LA JIRIBILLA
UN JOVEN VENERABLE
Bladimir Zamora Céspedes | La Habana

El jueves 31 de octubre, César Portillo de la Luz cumplió ochenta años, para gloria y beneficio de la canción de los cuatro puntos cardinales. Este hombre nacido en La Habana en 1922, ha realizado una labor creadora que trasciende los ámbitos de la cultura cubana y hace mucho tiempo es considerada patrimonio de la sensibilidad universal.

César, como otros clásicos nuestros, tuvo una formación autodidacta; lo cual no quiere decir que fuera de escasos recursos. No estar ligado a la academia, fue más bien un acicate para empeñarse, sostenida e intensamente, en la búsqueda de información, sobre los antecedentes de su quehacer musical en Cuba y de lo que en los momentos de su perfilación estaba ocurriendo en su patio y también en otras latitudes y muy especialmente en los Estados Unidos.

Aunque se vio obligado, como tantos otros, a realizar diversas labores para ganarse la vida, anduvo desde muy joven armado de su guitarra, convencido de que el trato continuado entre ellos dos, era lo más importante. En las inmediaciones de la década del cuarenta, cuando eran muy populares las composiciones de muy valiosos pianistas radicados en la Capital, Portillo y otro puñado de jóvenes, que por entonces muchos de ellos no se conocen entre sí, sacan a la luz canciones nuevas estéticamente elaboradas a partir de las infinitas posibilidades de la guitarra. Con lo cual contribuyen a restituir la relevancia de este instrumento en el cancionero cubano. Surgía así el denominado Movimiento del Filin.

Los Muchahos del Filin, como se les dio en llamar, reunidos en la casa de Angelito Díaz – uno de ellos– , comenzaron a hacer interminables descargas nocturnas, a las que poco a poco fueron acudiendo no solo otros compositores, sino también muchas personas interesadas en esta manera de hacer música, entre ellas recién nacidas intérpretes, que luego serían imprescindibles proyectoras de este Movimiento, como es el caso de Elena Burke.

Apoyados en sus guitarras, César y otros miembros destacados del Filin, como José Antonio Méndez, dieron a conocer su obra más allá de las descargas, con el apoyo de la estación radial Mil Diez –propiedad del Partido Socialista Popular–, en Radio Lavín y después en Radio Progreso. En estos momentos se presentaban también en pequeños clubes. La creciente aceptación propició el interés de importantes agrupaciones cubanas, como el Conjunto Casino y también de figuras internacionales, como los mexicanos Toña La Negra y Fernando Fernández.

A César, como creador filinero, no le interesaba cantar convencionalmente, sino decir la canción desde la perspectiva de la intimidad, de manera que cada miembro del público, sintiera que se estaban dirigiendo particularmente a él. Apoderado de esta manera de hacer música de complejas armonías y una lírica que apela con sencillez al sentimiento, Portillo incluso integró un grupo que en 1956, se presentó en el afamado cabarets Sans-Souci y luego individualmente estuvo otros foros de la noche habanera: Karachi, Chateau Piscina, St. John... y después de 1959 está entre los fundadores de El Gato Tuerto y despliega una copiosa actividad artística, brindando su presencia a los más importantes acontecimientos culturales del país.

Si César Portillo de la Luz solo hubiera compuesto “Contigo en la distancia”, editada en 1950, ahora hubiera motivos suficientes para regocijarnos junto a él de su ochenta cumpleaños. Durante su rica trayectoria, sin embargo, ha creado un catálogo del más alto valor, que en consecuencia no solo se conoce por voz, sino también por significativos intérpretes del planeta: Nat King Cole, Lucho Gatica, la Orquesta Sinfónica de Londres, Elena Burke, Marco Antonio Muñiz, Johnny Mathis...

Para mí lo más regocijante de la fecha que quieren celebrar estas líneas, es que César Portillo de la Luz no es una referencia de museo. Alguien que ha trazado tan prolongada órbita dentro de la cultura cubana, no es ahora un viejito callado, que saluda desde su sillón a quienes pasan junto a él. Es, a sus ochenta años un hombre que conserva la capacidad del asombro y del sueño y ahora mismo puede estar componiendo una canción, que testimonia que el Filin entra en el tercer milenio, como uno de los peculiares modos de ser de los cubanos. Y también puede estar ahora mismo, apasionado insular, enfrascado en una discusión sobre el papel del músico popular, o de la cultura cubana en su conjunto, en la arboladura de nuestra identidad. César Portillo de la la Luz es un joven venerable.     


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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