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PROMETEO,
FOTÓGRAFO Palabras
del director de la Biblioteca Nacional José Martí,
para el catálogo de la exposición “Ernesto Che
Guevara fotógrafo”, que será
presentada en La Habana en julio próximo Eliades Acosta Matos | La Habana Para los cubanos de mi generación, la generación
nacida con la Revolución de enero de 1959,los hombres
que bajaron de la Sierra Maestra son una referencia
familiar, cercana, como la de figuras que hemos visto
desde que hemos abiertos los ojos al mundo. Cuando
hablamos de ellos los llamamos por sus nombres propios,
no por sus cargos ni grados, casi como hacemos al hablar
del vecino o el amigo del barrio. No han envejecido en
el imaginario popular: cada día se les ve bajándose
otra vez de los jeeps arrebatados al enemigo, entrando a
las ciudades, cantando el Himno Nacional en los
cuarteles por los que minutos antes peleasen a muerte.
Sencillamente nos acompañan, porque a todos nos
cambiaron la vida. Algo
del hálito de renovación y gloria que rodeó a
aquellos jóvenes barbudos, con el pecho cruzado con
cintas de balas y granadas; con collares de semillas y
medallas de Santa Bárbara colgándoles al cuello, con
brazaletes rojinegros en los brazos, se ha quedado
instalado para siempre en el alma de los que crecieron
conmigo. No exagero si digo que también en buena parte
de mis contemporáneos que de buen grado, o sacados del
país por sus padres, viven ahora en otras tierras del
mundo. Alguno me ha confesado que sueña repetidamente
con aquel día lejano cuando una Habana desdeñosa y
cosmopolita se sorprendió a si misma encandilada ante
el torrente rebelde, de verde olivo, que se adentraba
por sus avenidas sobre tanques de guerra ,cruzándose en
su marcha con lujosos Cadillacs
e Impalas del año. Era el 8 de enero y Fidel
entraba a la capital sin necesidad de disparar un tiro,
acompañado de sus hombres y el refuerzo del pueblo. Es
cierto que a ninguna
generación le es dado escoger su tiempo, pero si
depende de ella vivirlo con amor u odio. Nosotros, los
que hemos sido testigos y participes de
tanto sacrificio, de tantos peligros y combates, de los
sufrimientos y alegrías compartidas por el pueblo
cubano en defensa de sus ideales, amamos nuestro tiempo,
todo lo vivido, y lo llevamos por el mundo colgado de
nuestras camisas como aquellos jóvenes rebeldes
llevaban sus collares y medallas gloriosas tras el
triunfo. Y en
medio de esos recuerdos, como jalones de la memoria y
luz en los recodos de la vida, los rostros inolvidables
de hombres como Camilo Cienfuegos o Ernesto Che Guevara,
que se nos confunden con los de nuestros padres y
hermanos. A veces no hay forma más exacta de hablar que
usando los giros manidos, los lugares comunes, las metáforas
gastadas: para los cubanos de mi generación hombres
como Camilo y el Che no han muerto. Sencillamente siguen
sentados a nuestra mesa, frunciéndonos el ceño cuando
actuamos mal, alegrándose cuando hemos traído hijos al
mundo, levantándonos de nuestras flaquezas, exigiéndonos
continuar la marcha...Hay quien les pone velas en
altares donde sus retratos se codean con los de los
santos católicos y las deidades africanas. Yo prefiero
conversar con ellos, quedamente, y cuando los he llamado
han llegado siempre
desde muy adentro de mi mismo. Camilo viene con la misma
sonrisa perfecta y noble de Paul Newman en
“La leyenda
del indomable”,y pone a un lado su ametralladora
Thompson, enciende un tabaco y me mira socarronamente.
Llega Guevara con su boina estrellada, el brazo en
cabestrillo por el balazo recibido en la batalla de
Santa Clara,el cabello largo anterior a Lennon o Robert
Plant, y esa mirada endiabladamente irreverente,
devastadora,la misma que debieron tener Da Vinci o
Giordano Bruno... “¿Qué te pasa ahora, chico,te has
apendejado o se te acabaron las pilas?”. “No tienes
derecho a detenerte, compañero. ¡Ni tantico así!...” Y
sigo. NOTICIAS
QUE LLEGAN... La
noticia de la muerte del Che no la recibí por los
telediarios, ni a través de los locutores radiales.
Tampoco en la voz estentórea de la vecina, por la que
me enteré un día del asesinato de Kennedy, mientras me
bañaba. Nadie nos reunió en el patio de la escuela
para que algún maestro nos mostrase el borde de la pérdida
inmensa. Camino de la casa,por la calle de Santo Tomás,
casi llegando a Trinidad, en Santiago de Cuba ,tras la
sesión de la mañana, iba hambriento como un lobo de 7
años, y un compañero de aula que he olvidado me la
lanzó al rostro, a manera de respuesta al enigma de su
desaparición, meses atrás. No le creí, y terminamos a
golpes, rodando por el suelo. En mi
casa, supongo que como en la mayoria de las casas
cubanas de entonces, los padres hablaban por lo bajo de
la notable ausencia del Comandante,de su carta de
despedida leída por Fidel, de otros que también
faltaban y se decía peleaban en Viet Nam, el Congo o
Bolivia. Para los niños que éramos, tal ausencia era
sinónimo de que la aventura continuaba,de que los
protagonistas no se sentaban a descansar, y que cuando
resolvían el entuerto, seguían en busca de nuevas
injusticias que combatir, como ocurría siempre en las
pantallas del cine “Martí”, durante las matinees
inolvidables de los domingos a las 9.00.Pero en este
caso algo había salido mal, algo no encajaba en nuestro
cánon heroico, porque el héroe, nuestro héroe, estaba
muerto, y con él habían caído casi todos sus compañeros,
abnegados y fieles. Sólo
un pueblo como el cubano
pudo reponerse de aquella pérdida, y convertir en
acicate la mayor tragedia sentimental de la Revolución,
el escarnio de la muerte infligida a sus mejores hijos,
a los que prefiguraban el futuro y encarnaban los
ideales de toda una época y una generación, de los más
hidalgos y esforzados caballeros de aquella cruzada. Aún
no comprendo, conociendo la capacidad de sacrificio de
los cubanos, su idealismo intrínseco y su espíritu
voluntarioso, cómo se logró refrenar el ímpetu de miles y miles de
compatriotas que deseaban y pedían entonces,
encarecidamente, el honor de seguir el ejemplo y correr
la misma suerte de los caídos, de volver a levantar la
bandera de la lucha en el sitio exacto donde el Ché y
sus hombres habían caído, y llevarla, en triunfo,
hasta el último confín de la Tierra; para clavarla en
la frente de la injusticia y la opresión. Creo
que nunca antes, ni siquiera en los días “luminosos y
tristes” de la Crisis del Caribe o de los Misiles,
como los llamase el propio Che, estuvo tan cercana una
conflagración, un incendio de proporciones
incalculables que hubiese devorado, al menos, esta parte
del mundo. En alguna medida lo que entonces pidió hacer
el pueblo espontáneamente, se hizo años después en
otro escenario, cuando miles de cubanos que crecieron
con aquella pérdida muy adentro, cruzaron el Atlántico
en aviones asmáticos, o en las bodegas de buques soviéticos
soñando con emular en Angola o Etiopia con aquella
gesta frustrada, llevando el “Diario del Ché en
Bolivia”como casi único equipaje. Y vencieron. Pero
cuando no se pudo pelear con las armas, se peleó con
las ideas y los símbolos artisticos. Con una brillantez
que sólo se concibe en momentos de grandes conmociones
sociales, cuando la época encuentra sus formas exactas
y privilegiadas de expresión, y los íconos rotundos
que la encarnan, sin obedecer a ningún plan genial,
como suelen aparecer las cosas geniales, las palabras y
las imágenes se unieron en todo el mundo, en casi todos
los idiomas de la Tierra entonces conocida, para
cantarle al Che. ¿De qué muerte hablar
cuando un rostro, una mirada, un nombre, están
desde entonces en todos los muros del planeta, en las
entrecalles y las autopistas, en las veredas; y también
en los tocadiscos, las pantallas cinematográficas, los
pullóveres y carteles, y más recientemente en
Internet, con más sitios dedicados a él (superan los12
mil) que a ningún otro personaje o asunto de nuestra época? Ni el
propio Dostoievski fue capaz de anticipar más refinado
castigo para un crimen que el que se produjo, no más
apagarse los ecos de aquella ráfaga cargada de miedo e
impotencia que segó la vida terrenal de Ernesto Guevara
en un ya mítico octubre de 1967, en la escuelita de La
Higuera. Lejos de cerrar definitivamente un capítulo,
como creyeron hacer sus asesinos, nunca estuvo más vivo
y más repartido el Che que entonces. ¿Qué sintieron
quienes ordenaron disparar y quienes dispararon cuando
les salía por
doquier, sin darles un minuto de tregua, la foto de
Korda reproducida con olfato genial por Feltrinelli? ¿A
qué oscuras furias se encomendaban, qué bebida
embriagante podía traerles paz cuando sus hijos y
nietos rebeldes se aparecían ante ellos llevando sobre
el pecho las imágenes sonrientes y serenas del
asesinado, del desaparecido? ¿Dónde buscar refugio y
olvido, cuando el Che estaba en Tlatelolco, en La
Sorbona, en Berkeley, en las favelas de Sao Paulo, en
las selvas de Ceylán, en las calles de Beirut,en
Soweto? Nunca,
después de la cruxifición de Cristo, se vio semejante
porfía entre el arte y la vida para salvar de la muerte
y hacer eterno el significado de la caída
de un hombre. ¿Justificará esto que sea Ernesto
Guevara, para millones de hombres y mujeres de la
Tierra, el simbolo exacto de la Redención, la encarnación
perfecta de los ideales libertarios de nuestra época? En él
se conjugaban, como ha dicho Fidel, no sólo las
cualidades y virtudes de los grandes reformadores y
conductores de pueblos, sino también la presencia física,
la imagen exacta del mito. Y tanto como sintieron y
apreciaron eso los humildes del planeta, los
combatientes de todas las causas, los humillados y
ofendidos del sistema, también recibieron la Anunciación
los artistas y creadores de todas las escuelas. Las
noticias que se reciben desde entonces, hace ya 33 años,
son las de un alúd indetenible que ha
arrastrado y arrastra a los pueblos, y
destacadamente, a los jóvenes de cada generación,
dispuestos al sacrificio y la entrega por construir un
mundo mejor. Nada ni nadie ha convocado mejor a tantas
personas disímiles que esa mirada al futuro, esa
palabra exacta y cortante, esa boina alumbrada por una
estrella, ese ejemplo de vida intachable, la mejor de
todas. Contra sus profundidades se han destrozado los
intentos ridiculos de hacer del Ché un fetiche
comercial,un simbolo sexual,una cáscara vacia,separada
de las ideas y convicciones por las que dió la vida. No
pertenece al mundo del márketing,ni de las campañas
promocionales.No es de los que conviene llevar su vida
al cine de Hollywood,ni otorgar Oscares a los actores
apuestos que lo encarnen en versiones románticas para
adolescentes.Fue y sigue siendo demasiado
rebelde,demasiado lúcido,demasiado irreverente,para
intentar siquiera domesticarlo.Eso no lo lograron jamás
en vida.Mucho menos después de muerto.Los tristes
intentos que se han hecho en este sentido han terminado
explotando en las manos de algunos ingénuos mercaderes. Ni
siquiera el mundo postmoderno, con su astuta industria
millonaria de la desmemoria y los espejismos
ideológicos, ha logrado reciclarlo en superstar:
sigue siendo el mismo Comandante guerrillero,con su
humor ácido,su asma ancestral,su discurso visionario y
pausado,su “Hasta la Victoria Siempre”. Una
tropa creciente,siempre renovada,le sigue. “APRENDIMOS
A QUERERTE...” Exceptuando
a la música y la poesía,ninguna otra expresión
artistica ha reflejado tanto al Ché como la fotografía.Una
especie de itinerario de su vida y su muerte es posible
a partir de las fotografías que le fueron tomadas(o tomó)
a lo largo de su existencia.Los numerosos instantes que
lo eternizan lo muestran de niño,junto a un árbol o
subiéndose a él,cabalgando sobre un perro,ascendiendo
montañas, navegando en balsas por los grandes ríos de
Suramérica,conduciendo motocicletas,como fotógrafo
ambulante en México,en prisión por sus actividades
revolucionarias,médico y comandante guerrillero en la
Sierra Maestra,estratega de la batalla de Santa
Clara,Ministro visitando e inaugurando fábricas por
toda la geografía cubana,mensajero de la Revolución
triunfante en Punta del Este,New York, Moscú, Argél,
Pekin o Dar-el Salam,guerrillero Tatu en el
Congo,pensador solitario en las afueras de
Praga,guerrillero Ramón en las selvas bolivianas,muerto
irreductible,con los ojos abiertos,mirándonos de frente
desde entonces... Objetivo
predilecto de muchos fotógrafos por la plasticidad de
su figura y la exactitud de lo que reflejaba su
rostro,fue siempre el Ché presencia permanente en los
reportajes fotográficos de los primeros años de la
Revolución cubana.Junto a Fidel y Camilo encarnó, como
pocos,el espíritu de aquellos tiempos tormentosos y
apasionantes.Todo el quehacer de millones de hombres y
mujeres que se volcaron de lleno a transformar el país
encontró su reflejo justo en las fotografías que tenían
a aquellos hombres por arquetipos.Si se piensa en las
jornadas de trabajo voluntario,ahí está el Ché
cargando sacos en el puerto,de albañil o
machetero,vestido de pelotero,leyendo en su
hamaca,fumando sus inseparables tabacos,haciendo prácticas
de tiro,dando clases de Matemática superior,
conversando con Jean Paul Sartré y Simonne de Breavuoir
en su despacho, marchando por las calles habaneras, del
brazo con los dirigentes de la Revolución,en los
desfiles por el Primero de Mayo.Tal y como se le vió
entonces;tal y como se le recuerda.Tal y como hicieron
nuestros padres y los padres de todos,o casi todos,los
niños de entonces. He
leído en algún lugar que existía una razón más,poco
conocida,que hacía del Ché uno de los personajes más
fotografiados de la época,sin que él lo buscase ni lo
desease:su afinidad
con el gremio de los fotógrafos
su pasión siempre palpable por las cámaras
fotográficas, su símpatia hacía los hombres del
lente, su decantado sentido artístico, apreciable en
sus lecturas,en sus discursos y escritos,en su respeto
por las vanguardias en politica, y también en
arte.Supongo que en él se cumplió el viejo axioma de
los artistas de todas las épocas,de Rembrandt a
Picasso;de Durero a Alfred Hitchcock:los mejores
modelos,con excepción del propio artista,suelen ser los
amigos. A
sus imágenes heróicas o intimas,aquellas en que carga
a sus hijos recién nacidos con impericia de novato o
donde formaliza su matrimonio con Aleyda March,han de
sumarse las muchas en que se le vé con una cámara
fotográfica colgada del cuello,o donde se
contorsiona,con donaire de experto,para enfocar un
teleobjetivo.Dicen que salía de recorrido,a
inspeccionar las fábricas que debía supervisar como
Ministro,sin olvidar jamás sus cámaras,y que los únicos
lujos
que admitía
a su alrededor de buen grado,él, que andaba
vestido de verde olivo,como cualquier soldado,sin
ostentar sus grados militares,eran libros,tabacos y cámaras
fotográficas. Todo
en el Ché era orgánico;todo encajaba en él como
piezas idóneas de un mecanismo irrepetible.Cuando se
decidía a fotografiar algo en su errar infinito,ya sea
como guerrillero casi harapiento,siempre hambreado,en
las selvas congolesas o bolivianas,era la mirada del
pensador lúcido,coherente,que nos descubre en unos niños
indígenas,en un grupo de mujeres miserables, las
razones de por qué estaba luchando en aquellos parajes
perdidos junto a sus hombres,arriesgando la vida.Cuando
era el Ministro el que fotografiaba,mientras recorría
China o la Unión Soviética,no cesaba de atrapar imágenes
de maquinarias e industrias,de artefactos y
equipos,buscando,quizás,los referentes visuales que le
permitiesen el correcto diseño de la incipiente política
de industrialización del país,la que debía planificar
y poner en práctica desde el Ministerio de Industrias.Y
un ojo critico,agudo, se puede apreciar tras aquellas
tomas;un ojo insobornable,atento a los logros y a las
deficiencias tecnológicas de aquellas sociedades:el ojo
de un trabajador,no
el de un turista
de lujo. Porque
para Ernesto Guevara,la fotografía era un arma,una
herramiente para hacer mejores las sociedades y los
hombres,tan válida como un fusil guerrillero o una
mocha para cortar caña. La
vida le ha dado la razón. “YO
SABÍA BIEN QUE IBAS A VOLVER...”
Al caer el Muro de Berlin pocos apostaron por la
supervivencia del arte y los artistas comprometidos con
la realidad y con su tiempo.Una demencial carrera por
lucrar y hacer dinero fácil con el talento,o con la
fama desprovista de talento,arrastró a muchos de los
que declaraban su compromiso social hasta las
visperas.Lo peor de una Postmodernidad voraz,que se nutría
lo mismo de los simbolos conservadores de la Era
Reagan,que de los simbolos del Realismo Socialista de la
Era Brezhnev,inundó las galerías y los
medios,prefigurando un mundo de indiferencia y resignación
ante la fuerza del capital,condenado a no tener historia
ni ocaso:una especie de mundo Blade Runner,de decorado
retorcido del Expresionismo alemán,entre estatuas
derribadas de sus pedestales y mapas que habían perdido
sus fronteras tradicionales,tornándose inservibles. En medio del naufragio,pocas figuras artisticas de
la izquierda militante conservaron incólume su brillo y
su capacidad de convocatoria.Pocos temas tradicionales
del arte comprometido lograron rebasar con dignidad la
barrera de los 90.Pero aquellos que lo lograron,a fuerza
de auténticos y brillantes,no sólo han
sobrevivido,sino que permitieron el inicio de un proceso
que puede resultar asombroso hoy,para algunos.Con dramática
vigencia recuerdo las palabras perplejas de Octavio Paz
cuando le hablaron de la Postmodernidad como negación
de la herencia cultural moderna,o sea,del período agudo
de las luchas de clase en los siglos 19 y 20: “... ¿Pero
qué es la Postmodernidad sino una Modernidad aún más
moderna?”-se preguntaba aquel poeta mexicano
conservador,vindicando,sin quererlo,las razones y
argumentos de sus tradicionales adversarios ideológicos. Que imágenes cubanas y de otros pueblos del Tercer Mundo estén entre las más
cotizadas en las exposiciones artisticas más
importantes del Planeta;que se
premien con frecuencia las instantáneas de
desastres naturales,guerras, enfermedades,dramas humanos
y las lacras ocultas de las grandes metrópolis,son
testimonio elocuente de que a
la fotografía en este nuevo siglo y milenio no
han logrado convertirla sólo en
rehén de los paparazzis ,ni en placer dilettante
de los que se ocupan en atrapar el glamour de las
pasarelas o en
ilustrar campañas comerciales para promover la venta de
desinfectantes o limpiadores de cocinas. En octubre de 1997,treinta años exactos después de
su caída ,los restos mortales del Ché y de varios de
sus compañeros de la guerrilla boliviana,fueron
encontrados tras una árdua búsqueda,exhumados de los
oscuros parajes donde sus asesinos pensaron que nunca
los encontrarían,y depositados, con todos los honores,
en un sencillo mausoleo en el centro de la
Isla,recibiendo desde entonces el homenaje permanente de
los cubanos y de personas llegadas de todos los confines
del mundo.Con ellos,como dijo Fidel ,... “llegó un
destacamento de refuerzo”,en momentos decisivos para
la continuidad de la Revolución. Una canción de un jóven trovador cubano,estrenada
antes de conocerse el paradero de aquellos restos
queridos, resultó estremecedoramente clarividente:
“Yo sabía bien que ibas a volver,que ibas a volver de
cualquier lugar...”,casi tanto como aquellos versos de
Nicolás Guillén dados a conocer en su propia voz
grave,no más conocerse la noticia de la muerte del Ché:
“No porque te quemen,porque te disimulen bajo
tierra,porque te escondan en cementerios,bosques o páramos,van
a impedir que te encontremos...” Y si
con el regreso triunfal del Ché y sus hombres a Cuba
regresa al
mundola concepción de una arte fotográfico al servicio
de la verdadera causa del hombre;si con él regresa la
fotografía como arma al servicio del mejoramiento de la
sociedad,y la figura del fotógrafo como algo más que
un dócil atrapador de imágenes quietistas y
piadosas,siempre en las coordenadas de lo que eterniza a
los poderes hegemónicos de este mundo transitoriamente
injusto e indiferente en que vivimos,entonces habrá
prestado el Comandante otro nuevo servicio a la
Humanidad,tan libertario como los otros. La mejor toma de estos tiempos está aún esperando por los nuevos fotógrafos. Ellos vislumbrán la figura del Prometeo del Siglo 21 entre las brumas de las nuevas luchas redentoras,justo a tiempo para apretar el obturador de sus cámaras.A nadie debe asombrar que,una vez revelada,la fotografía nos muestre una barba rala demasiado conocida,una mirada endiabladamente lúcida,una boina verde olivo con una estrella, y una cámara fotográfica con la que él también nos acababa de fotografiar. |
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