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EL MANGUERO DE SAN MIGUEL Nunca
he contado esta anécdota. No me atrevía. Pero en una
amable charla con el poeta Raúl Ferrer, a propósito de
mi crónica. “Aquellos
ojos verdes”, éste se dolía de que las gentes,
ocultando sus propios ridículos, privaban a 1a
literatura humorística de un material que podía
resultar magnífico. Y al contestarle que estaba de
acuerdo con sus consideraciones, me conminó muy
seriamente: —Pues
empieza tú. Predica con el ejemplo. Y
ahí va. En
mis inicios como periodista, laboraba en el mismo periódico
que Máximo Herrera, reportero de policía. Máximo era
un negro sonriente, bien plantado, simpático. Andaba
siempre de saco y corbata, como era usual en aquella época. Trabajábamos
por diez pesos a la semana en una especie de libelo
gubernamental al servicio de Grau San Martín. De cuando
en cuando, dejábamos caer nuestras colaboraciones en
una revista semi-pornográfica. Con esas colaboraciones
entreteníamos nuestras miserias. El
director-propietario de la revistica ilustrada era también
un periodista con más hambre que anuncios y se veía
obligado a aquella tarea por pura necesidad. Nos
pagaba a cinco pesos la colaboración, que consistía,
en el caso de Máximo, en breves reportajes sobre
delitos sexuales o pasionales, como se les llamaba
entonces. Yo hacía humorismo de doble sentido; más o
menos. Más “mas" que menos. La
revista se sostenía, es un decir, con anuncios de
cabarets de mala muerte y de nidos de amor o posadas que
todavía no habían alcanzado el nivel de albergues. No
era fácil cobrar aquellas colaboraciones. A veces no
había dinero para pagarlas y era necesario esperar a
tiempos mejores. Sin embargo, en aquel tiempo andábamos
por los días finales de diciembre, y a Máximo Herrera
y a mí nos debían sendas colaboraciones en la revista.
Nos pusimos de acuerdo y nos fuimos a ver al director
amigo. Nos explicó que no tenía un centavo. Ante
nuestra desesperada insistencia —Herrera le habló de
la nochebuena, del fin de año,
etcétera, etcétera—, nos entregó un recibo por
diez pesos para que fuéramos a cobrar un anuncio
publicado en la revista de La posada Rex —se decía
hotel—, situada en la calle San Miguel, muy cerca de
la tienda El Encanto. Ese
mismo día, como a las seis de la tarde, fuimos a
visitar al posadero. Era un español amable y locuaz que
nos explicó que no tenía los diez pesos en la caja,
pero que si volvíamos al día siguiente, por la mañana,
cuando los clientes hubieran liquidado sus habitaciones,
no tendría inconveniente alguno en abonamos lo
adeudado. El día siguiente era 24 de diciembre. A
las seis y media a.m., estábamos Máximo Herrera y yo
en la pequeña oficina del “hotel”. El español,
haciendo buenas sus palabras, hizo sonar la caja
contadora y me entregó dos billetes de a cinco, y yo a
él su recibo de pago. Para
no darle una mala impresión a aquel anunciante, me
guardé los diez pesos en el bolsillo ante la mirada un
tanto inquieta de Máximo. Al llegar a la puerta de
salida y sin darme tiempo a más, Máximo me reclamó
imperativo: —Vamos,
blanquito, suelta el gallo. ¡Dame lo mío! Introduje
la manó en el bolsillo, saqué uno de los dos billetes
de a cinco y se lo entregué limpiamente a su legítimo
propietario. Fue
sólo un instante el que transcurrió desde el momento
en que el billete salió de mi bolsillo y cayó en el
del negro Máximo. Pero fue suficiente para que un
vendedor de mangos que pasaba con su carretilla cargada
de olorosos frutos, observara el traspaso y, teniendo en
cuenta el lugar de donde salíamos, nos grita ra con
picardía: —¡Los
vi. Los vi! Iba
a replicarle, ofendido, pero Máximo Herrera, reportero
de policía, al fin y al cabo, me aconsejo: —No
aclares nada, blanquito. Yo sé que tú llevas la peor
parte en este asunto, pero en
estos casos lo mejor es no discutir. Y el manguero de San Miguel siguió su camino exhibiendo, como una fruta más abierta a la mañana, su maliciosa sonrisa que hoy, todavía, me indigna. |
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2001. La Jiribilla. Cuba. |