LA JIRIBILLA
UN LIBRO SABIO
 
Redescubre Roberto Avalos Machado la obra de un hombre escapado tras una perspectiva desacostumbrada, desatando su genio desde las márgenes en una estrategia promocional de una obra colectiva incuestionable.


Alexis Castañeda |
Santa Clara


Cuando una buena mañana de agosto de 1989 vimos a Roberto Avalos Machado subir la colina del Abel Santa María y llegar al Museo Provincial, convertido en aquellos tiempos en centro cultural de Santa Clara, nos dimos cuenta que el proyecto de investigación y promoción del arte popular en esta zona céntrica de la Isla, dejado trunco por la partida de José Luis Rodríguez de Arma, estaba salvado. Desde entonces Roberto comenzó a buscar y guardar acuciosa, silenciosa y pacientemente cuanta referencia existiera sobre este fenómeno y su eminente propulsor Samuel Feijóo.

De los pintores y Dibujantes Populares de Las Villas y de Feijóo mucho se ha hablado y no poco se ha escrito, pero nadie había seguido una idea, un orden sistémico como el que se propuso Avalos y, sobre todo, buscar en las aristas, en las orillitas del gran intelectual que se habían obviado; sus razones de artista, los por qué de su formación, partiendo del análisis de cada detalle, como el propio Feijóo hizo con la naturaleza que tanto lo obsesionó. Todo este tiempo, todo este esfuerzo, felizmente dio lugar al libro que aparece bajo el sabio nombre de El puño sabio, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2001, y publicado por Ediciones Capiro.

Comienza el texto con una introducción en la que el autor explica las necesidades que le indujeron a investigar y asentar estas opiniones para responder a interrogantes dejadas por la labor feijosiana que otros habían desdeñado, bien porque no les interesaba, o bien porque no se atrevieron a enfrentarlas. Además, porque consideró un deber elemental la validación de la obra del pintor y dibujante, sin caer en la socorrida biografía o relación hechológica antologuista.

El primer capítulo de El puño sabio trata sobre la posición de Feijóo respecto a la Vanguardia Cubana, su proceso como artista de la plástica, teniendo en cuenta el medio temporal en que vivió, las influencias inmediatas y las que al parecer quedaron en reposo y luego aparecieron en su práctica, como es el caso de las codificaciones de la labor editorial. Se precisa la estrecha correspondencia que mantuvo entre representación y modelo, hasta eso que llamó pintura vegetal, parte de un proceso de búsqueda de la naturaleza a partir de sus fragmentos.

Roberto desentraña con admirable acierto como Feijóo fragmenta sus referencias y representa esos detalles en imágenes como resultado de una conjunción –proceso inédito, al menos en la cultura cubana- entre literatura y plástica, destacando “su capacidad de incorporar el paisaje a una estructura verbal resuelta en iconogramas plásticos, que es lo que dota de una originalidad sorprendente a su obra, camino hacia la madurez, entre 1940 y 1950, y que permite una observación intertextual en un marco referencial común a su producción poética y visual. Como complemento se adiciona un esclarecedor apéndice, especie de relectura de una obra de Feijóo fechada en 1943 y que sirvió de ilustración al Cuaderno de un joven poeta, pasaje breve pero demostrativo de su modo productivo y de la interrelación del discurso verbal y el discurso visual.

Ya en el segundo capítulo aparece Feijóo ubicado en su relación con la Vanguardia y enmarcando un concepto de pintura antillana, en la que se empecina en buscarle un sitio a la pintura cubana dentro de un espectro artístico regional, siendo parte y aporte, incluyendo a Amelia, Portocarrero, Lam y junto a ellos al popular cienfueguero  Benjamín Duarte. Ve Roberto, entonces al artista y teórico yendo de lo local a lo nacional (Duarte-pintores de la Vanguardia) y de lo nacional a lo regional (Vanguardia Cubana-Caribe). Y he aquí uno de los alcances más importantes de este capítulo y del libro todo, porque descubre el intento que sucedió de unificar lo que se consideraba la plástica cubana, que incluía a Duarte, oponiéndose al concepto de la Escuela de La Habana. Feijóo frente a esta calificación y a la también considerada Escuela de Haití, propone otro criterio unificador, expresión adelantada de su genialidad; unificar lo culto y lo popular en un solo rango.

Es importante destacar, y el autor lo sabe y lo hace, la labor publicacional del “sensible zarapico” ya en esta época, es el momento en que aparece Ateje, la primera revista “pura” en Cienfuegos, que solo alcanzó dos números, no obstante tuvo gran resonancia y Alejo Carpentier le dedicó al  primero una de sus crónicas en el Nacional de Caracas, a propósito de las ilustraciones de Duarte, incluso recibió colaboraciones de un crítico de talla internacional como Robert Altmann. Esta labor de editar espacios promocionales alternativos no lo abandonaron nunca y se hará decisiva cuando en 1958 inició el Nuevo Plan de publicaciones en la Universidad Central de Las Villas con su Alcancía del Artesano, donde reunió “quilitos de sabiduría feijosiana dedicados a los obreros del arte”, además, de proponer un estilo antillano, según cita Roberto Avalos; libro que provocó malas miradas y hasta condenas desde “pasillos, escuelas y demás lugares de chisme y profesión intelectualizante”, según satirizó el propio autor. Luego vendría Islas y finalmente la plenitud de sus propósitos con Signos.

Se aclara también aquí, la relación de Feijóo con grandes como Lam, el ruso Lernes y Altmann, como en compañía de este último es que visita el estudio del pintor sagüero en la calle Panorama: “Rastrié y trastié, con gran azoro su estudio”, diría después y apunta como “se sentía lo que en su pincel internacional había de Cuba”.

En el tercer y último capítulo Avalos llega al esperado entrañamiento del denominado ya en 1961 Movimiento de Pintores y Dibujantes Populares de Las Villas, el rol de Samuel Feijóo a la cabeza del grupo y el concepto novedosísimo de pintura popular que ahora trae, asociando lo fantástico a lo imaginativo y su interés de afianzarlo en la mitología insular, insistiendo en la continuidad de su proyecto de Vanguardia que subía desde los años 40.

Se ve nítido por fin, una tipología nueva a partir del vacío o la inexistencia de una anterior y su ideario estético completado, desdeñando lo que consideraba mediocre; aquello de ascendencia académica, vislumbrado en la citada Alcancía.

Destaca Avalos a la Escuela de Artes Plásticas de Cienfuegos como el primer gran empeño de masificar la cultura, en el preciso caso de las artes plásticas, escuela que validaba los esfuerzos de la Academia del Bejuco, fundada por Mateo Torriente en 1938, pero sobre todo la laboriosidad de Samuel Feijóo en su interés por fundar un centro no solo formador de creadores sino también de personas poseedoras de una cultura capaz de enfrentar a la creación artística, experiencia recogida luego en la segunda Alcancía del artesano, donde la otrora estética antillana es superada por una estética popular.

Avalos especula, una vez más atrevidamente, las razones de cierto estancamiento, más tarde, de las ideas feijosianas en torno a lo popular y su conocimiento acerca de la imposibilidad de comprensión de la obra de estos artistas, tanto por los neófitos como por los “conocedores”, el enclaustramiento del Movimiento entre las páginas de sus revistas, recibidas por pocos en el país. Conjetura el autor de El puño sabio como esa actitud puede ser su respuesta a “la monotonía o sequía mortal de las artes” en la provincia, como alguna vez señaló. Aunque es grato ver desfilar todavía a nombres como los de Alberto Anido, las hermanas Alemán, Aida Ida Morales, Adalberto Suárez, Pedro Osés.

No podía faltar la última, pero sumamente importante, gestión promocional de Samuel Feijóo a su movimiento cuando expuso en el Museo de Arte Popular de Laussanne, Zuiza, desde el 7 de junio al 28 de agosto de 1983, con resonante éxito de público y crítica.

“Trabajo como una oscura raíz, para que arriba haya flor. Nada sé. Trabajo, como la raíz no ve flor, no veré yo mi triunfo ¿Qué es triunfo sino flor que no se ve? ¿Y que si mi trabajo no da flor? Pero trabajo, haya flor o no, y este es el triunfo, trabajar en lo oscuro, ignorado, para que arriba pueda vibrar una flor invisible”.

Esto dejó dicho Feijóo y el libro de Roberto Avalos lo confirma al probar su flor, es decir, el valor luminoso de su legado, como el hallazgo de una unidad identitaria, contribución a la entrada al “destino imprevisible de la isla”, donde “realidad y fantasía se traban y benefician. Redescubre Roberto la obra de un hombre escapado tras una perspectiva desacostumbrada, desatando su genio desde las márgenes en una estrategia promocional de una obra colectiva incuestionable. Libro este escrito bajo un puño obseso y conocedor, pues tuvo el autor que cruzar por la poesía de Feijóo para llegar a su poética visual dejándole a la escritura misma un tono lírico que la hace más encantadora. Libro este  escrito también, me consta, con humildad de raíz.

Nos confirma otra vez, que los que estábamos en el Museo Provincial, aquella buena mañana de agosto de 1989, vimos claro cuando apostamos por Roberto Avalos Machado; El puño sabio es la evidencia.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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