| LA JIRIBILLA CHE Y LOS FOTOGRAFOS Manuel González Bello | La Habana Che Guevara establecía relaciones especiales con los fotógrafos. Es lógico si se tiene en cuenta su probada afición a la fotografía. Muchas veces ese vínculo estaba matizado por sus bromas, y frecuentemente incluían alguna referencia a la cámara. En la época en que se encargaba de Verde Olivo, del Ejército Rebelde,
le encargó a Gilberto Ante realizar una foto para la
portada de la revista. Le indicó que debía hacer una
foto en la que un policía, en perfecto ademán militar,
hiciera un señal para detener el tránsito. De fondo
debía verse el semáforo y detrás el Capitolio
Nacional. Ante, uno de los más eficaces fotógrafos que tuvo la prensa cubana,
buscó la mejor hora del día para la luz que
necesitaba. Lo preparó todo e hizo la foto tal como le
había indicado Che. Luego se la entregó. Che lo invitó a un recorrido por otras provincias. A lo largo del
viaje, estuvo esperando algún comentario de Che acerca
de la foto. Pero fue una espera inútil. En vista de que
espontáneamente no surgía la opinión, decidió
preguntar. Che Guevara le respondió que la foto no servía. -Pero si yo hice lo que usted me dijo- ripostó Ante. -Nos están acusando de comunistas y a ti se te ocurre hacer una foto
con el semáforo en rojo. Tienes que volver a tirarla,
igual, pero con la luz verde. Hasta los últimos días de su vida, Tirso Martínez tuvo un pesar. Así
me lo confesó poco tiempo antes de morir. -A fines de la guerra contra Batista subí al Escambray. Me instalé en
el campamento de Che. Me dio una cámara que había traído
de la Sierra Maestra, en muy mal estado, sucia, para que
se la arreglara. “¿No te quedarás con ella?”, me
preguntó. “Si está buena, a lo mejor”, le respondí.
La traje para La Habana. Triunfó la Revolución y un día
fui a fotografiarlo al Ministerio de Industrias. Un
grupo esperábamos afuera, en el pasillo; salió de la
oficina y delante de todo el mundo me dijo: “Chorro,
me robaste mi cámara”. Cuando entramos a su oficina
le dije veinte cosas y que me había hecho pasar una
pena. Se echó para atrás en la silla y se sonrió. Nos
volvimos a ver en una acto en la CTC y desde la
presidencia me hizo señas y me mandó un papelito
preguntándome por la cámara. Luego hubo un acto en la
Plaza, se encontró con el director de Revolución y le
hizo el cuento. El director me mandó a buscar y ordenó
a un compañero llevarle de inmediato la cámara a Che,
sin arreglar, desarmada, envuelta en un periódico. “El final es triste. Che hizo un viaje a Asia y al regreso me lo
encontré en otro acto en al CTC. Estaba esperando para
tirar mis fotos y de pronto veo que se me acerca con una
cámara colgada al cuello y me dice: 'Mira lo que traje'.
Le respondí: 'Ah, debías haber traído un chino para
que te enseñara, porque tú no sabes nada de eso'. No
volví a ver a Che. No haberle arreglado la cámara y
haberle dicho aquella frase es un pesar que llevo
dentro." Che Guevara, creador e impulsor del trabajo voluntario, acostumbraba
irse a cortar caña de azúcar los domingos. Lo hacía
con su modo natural de comportarse en la vida. No lo veía
como algo extraordinario. Ernesto Fernández es uno de los fotógrafos cubanos que más fotos le
ha hecho a escritores y artistas. Cuando en 1960 Jean
Paul Sartre viajó a Cuba, se le convirtió en su
sombra. Obviamente, para fotografiarlo. Unas de las
fotos que con más tristeza hizo en su vida se las tomó
a su amigo Julio Cortázar, cuando el novelista
argentino visitó La Habana poco antes de morir. Sintió
espanto al ver el extraño color de la piel de Cortázar
bajo la luz tropical del Malecón. Ernesto no solo ha hecho fotos a escritores y artistas. Captó miles de
imágenes a invasores y milicianos en los combates de
Playa Girón en 1961. En su fase de fotoreportero político,
en una ocasión encontró a Che Guevara en los cañaverales. La forma más común de cortar caña es comenzar a derribar los
plantones desde la orilla. Otros emplean una técnica
menos usual: se internan en el cañaveral y van
derribando en forma de círculo. Esa era la manera
preferida de Che. Ernesto sabía demasiado bien que al
Comandante no le gustaba que le tomaran imágenes
cortando caña. Aquel día, me cuenta, se arriesgó a
mentirle a Che Guevara. -Entré al cañaveral hasta que lo encontré, con su uniforme verdeolivo
y un sombrero de guano. Le dije que tenía una cámara
Leika con la que nunca había trabajado, que se me había
trabado y no sabía cómo arreglarla, que si él podía
ayudarme. Tomó la cámara en sus manos y, por supuesto,
funcionó perfectamente. Me comentó sobre la calidad
del equipo y siguió cortando caña. Le dije que si podía
tomarle algunas fotos para probar la cámara y estuvo de
acuerdo. Ernesto, con sentido del límite, le tomó muy pocas fotos. Una de ellas aparecería años después en el billete de tres pesos que circula en Cuba. |
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