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LA
JIRIBILLA
JULIO CORTÁZAR EN CUBA
Ha dicho que, aunque nació por azar en Bruselas,
es por supuesto argentino; y desde 1959 tiene también
otro país: Cuba. Los cubanos andamos tan
estrepitosamente contentos con esto, que Julio apenas
puede atender en su hotel llamadas, visitas,
entrevistas, suspiros, aleluyas.
Roberto
Fernández Retamar
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La
Habana
Desde la última vez que estuvo en Cuba, en febrero de
1963, Julio Cortázar ha envejecido quince minutos. Las
opiniones sobre su edad, como se sabe, andan
irremisiblemente divididas: que si tiene veinte años;
que si tiene doscientos... Cosa comprensible, porque,
aunque es afable y dulce (o precisamente por eso),
produce una especie de miedo. Los hombres más altos
levantan la cara para hablarle. Cuando la han levantado
bastante, ven allá una cabeza más bien pequeña, una
copiosa cabellera oscura, un mechón que cae siempre
sobre la frente y que vanamente una mano intenta
retirar. Pero uno no sólo ve, también es visto por dos
implacables ojos azules que se deslizan a los lados de
la cara. No hay manera de que Julio Cortázar se pasee
por la calle sin que la gente no se vuelva para mirarlo.
Aun si no fuera el hombre más alto de La Habana, me
imagino que lo harían. Pero por ahora es definitivamente
extenso, piernilargo y ligero como esos adolescentes
codiciados por los equipos de baloncesto.
¿Qué se trajo esta vez a Cuba Julio Cortázar? Ya sabemos
que con él vino uno de los mejores escritores del mundo.
Pero vinieron además la delicadeza, el cariño, la
bondad, que va a sacarse del bolsillo, como si fueran su
pipa, y a regalar sin énfasis, sin afectación. Y yo
diría que también una extraña fuerza, que es lo que más
me impresionó ahora, una fuerza última, que se encuentra
muy pocas veces, y que nadie puede doblegar.
Como era previsible, en el aeropuerto desaparecerán sus
maletas, para desolación de todos los que lo
acompañábamos, y no de él; y como era también
previsible, las maletas aparecerán esa noche en su
cuarto del Hotel Nacional, aventura lógica en lo que él
ha bautizado el país de los cronopios.
Cortázar ha venido a Cuba por segunda vez, para reunirse
con sus colegas del comité de colaboración de la revista
de la Casa de las Américas, y para integrar el jurado de
novela del concurso de esta institución. Ha declarado
que no asiste a congresos ni forma parte de jurados, con
una sola excepción: los de la Casa de las Américas, de
Cuba: su Casa. La otra vez que estuvo en Cuba ya
fascinó y fue fascinado. Se llevó consigo la crónica
«Alegría de Pío» del otro gran argentino vivo –Che
Guevara–, e incitado por ella escribió su admirable
cuento «Reunión», donde evoca el desembarco, a finales
de 1956, de Fidel Castro y sus hombres, venidos en el
yate Granma. Ese cuento aparecería después en el que por
ahora es el último libro de Cortázar: Todos los
fuegos el fuego. Se dice que un admirador argentino
inconforme con la posición política de Julio evidenciada
en ese cuento digno de ser situado, por otra parte,
junto a «El perseguidor», cortaría de ese libro, con una
melancólica navaja, todas las hojas de aquel cuento,
para tener Todos los fuegos el fuego sin ese
fuego.
Cortázar ha dicho que, aunque nació por azar en Bruselas,
es por supuesto argentino; y desde 1959 tiene también
otro país: Cuba. Los cubanos andamos tan
estrepitosamente contentos con esto, que Julio apenas
puede atender en su hotel llamadas, visitas,
entrevistas, suspiros, aleluyas. Cuando se comentó
Rayuela en la Casa de las Américas, recién aparecida
la obra, y a pesar de que apenas habían llegado
ejemplares al país, la sala tuvo más espectadores que
nunca antes, hasta la calle, y hubo que suspender a
pulso el conversatorio, pasada largamente la medianoche.
Ahora Cortázar ha estado durante cinco días que él llamó
«extenuantes y muy bellos» conversando sobre el destino
de la revista Casa de las Américas, con hombres
como el novelista peruano Mario Vargas Llosa, el
ensayista uruguayo Ángel Rama, el poeta haitiano René
Depestre y los otros integrantes del comité de la
revista. Con ellos ha redactado la espléndida
«Declaración» en que se llama a la unidad de los
intelectuales de izquierda frente a la penetración
cultural norteamericana y se invita a una futura reunión
de escritores y artistas del Tercer Mundo. Comentando
esta declaración días después, Cortázar escribió: «Creo
que al centrar el problema en la responsabilidad de los
intelectuales del Tercer Mundo, se denuncian muchas
cómodas ambigüedades y se sitúa al escritor frente a su
más alta y necesaria definición; que las respuestas irán
haciendo ver quién es quién y no tardarán en conocerse.
Callar, por ejemplo, será una de las respuestas más
estruendosas.» Después de estas reuniones, Cortázar ha
leído casi un centenar de novelas (junto con Leopoldo
Marechal, José Lezama Lima, Juan Marsé y Mario
Monteforte Toledo) para conceder unánimemente el premio
a David Viñas por su nueva novela: Los hombres de a
caballo.
He pasado con Julio Cortázar muchos de sus días cubanos.
No sólo todos los de la revista y algunos del premio,
sino también una interminable noche (hasta el amanecer)
cenando con Fidel Castro, y los días y las noches de un
hermoso viaje al interior de la isla: a Trinidad, ciudad
detenida a mediados del siglo
xix
que recorrimos a la luz de la luna, que es cuando se
hace más real, es decir, más espectral; a los sembradíos
de cebollas, uvas y fresas en Banao, atendidos por
mujeres; a un central azucarero que se llamaba antes de
la revolución central Washington y se llama ahora, para
evitar confusiones, central Jorge Washington.
En los largos paseos me entero de muchas cosas: de que
publicó primero que nada un libro de poemas con
seudónimo y en edición de autor; de que el primer
capítulo que escribió de Rayuela, sin saber lo
que sería, es aquel alucinante en que Talita va sobre un
tablón de Traveler a Oliveira, y que todos sus lectores
leímos sobrecogidos, aunque no pudiéramos decir
exactamente por qué; de que su primer autor predilecto,
en los maravillados seis años, fue Julio Verne, a quien
rendirá homenaje particular en su próximo libro, La
vuelta al día en ochenta mundos, escrito por un
Julio, ilustrado por otro Julio y que editará Siglo
xxi, por
supuesto que en julio próximo.
En las noches habaneras, abriéndose paso entre
periodistas, Julio Cortázar lograba trasladar su
osamenta fosforescente a El gato tuerto. Ahora
hay allí una silla vacía. No me gustan las frases
huecas, pero de veras que cuando Julio se fue, nos
quedamos más pobres.
Tomado de Punto Final, Santiago
de Chile, junio de 1967.
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