LA JIRIBILLA
NOTAS DEL NORTE:
OTROS SUCESOS DE OCTUBRE

 
Las protestas revelan lo que no han logrado los politiqueros burgueses: aplacar la  amplia resistencia que existe en la población estadounidense. Esta es una prueba más que la retórica proguerra de “9/11” está agotada. El espíritu y militancia de miles y miles de jóvenes demuestra que la vanguardia de una nueva generación de luchadores está naciendo en las calles.


Jon Hillson |
L
os Ángeles

La lucha de clase más importante en Estados Unidos sigue siendo la de los estibadores del Sindicato Internacional de Carga y Almancenamiento (ILWU), cuyos 10 500 miembros enfrentan las fuerzas combinadas del gobierno federal, los tribunales y los patrones. Juntos, este poder capitalista quiere paralizar el sindicato, uno de los más importantes en la costa pacífica.

El contracto entre el ILWU y la organización de los patrones —la Asociación Marítima del Pacífico (PMA)— expiró el primero de julio. El sindicato decidió extender el acuerdo diaramente mientras sus dirigentes negociaran con sus adversarios.

La PMA está tratatando de romper un acuerdo hecho hace 40 años que garantiza que cualquier trabajo nuevo creado por la introducción de “nueva tecnología” será sindicalizado. Ahora, los patrones quieren despedir a cientos de trabajadores con la imposición de tales “avances”—completamente fuera del control del ILWU— entre otros recortes.

Marcharon miles de estibadores y sus apoyantes del movimiento sindical desde San Diego hasta Seattle —más de 1 500 millas— donde hay 29 puertos organizados que son responsables del movimiento del 7 por ciento del Producto Interno Bruto del país. Después de meses de presiones, el gobierno, desde los departamentos de trabajo, comercio, transportacion y seguridad de la patria —incluyendo la amenaza de intervención militar y el uso de esquiroles de las fuerzas navales— el 28 de septiembre, declaró un cierre patronal la PMA, para romper la unidad sindical.

El ILWU organizó piquetes 24 horas al día en Los Ángeles —el puerto más grande en el país— para exigir el derecho a trabajar.

Después de diez días, el Presidente Bush declaró demagógicamente una “emergencia nacional” e impuso la Ley Taft-Hartley —una medida antiobrera aprobada bajo la regla de la administración de Harry Truman en 1947 con el apoyo de ambos partidos burgueses. La ley se ha aplicado más veces por administraciones demócratas que republicanas. La última vez fue en 1978, durante la huelga de los mineros de carbón quienes rechazaron la injerencia declarada por el Presidente James Carter y ganaron su huelga militante, a pesar de la orden rompe-huelgas dada por la Casa Blanca demócrata.

El 16 de octubre su uso fue aprobado formalmente por un juez federal, empezando un “período de reflexión [cooling-off period]” por 80 días.

Mientras la orden está en vigencia, se prohíbe un paro patronal, una huelga, o el “tortuguismo” por parte de los miembros del ILWU.

La orden del juez está llena de palabras del secretario de defensa —de guerra— Donald Rumsfeld. Según la decisión casi toda la carga que llega a los puertos de EE.UU. es “militar” o está relacionada a la “seguridad nacional”.

La PMA usa los tribunales para acusar a los estibadores de organizar el “tortuguismo”—exigiendo multas contra el sindicato, y sanciones más severas.

Pero la resistencia de los militantes del ILWU se mantiene firme. El efecto de los ataques es el contrario al que desean el gobierno y los patrones. “Todos estaremos más unidos” dijo Rich Alvis, estibador de Oakland.

“Estamos en una batalla”, dijo Pamela Romez, miembro del ILWU como su padre, quien murió en un accidente en los muelles. Solamente en el 2002, cinco miembros del ILWU y otros dos empleados han muerto en accidentes de trabajo. Ambos sindicalistas hablaron con el Militante, cuyos apoyantes han vendido cientos de números del semanario socialista a los estibadores, un punto notable.

Los estibadores no están organizando un “tortuguismo”, según Steve Stallone, vocero del ILWU. Los trabajadores están haciendo sus mejores esfuerzos por sacar adelante el “trabajo acumulado” durante el paro patronal dijo a La Opinión.

“Se quejan de algo de lo cual ellos tienen la culpa, porque si no hubieran cerrado los puertos no se habría amontonado el trabajo, aunado a que la PMA, ni siquiera nos provee el equipo adecuado para agilizar nuestro labor”.

La resistencia del ILWU no está basada solamente en su historia de militancia de los años ‛30, sino, está nutrida por la actitud de rebeldía que existe en los sectores avanzados de la clase obrera y en la base de los sindicatos. Sin tal ambiente de resistencia el gobierno aplastaría a los estibadores.

La campaña de calumnias montadas contra el sindicato por la prensa patronal y la injerencia directa del gobierno bajo el lema de “seguridad nacional”, plantea otra vez la cuestión número uno de la clase obrera estadounidense: ¿quiénes somos “nosotros” y quiénes son “ellos”?

“La unidad nacional” en el contexto de la guerra y “la seguridad de la patria” significan que el pueblo trabajador debe sacrificar sus derechos y su sangre para los ricos y su guerra de conquista.

El ILWU es la primera línea de fuego de la guerra en casa. La lucha sigue, sin resolución. Pero la guerra contra los estibadores es un anticipo sobre lo que enfrentará toda la clase obrera más pronto que tarde, un indicio del hecho fundamental del contenido real de esta guerra: contra el pueblo trabajador del mundo, desde Irak a Estados Unidos. Y esa clase internacional que comparte el mismo enemigo, compartirá los mismos deberes, las mismas derrotas e, importantísimo, las mismas victorias.

 

LA GIRA POR EE.UU. DE VICTOR DREKE Y ANA MORALES

 

Comenzó el 19 de octubre una gira sin precedente en Estados Unidos. Gracias a las invitaciones recibidas de diversos sectores académicos, recibieron visas Víctor Dreke y Ana Morales, dos revolucionarios cubanos. Dreke fue miembro de Movimiento 26 de Julio en la lucha urbana y combatió en la lucha armada contra la dictadura batistiana como miembro del Directorio Revolucionario; dirigió con otros la “lucha contra bandidos” en las montañas del Escambray después del triunfo de 1959; fue segundo al mando del Che en la misión cubana en el Congo en 1965; fue jefe de la delegación militar cubana en Guinea-Bissau, donde se unieron voluntarios cubanos con las fuerzas de Amilcar Cabral; es actual vicepresidente de la Asociación de Amistad Cubano-Africana y autor del libro De la sierra del Escambray al Congo: En la vorágine de la Revolución Cubana. (Publicado por Pathfinder. www.pathfinderpress.com)

Esta es la primera vez que un dirigente revolucionario cubano, con una trayectoria de experiencia explícitamente militar —de alto grado— ha recibido permiso para hablar públicamente en Estados Unidos en una gira nacional. El tema de su conferencia es “Cuba y África: desde 1959 hasta hoy”.

La compañera Ana Morales es una doctora y profesora en la Escuela de Ciencias Médicas Latinoamericana; fue jefa de la misión cubana en Guinea Bissau en 1985 y una cofundadora de la primera escuela de medicina allá. Hablará sobre “Las misiones médicas cubanas en África”.

Auspiciada por el Comité de Oradores África-Cuba —con el apoyo de decenas de académicos— la gira durará desde el 25 de octubre hasta el 18 de noviembre. Los dos cubanos dirán discursos en universidades y centros comunitarios en Washington, DC; y luego al sureste del país: Atlanta y Valdosta, Georgia; Birmingham, Alabama; Charlotte, North Carolina; y finalmente en Boston, Massachussetts. Van a reunirse con grupos de agricultores en Georgia y hablarán en el prestigioso Museo de Derechos Civiles en Birmingham, una cuna del movimiento social que derrocó el sistema de apartheid estaounidense, que se conoce con el nombre Jim Crow.

Ya han hablado en George Washington University y Howard University en Washington, DC, ante 150 y 300 personas respectivamente.

“Vamos a hablar sobre la realidad de Cuba” dijo Dreke al Militante. Los dos contestaron todas las preguntas del público. Hablaron sobre los esfuerzos cubanos para escapar al bloqueo económico de EE.UU; sobre el trabajo de los médicos cubanos en África y la lucha contra la epidemia de SIDA; y sobre los cinco cubanos prisioneros en las cárceles de EE.UU.

La calurosa y amistosa bievenida dada a Dreke y Morales es una expresión del interés y apoyo que tiene la Revolución cubana en la yuma.

Daremos a los lectores de La Jiribilla los detalles sobre las reuniones al fin de la gira.

 

LAS MANIFESTACIONES DEL OCTUBRE

Celebrando la aprobación de sus poderes de lanzar la guerra —dado con el apoyo de los dirigentes de los partidos demócratas y republicanos, después de un “debate” ridículo, reaccionario y vacío— el+ jefe del último imperio dijo: “Ya decimos con una voz”.

Como siempre, mucho ruido y pocas nueces.

Pero como se acerca la guerra inevitable —impulsada por las leyes ciegas del capitalismo en crisis— crecen las inquietudes. La crisis del capitalismo, las injusticias de su sistema, afecta al pueblo trabajador y a la juventud. El “Síndrome de Vietnam” existe, es una de las muchas vulnerabilidades que sufren los yanquis.

Más de 250 000 personas marcharon en el mes de octubre, desde Nueva York —se manifestaron, por lo menos, 20 000— hasta Los Ángeles, donde había  8 000 manifestantes en las calles, con lo que comenzó un proceso de protestas. Casi diariamente ocurren varios piquetes, foros, marchas en comunidades pequeñas y universidades.

El día 26, 50 000 participaron en las calles de San Francisco; 9 000 en Minneapolis-St. Paul; 100 000 en Washington; 8 000 en Seattle; 1 000 en Austin, Texas; 1 000 en Spokane Washington —la más grande realizada en 30 años— y desde Anchorage, Alaska hasta Salt Lake City y Miami, cientos y cientos más.

Cientos de periódicos dan cobertura a las protestas —muchos de ellos son de las universidades de donde provienen los contingentes.

Todas las manifestaciones defienden los derechos codificados en la Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU.— libertad de expresión y de congregarse— derechos que están bajo el ataque constante del gobierno, el congreso, y sus brazos policiacos.

En San Francisco la fuente de la energía es la juventud. Me informan compañeros que otro tanto sucede en Washington.

Son jóvenes de las escuelas secundarias y las universidades, que marchan en grupos de amigos o contingentes de organizaciones. Jóvenes con banderas y afiches en la mano, pancartas con mensajes como: “Irak, 1991. 200 000 muertos=69 torres gemelas”.

Se vio a un hombre joven vestido con el uniforme de un cadete de la Academia Militar de los EE. UU., su afiche dice: “Alumno de West Point por la paz”. Mientras tanto, el veterano afronorteamericano de Vietnam —quien hizo dos períodos de servicio en combate— Will Williams dice ante 1 000 manifestantes en Madison, Wisconsin, “estamos con ustedes en el campo de batalla”.

Hay familias marchando, grupos de jóvenes latinos, negros y asiáticos, jubilados, veteranos de los movimientos de los años ‛60. Pero, en su gran mayoría —estoy seguro—esta es su primera protesta. Gritan “¡no sangre por petróleo!”, otros manifestantes montan pancartas en defensa de los derechos de los inmigrantes y contra la Ley Patriótica. Hay pequeños grupos musicales, tocando, cantando, bailando; algunos hacen teatro de la calle, vestido como politiqueros belicosos o con máscaras de las caras de Bush, Cheyney, Rumsfeld y Ashcroft o disfrazado como cohetes y bombas. Otros manifestantes —la minoría— protestan por “la traición” de algunos senadores y representativos que votaron a favor de la guerra: Hilary Clinton, Thomas Daschel, Diane Feinstein y otros. Pero la “oposición leal” a Bush en ambos partidos dijeron que la guerra debe ser un proyecto con “los aliados”, santificado por el consejo de seguridad de la ONU. Por eso, dijo Bush que el debate fue “útil y civil”.

En Washington, habló durante cuatro minutos el abogado Leonard Weinglass, quien defendió a los cinco cubanos presos injustamente en las penitenciarias de EE.UU. Describe brevemente el caso de los cinco. “Cuando ustedes oigan a Bush moralizando sobre ‘terrorismo’ hay que recordar a Orlando Bosch, hay que recordar a los cinco cubanos”, dice.

Cuando Weinglass denuncia los crímenes de Estados Unidos contra Cuba, la gente manifiesta su aprobación a voz en cuello. Mientras tanto, activistas de Solidaridad con Cuba de Nueva York (CSNY) dan a la gente más de 6 000 copias de un volante con el comunicado de la Central de Trabajadores Cubanos y puntos claves del discurso de Felipe Pérez Roque en la asamblea general de la ONU contra la guerra. Un inmigrante sirio acompañado de su esposa e hijo, toma el volante y dice: “Siempre se puede contar con los cubanos”.

En ambas marchas, hablan dirigentes del Sindicato Internacional de Carga y Almacenamiento (ILWU), son los estibadores luchando contra injerencia gubernamental y los ataques patronales.

En ambas marchas —pero especialmente en Washington— hay una fuerte presencia de las comunidades árabes.

Ambas son manifestaciones populares, diversas, festivas y abiertas a todos.

En San Francisco, hablan algunos oradores durante dos horas. Una cosa me impresiona mucho.

Casi todos usan la palabra “nuestro” al referierse al gobierno norteamericano y describen la guerra como “una locura de Bush”.

Pero el gobierno estadounidense no es “nuestro”—es una máquina de los ricos. No es una cuestión de terminología o de grámatica, sino de conocimiento de clase. Y la guerra no es de Bush —un cero, el vocero de la clase dominante. Tampoco es “una locura”, sino la evolución y la lógica del sistema capitalista. Los imperialistas y sus politiqueros tienen sangre fría, una perspectiva y acabarán por imponerla. El lema —y seguro que para algunos liberales esto es un lema— de que Bush y su administracíon están “locos” es, realmente, una oración de desesperación y una súplica para un salvador —¿pero, quién?

Los repudios incesantes contra “Bush no pueden ocultar el verdadero ambiente de pánico, algo muy común en la clase media, que ve la crisis y sabe que no tiene poder para detenerla. Necesitamos la calma que siempre se basa en una comprensión de las capacidades de la clase obrera en marcha.

Si hubiera ganado el rival de Bush, Albert Gore, enfrentaríamos la misma guerra. La prueba —si más es necesario— es el conducto de primer ministro del Reino Unido, Tony Blair —mano derecha y lacayo especial del imperialismo de los EE.UU.— jefe del Partido laborista, liberal, progresista, civilizado, etc.

De hecho, el candidato para gobernador de California del Partido Verde, Peter Camejo —la campaña Verde más prominente en el país— dice: “Yo estoy a favor de que los inspectores de la ONU vayan a Irak para eliminar las armas de destrucción masiva”. Recibe muy pocos aplausos.

En Washington, el reverendo Jesse Jackson describe una lista de guerras “justas” que la gente debe apoyar, incluyendo “la guerra del golfo” de 1991.

¿“Si nosotros”— nótese el prenombre—“lanzamos un golpe preventivo contra Irak, perderíamos toda la autoridad moral? ¿Cómo le diremos ‘no’ a la India, a Pakistán y a China cuando ellos contemplen golpes preventivos”? pregunta Jackson a la gente.

Los organizadores de ambas manifestaciones dicen, a pesar de toda la evidencia, “se puede parar la guerra antes de empezar”, según una carta de la coalición internacional A.N.S.W.E.R. y los discursos dados por sus representantes en ambas costas. Pero saben más.

Esto es simplemente imposible. De hecho, esta ilusión señala una tremenda subestimación de lo que viene, lo que los imperialistas están planificando y la profundidad de la crisis económica que impulsa su marcha inexorable hacia muchas guerras, de las cuales la de Irak sería solo la primera.

La nueva generación de luchadores contra la guerra imperialista no será una reconfiguración de la de Vietnam —un movimiento que creció con un sistema capitalista ascendente. No será suficiente estar “contra la guerra”, porque las masas del mundo pelearán por sus derechos contra los invasores, librando guerras justas. No sirve permanecer “neutral” en tales confrontaciones donde no existe el “gris” entre lo negro y lo blanco o, peor, permanecer “horrorizado” sobre qué va a pasar y luego quedar paralizado.

La nueva generación tendrá que aprender la política. Su energía se desperdiciará sin ideas, conceptos y un liderazgo revolucionario—vinculado estrechamente con las luchas inevitables de la clase obrera y en contra de todas las formas de chovinismo, patriotismo,del pronombre colectivo yanqui— pacificismo y lealtad al partido demócrata y sus apologistas.

No se puede empezar tal complejo proceso sin organizar protestas independientes en las calles o la lucha afuera, contemplando el ombligo. Pero hay que prepararse no solamente para la guerra indefectible, sino para la ola patriótica que también inevitablemente seguirá cuando corra la sangre de las tropas invasoras. Y para las explosiones sociales que provocará este momento.

Las esperanzas vacías de que simplemente con las acciones de hoy y mañana se puede detener el imperio o que un congreso y presidente democrático serán un instrumento por la paz, son más que peligrosas. Son suicidas. Un día después de las manifestaciones el gobierno anunció la más grande movilización —decenas de miles de tropas al servicio activo desde las fuerzas de reservas, la guardia nacional —desde la época de Vietnam.

Sobre todo, las protestas revelan lo que no han logrado los politiqueros burgueses: aplacar la resistencia amplia que existe en la población estadounidense. Esta es una prueba más que la retórica proguerra de “9/11” está agotada. El espíritu y militancia de miles y miles de jóvenes demuestran que la vanguardia de una nueva generación de luchadores está naciendo en las calles.

En las condiciones de crisis y debilidades sin precendentes, en un imperio y su sistema insostenible —y con la infusión de pensamiento revolucionario— son posibles avances concretos en la construcción de una nueva dirección para las grandes batallas de mañana. Esta es la respuesta más efectiva a las guerras imperialistas inevitables: un proceso que por fin derroque la fuente de horror, muerte y sangre.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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