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LA
JIRIBILLA En pocas palabras: a los que padecían desde la más leve debilidad pulmonar, hasta la más cavernícola de las cavernas, se les prescribía por los médicos trasladarse a las alturas de Jesús del Monte, la Víbora o el llamado Barrio Azul, que todos esos nombres tomaba, a medida que fuese mayor la distancia del centro de la capital. Pero además, desde fines del siglo pasado esos lugares fueron escogidos por un buen número de familias trabajadoras y honestas que constituyeron lo que parecía “otro pueblo”, hasta con métodos de vida y costumbres diferentes a los demás barrios de La Habana. Si no fuéramos a referirnos, como lo estamos haciendo, a una determinada esquina, bien podríamos escribir sobre este típico lugar, en el que sus calles agotan el santoral: Santa Emilia, Santa Catalina, San Mariano, San Indalecio, San Francisco, San Leonardo, San Benigno, San Luis, Santos Suárez (aunque de este último su “santidad” es discutida); otras recorren la escala del glorioso generalato mambí: Juan Bruno Zayas, Mayía Rodríguez, Juan Delgado, Lacret; las hay con nombres de nuestras más gustadas frutas: Mangos, Cocos, Melones y Tamarindo. Y hasta un edil de nuestro Ayuntamiento de entonces (Santiago Veiga) logró que el Cabildo le estampara su patronímico a la calle donde residía, sin olvidar otras que nos recuerdan a los hombres que nos enseñaron a pensar: Saco, Poey, Luz y Caballero. En los primeros años republicanos el Paradero estaba en la esquina que hace la calzada con la calle Madrid. Con la aparición de la Havana Electric y su mal oliente concesión, se alargaron sus paralelas hasta el lugar donde hoy se encuentra, entre las calles de Patrocinio y O’Farrill, pero para llegar allí desde el parque Central había que disponer de algo más de cuarenta y cinco minutos. ¿Recuerdan los “descoloridos” de la época el viajecito? Todo iba bien según se fuera por la calzada de Vives o por la de Belascoaín; pero al llegar al llamado cruce de los Cuatro Caminos, se complicaba el itinerario… Lamentablemente se enfilaba por la calzada de Cristina, para pasar por un “puente”… que no había… debajo del cual corría un “agua dulce”… que tampoco existía. Y comenzaba el vía crucis por la causa de Jesús del Monte, con sus interminables paradas: Tamarindo, con su bodega de Los Isleñitos; Toyo, con su panadería y célebre bodegón, la pronunciada elevación donde estaba y está la iglesia El Buen Pastor. Desde allí se bajaba en rápido impulso y después de pasar por la esquina de San Francisco, donde otrora estuvo la sociedad Progreso y hoy funciona el cine Tosca, se cruzaba por la ya prometedora Santa Catalina, vislumbrándose enseguida la ostentosa mansión de la familia Párraga y ¡ya! Estábamos en el Paradero. Total: tres cuartos de hora invertidos en el trayecto. En un tiempo, en los altos del comercio situado frente al Paradero, se inauguró, con ínfulas de gran lugar, un restaurante denominado La Terraza de la Víbora, prohijado por los propietarios del Diario de la Marina, vecinos cercanos, a quien “Fonta”, con su clásico y muy costoso “asistiré”, le hacía una enorme publicidad. No obstante ello, las familias adineradas “le hicieron el fo”, alegando que era demasiado plebeyo pasar de los Cuatro Caminos para ir a divertirse. La Casa Brito, dedicada a la confección de ropas masculinas, que muy modestamente había comenzado en la esquina de la calle Concepción, fue a instalarse allí al lado del almacén de víveres San Ramón. Casi dentro del mismo edificio del Paradero y bordeado por las paralelas de los tranvías se encontraba el café El Recreo, que tuvo sus “peñas” famosas de políticos, trovadores y amantes de los deportes. El lugar es para nosotros de triste recordatorio. Allí esperábamos a la “noviecita de los primeros pantalones largos”. Adolescente juncal que cursaba estudios de bachillerato en la Academia San Eloy, próximo al lugar que estamos reseñando. La acompañábamos hasta la calle Carmen y nos separábamos tímidamente, media cuadra antes de llegar a su casa. Un día me dijo, como de costumbre: – ¡Espérame mañana! Nunca más la volví a ver. Unas fiebres malignas hicieron mella en su delicado organismo y aquella linda florecita escapó de la vida. Tarde lo supe. Cada vez que transito por allí, me parece ver a la linda criollita de grandes ojos negros y sonrisa triste, que luciendo su uniforme de ingenua colegiala me decía: – ¡Espérame mañana!
Una mañana que se ha
prolongado al más allá. |
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