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LA
JIRIBILLA
6.00 El sonido irritante del despertador hace trizas el sueño. Todavía intentas rescatar algunas imágenes, pero el timbre es implacable. Bajas los pies estremeciéndote por el violento contacto con la realidad, apagas el reloj, te levantas, desciendes la escalera de la barbacoa. Me gustaría apuntarme en un gimnasio para hacer ejercicios; aeróbicos, baños de vapor, masajes, cera… Correr por el malecón… Montar bicicleta… Pasear… Nadar en una piscina… Yakussi… Preparas la cafetera, te lavas sin demasiado afán, te cepillas los dientes, revuelves el azúcar con el café, bebes del jarro quemándote, prendes un cigarro. Tal vez fumaría menos. Y comería vegetales, solo frutas y vegetales. Y flores: marpacíficos, girasoles, azucenas… Me volvería liviana y luminosa, me volvería libre… Aplastas la colilla dentro del fregadero, organizas la mesa de trabajo: el barro, los palillos, la barbotina, prendes otro cigarro; abres la ventana de la sala que da al pasillo y a la puerta de casa de Vivian del otro lado del pasillo; abres la puerta de la cocina que da a la escalera de la azotea; abres la ventana del taller que da al hueco de ventilación y más allá a la ventana de la vieja María y más abajo del patio de la gente de la otra escalera; miras un rato al loco de abajo que hace murumacas con las manos contándole a alguien invisible una historia que no alcanzas a escuchar; tiras el cabo al hueco y lo ves caer dentro del charco de agua verdosa en el fondo. Te sientas delante de la mesa. 7.00 Quisiera aprender inglés. Quisiera ser guía turística paseando a los extranjeros por las calles de mi ciudad y explicarles en inglés todas esas cosas de arquitectura y Colón y la identidad nacional… O francés, me parece más bonito. Dicen que París está lleno de mujeres solas, ¡cómo si La Habana fuera diferente! Nada más en este piso de los quince apartamentos, trece son de mujeres solas o mujeres solas con niños, y la Liza mejor no tuviera marido, la pobre, porque para el que tiene… Y la otra, Clarita, el marido no bebe ni le cae a trompadas, pero lo mismo está que no está y no es fácil… Me gustaría casarme con un francés. Que me diga palabras bonitas en la cama y que me saque a pasear, al malecón, al Prado… Y que me compre un vestido violeta. Siempre he querido tener un vestido violeta… Y flores. Rosas amarillas y rojas y blancas. Bien grandotonas. Tus manos conocen el trabajo: moldear una salchicha gorda de barro, separarla en trozos iguales, colocar cuatro filas de a diez. Serán veinte muñecas, veinte cabezas y veinte cuerpos, todos iguales. Tus manos rápidas y seguras se mueven sin un desplazamiento inútil, sin una imprecisión. 8.00 Tocan a la puerta. Te limpias en un paño, abres, saludas con un beso insulso a tu madre. Ha venido a limpiar tu casa, a cocinarte, hacer los mandados, lavar la ropa sucia y pedir dinero. Todos los días igual. Te adelantas, le entregas los billetes preparados, no tienes ganas de soportar sus eternos lloriqueos. Vuelves a la mesa pasando de alto los comentarios sobre el tiempo y las necesidades que se pasan. Necesidades… Necesito un perro. Para que se acueste a mis pies y me mire a los ojos. Necesito una mata de violetas. Una regadera de juguete para echarle agua a la mata por las tardes cuando se ponga el sol. Un hijo y un padre para el hijo y muchos juguetes bonitos y ropitas de revistas. También necesito dormir un día entero sin levantarme, nada más que a comer y al baño. Y limpiar yo misma mi casa, losa por losa, losa negra, losa blanca, losa negra… Y caminar por el Bulevar, ver gente, rozarla, oler la calle después del aguacero, los carros, los turistas… Un montón de amigos que vengan a beber vino hecho por mí… Y que se paren todos los relojes del mundo. 9.00 Las dos primeras filas son los cuerpos, las otras dos, las cabezas. Moldeas conos, con el índice marcas las cavidades de los ojos. Los agrupas en cuatro filas, todo en un orden predeterminado y vulgar. Tu madre a tus espaldas cuenta que tu hermana Felicia está en estado. Pide dinero para la canastilla de tu hermana menor, la pobre, estudiando en la Universidad y ahora con un muchacho… Cuenta que tu hermano Damián pasa hambre en la beca, hace falta dinero para que tu hermanito coma leche condensada y carne rusa y galletas de soda con mayonesa que le gustan tanto… Cuenta que tu padre se hace pipi y caca y hace falta dinero para las medicinas. No habla del dinero que necesita para el ron, ese ya se lo diste… 10.00 Tu madre sale al mercado y aprovechas para levantarte, beber un buchito de café, prender un cigarro, caminar pisando solo las losas blancas. Ahora se tomará su par de tragos en la cafetería del frente y se pondrá contenta… Pobre mamá… Le tiemblan las manos y ha perdido el color de los ojos. Mira qué charco dejó en el medio de la sala, ya no puede ni exprimir la frazada. Quisiera que de pronto nos llamen para cobrar una herencia enorme, un millón o algo así y que Felicia no se vuelva a sacar al chiquito, ya sería el quinto en dos años y que papi y Damián y mamá y yo, dios mío, yo… Te sientas a la mesa, abres el pomo con la barbotina, mojas el pincel, pasas la punta del pincel mojado en barbotina por la parte inferior del primer cuerpo, separas un pedacito de barro, formas dos bolitas, las alargas un poco y las pegas en las manchas de barbotina. Son los pies. Vas pegando los pies a cada uno de los cuerpos, todos iguales. Y no tener que tomar el barro en las manos más nunca. Olvidarme de cómo se hacen las malditas muñecas, despertar una mañana y quedarme en la cama hasta tarde y que no venga mamá y que sea muy feliz sin que yo tenga que darle dinero todos los días. Y poder salir a caminar por la calle y sentarme en el Parque Central a fumarme un cigarro o dos y que todos los negritos se metan conmigo y me digan piropos y volverles la cara escondiendo la sonrisa en la barriga y por la tarde elegir al más bonito, más inteligente para decirle sí. Para decirle ¿qué me ofreces? ¿Salir? Salgamos. ¿Bailar? Bailemos. ¿Templar? Templemos. Traerlo a mi casa pasando lentamente por la calle para que todos nos vean juntos, pasar por delante de la puerta de las tres Juanas y que revienten de la envidia, de la vieja María para que sonría: esa chiquita e’candela, quién lo hubiera imaginao, pasar por delante de la puerta de Liza y de Sonia y de Anamercy sonriéndoles a todas, sonriendo feliz… Regresa tu madre apestando a alcohol. Se pone a trastear las cazuelas, habla, habla sin parar, te mete en la cabeza ruidos de problemas insolubles, de preocupaciones rancias, como si tuvieras que cargar con todo el dolor del mundo. La oyes a medias, manipulas entre los dedos el frío barro, fumas, piensas… 11.00 No me imagino qué pasaría si yo algún día me enfermara. Supongo que tendría que trabajar enferma, ella no me dejaría en paz, mira hasta dónde llevó a papá… y pensar que hay personas en el mundo tan felices… Gente que se reúne alrededor de una mesa bien servida, que conversa de libros, de música… Me tengo que comprar una grabadora. Para oír solo cosas suaves, cosas que me hagan olvidar… Y cortinas. Una cortina para cada ventana, no ver ese pasillo cochino y al loco de allá abajo y las puertas de toda esa gente. Cortinas con paisajes. En la sala, un paisaje de la playa con palmeras y un barco velero y un sol poniéndose en el mar. En el cuarto una cortina con montañas y vacas y una casita con chimenea y un lago con cisnes. En el taller una cortina con vista de La Habana, para ver las calles y los edificios coloniales y los autos americanos, esa es la primera que quiero, en ningún lugar he visto una cortina así, pero si hago bastante muñequitas, ahorraría y se la encargaría a cualquier pintor de la Plaza… Quisiera aprender a pintar y llenar mi casa de pinturas. Cuadros en todas las paredes y también piezas de barro, ¿por qué no? Pero no muñequitas, eso jamás, piezas complejas, originales, tengo tantas ideas dentro… Ya has pegado todas las piernas y todas las cabezas a los cuerpos. Tienes delante veinte figuras mancas, veinte odiosas figuras. 12.00 Tu madre anuncia que la comida está lista. Ha vuelto a cocinar espaguetis con salsa. Tratas de dominar la mueca de asco y agradeces. Vuelvo mañana, promete tu madre. Hoy no lavé porque hay que comprar fa. Te mira expectante. Sacas el dinero que queda, lo habías guardado para los dulces que trae La China en las tardes –señoritas, masarreales, tartaletas que endulzan la vida– pero prefieres dárselo a tu madre y que se acabe de ir, que acabe de irse al bar a emborracharse con sus amigos, que acabe de reventar en alguna esquina del barrio Colón. Se va. Tragas sin masticar ni saborear demasiado, tomas agua, café, fumas. Solo quedan dos horas para terminar el modelado, luego debes pintar las piezas que hiciste ayer, a las ocho viene Luis Esteban a llevárselas pagándote con otro delgado bultito de billetes, que irán mañana al bolsillo de tu madre… Día tras día igual, como si los hubieran calcado, solo tú cambias: cada día te sientes un poco más triste, un poco más cansada… 13.00 Cuando yo era una niña me gustaba cerrar los ojos fuerte–fuerte y luego abrirlos de golpe. La luz entraba en las pupilas casi dolorosamente y todo alrededor se veía mágico. También me gustaba mirar por la ventana. Todas las ventanas en casa de papá dan a la calle y se ve la gente pasar de un lado a otro y la guagua número quince y los carros y un pedacito del parque. ¡Me gusta tanto la casa de papá! Esta también me gusta, aunque me gustaba más antes cuando los abuelos estaban vivos… Quiero una casa con ventanas a la calle. Una casa con jardín y muchas matas, pero que tenga el piso como esta, de mármol negro y blanco y el techo como el mío, de vigas, pero que no haya goteras ni cucarachas y que siempre pueda salir. Tal vez no salga tanto, pero que pueda salir… Pegas rápidamente los brazos con frutas, flores, maracas, abanicos. Y casi están listas, las veinte muñecas de hoy, las eternas veinte muñecas. 14.00 Las acabas, las amontonas alrededor de la hornilla, prendes el gas para que se sequen más rápido, recoges la mesa, te preparas a pintar las otras veinte. Hace un par de años mamá clausuró la ventana del baño. Es la única ventana de esta casa que da para la calle. Es muy alta, pero yo me paraba encima de la tasa a mirar cómo pasa la gente. Se atrasaba el trabajo, Luis Esteban se molestaba, mamá se molestaba, pero no lo podía evitar, todos los días al caer la tarde iba al baño, me encaramaba en la tasa y miraba para fuera. Hasta que al fin ella me descubrió y le clavó tablas gordísimas para que nunca lo vuelva a hacer… Pones en fila los pomos de pintura, acomodas delante de cada pomo las muñecas correspondientes por color, abres el primero, el blanco, mojas el pincel… No sé por qué la muñeca con el ramo de rosas tiene que ser blanca y la del melón, azul y la de los girasoles, violetas… Dejas la muñeca a un lado y te pintas anillos blancos alrededor de cada dedo de la mano izquierda. No comprendo por qué los girasoles tienen que ser amarillos y no rosados, por ejemplo, o azules, cuál es la razón por la que no pueda haber una muñeca púrpura en vez de carmelita si el color púrpura es tan bonito que hasta una película le hicieron, aunque no la he visto… Abres todas las pinturas y coloreas círculos, flores, estrellas y puntos en tu mano izquierda. Puede que sea una muñeca extraterrestre y tenga la piel de pinticos y se alimente de rosas y viva debajo de los faroles… Pintas cada uña de un tono diferente, las decoras con figuras. Puede que sea una muñeca libre… Te levantas, vas al baño y miras la ventana clausurada. Está bien clausurada. Pero sabes que la vas a abrir, sabes que debes abrirla. Si la muñeca quiere salir a pasear, sale y ya está, nadie la puede detener… Revuelves en el estante de los instrumentos que fueron del abuelo. Abuelo decía: tú vas a llegar muy lejos, eres una iluminada, tienes el hálito… Tiras el martillo, derramas las puntillas, miras unos instantes el serrucho, pero lo dejas de lado. ¿Qué es el hálito? ¿Es algo como el aliento? ¿Un aliento especial? Del fondo de la caja de herramientas sacas un hacha. Un aliento como el de las hadas, imaginaba yo y cerraba los ojos fuerte y los abría rápido y veía al abuelo con una luz de plata alrededor y abuela con la luz dorada y toda la casa brillando y las telarañas de todos los colores y el piso negro y blanco, pero solo caminaba por las losas blancas, solo las blancas… Regresas al baño, subes encima de la tasa y das hachazos en la madera. Sudas, pierdes el equilibrio, lo recuperas, rompes las tablas que están podridas, tienen comején, como todo en esa casa tuya, arrancas las tablas con las manos hiriéndote los dedos, te asomas por la rendija. La calle... Sigue igual, la misma calle con las mismas farolas y edificios, como si no hubieran pasado los años. La gente que se mueve apurada, ¿a dónde irán? La gente que camina despacio, los turistas, los niños… Si pudiera salir, dios mío, si pudiera salir… Si la muñeca quiere salir, sale, nadie la puede detener… Intentas meter la cabeza por la rendija, pero no cabe, es demasiado grande tu cabeza o demasiado pequeña la rendija… Entonces sacas las manos, las agitas allá afuera, haces murumacas con los dedos como el vecino loco del piso de abajo que ves todas las mañanas. Al menos tus manos son libres… Al menos mis manos son libres… Entonces se te ocurre y te bajas de la tasa de un salto y vuelves a coger el hacha, pones la mano izquierda, la que está pintada de colores, encima del quicio de la poseta, levantas el hacha y la bajas con todas las fuerzas encima de la mano. No sientes dolor, más bien una conmoción muy fuerte que casi te hace perder el conocimiento, pero la dominas, recoges del charco de sangre los cuatro dedos con la mano ilesa y te vuelves a subir en la tasa.
Tiras un dedo, el
meñique y este cae a la calle y se pone a hacer
ejercicios, aeróbicos, baños de vapor, masajes, cera…
Corre por el malecón… Monta bicicleta… Pasea… Nada en
una piscina… Yakussi… Lanzas el anular y este aprende
inglés, francés y alemán, se casa con el extranjero que
lo lleva a París y le regala el vestido violeta y las
rosas y un hijo y un perro y una casa con ventanas a la
calle… Arrojas el del medio y el del medio comienza a
pintar y llena el mundo de cuadros inigualables y piezas
de cerámica jamás vistas y se hace muy millonario y
reparte los millones entre los necesitados y la mamá lo
abraza y deja de beber y el papá se levanta de la silla
de ruedas y Felicia al fin se deja la barriga y Damián
al fin come leche condensada y galletas con mayonesa…
Reúnes las últimas fuerzas, tus últimas fuerzas para
dejar caer tras la ventana el dedo índice y miras cómo
tu dedo índice pasea por el Bulevar, camina lentamente
por la calle, se sienta en el Parque Central a fumarse
un cigarro o dos y todos los negritos se meten con él y
le dicen piropos y él les vuelve la cara escondiendo la
sonrisa en la barriga y por la tarde elige al más
bonito, más inteligente para decirle sí. Para
decirle ¿qué me ofreces? ¿Salir? Salgamos. ¿Bailar?
Bailemos. ¿Templar? Templemos. Lo trae a casa paseando
lentamente por la calle para que los vecinos los vean
juntos, tiemplan, tiemplan, tiemplan y se paran todos
los relojes del mundo. |
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