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LA
JIRIBILLA
La dinastía saudita
UN REY DE
VACACIONES
Lisandro Otero
Tarde piaste: a 26 años del
golpe, la cancillería norteamericana abre sus archivos y
descubre que la dictadura militar mataba gente.
En Marbella, España, están de fiesta. Acaba de arribar
de vacaciones el rey Fahd, de Arabia Saudita. Su
comitiva compuesta de tres mil cortesanos aterrizó al
aeropuerto de Málaga, hace algunos días, en tres aviones
Boeing 747-400 —considerado el aerotransporte mayúsculo
de los que existen en operaciones—, especialmente
fletados. Otros nobles, camareros y fámulos vinieron
usando líneas comerciales. Solamente el equipaje de Su
Majestad constaba de dos mil maletas y baúles. Para
transportar a tan numeroso séquito se rentaron 600 autos
Mercedes Benz, muchos de ellos llegaron desde Suiza, y
50 limosinas.
El rey Fahd posee en Marbella una villa llamada El
Rocío, con veinte hectáreas de extensión, que pese a su
medida es incapaz de albergar a tantos acompañantes, por
tanto se arrendaron 300 suites en los hoteles
colindantes. Para mantenerlos comunicados se alquilaron
500 teléfonos celulares. Unas semanas antes de la
llegada del rey se destinaron trece millones de euros
para modernizar el centro de telecomunicaciones que
existe en El Rocío.
En el muelle principal de Puerto Banus ya fue atracado
el yate real, Al-Diriyah, de doscientos diez pies de
eslora y junto a él otros cuatro yates de la familia
real, de análogas dimensiones, entre ellos la fabulosa
embarcación Tueg, propiedad del príncipe Salman, hermano
del rey, quien gusta de ofrecer soliviantadas
francachelas que dan que hablar a las lenguas
vernáculas.
El municipio marbellí calcula que la presencia del
monarca dejará un buen beneficio a los comerciantes
locales. En su anterior estancia, de julio a septiembre
de 1999, las vacaciones del rey aportaron 72 millones de
euros a las arcas locales. No es de extrañar que los
kioscos de periódicos andaluces estén vendiendo
publicaciones en lengua árabe. Los marbellíes hacen cola
ante el palacio con la esperanza de ser contratados ya
que, aparte de la mano de obra que acompaña al séquito,
la casa real suele contratar entre dos y tres mil
empleados locales y un jardinero no gana menos de cien
euros por día y un chofer, ciento cincuenta.
Se espera que el casino del Hotel Plaza Andalucía vea de
nuevo a los parientes de Su Majestad alrededor de las
mesas de juego pues se calcula que, de acuerdo con
anteriores experiencias, cada uno de ellos deja ciento
veinte mil euros en cada noche de esparcimiento con el
azar. Son frecuentes las propinas de mil dólares al
afortunado portero que abra la puerta de una de las
limosinas de los jeques. Tal parecería que los árabes
intentan recuperar el Reino de Granada que dominaron
durante setecientos años y perdieron ante la victoria de
los Reyes Católicos.
Este vergonzoso dispendio ha dado lugar a numerosas
protestas, en todo el mundo porque Arabia Saudita es un
país que padece un 53% de analfabetos, una mortandad
infantil de 23 por mil y un 50% de desempleo. Una casta
privilegiada de ocho mil príncipes, todos ellos
emparentados entre sí, le cuesta al estado cien millones
de dólares anuales. En ninguna parte del mundo existe
tan escasa movilidad social y el poder está concentrado
en una élite tan reducida.
Arabia Saudita mantiene un régimen medieval donde la
conspiración contra la casa real, la apostasía, el hurto
y la homosexualidad son condenados con el
descabezamiento por alfanje. Las esposas adúlteras son
lapidadas hasta la muerte. No existen cines, ni teatros,
ni música. Tampoco hay parlamento ni elecciones de
ningún tipo. La policía está autorizada a propinar
flagelaciones y palizas en plena vía pública a quienes
infrinjan las severas normas de comportamiento de El
Corán. Las torturas y la violación son frecuentes en las
cárceles. El temido Istakhbarat, o policía secreta,
dirigida por el príncipe Turki al Faisal, ejerce una
cruel represión. Algo similar a lo practicado por los
talibanes fundamentalistas en Afganistán.
MALVADOS DE NUEVA PROMOCIÓN
Los periódicos del mundo no cesan en sus justas
diatribas contra el vergonzoso derroche de los príncipes
sauditas en una humanidad donde varias regiones de
África están en el umbral de una devastadora hambruna.
Lo curioso es que eso mismo viene sucediendo hace mucho
tiempo y nadie se había percatado. La ofensiva anti
saudita se ha desatado desde que el régimen de Riad
prohibió que se usaran las bases militares en su suelo
para lanzar un ataque contra Irak. En el momento en que
se disociaron del aventurerismo belicista de Bush los
medios de comunicación han descubierto que Arabia es una
dictadura.
El rey Fahd tiene 82 años y acaba de sufrir una
operación de cataratas en Ginebra. Arribó a Marbella
para pasar allí su convalescencia. Hace un par de años
sufrió una embolia cerebral. Su obesidad, unida a una
persistente diabetes y a un infarto cardiaco, le han
conducido a una precaria salud. Tras un lapso de
incertidumbre le entregó el trono en enero del año
antepasado a su hermano el príncipe Abdula. Arabia Saudí
es el único país del mundo cuyo nombre proviene de la
familia reinante. Es como si llamásemos a Gran Bretaña,
Reino Unido de los Windsor o a España, Iberia Borbónica.
Produce ocho millones de barriles de petróleo diarios,
lo cual equivale al 12 por ciento de la producción
mundial del crudo, que le ingresan 33 mil millones de
dólares al año. De esas entradas se gastaron 75 mil 900
millones en armamento en los últimos seis años. Arabia
Saudí es el principal exportador entre los miembros de
la OPEP. La Guerra del Golfo hizo subir los precios del
petróleo pero el régimen de Riad aumentó en un 30 % sus
exportaciones y el precio decayó rápidamente, evitándose
así una crisis similar a la de 1973, cuando se dictó un
embargo del crudo.
Con acciones similares Arabia Saudí se ha convertido en
uno de los principales bastiones de los intereses
occidentales dentro del mundo islámico y ha fortalecido
la conexión con las esferas industrial, energética,
militar, de seguridad e inteligencia de las principales
potencias capitalistas.
El nuevo problema es que Arabia, hasta ahora un aparente
remanso pacífico entre los arenales, está sucumbiendo a
la confabulación y la disidencia. El régimen Saudí sufre
dos corrosivos: la edad de sus dirigentes (el más joven,
el príncipe Sultán, tiene 68 años) y la organización de
una activa disidencia. En noviembre del 95 estalló un
auto bomba en Riad que mató a cinco estadounidenses.
La cabeza visible de la discrepancia política, Muhammad
al-Masari, ataca con medios electrónicos. Usa el fax y
el Internet para difundir sus ataques políticos dentro
de su país y burlar la estricta censura de prensa.
Masari se refugió en Londres, de donde fue expulsado,
por presión de los industriales del armamento, que no
quieren perder a uno de sus mejores clientes. Masari fue
condenado a vivir en la pequeña isla de Dominica, en el
Caribe, donde podrá ser mejor vigilado.
Los integristas islámicos cuestionan la legitimidad de
la familia real gobernante, descendiente del rey Ibn
Saud, quien murió en 1953. Abdula, el actual regente, es
jefe de la poderosa Guardia Nacional y ha cultivado la
amistad de las tribus beduinas, lo cual le otorga una
excelente base de poder. El príncipe Sultán, tercero en
la línea de sucesión y actual Ministro de Defensa, está
menos interesado en la alianza con Estados Unidos, es
más propenso a vincularse con el Islam profundo y
mantiene fuertes vínculos con el presidente Hafaz el
Assad, de Siria.
De asumir Sultán el poder habría cambio de línea
política en el trono. Arabia se alejaría de Estados
Unidos y se vincularía al Islam fundamentalista,
entonces subiría el precio del petróleo y habría una
nueva crisis energética en Occidente.
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