrilleros,
bajo la dominación española, frente a las
insurrecciones de 1868 y 1895". (Elías Entralgo: La liberación étnica cubana. Universidad de La Habana, La Habana,
1993). José Antonio Foncueva opone "el patriotismo
abnegado, comprensivo y previsor" al
"miope", "falso", "declamativo
y localista", y acusa a "los que siendo
traidores a los más altos y legítimos intereses del país,
se fingen poseedores de una delicadísima sensibilidad
patriótica". (José Antonio Foncueva:
"Nacionalismo y chauvinismo",1928; en Escritos
de José Antonio Foncueva, La Habana, Editorial
Letras Cubanas, 1985). Ha habido, pues, en las distintas etapas de nuestro
proceso histórico, fuerzas, corrientes, tendencias que
provienen de la cubanía, y se orientan en favor de la
defensa de nuestro perfil nacional, de su completamiento
y profundización; y ha habido también, sin duda,
tendencias por fortuna minoritarias, que se nutren de
una cubanidad castrada, parten de aceptar lo más
superficial y externo de la cultura cubana para
subordinarse en lo esencial y convertirse, de manera más
o menos consciente, en cómplices de la desnacionalización
de Cuba. La cultura plattista es resumen y fundamento de estas últimas
tendencias; está viva; existe en un sector de los
cubanos de la emigración y tiene todavía allí vigor y
poderío, y aparece una y otra vez, en manifestaciones
diversas, entre los cubanos de la isla. El anexionismo
duerme en todas las manifestaciones de esta cultura, por
muy ruidosamente cubanas
que se presenten. Martí lo había advertido: la idea de
la anexión está condenada
a "impotencia permanente"; pero "es un
factor grave y continuo de la política cubana", y
"mañana", profetiza, "perturbará
nuestra república" (José‚ Martí: El remedio
anexionista", Patria,
Nueva York, 2 de julio de 1892. En Obras
Completas, La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales, 1975, t. 2). La
formación de una cultura propiamente cubana fue un
arduo proceso, largo, difícil, de zigzagueos,
retrocesos y búsquedas, que acompañó en sus avatares
al de creación de la identidad nacional; en ocasiones,
lo precedió; en otras, fue arrastrado por él. La
multiplicidad y diversidad de sus componentes étnicos y
culturales, la resistencia feroz de la metrópoli española
a la independencia de Cuba, y el crisol de las guerras
anticoloniales, marcaron de modo muy particular el
nacimiento y los primeros pasos de la identidad cubana. La cultura plattista cruza como una línea de sombra los empeños de
emancipación de los cubanos y su afán de completar el
proyecto nacional. Usó como emblema de esa cultura
la Enmienda Platt, por sus efectos reales, pero sobre
todo, por su relevancia simbólica, por lo que representó
en el proyecto neocolonial y por sus efectos culturales
en la recién nacida república; aunque, de hecho, las
tendencias que aquí bautizamos como plattistas
anteceden a la existencia misma de la Enmienda, y
sobreviven a su cancelación. El término cultura
es indispensable, porque se trata de algo que va mucho más
allá de una posición política; abarca todo un
complejo de símbolos, mitos, actitudes, estados anímicos
y modos de pensar, y una representación peyorativa del
ser nacional, conjugada con una exaltación de todo lo
extranjero y en especial del imperio del norte y de su
papel en los destinos de Cuba. Algunos principios culturales básicos del plattismo se
difuminaron peligrosamente en la conciencia colectiva,
sobre todo en los primeros años de la república
neocolonial. El panegírico de los programas de
higienización, orden interior y educación que llevó a
cabo el gobierno interventor entre 1898 y 1902, se
combinó con una lectura yanqui de la historia de Cuba y
de América, y con la permanente amenaza de la
intervención directa de Estados Unidos ante huelgas
obreras, disturbios y pugnas entre grupos políticos. La
opinión del embajador y del gobierno norteamericanos
era un punto de referencia indispensable para cualquier
acción política, por moderada que esta fuese. Junto al
tutor yanqui omnipresente y poderoso, se extiende la metáfora
del pueblo cubano como un niño vigilado, y la sociedad
cubana como un organismo inmaduro, infantil, que da sus
primeros pasos y necesita ayuda y también una paternal
severidad. Como ha demostrado Jorge Ibarra, el llamado "mito de
Roosevelt" ocupa un lugar relevante en la imaginería
de la cultura
plattista hasta los años 30; con la idealización
de la figura de Teodoro Roosevelt como insigne luchador
por la libertad de Cuba y como fundador de la república
mutilada, se asumía la condición neocolonial y se
renunciaba al genuino ideal independentista (Jorge
Ibarra: Cuba:
1898-1921. Partidos políticos y clases sociales. La
Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1992). La armazón de la cultura
plattista está sostenida por una mediocre filosofía
de la vida, opuesta radicalmente a toda grandeza de
miras que pueda generar un cubano. Pragmático, medroso,
siempre llamando a la cordura y a las concesiones,
enemigo de ideales y utopías, este triste
"realismo plattista" se dedicó a minar las
bases del pensamiento de la independencia, martiano y
antiimperialista, a través de muy diversos ropajes. Quizás el origen de algunos principios del
"realismo plattista" está en ese pensamiento
de la transacción,
tan caro al reformismo, y luego al autonomismo. Elías
Entralgo ha recorrido el itinerario de lo que él llama
"eclecticismo cubano", que se desliza en su
propia valoración hacia la ética y la política: el
rechazo explícito de Arango y Parreño por todos los
extremos; el elogio a la transigencia en la enseñanza
de la economía política que hace, frente a
polarizaciones y extremismos, Bachiller y Morales; el
programa formulado por los autonomistas en 1878, basado
en la transacción "entre el derecho histórico de
la metrópoli española y las aspiraciones jurídicas de
la nación cubana"; la admiración de Montoro por
el modelo inglés, como ejemplo superior de equilibrio
entre "las tendencias progresivas y
estacionarias"; Govín, y su plataforma para la
convivencia de corrientes opuestas; la dialéctica de
Eliseo Giberga ("la planta en la realidad, pero la
mirada en el ideal"); el papel del autonomismo, según
Rafael Fernández de Castro ("asumir un deber de
centro que unificase la conciencia cubana equidistándola
de los ensueños independentistas y de los delirios
reaccionarios"). (Elías Entralgo, Op.
cit. Este recorrido de Entralgo parte de un análisis
de la polémica filosófica sobre el eclecticismo de
Cousin y de la tesis, acertada a mi juicio, de la
cultura mestiza cubana como sustancialmente ecléctica.
Creo, sin embargo, que no discrimina el análisis el
eclecticismo filosófico y literario, y en suma
cultural, el ámbito de las concesiones políticas, y
esa peligrosa mezcla lo lleva a incluir a Martí, sin
las precisiones indispensables en su galería de
"eclécticos". El trabajo incansable de
unidad, suma y acercamiento que promovió Martí en
torno al Partido Revolucionario Cubano, no puede
ocultarnos su intransigencia en torno a principios no
negociables, ni su enfrentamiento sin cuartel a la tesis
de anexionistas y autonomistas. Y, obviamente, nada de
esto le quita un ápice de fecundo eclecticismo a
su abierta, insaciable vocación cultural.)
Luego, el "realismo plattista" dejaría
a un lado los aportes indudables de lo mejor y más
riguroso de la intelectualidad autonomista, vulgarizaría
su basamento conceptual y se apropiaría de su indudable
amor a las concesiones, de su horror al
"extremismo" independentista y a la
confrontación revolucionaria. Cuba, los
primeros años de su independencia,
de Rafael Martínez Ortiz, que se editó por primera vez
en 1912, se estructura sobre el "realismo
plattista" y se convierte, de hecho, en un manual
muy completo de este pensamiento. Allí narra el
conflicto —manipulado por los yanquis— entre Máximo
Gómez y la Asamblea del Cerro, y aquel episodio
siniestro en que Estados Unidos, desarmado ya el Ejército
Libertador y con el país intervenido militarmente,
impone la Enmienda Platt a la Asamblea Constituyente, y
se encarga de caracterizar a los protagonistas cubanos y
de enjuiciar sus actuaciones. En unos de ellos señala
falta de "el equilibrio mental suficiente para
mirar las cosas desde el punto de vista real y
humano". Otro, no tiene "la ductibilidad
necesaria en un hombre de gobierno", ni es
"adaptable a la transigencia"; pues su
naturaleza, forjada en batallas y destierros, no es
posible "moldearla para las nuevas exigencias de
los tiempos". Defectos gravísimos "en una
sociedad heterogénea como la cubana, en la cual tantas
cortapisas imponían lo real a lo ideal". Un
tercero, por ser más joven, es "más adaptable al
medio"; aunque "su carácter pronto y altivo
hacíanlo poco dado a rectificaciones y a echar pasos
atrás, una vez emprendido el camino y cualesquiera que
fuesen las razones de prudencia que aconsejaran el
retroceso". Otro es "algún tanto soñador",
se enamora de "las ideas extremas" y olvida a
veces que las buenas leyes son "las que están en
armonía con las del medio social en que deben
aplicarse". En los convencionales hubo
"patriotismo ardentísimo", pero también,
lamentablemente, "exaltación del sentimiento y
(...) falta relativa de serenidad en el juicio".
Frente a las virtudes de la prudencia, la moderación,
el realismo, la transigencia, la capacidad para
adaptarse a las circunstancias, sitúa, en el campo de
los antiplattistas, la irresponsabilidad, el romanticismo,
el fanatismo, la exaltación de las pasiones, el
oportunismo de los que medran con el sentimiento
nacionalista de las masas. Cuando
los convencionales ponen punto final a la constitución
de la nueva república, anuncia Martínez Ortiz, en un
rapto de melodramatismo plattista: "aún faltaba
algo impuesto con la rigidez inflexible y con la
impasibilidad cruel de lo inevitable: determinar sobre
las relaciones futuras entre Cuba y los Estados
Unidos"; es decir, algo que, como sabía todo el
mundo, ya estaba determinado por el gobierno yanqui.
Era, con el pobre repertorio de eufemismos de Martínez
Ortiz, "la realidad dolorosa [que] se ofrecía ya
ante su vista": la "realidad", lo
"inevitable", es decir, la Enmienda Platt, la
neocolonial. Así, considera fatales para Cuba "el
camino de los idealismos utópicos", la
"enfermiza subjetividad" de "soñar con
lo que pudo ser y cerrar los ojos a lo que es", o
"los impulsos ciegos de un sentimentalismo
morboso": para los cubanos "el realismo"
es cuestión de vida o muerte, y "realismo" en
Cuba significa considerar resuelto, con la aprobación
de la Enmienda, el problema de su personalidad nacional,
aunque con "cortapisas y limitaciones"; asumir
la subordinación a Estados Unidos; no poner "ni en
tela de duda siquiera" la coincidencia de intereses
entre la neocolonia y el imperio; y "tonificarse
con la prudencia, robustecerse con las virtudes cívicas
y crecer con los recursos de una administración
honrada”. Si algún día apareciera alguna contradicción
entre la república cubana y el vecino del norte,
"la muerte del más débil sería fatal,
absolutamente inevitable". Resulta interesante advertir, dentro del esquema del
"realismo plattista", la posibilidad utópica
que nos está permitida, y que viene a ser una
curiosa inversión de la utopía martiana acerca de la
misión trascendente de Cuba. Según Martínez Ortiz, la amistad de Cuba con Estados
Unidos, "franca y lealmente cultivada", nos
proporciona "la sola conyuntura de ser mañana una
nación poderosa". Cuba podría convertirse, con la
anuencia yanqui, en el centro de una Gran Confederación
de las Antillas, que no amenace a la "civilización
sajona" sino que sea "el círculo máximo y
neutral de las dos grandes divisiones impuestas por el
destino al gran continente americano". Seremos, si
todo sale bien, “la tienda amiga donde, en alianza
santa, se mezclan y confundan los descendientes de las
dos grandes familias que (...) realicen la grandiosa
labor de la Era
Americana" (Rafael Martínez Ortiz: Cuba,
los primeros años
de su independencia; primera edición: 1912. París,
Le Livre, 1929). Despojando el proyecto de palabrería y
de los consabidos eufemismos, podríamos aspirar, al
parecer, dentro del diseño de la geopolítica
plattista, al papel de representantes o de gendarmes
regionales del imperio, con el atractivo extra, quizás,
de ser un modelo neocolonial, una tienda
amiga, donde la
raza latina se subordina gozosamente a la raza sajona en un simpático aunque poco glorioso final feliz. A
otra escala, mucho menos pretencioso, se nos revela a
menudo el realismo plattista. Está en las palabras maliciosas de Torriente,
el caricaturista creador del Liborio, quien fue además
un activo —y adaptable— participante en la vida política
de los primeros años republicanos: "Hay que
adaptarse al medio... hay que adaptarse" (Citado
por Adelaida de Juan en Caricatura de la República.
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1982. Corresponden
a una entrevista con Ricardo Torriente de L. Frau
Marsal, aparecida en La Ilustración, el 26 de febrero de 1916). Y está en el siniestro
personaje del pícaro cubano. Fue
Fernando Ortiz quien descubrió, muy tempranamente, la
conexión entre la filosofía del pícaro y el
plattismo: Nuestro
problema económico es materia interesante solamente
para nuestros tutores, los yankees, destinados a
beneficiarse de nuestras prodigalidades. ¿Para
qué habríamos obtenido su cooperación sino para
quitarnos este otro peso de encima? Y
preocuparnos por problemas que otros han de resolvernos,
¿no es acaso la mayor de las
boberías? El desprecio del vivo,
del listo, a las boberías,
alcanza según Ortiz, al ideario y el empeño
independentista: "de bobos fueron tildados los Céspedes,
los Martí, los héroes todos de nuestra única bobería
nacional, que nos dio vida, fuerza y esperanza"
(Fernando Ortiz: Entre
cubanos; primera edición: 1913. La Habana,
Editorial Ciencias Sociales, 1987). Ha habido, por otra parte, en distintos momentos históricos,
un tipo de cubano renegado, al que se acusa de tener un sentimiento nacional muy poco
sólido y, parejamente, una estructura ética también débil.
Desde los pesimistas antinacionales denunciados en 1913
por José Sixto de Sola (José Sixto de Sola: "El
pesimismo cubano", en Cuba
Contemporánea. La Habana, t. III, no 4), hasta los
cubanos que se "avergüenzan y reniegan de
serlo", apuntados por Ortiz en 1949. El "realismo plattista" implica, pues,
concesiones respecto a la dignidad y la conciencia
nacionales, y conduce además, al parecer, "con la
imposibilidad cruel de lo inevitable", a licencias
en el terreno de la ética. La imagen de minusvalía de los cubanos tiene su origen
en la colonia, en sus instrumentos ideológicos de
dominación. Conformada a partir de valoraciones
racistas, de estereotipos y de elementos reales
descontextualizados y elevados a una condición arquetípica,
esta imagen fue usada insistentemente por el
colonialista español e hizo mella en la autopercepción
de los criollos y cubanos, desde los primeros momentos
de la gestación de nuestra nacionalidad. José Antonio
Ramos, en 1919, verifica amargamente que la visión
deteriorada y seudofolklórica de Cuba y de los cubanos
que elaboró la colonia, sigue viva en la república.
Para nuestras muchedumbres, afirma, lo único
genuinamente cubano es lo que nos permitía la colonia:
"el negrito, la mulata, la hamaca, el tabaco, la
guajira, la rumba, el chévere
cantúa y el pasmo de admiración y acatamiento por
todo lo extranjero" (José Antonio Ramos: Manual
del perfecto fulanista. La Habana, 1916). El personaje de Liborio, que se llamó primero El Pueblo,
creado por el caricaturista Torriente entre 1900 y 1904,
lleva en sí la herencia colonial de los guajiros de
Landaluze; aunque su diseño definitivo es fruto del
clima de la frustración de los ideales
independentistas, de la primera intervención yanqui y
de la humillación plattista. El Liborio que contempla
con significativa ambivalencia las intromisiones del Tío
Sam y la carrera corrupta de sus cómplices, los
politiqueros nativos, y que lleva con resignación los títulos
infamantes de "el bobo de la yuca" o "el
guanajo de siempre", es una figura emblemática de
la cultura
plattista (Adelaida de Juan, Op.
cit.). La imagen de la cubanidad utilizada por la metrópoli
española pasó a Estados Unidos, donde encontró
terreno abonado en las consabidas apetencias imperiales,
en un racismo mucho más áspero e intolerante, y en el
marco propicio de toda una visión general, muy
rebajada, del hombre latinoamericano. La versión yanqui
de estos estereotipos sobre lo cubano, se expresó, impúdicamente,
en The
Manufacturer, de Filadelfia, y en The
Evening Post, de Nueva York, en 1889, y motivó la
rotunda respuesta de Martí con su "Vindicación de
Cuba". El catálogo de infamias iba desde la
presunta incapacidad de los cubanos "para cumplir
con las obligaciones de un país grande y libre",
hasta considerar la revolución del 68 como una
"farsa", donde se demostró "nuestra
falta de fuerza viril y de respeto propio", pasando
por los tópicos tan caros a la propaganda española
sobre la "pereza cubana" y la "aversión
a todo esfuerzo". A aquella semblanza oprobiosa de
un "pueblo afeminado", "de vagabundos míseros
y pigmeos morales", "de inútiles verbosos,
incapaces de acción, enemigos del trabajo recio",
Martí da una respuesta cargada de fervor patriótico y
de indignación por la afrenta, pero, al propio tiempo,
muy lúcidamente diseñada. A la caricatura imperial,
opone el cubano fundador, el emigrante austero y
laborioso, y —sobre todo— el mambí de la virtud a
toda prueba del combate: "Hemos peleado como
hombres, y algunas veces como gigantes para ser
libres", y en esa batalla Estados Unidos ha sido,
de hecho, cómplice de España; en esa batalla hemos
estado solos, sin "hessianos ni franceses, ni
Lafayette o Steuben, ni rivalidades de rey que nos
ayudaran", en alusión directa a personajes y
circunstancias que favorecieron la independencia de las
Trece Colonias. Y aprovecha la ocasión para pasar de la
defensa a la acusación, golpear en su centro el mito de
Estados Unidos como meca y modelo de las naciones
libres, y fundamentar por qué los mejores cubanos no
pueden querer la anexión de la isla al vecino del
norte: "desconfíen de los elementos funestos que,
como gusanos en la sangre, han comenzado en esta república
portentosa su obra de destrucción"; no les resulta
posible creer que los apetitos imperiales, "el
individualismo excesivo" y "la adoración de
la riqueza", estén preparando a Estados Unidos
"para ser la nación típica de la libertad"
(José Martí: "Vindicación de Cuba", The
Evening Post, Nueva York, 25 de marzo de 1889, O.C., t. 1). Los empeños imperiales no se limitaron en este campo a
la elaboración propagandística de un arquetipo
degradado del cubano: actuaron con toda conciencia, en
la práctica, para corromper a los sectores políticos
de la república plattista, y encontraron en ellos
—lamentablemente— una entusiasta acogida. El
gobernador provisional durante la segunda intervención
norteamericana, Charles Maggon, se dedicó a sobornar y
a desmoralizar a los políticos cubanos, particularmente
a los dirigentes del Partido Liberal, para que
abandonaran sus reclamaciones nacionalistas. Fue
justamente en esa coyuntura, con el auspicio yanqui,
cuando nació la institución emblemática de la
corrupción a la cubana, la célebre botella
(Jorge Ibarra: Cuba:
1898-1921..., op.
cit.). En su preparación política, moral y cultural para la guerra del 95, Martí lleva a cabo una labor de crítica, divulgación y memoria de colosales dimensiones para diseñar una imagen de Cuba y de los cubanos acorde con la misión que se aproximaba. Martí dirigía este mensaje en muchas direcciones: en primerísimo lugar, hacia los propios cubanos, para reactivar su memoria histórica y vencer los efectos paralizantes de los esquemas coloniales sobre sí mismos; también hacia la opinión pública norteamericana y hacia los círculos de poder imperial, para infundirles respeto hacia los futuros ciudadanos libres. Es una imagen que polemiza, implícita o explícitamente, con autonomistas y anexionistas, con los integristas españoles y con los apetitos de rapiña en Estados Unidos. Debe enfrentarse, muy especialmente, a los sostenidos esfuerzos que hizo la metrópolis, a partir del Pacto del Zanjón, por suprimir el pasado independentista a través de "un monstruoso lavado de cerebro colectivo" y así "españolizar definitivamente la colonia". "De hecho", precisa Ambrosio Fornet, "durante diez años estuvo prohibida hasta la palabra [revolución]: el período de la guerra solía aludirse con ominosos eufemismos, como 'la década sangrienta' y el 'decenio trágico' (...). Con el Zanjón se inicia el primer intento sistemático —repetido después en la república— de borrarle la memoria a todo el pueblo" (Ambrosio Fornet: El libro en Cuba. La Habana, Letras cubanas, 1994). Martí hizo un repaso de la historia y la cultura de la
patria, y volvió sobre los hombres (guerreros, poetas,
pensadores) que contribuyeron con su obra y su palabra a
edificar la nacionalidad cubana. Tiene de su lado 10 años
de historia con sobrados ejemplos de heroicidad y de
virtud. Vuelve a la epopeya del 68 continuamente, a su
papel en la unión y hermanamiento de amos y esclavos,
negros y blancos, ricos y pobres; a su condición de
singular escuela para la república futura; a la idea
del sacrificio colectivo como purificación del ser
nacional. Los
intelectuales angustiados por el marasmo republicano
buscan, como Martí, las figuras luminosas de la
historia de Cuba, para sacudir la conciencia de los
cubanos y devolverles el orgullo nacional. Este mirar al
pasado se combina, a veces, con la utopía de una Cuba
futura, en visiones estremecidas, vibrantes de emoción
patriótica, donde se reserva a la isla un peso
excepcional en la historia del mundo. Combaten el ciego
vivir en el presente, el nihilismo, la falta de proyección
y de sentido colectivo con profecías acerca de un
presunto porvenir extraordinario para Cuba. El lector
contemporáneo experimenta un sentimiento muy curioso
ante estas asombrosas exaltaciones del destino de un país
y de una cultura, que el propio profeta acaba de
caracterizar con los tintes más sombríos. Es un
optimismo que parece levantarse de las propias cenizas,
de lo más hondo de la catástrofe. En todos estos pensadores (aun en los menos exaltados) se
mezcla el esfuerzo por describir la situación de Cuba
con objetividad y espíritu científico, con un afán
movilizativo, de activismo moral, y una amargura y un
dolor indisimulables. Sufren por el espectáculo
cotidiano que contemplan: les salta encima el pícaro,
el corrupto, el enano moral, el demagogo, el
politiquero, el que día a día toma la patria por
pedestal, el ladrón, el cínico, el servidor del
yanqui. Se acercan una y otra vez a las zonas de nuestro
ser nacional marcadas por la frustración, y pretenden
exorcizarlas a través de un ejercicio psicoanalítico
colectivo: extraer lo peor de nosotros y exhibirlo a la
luz pública, en toda su grotesca dimensión, y sacudir
así las conciencias. Quizás la tensión mayor que se percibe en sus
indagaciones, sea el choque permanente con un problema
teórico de muy difícil solución: distinguir los
rasgos históricos, fruto de las circunstancias, o de la
herencia colonial, o de la cadena de frustraciones, de
los rasgos perdurables y definitorios de lo cubano. Se
acercan al choteo, al pesimismo, a la ligereza,
a la dispersión, con una actitud ambivalente: dudan si
asumirlos como rasgos definitivamente nuestros, para
extraer de ellos alguna potencialidad utilizable, o, por
el contrario, condenarlos como herencia española, o
como injerto, o como el fruto pasajero de adversidades y
humillaciones. Y sentimos una tirantez muy peculiar
entre los obstáculos teóricos, y también metodológicos,
para fijar las esencias inapresables de lo cubano, y el
entrañable compromiso afectivo del investigador con el
drama de la nación. Los
contornos difuminados del ser nacional, y la incapacidad
de muchos de estos intelectuales para conocer las causas
estructurales de la dependencia, los conducen muchas
veces a conclusiones claramente erróneas. Agustín
Acosta, angustiado por la venta del país al capital
yanqui, por el acelerado proceso de absorción que
ocurre ante sus ojos, termina responsabilizando por ello
a ciertos vicios de los cubanos: "nuestra pereza
patricida", el amor por el juego, el hedonismo y la
despreocupación, la falta de energía para extraer del
suelo la riqueza. Increpa así al compatriota
inconsciente: ¡Tú
has vendido tus tierras al billete extranjero / has
jugado a los gallos... casi eres pordiosero! (Véase
la valoración de Jorge Ibarra en Nación
y cultura nacional. Editorial Letras Cubanas, La
Habana, 1981). En este y en otros acercamientos al problema central de
Cuba (la condición neocolonial), la necesaria y justa
denuncia de la complicidad nativa en la entrega del país
y en la traición a los ideales martianos, se desliza
hacia un enjuiciamiento del cubano. De manera
inconsciente, reaparece, en las más honestas
preocupaciones sobre la nación, la imagen subordinada
de nosotros mismos que está en el centro de la cultura
plattista. "Somos la sombra de un pueblo", será el amargo dictamen del poeta José Manuel Poveda en su "Elegía del retorno", de 1918. "Los párrafos tristes o coléricos de nuestros patriotas suenan como un ruido sin sentido en las conciencias", y es que no somos independientes. No somos sino una factoría colonial, obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos, como una mala mesnada; no podemos defendernos. Un soplo de dispersión ha barrido las conciencias, y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de disolución ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. (José Manuel Poveda: “Elegía del retorno”, El Fígaro, enero de 1918. En Prosa,
T. II, La Habana, Letras Cubanas, 1981). Tales angustias, tales búsquedas, van a animar de manera
más o menos explícita, consciente o inconsciente, la
mayor parte de la creación artística y literaria
cubana, desde el establecimiento de la república
neocolonial hasta el triunfo revolucionario de 1959. El
arte se presta en algunos casos al juego plattista y
adopta la imagen seudonacional, externa, frívola, y
muchas veces prostituida que armoniza con el experimento
de la neocolonia. La voz libre de José Ramón
Cantaliso, el trovador creado por Nicolás Guillén, daría
una respuesta plena de cubanía a estas expresiones del
plattismo. Las indagaciones sobre las honduras del ser
nacional, de Lezama y de los fundadores de Orígenes,
serán otras respuestas, nacidas también de la más
honda cubanía, al triste cultivo de la cubanidad
externa y castrada. Unos ochos años después, en 1957, en la última charla
de su ciclo sobre Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier recordaba la muy citada frase
de John Quincy Adams sobre Cuba como "fruta
madura", destinada a caer por gravitación en manos
de Estados Unidos: Vistas las cosas desde un ángulo estrictamente económico, podría decirse que la ley enunciada se cumplió, se está cumpliendo (...). Pero contemplando el principio desde el ángulo espiritual, comprobamos con asombro que no, que la fruta no cae en las manos yanquis, sino que se deshace y evapora en la brisa como un perfume inapresable. Cierto que somos víctimas de la más sutilmente corruptora influencia que haya sufrido jamás el hemisferio occidental, y digo esto no porque le atribuya una malignidad específica, sino porque lo propio del ingenuo american way of life es desustanciar desde la raíz los valores de todo lo que toca. (Cintio Vitier: Lo
cubano en la poesía; primera edición: 1958. La
Habana, Instituto del Libro, 1970). Si bien no duda de que estamos expuestos a desaparecer
"como Estado, aunque sea en apariencia
soberano", nos salvará lo "frágiles,
irresponsables e inconsistentes" que somos los
cubanos. Es el "reverso positivo de nuestra
ingravidez" lo que impide la disolución de Cuba en
la marea yanqui, lo que nos permite flotar, desafiar las
aguas y la ley de gravedad. Es muy revelador que dos hombres de la cultura, de tanto
rigor y profundidad en sus acercamientos a lo cubano,
hayan buscado reservas de optimismo en esa
"ingravidez", hasta hacer brotar de ella, dramáticamente,
una frágil posibilidad para el destino de la cultura
nacional y de la nación misma. Se trata de una de las
paradojas propias de estas indagaciones sobre lo cubano,
construidas en una atmósfera de disolución y
desmoronamiento. La frase sobre la "isla de
corcho" nace de una raza de cubanos muy distinta de
la que representan hombres como Ortiz y Vitier. Nace del
cinismo que late en la peor cubanidad, del sin sentido y
de la nada. Y en el sombrío nihilismo de esa frase, la
cubanía ética logra encontrar potencialidades
inesperadas. Muchas de estas exploraciones en torno a lo cubano tienen
la huella de su coyuntura histórica; pero también
ofrecen una plataforma valiosísima para los enigmas que
nos sigue presentando nuestro ser nacional. Algún día
habremos de completar esta revisión de la ligereza
cubana, y de otros rasgos que a primera vista parecen
condenables. Creo que aquella ligereza y la antisolemnidad, y hasta el propio choteo, se
insertaron luego en la nueva realidad revolucionaria, y
adquirieron en ocasiones un nuevo signo, y nos ayudaron
a mantener la frescura y la originalidad. La "función
crítica saludable" que concedía Mañach al
choteo, "en ciertos casos", como defensa
frente a la adversidad como "descongestionador
eficacísimo" y como arma en contra de "una
autoridad falsa o poco flexible" (Jorge Mañach: Indagación
del choteo. La Habana, Ediciones Revista de Avance,
1928), se ha seguido ejerciendo entre nosotros, y ha
complementado la elevación del nivel educacional y de
la capacidad reflexiva que aportó la Revolución. Hemos
formado cubanos más cultos, más preparados para el análisis,
y en ellos el choteo, en su versión crítica y útil
(no en la nihilista), ha sido un apoyo frente a dogmas,
formalismos y esquemas. En la
década del 50, el proceso de absorción cultural que
estaba sufriendo el país, se aceleró de manera
visible. La Revolución vino a interrumpir aquella
escalada desnacionalizadora y puso en primer plano el
ideal inconcluso de Martí y de los fundadores. Enero de 1959 representó la oportunidad de completar el
proyecto nacional y de salvar, incluso, la identidad y
la cultura cubana. La dimensión cultural de esta
posibilidad histórica era percibida con más
intensidad, lógicamente, entre los escritores y
artistas. Muchos regresaron del extranjero y vinieron a
unirse a la edificación de la patria renovada; otros
salieron del silencio, de trabajos oscuros, y
compartieron con el resto del pueblo todas las tareas
inaugurales, y la conciencia de que Cuba y los cubanos
estaban viviendo días de una relevancia sin
precedentes. Roberto Fernández Retamar recibió los primeros
ejemplares de su Idea de la estilística, impreso unos meses antes, en medio de la
efervescencia del triunfo revolucionario, y aquella obra
suya le llegó como un anacronismo, como un extraño
mensaje del pasado: El colofón
de este librito informa que se terminó de imprimir
"el día veintinueve de diciembre de mil
novecientos cincuenta y ocho". No era sólo el
libro lo que terminaba en esa fecha: era toda una época.
Unas horas después, el primero de enero de 1959, el
mundo había cambiado definitivamente para los cubanos
—y no sólo para nosotros—. Cuando vine a recibir
los primeros ejemplares de mi Idea de la estilística,
recién impreso y a menos de año y medio de haber
terminado de escribirlo, me parecía que me separaban
siglos de aquel libro. (Roberto Fernández Retamar: Ensayo
de otro mundo, La Habana, Instituto del Libro,
1967). El cubano experimenta ahora la sensación inesperada de
que su acción como pueblo tiene un sentido que
trasciende la isla; de que su obra, lo que él hace y
construye, es observado y valorado por muchos hombres y
mujeres de todas partes. Aquella idea de Martí, que
vinculaba las responsabilidades de nuestros
independentistas nada menos que al "equilibrio del
mundo", se hace patrimonio común de los cubanos
después de 1959. Decía Lezama que con la obra de Heredia "es la
primera vez que un cubano habla en grande; es la primera
vez que un cubano se universaliza (...), que un cubano
va más allá de sus fronteras" (José Lezama Lima:
"Conferencia sobre José María Heredia",
1966. En Fascinación
de la memoria. La Habana-Madrid, Editorial Letras
Cubanas, 1993). Podríamos decir que, con la Revolución,
por primera vez Cuba, como nación, se universaliza; por
primera vez Cuba, como nación, "habla en
grande", y es escuchada. Estos cambios culturales aún no han sido estudiados en
todo su alcance. Se produjo, por supuesto, una
transformación sustancial en la cultura política de
los cubanos, y una explosión educacional, científica y
artística de extraordinaria resonancia. Pero también
hubo notables mutaciones en los hábitos, en las
costumbres, en el modo de ver la vida, y se fue
consolidando una percepción del cubano sobre sí mismo
y sobre el destino de su país, que, con elementos de la
tradición y con elementos nuevos, significaba en su
conjunto una imagen inédita de gran importancia
cultural. Lezama, en 1968, coloca este giro de la autopercepción
del cubano en una evaluación simbólica del asalto al
cuartel Moncada: Se decía que el cubano era un ser desabusé, que estaba desilusionado, que era un ensimismado pesimista, que había perdido el sentido profundo de sus símbolos. Como una piedra de frustración, el cubano contemplaba a Martí muerto, expuesto a la entrada de Santiago de Cuba, o a Calixto García obligado a quedarse contemplando las montañas, sin poder entrar en la ciudad. Pero el 26 de Julio rompió los hechizos infernales, trajo una alegría, pues hizo ascender como un poliedro en la luz el tiempo de la imagen, los citareros y los flautistas pudieron encender sus fogatas en la medianoche impenetrable. (José Lezama Lima: "El 26 de Julio: Imagen y
posibilidad", La
Gaceta de Cuba. La Habana, nov.-dic. de 1968. En Imagen
y posibilidad. La Habana, Letras Cubanas, 1981). Por supuesto, no se trataba solo de una nueva imagen: la inmersión en un proceso revolucionario tan radical pondría en primer plano las virtudes del cubano, y haría retroceder sus vicios y defectos. La cultura plattista sufriría un repliegue vertiginoso. A escala de masas, habría un renacer de la dignidad nacional a través de la intensa militancia social. Lo que el discurso político diseñaba en términos de imagen iba acompañado del efecto formador de la práctica. Ramiro
Guerra, en 1921, había llegado a la conclusión de que
el cubano es "inconsistente en la vida
intelectual", pero no "en lo tocante a la vida
afectiva": "bajo la presión de sus
sentimientos, el cubano es capaz de demostrar las más
altas cualidades de tenacidad, perseverancia y espíritu
de sacrificio" (Ramiro Guerra: Historia de Cuba. La
Habana, 1921, t. 1). Dejando a un lado los aspectos
discutibles de esta reflexión, sí resulta útil anotar
que a partir de 1959 los cubanos hicieron gala de esas y
otras virtudes. Estaban, es cierto, bajo el efecto de
sentimientos muy vivos; pero esta corriente patriótica
de fuerte raíz afectiva, se acompañó desde el
principio de una labor de educación y esclarecimiento
intelectual. En este proceso, el cubano de la isla fue
sometido a un aprendizaje vertiginoso y muy intenso:
mantuvo una indudable emotividad en torno a los ideales
de la patria y la Revolución, y fue cada vez mayor y más
determinante en él una cultura política basada en la
comprensión de las realidades de Cuba y del mundo. Una conmoción tan honda en el ámbito de los
valores, no podía verificarse sin resistencia, sin
desgarramientos a nivel de la conciencia individual. En
la literatura y el arte de aquellos años de fundación
encontramos no solo el saludo exaltado a la Cuba
renacida; también asoma el testimonio de las
contradicciones, a veces dolorosas, de los que se
experimentan a sí mismos como "hombres de transición".
Hay, al propio tiempo, en los escritores y artistas que
llegaron a la Revolución todavía jóvenes, aunque ya
formados intelectualmente, una alegría y un orgullo
indisimulables por la transformación del medio y de sí
mismos. El cambiar
es morir del intelectual desajustado, que se aferra
como tabla de salvación al Yo idealmente intocable por
el tiempo y la historia, es barrido por estos jóvenes
que exaltan el cambio
como factor de superación, a sabiendas de que implica
una dosis de heroísmo y de renunciamiento. El
Che describe en 1965 la sociedad cubana como una
"inmensa escuela", donde confluyen la voluntad
del individuo y la presión social: El individuo recibe continuamente el impacto del nuevo orden social y percibe que no está completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se autoeduca. (Ernesto Che Guevara: "El socialismo y el hombre en
Cuba". En Obras
1957-1967, T. II. Casa de las Américas, La Habana,
1972). Se difunde a escala de masas la conciencia de que el
cubano está transformando su entorno y está,
simultáneamente, empeñado en transformarse a sí
mismo. El estudio, como una necesidad, como una vocación,
se prestigia como nunca antes en la historia del país,
y se hace presente en la vida cotidiana de los cubanos
en aquellos primeros años. El listo
clásico para el cual la cultura es una "bobería",
una "pedantería", una "pérdida de
tiempo", algo "que no da nada", parece
replegarse ante el empuje de esta nueva conciencia. La
receta que tantos cubanos honestos habían defendido
para sacar al país de la decadencia, la "salvación
por la cultura", se aplica ahora en las únicas
condiciones sociales y políticas en que hubiera sido
posible. Acompaña a este elogio del cambio
y del carácter transformador de la educación y la
cultura, una intensa búsqueda de los cimientos de la
nación cubana, del hilo conductor que une a los
revolucionarios del presente con los de las guerras
anticoloniales. La nueva imagen de Cuba y del cubano se
fundamenta en el rescate de aquellos valores y virtudes
realzados por Martí y por los defensores de la cubanía,
y tiene su piedra de toque en la idea de la
independencia, en la capacidad del país para labrarse
un camino, aun contra la voluntad del imperio, y en los
siempre postergados anhelos de igualdad y justicia.
Implica, además, una comprensión del mundo y de sus
contradicciones, donde se proyectan a escala universal,
estos mismos ideales. Es una imagen novedosa, aunque se
nutre de principios y sentimientos con una rica tradición
en la historia de Cuba: el antiimperialismo de Martí,
Mella, Guiteras; el internacionalismo, explícito en el Manifiesto de Montecristi y en las propias bases del Partido
Revolucionario Cubano, y practicado luego por tantos
cubanos en defensa de la república española; la vocación
latinoamericanista, y la solidaridad hacia "los
pobres de la tierra". Estas naciones vivían en el
fermento de la nación, dispersas, agredidas por la cultura
plattista; y con la Revolución de 1959 cobran
fuerza, se enriquecen súbitamente, se suman al ideario
socialista, y se organizan en un coherente cuerpo ideológico,
donde la figura y el pensamiento de Martí ocupan un
sitio central. La Revolución se nutrió de un
sentimiento antiplattista, que siempre se mantuvo vivo
como expresión de la resistencia de la cubanía. En 1953, como conclusión de sus indagaciones sobre
nuestro perfil nacional, Elías Entralgo proponía dos
nociones básicas para una "filosofía cubana"
del porvenir, que se adelantaba a calificar de utópica:
la "comprensión" y el "devenir" (Elías
Entralgo, op. cit.).
En cierto modo, en la relectura del pasado de la nación
y en la fuerte carga de futuridad que propone el
discurso político revolucionario, hay un énfasis en la
"comprensión", cuando se promueve una
conciencia histórica y un hincapié permanente en el
significado mismo del proceso, y en el
"devenir" cuando se asumen reiteradamente los
esfuerzos de hoy como preparación de la Cuba futura.
Este particular sentido histórico y la convicción de
ser un colectivo humano con voluntad, capacidades y
destino propios, pasaron a formar parte de las nuevas
concepciones culturales, y vinieron a dar respuesta a la
imagen de la isla de corcho, que flota al azar, o
sometida a la fatal imantación del imperio, al cubano
como fragmento, desprovisto de lazos, de raíces, y al
mediocre "vivir-en-el-presente". Estas
percepciones, de filiación plattista, no pudieron ser
abolidas: cobran vigor en los momentos de crisis, pero
han quedado reducidas a expresiones aisladas,
individuales, frente al consenso mayoritario de la cubanía. También en el campo específico del arte y la literatura
se hicieron contribuciones sistemáticas al rescate del
pasado nacional. Textos de los poetas, narradores, críticos
y pensadores que crearon las bases culturales de la nación,
y que eran conocidos solo por unos pocos especialistas,
se publicaron profusamente; se sistematizaron los
estudios de las tradiciones cubanas y se creó una
conciencia patrimonial. Lezama hablaba, un poco en
broma, de una "erudición revolucionaria" (José
Lezama Lima: Fascinación...,
op. cit.) a
partir de la recuperación de figuras menores, sobre
todo del siglo xix,
que, a la luz de la nueva política editorial y de
investigaciones, nos obligan a reevaluar épocas
completas. No prosperó en Cuba revolucionaria el proletkultismo,
y fueron raras las expresiones iconoclastas; aunque hubo
entre nosotros cierta tendencia, nacida en el contexto
de apoteosis de lo nuevo y de repulsa al pasado
inmediato, que negaba afectivamente, sin las
imprescindibles distinciones, cuanto proviniera de la
república neocolonial. Se trabajó con más intensidad
el legado de las etapas inaugurales de nuestra
nacionalidad, y sobre todo el siglo XIX, que el de los años
republicanos. También fueron privilegiadas figuras,
corrientes y momentos históricos que, por su
naturaleza, se sentían más cercanas a los retos de la
contemporaneidad. Estas y otras tendencias fueron
sustituidas paulatinamente por un acercamiento maduro y
desprejuiciado a la totalidad de nuestro patrimonio. Empezaron a publicarse, incluso, después de muchos años
de omisiones y silencio, algunos libros de autores
cubanos que habían abandonado el país después de
1959. Con estas publicaciones se iniciaba un programa
acertado de rescate, para el patrimonio vivo de la nación,
de obras básicas de la cultura cubana, que implicaba
independizar la posición política del individuo de los
valores de su obra y de sus aportes culturales. La nueva autopercepción del cubano tropezó con esquemas
de la propia propaganda revolucionaria, a través de
estereotipos que borraban en un esfuerzo inútil ciertas
constantes de nuestra idiosincrasia. La aspiración de
promover un "héroe positivo", a la que no
estuvieron ajenos por momentos el arte y la literatura,
dio lugar a pobres arquetipos, donde el cubano resultaba
irreconocible. El humor, el choteo, la irreverencia, se
han mantenido vivos y vigentes, y nos han acompañado en
la epopeya de todos estos años, a pesar de
almidonamientos y de falsas solemnidades. Al propio
tiempo, de nuestra condición irreverente y alegre, y
hasta de nuestras carencias, han brotado otros
estereotipos, y hemos hecho aportes al folclor político
contemporáneo que van desde apologías a la pobreza y a
un socialismo rumbero y anárquico, hasta aquella
etiqueta de "revolución sin ideología", que
Sartre nos colocó apresuradamente para después quitárnosla. Nos persiguen, pues, los estereotipos. Con los años, los
medios de difusión imperiales y contrarrevolucionarios
darían un vulgar uso propagandístico al viejo esquema
plattista que condena al cubano a la subordinación,
para tildar a Cuba de "satélite soviético",
y a nuestros internacionalistas de
"mercenarios" pagados por el oro de Moscú. Dejando a un lado tales difamaciones, que no merecen
comentarios, sí valdría la pena investigar hasta dónde
tuvo consecuencias culturales el copismo
del modelo soviético, denunciado en el proceso de
rectificación. Es probable que haya rasgos
neoplattistas en el pensamiento burocrático del copismo,
y desde antes, en sectores dogmáticos, y aquí o allá,
en aquellos intentos de aplicar esquemas y categorías
seudomarxistas a la historia de Cuba, o entre algunos
profesionales educados en las universidades del socialismo
real. Sin embargo, a nivel popular nunca se percibió
la relación entre Cuba y la URSS como un vínculo
plattista; ni se crearon entre nosotros sentimientos
antisoviéticos, que se advertían con mayor o menos
virulencia en los países de Europa oriental. En
Cuba nadie hubiera podido concebirse como habitante de
un satélite de la URSS: había y hay entre nosotros una
percepción demasiado vívida, y permanentemente
renovada, de la absoluta independencia de la dirección
revolucionaria, como para convivir con una idea
semejante. El
cubanísimo epíteto de bolos,
que aludía a la presunta falta de refinamiento y
agudeza de los soviéticos, era más bien una ironización
benevolente, perdonadora, donde no había rencor ni
hiel. Esta expresión de bolos,
incluso, nos separa radicalmente de todo mecanismo
plattista de subordinación: coloca al cubano en una
instancia superior, casi paternal, y contempla al bolo
como a alguien proveniente de un mundo rudimentario. No
hay, pues, la admiración plattista por el extranjero,
ni la envidia, ni el afán de imitación, ni el odio que
se genera en el reverso del plattismo contra el
colonizador. Aunque hubo zonas de la cultura y la educación que
sufrieron la dañina influencia del copismo, en el arte y
la literatura esa resonancia fue muchísimo menor. Esto
tiene una significación particular, porque las imágenes
artísticas desempeñan una función básica en la
formación de símbolos y mitos que serían luego de
consumo colectivo. Entre los cubanos, el arte y la literatura de la URSS y
de otros países socialistas tuvieron una repercusión
limitada. Con excepción de cierta narrativa soviética,
de tema bélico, que se leyó mucho en los 60 tempranos,
nunca hubo una recepción de masas en nuestro país para
estas culturas. Se puso de manifiesto una especie de
discrepancia cultural básica, una fisura, una
resistencia. Si entre los artistas y escritores cubanos
se dio un rechazo al "realismo socialista" y a
otros obvios errores de política cultural, en el gran público
las preferencias se orientaban instintivamente hacia
otras zonas del patrimonio universal. Nuestro público,
formado con patrones occidentales —europeos,
norteamericanos y también latinoamericanos—, e
influido sin duda por la cultura de masas al estilo
yanqui, se resistía ante ciertos temas, ante ritmos,
mensajes y formas que sentía demasiado ajenos y
terminaban por aburrirle. No creo que haya que aplaudir
en bloque este fenómeno: muchas obras de arte de alta
calidad, provenientes de aquellas culturas, fueron solo
apreciadas en Cuba por minorías, y esto revela
insuficiencias en nuestro programa educativo y cultural,
y hasta algún residuo del plattismo clásico, del
plattismo proyanqui. No fue sólo en el ámbito de la cultura política
donde se abrió la mirada del cubano al mundo: la vocación
universal de Martí, del resto de los fundadores de la
nación, y del propio proceso revolucionario, se expresó
con nitidez particular en la difusión de las artes y la
literatura. Aunque se orientó a una reafirmación de la
originalidad nacional cubana, a la protección de
nuestros valores, y a la condena de las formas disímiles
de colonización y subordinación, el diseño de la política
cultural trató al mismo tiempo de excluir las actitudes
propias del "aldeano vanidoso" y las
posiciones chovinistas: quiso dar más bien forma
institucional a aquel "espacio gnóstico
americano" propuesto por Lezama: una pradera
dispuesta a recibir todas las lluvias, los vientos y
brisas, las semillas venidas de todas partes, sobre el
fundamento de una capacidad de selección natural que
asimila las influencias provechosas y se cierra a las
pudieran ser dañinas. Nuestro "espacio gnóstico" estuvo abierto a la
creación artístico-literaria de calidad emanada de los
centros culturales de Europa occidental y Estados
Unidos, a la proveniente de América Latina, del Caribe,
de África y de todo el Tercer Mundo, y a la que se
producía en la URSS y en los países de Europa
oriental. Era una apertura y una recepción que incluía
también, implícita y explícitamente, una visión
descolonizada, y descolonizadora, del hecho cultural. Se
ofrecía al cubano, junto a un panorama auténticamente
universal de la creación artística, una oportunidad de
acercarse al mundo en términos de igualdad y con nuevas
jerarquías y escalas de valores. La afición universal de nuestros escritores y artistas
se enriqueció con muchos elementos tomados de la nueva
cultura política: una relación estrecha con la gran
patria latinoamericana y con todo el sur; la indagación
sobre las causas reales del subdesarrollo y sobre su
expresión en las jerarquías culturales; el
antihegemonismo; el ya mencionado sentido histórico y
la correspondiente carga de futuridad. Esta interacción
entre cultura política y artística, estimuló además
continuas reflexiones sobre el compromiso
y las funciones sociales de la intelectualidad; pero,
contrariamente a lo que reitera la propaganda
anticubana, no promovió el panfleto, que tuvo solo
manifestaciones esporádicas. Entre debates
interrumpidos y la supervivencia de prejuicios
anticulturales, entre pugnas, extremismos, errores y
valoraciones injustas, fue naciendo un pensamiento
cultural afincado en una izquierda limpia de dogmas,
riguroso, martiano, universal y nuestro, que torpezas y
pequeñeces no nos han permitido valorar en toda su
magnitud. El rescate alcanzó, además, a la cultura popular, al
folclor, a las tradiciones. La práctica investigativa y
promocional tuvo que enfrentar antiguos prejuicios y
concepciones elitistas, e incluso racistas, y llevó a
cabo una labor de búsqueda y promoción que implicó
una revisión de las valoraciones acostumbradas y amplió
los marcos con que se juzgaba al movimiento cultural
cubano. El hecho de prestigiar la creación popular es solo uno
de los aspectos de la democratización de la cultura.
Junto a una impresionante expansión de las
oportunidades para el desarrollo del talento, crece
masivamente la posibilidad de recepción y disfrute de
la cultura. Hijos de campesinos y obreros, gente de
procedencia muy humilde, estudian en las escuelas de
arte y alcanzan un alto nivel como profesionales en la música,
la danza, la literatura, las artes plásticas. Llevan a
las manifestaciones artísticas más elaboradas el
aporte de su origen popular, en un fenómeno muy poco
estudiado a pesar de su trascendencia. He pretendido describir, a saltos, los rasgos que a
partir de 1959 caracterizan la psicología colectiva del
cubano, su autorrepresentación —especialmente— los que aparecen con más fuerza en la
transformación cultural que se experimenta a escala de
masas. Algunos de estos rasgos, como hemos visto, nos
vienen de la tradición, y son potenciados por el
proceso revolucionario; otros parecen nacer en la épica
de estos años. La imagen bosquejada es incompleta y
carece además de movimiento. Resulta obvio que esa
imagen no apareció, acabada y perfecta como un
advenimiento: se fue conformado desde 1959 hasta hoy, y
los diversos momentos históricos protagonizados por los
cubanos, en más de tres décadas de tensa militancia
social, han modulado este complejo de percepciones y de
símbolos. Creo, sin embargo, que los rasgos apuntados
tienen vigencia, independientemente de la supremacía
que puedan alcanzar unos sobre otros en una coyuntura
específica. La relevancia adquirida por estos rasgos y valores no
significó la desaparición de personajes, conductas y
concepciones asociados tradicionalmente a nuestro ser
nacional, y relacionados por muchos pensadores con las
frustraciones y adversidades en que se gestó. Algunos
de ellos, incluso, se integraron al nuevo medio
socioeconómico y resurgieron con apariencias novedosas.
El pícaro cubano, el bicho,
por ejemplo, replegado por momentos, más impúdico y
voraz en ocasiones, ha estado presente con un disfraz u
otro a lo largo del proceso revolucionario; y ahora,
gracias a la crisis económica, ha florecido. Aquel
"vivir en el presente", hedonista, sin futuro,
aquel nihilismo que fue una pesadilla recurrente en
todos los investigadores de lo cubano, cobra fuerza en
las condiciones actuales y se vincula con el desgaste ético.
Paternalismo, incompetencia administrativa, descontrol,
y una pobre exigencia, entre otros ingredientes, han
abierto, más de una vez, un espacio propicio a aquellos
vicios clásicos relacionados con la dispersión, la
indisciplina y el cubaneo,
en el peor sentido de la expresión. Hemos visto así, a
lo largo de estos años, junto a muestras
extraordinarias de constancia, heroísmo y energía
creadora, la presencia intermitente, pero obstinada, de
las zonas oscuras de lo cubano. La recurrencia de tales deformaciones, sin embargo, no
debe conducirnos a aquella angustia y a aquel fatalismo
que acosaba a tantos pensadores honestos en la república
plattista. La estructura de la dependencia, y el clima
cultural y moral que le corresponde, son las bases históricas
para la vida y la multiplicación de estas zonas oscuras
de lo cubano, y la Revolución abolió tales
fundamentos. Este es un paso decisivo, un dato clave que
no debemos perder de vista, ni permitir que nos sea
ocultado por ningún retroceso coyuntural, por ningún caso, por ninguno de los "enanos con casaca de papel"
anatematizado por Martí. Los cubanos han mostrado con
creces, en estos años, que nada tienen que ver con
aquella "mala mesnada", desorganizada y
envilecida, de la terrible estampa de Poveda, y sí con
"la masa mestiza, hábil y conmovedora (...), la
masa inteligente y creadora de blancos y de negros"
(José Martí: "Carta a Manuel Mercado", 18 de
mayo de 1895. En O.C.,
T.20) que Martí no dejó de contemplar nunca, por
encima de la algarabía, a veces abrumadora, de pícaros,
bribones y sietemesinos. La Revolución ha sido la obra más trascendente de la
cubanía. Logró cambiar para siempre el destino del país,
e intervino, sí, y decididamente, en el equilibrio del mundo. La cubanía es capaz, pues, de grandes cosas,
de hazañas que harían estallar la tímida imaginación
de los plattistas; y su empuje y su fecundidad han ido
dejando pruebas palpables, obras, ejemplos, incisiones
en la memoria de este siglo que pertenecen ya, por
derecho propio, a las futuras generaciones de cubanos. Los estudiosos de la emigración cubana distinguen varias
oleadas, no solo separadas en el tiempo, también en sus
motivaciones, en su composición social, étnica y
cultural, y en los valores y vivencias que llevan
consigo. Subrayan, además, actitudes culturales
diferentes entre las generaciones, y divergencias con
respecto a Cuba y a la propia cubanidad; señalan los
procesos de mezcla e integración, específicamente en
Estados Unidos, y la aparición de la llamada
"biculturalidad" (en la revista Cuadernos
de Nuestra América, editada en La Habana por el
Centro de Estudios de América, aparecen numerosos
trabajos sobre la emigración cubana, de Rafael Hernández,
Juan Valdés Paz y otros investigadores. Del primero,
pueden consultarse, entre otros, "La política de
los Estados Unidos hacia Cuba y la cuestión de la
migración" y "Sobre las relaciones con la
comunidad cubana en los Estados Unidos", en los números
3 y 17, de ene.-jun. de 1985 y de jul.-dic. de 1991; del
segundo, "La aculturación de la comunidad cubana
en los Estados Unidos", en el No. 7, de ene.-jun.
de 1987). El primer exilio es portador, por una parte, de una
cultura nacional muy vigorosa; por otra, llevada consigo
en legado cultural plattista que, luego, al injertarse
sobre todo en la sociedad norteamericana, se enriquecería
de modos diversos. Se enquistaría defensivamente la
cubanidad externa y crecería el plattismo, ahora en el
corazón del imperio. La utilización de la emigración cubana por el gobierno
yanqui como punta de lanza contrarrevolucionaria y,
luego, como un modelo de comunidad hispana próspero,
integrado y de derecha, enfilado hacia el resto de las
minorías residentes en Estados Unidos y hacia América
Latina ha contribuido a la perpetuación de un fuerte núcleo
de cultura plattista, sobre todo en la Florida. El
perfil político y clasista de los primeros exiliados, y
los programas gubernamentales de apoyo y manipulación,
según los intereses norteamericanos, junto a la presión
y el juego político de los sectores anexionistas de la
emigración, han contribuido a la consolidación de esta
modalidad de la cultura de la dependencia. Hay una curiosa polaridad entre los empeños de esos
primeros exiliados en conservar una estampa congelada de
la Cuba de los 50, frente a la apología de la transición
de la cultura revolucionaria de la isla. Ya hemos visto
cómo se conciliaba en la isla la exaltación del cambio
con una vehemente reivindicación de las raíces
nacionales. Habría que distinguir, en la emigración,
los afanes legítimos de proteger los vínculos
culturales con
la patria, de la preservación de una cubanidad
puramente exterior, contra
la patria. Este segundo impulso pertenece a la más pura
estirpe plattista. En la conservación de esta cubanidad de superficies, se observan algunas paradojas: no se trata de una resistencia a la integración en la sociedad norteamericana, sino de una alternativa particular de integración.Analistas de la televisión hispana, por ejemplo, señalan que el componente del idioma y de ciertos estilos y mensajes supuestamente originales, no impide en lo absoluto que este medio, de enorme resonancia cultural, o subcultural, sea un difusor eficaz de los valores propios del sistema yanqui, y que su función se oriente, sin ambages, a la asimilación (véase Juan Valdéz Paz, op. cit.). El núcleo de cultura plattista en la comunidad cubana no solo influye en el seno de la misma; también influye en Cuba, sobre todo a través de la programación radial contrarrevolucionaria. No se trata solo, por supuesto, de un plattismo importado: hay en la isla, en medio de la gravísima crisis económica que enfrenta el país y de la conmoción ideológica que sobrevino con el derrumbe del socialismo europeo, brotes espontáneos de cultura plattista. Sus cultivadores son, en su mayoría, personas que perdieron la fe, se desgajaron del proyecto colectivo nacional y se aferraron ahora a la salvación individual como única doctrina posible. La cultura plattista, en su versión contemporánea, es el peor enemigo de la cubanía, tanto de la cubanía que palpita en lo mejor de la emigración, como de la que defendemos en la isla. Es también el peor enemigo de un acercamiento desprejuiciado y estable entre la nación y la emigración. Se habla de la ideologización del clima social y cultural de la Revolución Cubana; pero apenas se alude a la agresiva ideologización contrarrevolucionaria de cultura plattista. El panfleto y la cultura degradada a propaganda caracterizan a determinados sectores del exilio, y, en una etapa, fueron el esquema cultural predominante. Escritores de talento, incluso, envenenados por el resentimiento, o deseosos tal vez de abrirse espacio por vías políticas, banalizan el mensaje de su trabajo literario hasta niveles incalificables. El discurso contrarrevolucionario muestra una dura homogeneidad y en él se disuelven las voces individuales de políticos, escritores y publicistas. Esa producción inagotable de tergiversaciones, insultos y francas mentiras, esa bilis que parece brotar de un pozo sin fondo de odio y apetitos de venganza, tiene una base conceptual, a veces, incluso, consciente y bien pensada, en la cultura plattista. Un libro donde el vínculo entre hidrofobia contrarrevolucionaria y plattismo se hace evidente, es Mea Cuba, de Cabrera Infante. Allí, junto al consabido catálogo de improperios y calumnias, nos reencontramos, 80 años después, con aquel “realismo plattista” proyanqui, fatalista y geopolítico de Martínez Ortiz, prácticamente intacto. Martínez Ortiz trató de llevar adelante la operación básica, imprescindible y siempre fracasada, del plattismo republicano —la negación o falsificación del pensamiento de Martí, a través del enaltecimiento de la acción civilizadora norteamericana, de su triste contrautopía antillana, ya comentada, y de considerar inútil e impracticable el ideal de unidad latinoamericana ante un panamericanismo hegemonizado por los yanquis. Por pudor, por miedo a la reacción de los auténticos martianos, o por quién sabe qué, el plattista Martínez Ortiz se cuidó mucho de aludir explícitamente a Martí y a su cuerpo de ideas. El plattista Cabrera Infante va más
allá en sus pretensiones de refutar a Martí, utiliza
recursos más baratos y desvergonzados, y hasta se
permite colocar una cita del Apóstol de la cubanía en
el umbral de un libro antimartiano de principio a fin.
No solo defiende airadamente al imperio yanqui de las
acusaciones que le llegan del arsenal izquierdista de
clichés: también
repudia la propia noción de América Latina, un cliché
más de esa izquierda profesional, que es recibida a
menudo en las universidades norteamericanas y allí
“muerde la mano del que le da de comer”. Pero va
todavía más lejos, y nos presenta una caricatura de
Martí, que es, sobre todo, un escritor, cuya única
vigencia está hoy en su “literatura imperecedera”,
y, además, un hombre fanático que buscó “la muerte
romántica” en Dos Ríos, que fue ese 19 de mayo a
pelear contra sí mismo, “contra su propio enemigo”,
en “un suicidio calculado”. El Martí
antiimperialista resulta escamoteado de manera inaudita,
y lo más notable de su relación con Estados Unidos es
que allí, sobre todo en Nueva York, se hizo
verdaderamente un escritor. ¿Será también Martí un ingrato
como los izquierdistas profesionales
de hoy? Cita la inevitable carta de Mercado desde Dos Ríos,
solo para discutir otro cliché martiano e izquierdista,
la dualidad norte-sur. Con la alusión al “norte
revuelto y brutal”, “es la primera referencia geográfica
al norte que quiere ser histórica”, y, por supuesto,
para un convencido de la geopolítica plattista, “la
historia (...) pasará, pero quedará siempre la geografía,
que es nuestra eternidad”. Así, el violento anatema
de Martí contra el norte imperial, pretende ser
descalificado entre juegos de palabras, y la
reivindicación de ese norte como “un lugar geográfico
(...) de donde parte cada fin de año un trineo (...)
guiado (...) por un señor gordo y con barbas, siempre
vestido de rojo y conocido por el epiceno nombre de
Santa Claus” (Guillermo Cabrera Infante: Mea Cuba. Madrid, Plaza y Janés, Cambio 16, 1992. Las citas son de los textos “Días callados en
cliché”; “Nuestro prohombre
en La
Habana”; “¿Quién mató a Calvert Casey?”; “El
martirio de Martí”; “Entre la Historia y la nada” y del “Aviso” preliminar). Si la América martiana, la que va “del Bravo a Magallanes”, que “es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido la más infeliz, la América en que nació Juárez”, la América que está en el centro mismo de las angustias y utopías de Martí, es un puro cliché; si el enemigo principal de “nuestra América mestiza” (José Martí: “Madre América”, 1881, y “Nuestra América”,1891, O.C., T.6) y de la cubanía, queda absuelto de todas sus culpas; si no podemos escapar del fatalismo geopolítico; si en Dos Ríos no murió un héroe de la independencia cubana y latinoamericana, sino un suicida, un alucinado que quería un final romántico, si el ideario político martiano se disolvió en el destino efímero que le correspondía, ¿qué nos queda de Martí, aquel que nos dejó “la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica” (José Lezama Lima: “Secularidad de José Martí”. En Orígenes, No. 33 de 1953. Imagen y posibilidad. La Habana, Letras Cubanas, 1981), aquel hombre sagrado de la cubanía cuyos “signos (...) tenemos que reverenciar, descifrar y habitar” (José Lezama Lima: “La sentencia de Martí”. En Tratados en La Habana. La Habana, 1958). Nos queda, responde Cabrera Infante, su “literatura imperecedera”. Por supuesto, la palabra martiana tiene una trascendencia que una profesora de literatura de secundaria pudiera calificar, con razón, como lo hace Cabrera Infante, de “imperecedera”. Pero Cabrera Infante está orgánicamente incapacitado para calcular el verdadero alcance, incluso literario, de Martí: nadie tan ajeno a la totalidad luminosa del mayor de los cubanos puede entender, y mucho menos juzgar, a su literatura. Al plattismo, claro, le convendría muchísimo que nos acercáramos a Martí por la filología, o por las recitaciones de “Los zapaticos de rosas” en los actos de fin de curso, o por las píldoras de aforismos descontextualizados. En la cubanía vertical del pensamiento de Martí, tan cargada de futuridad y de sentido ético, tenemos uno de los núcleos esenciales de resistencia frente a los plattistas, y ellos lo intuyen, y siguen trabajando contra él. La lectura de la historia de Cuba que propone Cabrera Infante en uno de sus artículos, es, además, groseramente antimartiana y plattista. La primera intervención yanqui, por ejemplo, aparece rebautizada como un “limbo histórico”; evita, por otra parte, cualquier referencia a la ominosa Enmienda, y a la segunda intervención, y a la presencia cotidiana de los nuevos amos en la república neocolonial. Sin embargo, al contemplar la isla en el mapa y situarla entre el Atlántico (“la civilización”) y el Caribe (“la barbarie”) nos indica, didácticamente, que “Cuba está también, para siempre, a 90 millas de las costas norteamericanas. La geopolítica es, qué duda cabe, más decisiva que la política. Piensen en ello” (Guillermo Cabrera Infante. op. cit. Estas y las siguientes citas son del artículo “Y de mi Cuba, ¿qué?, Mea Cuba, loc. cit.) Comparte Cabrera Infante con entusiasmo plattista, la tesis de que “en 1902 Cuba era una nación recuperada con la ayuda norteamericana”. Esta capacidad imperial para la reconstrucción es realzada además a propósito del posible “destino numantino de la isla”: “Muchos recuerdan todavía la destrucción de Numancia, pero nadie, sin embargo, dice que Augusto, emperador de los romanos, la reconstruyó en seguida”. Está claro: a la imagen de los yanquis como reconstructores de nuestro pasado se suma la visión profética de los yanquis como reconstructores de nuestro provenir. Los imperios pueden hostigar, invadir, destruir, bloquear y hasta matar de hambre a cualquier Numancia que se empeñe necia y tercamente en defender su independencia. Después, sobre las cenizas, sobre los cadáveres, vendrán los eficaces buldózeres imperiales en una rápida labor de reconstrucción. Aunque esta idea verdaderamente incalificable repugne a cualquier numantino o cubano digno, o a cualquier hombre digno, más allá de sus ideas políticas, ni siquiera responde a la verdad histórica: revisen la experiencia de todos los pueblos de este continente que han sufrido la agresión imperial, y vean qué clase de reconstrucción llegó después de las bombas y los marines. En Panamá, por ejemplo, los buldózeres imperiales solo hicieron acto de presencia para hacer desaparecer entre los escombros (rápida y eficazmente, es cierto) a las víctimas de los bombardeos, y aún hoy no se tiene siquiera una cifra exacta de los muertos. En su síntesis plattista de nuestro proceso nacional, Cabrera Infante amontona indicadores sin fundamento, mentiras burdas y esquemas propagandísticos para hacer una apología delirante de la Cuba prerrevolucionaria y del posterior “milagro de Miami”, mientras niega de manera inapelable todo cuanto ha hecho la Revolución (respondí a la mezcla caótica de seudoargumentos y falsedades que caracteriza el artículo “Y de mi Cuba ¿qué?”, en un texto que se publicó en el periódico La Jornada, de México, en julio de 1993, y en Nuevo Amanecer Cultural, de Nicaragua, en noviembre del mismo año). Hay aquí un fondo conceptual que debe destacarse. Con Miami, de una parte, y la Cuba revolucionaria de otra, Cabrera Infante distingue una bifurcación en la historia de la isla. En el territorio insular se aplica un injerto artificial, el socialismo, destinado al fracaso, mientras navega hacia el norte lo que podría llamarse, en el lenguaje de hoy, el modelo cubano de desarrollo. La Revolución introdujo en la isla “una ideología económica extraña que “nunca fue, ni en sus mejores tiempos, tan eficaz como el sistema anterior, producto nacional no solo de la historia cubana sino de la geopolítica”. Y ese capitalismo tan auténticamente cubano, y tan bien adaptado a su circunstancia geopolítica, dio muestras de gran vitalidad antes del 59, y luego se trasladó a Miami para florecer allí en la tierra fértil del imperio. La argumentación nos conduce, sin mucho esfuerzo, a la versión extrema de la cultura plattista, al anexionismo: relectura de la historia cubana con los yanquis en el papel de salvadores y reconstructores, en una imagen que también se proyecta al futuro; apología de la Cuba neocolonial y del capitalismo dependiente; reconocimiento del destino geopolítico que nos subordina inevitablemente al vecino todopoderoso; exaltación del “milagro de Miami” como una “solución cubana”. La línea ética que atraviesa la cubanía tiene que resultarle indigerible a un anexionista como Cabrera Infante. Al misterio de Martí no puede llegar. Le están vedados el Lezama fundador y el Piñera fundador, y se acerca a ellos por el chisme de barrio, por el agujero del voyerista, nunca por el desafío de sus obras. Ningún cubano que haya comprendido un poco a Martí, o a Lezama, o a Carpentier, puede hablar del Atlántico como “civilización” y del Caribe como “barbarie”. Solo un anexionista, ganado por la geopolítica y por alguna lectura tardía de Sarmiento, podría colocarse así ante el mapa de la isla. Está perdido, no puede entender nada: es un infante difunto, yerto, exánime, separado para siempre de los jugos subterráneos de lo cubano. Un anexionista puede sentirse cómodo en la cubanidad de la periferia, y puede incluso enriquecerla con bromas y textos antológicos; pero le está vedada la cubanía más honda, la cubanía de la resistencia, la que acumula creación y espíritu para la patria. Martí también estuvo viendo el mapa, y vio la isla y su entorno, y extrajo sus propias conclusiones, diametralmente opuestas a las de John Quincy Adams, a las de Martínez Ortiz, a las de Cabrera Infante. Ese mismo emplazamiento geográfico de la isla, que significa para los anexionistas estar predestinados al sometimiento, al yugo, a una condición subalterna y colonial, es para Martí un reto singular que no puede rehuirse. Cuba está, para Martí, “en el fiel de América”, y justamente por ello le tocan responsabilidades particulares. Por su ubicación pecualiarísima, Cuba tiene que ser una nación libre, un bastión de independencia y soberanía. Así, de esa geografía simbolizada en la llave de nuestro escudo nacional, pueden brotar las más viles expresiones de plattismo y anexionismo, o los empeños más trascendentes de la cubanía. Junto a toda esa producción propagandística, y al margen de la cultura de la cubanidad externa, ha ido creciendo en la emigración cubana una auténtica creación, ajena ya a los ajustes de cuentas y a las obsesiones anticomunistas, que se debate en los conflictos de su identidad escindida, y busca acercarse a la nación y a sus raíces. En el arte y la literatura, en las ciencias sociales, en el pensamiento, encontramos aportes valiosos para la comprensión del ser nacional cubano y de su devenir. Alienta en los mejores de estos empeños intelectuales “esa plenitud de identificación consciente y ética con lo cubano”, esa “cubanidad plena, sentida, consciente y deseada”, que Fernando Ortiz distinguió con el título de “cubanía”. Hay, incluso, en algunos creadores considerados ya cubanoamericanos, un afán de aproximarse a la mítica isla, de reconstruir el mundo brumoso, entrevisto en sueños, que abandonaron sus padres, donde se descubre algo genuino y limpio, algo que, a pesar de sus anacronismos e ingenuidades, en cierto modo nos concierne. En el mundo posmoderno de hoy, donde se habla tanto de “globalización” y de “internacionalización” de la cultura, ha aumentado espectacularmente la erosión de las formas nacionales de expresión ante el empuje de los códigos y mensajes imperiales. Hoy volvemos a topar, lamentablemente, con innumerables estereotipos y manipulaciones que nos alejan de una objetiva percepción de nosotros mismos. Resulta obvio que cierta imagen bien facturada de Miami está siendo utilizada como modelo de desarrollo social y económico y de vínculos beneficiosos con Estados Unidos, no sólo para los cubanos de la isla, sino para toda América Latina. El mito de una comunidad hispana exitosa, integrada a la sociedad imperial, que mantiene una cultura nacional externa y renuncia a todo nacionalismo peligroso, puede ser muy útil al hegemonismo norteamericano de hoy. Ha sido conveniente en Miami la presencia de rasgos culturales fuertes, y, de hecho, se ha cumplido uno de los sueños de la posmodernidad: sustituir la historia por la nostalgia, anulando la función transformadora que tiene siempre el verdadero sentido histórico. A Cuba le correspondió en 1902 presentarse ante América Latina como un modelo neocolonial, muy novedoso, susceptible de ser extendido al resto del subcontinente. La república plattista fue perfeccionándose como prototipo de dependencia a través de los años, con la enérgica presencia en el país de la cultura de masas yanqui y con la mixtificación acelerada de la cultura nacional. El perfeccionamiento de este modelo permitió prescindir de humillaciones demasiado obvias, como la propia Enmienda Platt, ante fórmulas superiores y más sutiles de dominación económica y política. En 1959, la Cuba revolucionaria se transformó en un modelo contrario: en una alternativa antiimperialista, en un modelo consecuente de emancipación y rebeldía. Ahora, en los 90, se empieza a percibir el modelo cubano de Miami con todas sus pretensiones continentales. Destino singular el de Cuba y de los cubanos, que va mucho más allá del número y de la extensión geográfica; destino previsto solo por Martí, que convocó a la guerra de independencia “para bien de América y del mundo”, para impedir que, con la anexión de Cuba a Estados Unidos, “se abra (...) el camino (...) de la anexión de los pueblos de nuestra América, al norte revuelto y brutal que los desprecia”, para prestar “servicio oportuno (...) a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”, para “el adelanto y servicio de la humanidad” (José Martí. “Carta...”, op. cit.) Pudiera leerse la historia de Cuba a través de dos imágenes contrapuestas: la estampa bíblica de pequeño David que enfrenta al desmesurado Goliat, de un lado; y, del otro, la estampa de Gulliver, cuando despierta en las playas del país de los enanos, y está atado de pies y manos por el hormiguero de liliputienses. En la célebre carta-testamento de Martí, que empezó a escribir el 18 de mayo de 1895, aparecen en cierto modo estas dos imágenes. Allí resalta la muy citada confidencia a su amigo Mercado acerca de sus trascendentales propósitos: todos sus empeños tienen como objetivo contener al imperio norteño en sus apetitos expansivos, con la plena independencia de Cuba, y así salvar a la América nuestra y al mundo del peligro de ese desmesurado y bárbaro poder. “Viví en el monstruo”, dice “y le conozco las entrañas: mi honda es la de David”. En esa misma carta, vuelve sobre una de sus obsesiones: “la actividad anexionista”, “contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres”. Esos enanos de alma, esos liliputienses de “cubanidad castrada”, de “cubanidad estacionaria”, han procurado obstaculizar los vastos designios de la cubanía: siempre han estado ahí, entorpeciendo con sus pequeñas miserias la acción de los cubanos grandes. Son, según Martí, los “timoratos o ambiciosos”, que llevan tan arraigado “el hábito de servidumbre (...) que les quita toda confianza en sí, y, aliado de la soberbia, llévales hasta suponer en los demás la impotencia que en sí propios reconocen” (José Martí: “El remedio anexionista”, op. cit.), son, según Ramos, “una plaga social positivamente peligrosa” para la cual “el patriotismo es una farsa; ningún prestigioso intelectual cubano les merece respeto” (José A. Ramos. cit.); son, según Ortiz, los “bachilleres rutineros, vulgares y socarrones, que intentan echar por tierra a todo caballero que defienda a botes de lanza a la Dulcinea de su ideal” (Fernando Ortiz: Entre cubanos, op. cit.); son, según Collazo, los que juzgan “a su pueblo díscolo, inepto y sin condiciones para tener vida propia” (Enrique Collazo. Los americanos en Cuba, primera edición: 1905. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1972). Los defensores de la cubanía tenemos, pues, dos enemigos: el gigante Goliat, con todo su poderío económico, militar y político; y los liliputienses, con su mediocridad, su oportunismo, sus ambiciones y su capacidad para roer e intrigar. Algún día, vaticinó José Antonio Ramos en 1919, “nuestro papel en la historia del mundo será tan importante como el de la antigua Grecia” (José Antonio Ramos, op. cit.), disparando un flechazo de utopía desde lo más hondo del marasmo plattista. Antes, desde Montecristi, Martí había aludido a la significación universal de la lucha de los cubanos: “cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia”, dice, “cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen la riqueza que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”; y concluye: “¡apenas podría creerse que con semejantes mártires, y tal porvenir, hubiera cubanos que atasen a Cuba a la monarquía podrida y aldeana de España...!” (José Martí y Máximo Gómez: Manifiesto de Montecristi, 25 de marzo de 1895, O.C., T.4.) Tales son las armas de la cubanía: semejantes mártires, y “la masa mestiza, hábil y conmovedora del país”, una cultura original y vigorosa, y un porvenir digno de esos hombres, de ese pueblo y de esa cultura, construida a sangre y fuego, contra opositores innumerables, contra la geopolítica y los apetitos imperiales, contra los liliputienses externos e internos, contra Goliat |
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2001. La Jiribilla. Cuba. |