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LA
JIRIBILLA
Armando Chávez
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Habana En ese amasijo de calles y edificios, habría congresos de brujas, se escucharía música incesantemente, miles de gatos se estirarían en los quicios de las ventanas, los adultos podrían jugar sin sentir vergüenza y reinaría una aparente locura y extravagancia ante la habitual racionalidad e insensatez del mundo. Algún lector volvería a esperar a Cortázar en el café Old Navy, del boulevard de Saint Germain, donde escribía durante varias horas en la mesa de un rincón, sin permitirse pausas, ni poder escabullirse. Lo hubiera delatado su cuerpo larguirucho, las manos grandes y la voz con cadencia de erres arrastradas. En esa ciudad estarían, además, todas las casas que habitó en París. Entre ellas el apartamento vecino de la rué de Sevres y la casita en forma de espiral cerca de la Place du Généram Beuret, donde conservaba recortes de noticias insólitas, objetos inverosímiles y, según decía, hasta un cuarto lleno de juguetes para tocar trompeta. Al doblar alguna esquina, aparecerían las barricadas de mayo de 1968. Cortázar, entonces de cincuenta y tres años, con melena, repartiría una vez más volantes para entusiasmar a los adolescentes con fantasía y humor, suficientes para desnudar los más grandes dramas sin necesidad de tremendismos ni cursilerías. En una de esas muchas esquinas, en uno de esos cafés, en uno de esos barrios. Julio Cortázar se cruzaría una y otra vez, sin darse cuenta, con una muchacha lituana de ojos claros, espigada y fugaz. Ugné Karvelis tampoco tendría tiempo para mirarlo a él. La literatura se encargaría de anudar varios años de idilio. Si en esa ciudad se fueran a escuchar las melodías predilectas, no alcanzaría un mes. Durante noches y días se hablaría del jazz y de Louis Armstrong con puntillosa precisión de detalles. Si en un momento se oyera el Quinteto en La Mayor, de Mozart, sabríamos que Cortázar estaría a punto de morir. Desde un martes a las diez de la mañana. Julio Cortázar reposa en el cementerio de Montparnasse, junto a la tumba de Baudelaire, cerca de Sartre y Vallejo en las inmediaciones de las mismas calles por las cuales caminaban los personajes de Rayuela , empecinados en burlar la rutina, la soledad y el sinsentido de la vida. En ese mundo, que tratamos de rescatar de las remotas noches de sueño de Cortázar, lleno de juego, locura, poesía y humor, reinventable según el gusto personal, se confunden seguramente contornos de Buenos Aires, Barcelona, La Habana y el París más íntimo que nunca aparecerá en las guías. Casi cuatro décadas después de que la presencia adolescente de Cortázar la intimidara por primera vez, Ugné Karvelis emerge de esos sueños y vigilias. Acodada en un café de La Habana, cierra los ojos y camina por esos mundos, como si, aún, él la acompañara.
-Cortázar protegía mucho su
privacidad, tenía cierto umbral, una vida secreta. ¿Qué
quedaba oculto tras ese pudor, por qué la soledad? En lo político, le hubiera gustado integrarse a un grupo. Pero no era parte de su carácter, por la vida que llevó durante los años de juventud, cuando fue profesor de secundaria en ciudades de provincia de Argentina, entre ellas Mendoza. Vivía en soledad, sin ninguna compañía, en pensiones muy baratas. Tuvo que ser maestro porque la familia carecía de recursos para pagarle la universidad.
-¿Está de acuerdo con esa imagen
de hombre niño, de gran fantasía, humildad, modestia
extrema, y entregado al humor, quizás como un recurso
para tomar distancia del dramatismo excesivo de algunas
situaciones? El gusto de Julio por el humor es absolutamente cierto, de alguna forma hay que defenderse. Vivimos una época muy trágica. A veces, parecía que el tiempo de la esperanza había llegado. Pero después vino el tiempo de la dictadura. No sufrimos tanto en carne propia, pero sí por los amigos. Pasamos muchos años luchando contra la dictadura, intentando salvar a la gente. En esos momentos, uno no podía vivir con una cara trágica todo el tiempo. La única manera de salvarse es tomar la distancia necesaria para mirarse a sí mismo con humor. La modestia también era muy importante en Julio. No le interesaba ni necesitaba el dinero o los bienes materiales. A lo mejor, una consecuencia de su infancia pobre. No tenía ningún afán de comprar cosas caras. Al contrario, adquiría cositas sencillísimas. Cuando entraba a una papelería, no se le sacaba nunca más de ahí. Íbamos con frecuencia. Soy un poco así, con montañas de libritos, libreticas, lápices de todos los colores imaginables, pasta para modelar y Dios sabe cuántas cosas más. A él le gustaban mucho las cosas bellas, el arte y la pintura, pero nunca se le hubiera ocurrido comprar objetos o muebles caros, no estaba dentro de su visión del mundo. Con estos correctivos, más o menos, los estereotipos se corresponden con el Julio real.
-¿La sostenida afición de
Cortázar por el jazz, de cierta forma, también daba
continuidad a su preferencia por lo surreal y la
improvisación en la escritura, como si fueran modos
parecidos de hacer en la música y la literatura? Era un apasionado de todo tipo de música. Todo el mundo habla del jazz, lo cual es cierto, pero no era el único mundo musical de Julio. Es muy difícil decir qué era lo que le atraía de ese género musical. Yo tampoco sabría decir por qué me atrae tanto e! jazz, a pesar de que soy una apasionada de él, desde que al final de la Guerra, a los nueve años, lo escuché por la radio y se me pegó para siempre. Julio de vez en cuando contaba cuánto había disfrutado a Louis Armstrong en un concierto en vivo. El día que murió Louis estábamos en una casita de campo. La noticia fue un golpe muy fuerte para él. Después de cenar, puso música de Armstrong. Yo salí al jardín. Comprendí que tenía que dejarlo solo. para que viviera su luto. El vínculo de Julio con la música era muy profundo, no se puede racionalizar, En ese plano de las explicaciones teorizantes y analíticas, de vez en cuando recibía cartas, de gente que preparaba tesis y le preguntaban acerca de los temas más increíbles, al estilo de cuál podía ser la influencia de Celine en su obra. Julio me leía esas cartas y decía: «Obviamente ninguna, punto.» Le preguntaban, por ejemplo, cuál era su relación con la literatura rusa. Esta relación era reducida. No era la literatura que había leído y conocido mejor.
-¿Estuvo Julio consciente, desde
el principio del alcance que podía tener su obra en la
literatura latinoamericana, con sus juegos de fantasía,
humor, ternura, irreverencia contra la solemnidad?
A
mí me ocurrió lo contrario de la gente culta de la época
de Julio. Rayuela fue mi libro y el de mis
amigos. Ellos me dijeron: "Leyendo Rayuela ya lo
tenemos todo, es nuestro mundo". Yo no era tan joven,
pero tenía una mente joven. Llegué a París el mismo año
(1951) que Julio. Tenía dieciséis años y él, treinta y
uno. Sin encontrarnos, vivimos en los mismos
apartamentos, caminamos por las mismas calles, visitamos
los mismos cafés. La única diferencia era que, como no
soy argentina, no tomaba mate. Debimos de habernos
cruzado muchas veces en el mismo barrio. Años después de
su muerte, hablando con un amigo argentino que vivió en
esa época por allí también, descubrimos que, como
ninguno tenía ducha privada, todos íbamos, incluso, al
mismo baño público.
-Jorge Luis Borges y muchos
críticos consideran que el fuerte de la obra de Cortázar
son los cuentos. Usted, con una visión más amplia e
integral, ¿está de acuerdo? Hay autores que prefieren
elogiar, sobre todo, la capacidad innovadora de Rayuela
. Francamente, no diría que los cuentos son superiores a las novelas, o viceversa. A mí, sinceramente, me interesan las dos líneas de creación. Es un falso problema comparar los dos ámbitos. La obra de un escritor se compone de muchos elementos heterogéneos.
-¿Cómo considera al Cortázar
poeta? ¿Logró él vencer el persistente miedo y vergüenza
a considerarse poeta? Lamentaba que sus poemas no le
gustaran a sus amigos. Apasionado del teatro clásico y experimental, Cortázar también sufría por no poder escribir una obra teatral. En ocasiones confesó que quedaba automáticamente bloqueado. Sólo hay dos obras, si es que "Los Reyes" se puede llamar obra de teatro. No estoy muy segura. La otra fue escrita ya casi al final de su vida. "Piada a Phuajó", un texto muy divertido. Aparte de eso, no creo que fuera una obra teatral. En un festival de teatro de Austria, fue montada por el director brasileño Augusto Boal y gustó mucho. En mi opinión, es una especie de juego de ajedrez más que una creación para teatro. Su mundo, obviamente, no era el teatro. Si hay que dar o buscar una explicación racional, proviene quizás de que, justamente, Julio quiso escribir una literatura abierta, darle al lector la posibilidad de organizar su propia lectura a partir de los elementos que él entregaba como autor. Y una obra de teatro no puede ser tan abierta, no funciona en el plano teatral. Un texto de esa naturaleza para ser bueno, tiene que obedecer, plegarse, a reglas muy estrictas de progresión del argumento y evolución de los personajes.
-Cortázar, poco antes de morir,
dijo que no conocía ningún aspecto negativo del llamado
boom de la literatura latinoamericana. ¿Cual es su
visión personal de la gestación e influencia posterior
del controvertido fenómeno literario? Algunas obras de Carlos Fuentes tampoco pudieron publicarse en España. Entonces, ¿de qué boom fabricado a partir de Europa podemos hablar? El boom correspondió a dos fenómenos. Una especie de liberación o autorreconocimiento de los escritores latinoamericanos, que se atrevieron a romper finalmente con las reglas de la Real Academia de la Lengua Española, por un lado; y, por otro, con las formas impuestas por una cierta tradición literaria europea. Los verdaderos artesanos del boom no fueron los europeos, sino los lectores latinoamericanos. Hubo otra coyuntura, la existencia de una galaxia de estrellas, por pura casualidad. En ese momento, hubo varios escritores de muy alta calidad, con obras diferentes, que iban en direcciones diferentes pero que todos, a su manera, afirmaban el espíritu latinoamericano. Los Jóvenes escritores que se quejan del boom tendrían que pensar que en realidad esos autores les abrieron los caminos, las puertas. El boom fue una gran suerte, pero los escritores jóvenes de ahora no se dan cuenta de eso y se dejan aplastar. También ellos, como decía Julio, tienen que matar a papá. Tienen que tomar las influencias y transformarlas, del mismo modo que el cuerpo transforma los alimentos.
-Él gustaba de Baudelaire,
Stendhal, Flaubert, Balzac, los surrealistas franceses,
el humor de los prosistas ingleses. ¿Cuál fue el marco
literario de la relación afectiva de ustedes? Compartimos la mayoría de los gustos literarios. Era una especie de onda. A veces, un libro gustaba más a uno que al otro, pero no hubo discrepancias fundamentales. Los dos fuimos grandes lectores en nuestra juventud. En mi panteón personal tengo, desde la infancia, a Dostoievski, sin tanta importancia para Julio, y él tenía algunos escritores españoles, pero ahí termina la diferencia. Supongo que la sensibilidad andaba más o menos por los mismos ríos.
-¿Cómo era cotidianamente alguien
que decía que había nacido para "no aceptar las cosas
tal y como me son dadas"? ¿Buscaba lo fantástico, lo
anómalo, lo surreal?
-Después de casi veinte años,
¿cómo fue regresar a Cuba, un lugar decisivo para anudar
su intimidad con Julio?
-¿Cómo fueron los últimos tiempos
de Cortázar, cuando ya no tenía fuerzas ni siquiera para
subir una escalera? ¿Cómo asumió la cercanía de la
muerte alguien que la consideraba "el gran escándalo"?
-Ha hablado en algunos momentos
de Julio Cortázar en presente. ¿Después de muerto,
siente su presencia, las pulsaciones secretas en las que
tanto él creía?
Tomado de La Letra del Escriba, No. 9, agosto,
2001. |
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