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LA
JIRIBILLA
GENTE DE RADIO
"Uno de los más grandes honores de mi vida, sobre todo
por la compañía de tanta gente buena. Y no sólo me
refiero a los queridísimos compañeros con los que ahora
comparto este Premio, sino a muchas otras entrañables
figuras de la radio con las que tuve el privilegio de
trabajar". Afirmó en exclusiva Enrique Núñez Rodríguez,
galardonado con el Premio Nacional de la Radio 2002.
Tupac Pinilla |
La
Habana
En la noche del
pasado miércoles, en una gala artística en el Teatro
Auditorium Amadeo Roldán que contó con las
destacadísimas interpretaciones de Rosita Fornés y Luis
Carbonell, se entregó por vez primera el Premio Nacional
de la Radio, en reconocimiento a la obra de toda una
vida y su significación para el medio. Los galardonados
fueron: Marta Jiménez Oropesa, Oscar Luis López, Jorge
Inclán, Alberto Luberta, Manuel Villar, Eduardo Rosillo,
Manuel García y Enrique Núñez Rodríguez. Obtuvimos esta
entrevista exclusiva con Enrique, quien amablemente
accedió a conversarnos un poco desde el hospital donde
se restablece.
–
Después de vender tu bicicleta y llegar a La Habana sin
boleto de vuelta, fuiste estudiante de Derecho,
hilandero, trabajador de una compañía de seguros… hasta
que, casi por casualidad, incursionaste en el mundo de
la radio. Cuéntame de los inicios.
– Yo tenía cierta vocación por la radio. Escribía ya un
programa de comentarios políticos llamado Cuba en
llamas, para la emisora COCO, cuando
trabajaba en la compañía de seguros donde era compañero
del hijo de Antonio Castell, uno de los mejores
saineteros que ha habido en Cuba. Comencé a enviarle, a
través de su hijo, algunas colaboraciones para su
programa Chicharito y Sopeira, y a veces las
incluía, sobre todo si trataban el tema del beisbol.
Luego Castell enfermó, y me recomendó para que
continuara el programa hasta que él se restableciera,
pero murió y seguí haciéndolo yo.
Después me encomendaron Leonardo Moncada, un
serial de aventuras que escribía otro autor, Leovigildo
Díaz de la Nuez, quien se había disgustado con
Crusellas y Cía. Ambos programas alcanzaban todos
los años las mayores puntuaciones en los chequeos de
opinión o survays de la Sociedad de Anunciantes
de Cuba.
A estos dos se sumó Cascabeles Candado, otro
espacio diario que comencé a escribir alternando con
otro autor llamado Vergara. En ese programa actuaban
La Sonora Matancera, Celia Cruz, Los Chavales,
de España, etc. También era un programa estelar.
Además hacía, también a diario, A reírse rápido,
cuya idea original sí fue mía.
–
No
solo lograste mantener los niveles de audiencia de
varios programas concebidos e iniciados por otros, sino
que rápidamente los llevaste a la estelaridad,
convirtiéndote en el autor radial de mayor éxito en
Cuba. Al mismo tiempo, hacías tus propios programas.
¿Cómo podías escribir diariamente los libretos de
Chicharito y
Sopeira,
Leonardo Moncada y Cascabeles Candado?
– En una
oportunidad los tres programas quedaron en los tres
primeros lugares del survay. Yo estaba de
vacaciones y me llegó una felicitación de la firma
Crusellas y Cía. Mi respuesta fue: “al regreso
discutiremos nuevo contrato”.
¿Cómo
podía?
Matándome
físicamente y trabajando como un bárbaro. No desearía
volver a hacerlo. Escribía unas 49 cuartillas durante
diez horas diarias y, para colmo, los programas
abarcaban todo un abanico de géneros: Chicharito y
Sopeira era humorístico, Leonardo Moncada, de
aventuras, y Cascabeles Candado, mixto.
–
Leonardo Moncada: el Titán de la Llanura
es uno de los episodios radiales más recordados por el
público y más queridos por ti. Hazme alguna anécdota de
Moncada.
– Voy a
contarte tres, bien distintas entre sí:
En un momento de los episodios, Leonardo peleaba con un
pulpo gigante. Yo le había puesto las cosas tan
difíciles a Moncada, que no encontraba cómo salvarlo de
una forma convincente. La serie corría el riesgo de
empantanarse y ninguna solución me satisfacía. Entonces
Eduardo Egea, el actor que interpretaba al héroe, me
propone: “que el pulpo sea bueno y lo perdone”.
Sin embargo, el personaje de más éxito creado por mí fue
Bejuco Ramírez, un campesino simpático y dicharachero
que interpretó Antonio Hernández. Los campesinos se
identificaban de tal modo con Bejuco, que se trasladaban
leguas y leguas para oír las aventuras de Moncada
en el único radiecito que había.
Mantuve el programa a diario durante diez o doce años.
Un día, un funcionario del ICRT se encarnó con el
serial: quiso acabarlo y mandó a matar a Moncada. Poco
tiempo después, el tipo fue sorprendido en un cine de
barrio cometiendo actos impúdicos y se lo llevaron
preso. Entonces, los que conocían la historia,
comentaban el suceso como “la venganza de Moncada”.
–
Al
llegar la televisión a Cuba, te mudaste con tu éxito al
medio que entonces nacía. ¿Por qué abandonaste la radio?
– Porque todo el mundo se desplazó al medio nuevo. Pero
en la TV muchos seguíamos haciendo radio porque no
conocíamos la técnica nueva; la aprendimos después. La
TV reportaba mayores ganancias, pero por mucho tiempo
simultaneé programas en los dos medios.
–
¿Qué
significa para ti haber recibido, junto a valiosísimos
compañeros de muchos años, el Premio Nacional de la
Radio 2002, en esta, su primera entrega?
– Uno de los más grandes honores de mi vida,
sobre todo por la compañía de tanta gente buena. Y no
sólo me refiero a los queridísimos compañeros con los
que ahora comparto este Premio, sino a muchas otras
entrañables figuras de la radio con las que tuve el
privilegio de trabajar. Hablo de Minín Bujones, Eloísa y
Guillermo Álvarez Guedes, la propia Marta Jiménez
Oropesa, Ramón Veloz, Lilia Lazo, Manolín Álvarez (Pirolo),
Garrido y Piñeiro, Candita Quintana, Alicia Rico, Carlos
Moctezuma, que interpretó mi personaje Ñico Rutina,
el chuchero, Luis Lloró, Echegoyen, en su papel de
Mamacusa...
Por último quiero resaltar que, cuando se hable de
autores destacados en la radio cubana, además de Cástor
Vispo, Félix B. Caignet, Marcos Behemaras, Carballido
Rey, Iris Dávila y el propio Luberta, no deben olvidarse
a intelectuales de largo alcance como Alejo Carpentier,
Félix Pita Rodríguez y Dora Alonso.
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