LA JIRIBILLA
LITERATURA Y POESÍA EN LA TROVA CUBANA
 
Hay que estudiar el interesante fenómeno de la poesía cantada, acaso la de más arraigo en el mundo en las últimas décadas. Esa fuerza actual, puede y debe informar el conocimiento del largo proceso de vinculación de dos grandes artes: el de los sonidos y el de la palabra.


Guillermo Rodríguez Rivera |
La Habana


El profesor e investigador franco-canadiense Paul Zumthor, a quien conoce bien todo aquel que estudie las peculiaridades de la poesía oral, señala que, para el oyente común de una canción, esta siempre pertenece a su intérprete.

Ello es cierto. Solo los conocedores del rock’n roll de los años cincuenta, recuerdan a Jerry Leiber y Mike Stoller, autores de algunos de los grandes éxitos de Elvis Presley, pero nadie puede oír “Don't be cruel” sin recordarlo a él. Una auténtica performance genera un peculiar modo de hacer, de interpretar una canción, que desde entonces va esencialmente unida a su performer, sea este su autor o no.

La excelente cantante cubana Miriam Ramos, ha podido hacer recientemente un disco dedicado a Bola de Nieve, integrado por las canciones del repertorio que cantó Ignacio Villa, fueran o no de su autoría pero que, para quien las escuchó cantadas por él, son siempre de Bola de Nieve. "Vete de mí", por ejemplo, es un bolero de los argentinos hermanos Expósito –los autores, también, de ese tango memorable que es "Naranjo en flor"– pero los fans de Bola de Nieve la consideran, por la inolvidable performance que logró, una canción suya.

Pero incluso para los conocedores, para el que indaga por la autoría de la canción que escucha, el autor de la canción ya no será el intérprete pero, casi siempre es solo el músico.

Creo que únicamente entre los tanguistas argentinos, se considera al poeta como el autor del tango. Tal vez será el poderoso magisterio que ejerció Evaristo Carriego entre ellos, pero Enrique Santos Discépolo, a cuya autoría se deben extraordinarios tangos como “Uno”, “Esta noche me emborracho”, “Cambalache” y “Cafetín de Buenos Aires”, no escribió la música de ninguno de ellos, sino solo los poemas que conforman sus textos.

Pero lo realmente dominante es lo inverso.

Se habla de las grandes canciones de George Gershwin, pero muy pocos recuerdan que los textos eran siempre de su hermano Ira.

Los cubanos, que tanto reverenciamos nuestra tradición musical, hemos crecido cantando esa pieza ya clásica de nuestro aservo trovadoresco que es “Veinte años”, de María Teresa Vera, y seguramente recordando también sus versos:

Qué te importa que te ame
Si tú no me quieres ya,

Pero muy pocos recuerdan y acaso menos aún sepan quién era Guillermina Aramburu, la desconocida mujer a cuya autoría pertenecen los versos de la canción, y que fue también quien escribiera la inmensa mayoría de los textos de las composiciones de María Teresa.


Hay una simpática anécdota que, a propósito, me voy a permitir contarles, y que implica a las esposas de Jerome Kern y Oscar Hammerstein, músico y letrista respectivamente de importantes obras del teatro musical de Broadway; entre otras, Showboat.

Coincidieron ambas en una cena, y Mrs. Kern, la esposa del músico, dijo: "Mi marido escribió “Old man river”. Pero Mrs. Hammerstein la atajó enseguida: "No, querida: tu marido escribió"... (y en seguida le tarareó los primeros compases de la canción) y concluyó tajantemente: "Fue mi marido quien escribió "Old man river".

La absolutización de Mrs. Kern pudo haber sido interesado: pudo ser una manera de sobrevalorar el trabajo de su esposo, pero esa historia se repite permanentemente con respecto a los textos de muchas canciones, que en incontables ocasiones no son obra del autor de la música, sino de un olvidado cuando no ignorado poeta. Y me permito desde ya, la libertad de llamar poetas a los buenos autores de textos para canciones. Alguien podría oponerse –de hecho, muchos lo hacen– y preguntar irónicamente: "Pero... ¿el texto de ese bolero o de aquella copla son poesía? ¿Entonces qué es lo que escribieron
Baudelaire y Walt Whitman?" Lo que ocurre es que cabría preguntar también, siguiendo el mismo esquema de razonamiento: "Pero... ¿‘Body and sou’ y 'Lágrimas negras' son música? ¿Entonces qué es lo que escribieron Mozart y Stravinsky?".

Hay un dominio del arte culto y un dominio del arte popular. Poco a poco hemos ido comprendiendo –con la ayuda de buenos músicos y buenos poetas– que a pesar de su aparente independencia, esos territorios se intercomunican y se interpenetran.

Sí, se puede afirmar: el buen texto de canción es poesía.

Para entrar ya en la materia que nos ocupa, hay que decir que la canción trovadoresca cubana ha desarrollado un fuerte vínculo con el arte de la palabra. Tan largo, que se remonta a sus orígenes mismos.

Tal vez ninguna canción trovadoresca cubana pueda reclamar tan claramente la condición de fundadora como "La bayamesa", cuya composición se sitúa en torno a 1850, esto es, prácticamente en los albores de la definitiva integración de la nación cubana. Su autoría es de Francisco del Castillo, quien musicó los versos especialmente escritos para la canción por el poeta José Fornaris, a petición del abogado y poeta bayamés Carlos Manuel de Céspedes, el jefe del alzamiento independentista del 10 de octubre de 1868, y a quien los cubanos llamamos "Padre de la Patria".

Escrita para ser cantada en el Bayamo de la época, en una serenata ante la ventana de una bella muchacha de la ciudad, es una canción de amor de estilo madrigalesco, pero que precisa indudablemente el lugar de origen de la mujer que se elogia, quien se convierte casi en el arquetipo de la bayamesa.

José Fornaris inaugura así, en el alba misma de la trova cubana, una colaboración entre músicos y poetas que tendrá larga vida. Fue un poeta de importancia en la literatura cubana. Su libro Los cantos del siboney, le dio nombre a una tendencia que tuvo varias importancias en la historia de nuestra poesía hacia la mitad del siglo XIX: me estoy refiriendo, por supuesto, al siboneyismo.

El siboneyismo fue la recuperación poética de los indios de Cuba, que habían desaparecido desde siglos atrás, aniquilados por la violencia de la conquista, o disueltos en mezcla con los conquistadores, que despojaron a los aborígenes de sus mujeres y se dedicaron a poblar la isla de mestizos.

No creo que esa mítica recuperación del mundo indígena fuera, por sí misma, trascendente para la cultura cubana, porque esos primitivos pobladores –a diferencias de lo ocurrido en México o en Perú– legaron muy poco a lo que luego sería nuestra cultura. Pero el poeta más importante de la tendencia (que no fue Fornaris, sino Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, más conocido por su seudónimo de "El Cucalambé") concretó un legado invalorable para nuestra literatura y nuestra música: el definitivo acomodo de la décima, la estrofa fijada en 1591 por el rondeño Vicente Espinel, como estrofa central de la poesía y la música campesinas cubanas; pero usada también en otras manifestaciones de la rica tradición musical de la Isla, como el guaguancó y el son montuno, y acogida asimismo por los compositores de la Nueva Trova.

En los inicios del siglo XX, momento de auge de la canción trovadoresca tradicional cubana, son varios los poetas que proporcionan textos destinados a convertirse en canciones famosas. Pienso en el soneto "La cleptómana", del poeta matancero Agustín Acosta, puesto en música por Manuel Luna.

Otro precioso soneto modernista de Acosta, el titulado "Abandonada", fue musicado por el trovador Manolo Castillo.

Muchos de los más importantes trovadores cubanos usaron poemas ajenos para hacer sus canciones. Un bolero trovadoresco tan memorable como "La tarde", de Sindo Garay, se apoya en unos versos de la poetisa portorriqueña Lola Rodríguez de Tió, quien residió en Cuba y quedó inmortalizada por una sola redondilla que hemos repetido incansablemente cubanos y boricuas:

Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas:
reciben flores y balas
en el mismo corazón.

Pero el caso de "La tarde" no es único en el trabajo musical de Sindo. He escuchado una canción suya con un texto proveniente de las Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer, bajo el título de "El erial". Cualquier buen lector de las Rimas, recordará la quintilla que lleva el número LX en la colección:

Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.

Una de sus mejores y más renovadoras canciones, "Tardes grises", es la musicalización de un texto de un casi desconocido poeta postromántico guatemalteco.

Alberto Villalón, otro de los grandes de la trova tradicional cubana, usó un texto del colombiano Julio Flores para hacer esa pieza maestra de la necrofilia musical que es "Boda negra", la que no habría tenido prejuicio en suscribir si no Edgar Allan Poe, al menos Stephen King.

Pero quisiera mencionar, especialmente, a un poeta de escasa recordación y, sin embargo esencial para el tema que aquí nos ocupa: me refiero al cubano Gustavo Sánchez Galarraga, habanero, quien vivió de 1893 a 1934.

Abogado de profesión, Sánchez Galarraga fue escritor de vocación y, sobre todo, bohemio y poeta.

Se forma en los inicios del siglo XX, un momento de retardo para la que había sido la fuerte poesía cubana del siglo XIX. Muertos tempranamente José Martí y Julián del Casal, las grandes figuras del fin de siglo cubano, esos años son los de una pobreza poética que vendrá a conjurase solo en la segunda y en la tercera décadas del pasado siglo.

Sánchez Galarraga es un poeta culto pero fácil, comunicativo, fuertemente marcado por el postromanticismo, pero en quien deja una visible huella el poderoso modernismo hispanoamericano. Sánchez Galarraga no es un innovador y, acaso por ello, su obra no tiene peso en la evolución de la poesía cubana.

Pero creo que, con todo lo importante que resulta para marcar la evolución de un arte, la innovación no es en modo alguno la única virtud de la creación artística.

Los griegos veneraban tanto al renovador Esquilo como al sosegado Sófocles, que condujo a su esplendor los hallazgos que otros habían traído al arte dramático.

Sánchez Galarraga escogió un código fundamentalmente comunicador, porque ya es conocido, porque contiene todas las redundancias que el receptor domina y que el poeta maneja a las mil maravillas, y se volcó en creaciones populares que le garantizaron una amplísima recepción. Son de su autoría los libretos y, claro, los textos de las canciones de algunas de las más importantes zarzuelas del maestro Ernesto Lecuona, como María la O y Rosa la China.

Pero además, escribió textos para dos grandes autores de la trova tradicional cubana, Graciano Gómez y Eusebio Delfin, quienes figuran, por derecho propio, entre los grandes músicos que ella produjo.

Entre sus mejores textos de los muchos suyos para boleros, está uno que musicó Graciano Gómez y que en los últimos tiempos ha recuperado su fama gracias a dos grabaciones: una hecha ya hace un buen número de años por Pablo Milanés, y otra más recientemente grabada por ese excelente músico y tresero que es Francisco Amat, a quienes sus amigos llamamos Pancho.

Pablo la grabó con el título de "Yo sé de una mujer", mientras que en el disco De San Antonio a Maisí, de Pancho Amat, se titula "La flor en el pantano".

Se trata de un perfecto soneto clásico:

Yo sé de una mujer que mi alma nombra
y que, con la más íntima tristeza,
arrojó por el lodo su belleza,
lo mismo que un diamante en una alfombra.

Mas de aquella mujer, lo que me asombra
es ver como en un antro de bajeza
conserva inmaculada su pureza,
como un astro su luz entre la sombra.

Cuando la hallé en el hondo precipicio
del repugnante lodazal humano,
la vi tan inconsciente de su oficio

que con mística unción besé su mano.
Y pensé que hay quien vive junto al vicio,
como vive una flor junto a un pantano.

Hay variantes de este texto que a mí me parecen más bien modificaciones del original producidas por las peculiaridades de la difusión oral.

Tanto en la versión de Pablo Milanés como en la que figura en el disco de Pancho Amat, se dice: “y siempre, con la más íntima tristeza”, lo que añade una sílaba más y quiebra la perfección del endecasílabo propio de la estrofa que el poeta trabaja.

En rigor, esta canción la escuché muchas veces en las peñas de trovadores, pero, aunque seguramente se grabó antes, no recuerdo ninguna grabación de ella hasta la de Pablo.

Como decía, se trata de un perfecto soneto clásico, en el que el epifonema lo constituye ya no el endecasílabo final, como es habitual, sino una admirable fusión de los dos últimos versos.

El asunto de la prostituta es común en el bolero como lo es en el tango. Pero Sánchez Galarraga lo trata con una delicadeza que es difícil de encontrar en los múltiples textos que el asunto ha motivado en tangos, coplas y boleros.

Sánchez Galarraga escribió muchos textos directamente para ser convertidos en boleros por Graciano o por Eusebio Delfín, pero publicó también numerosos poemarios que los músicos usaron profusamente para componer sus canciones.

"La flor en el pantano", como los sonetos de Acosta que fueron musicados, me parece que surgió previamente como literatura, pero perfectamente apta para unirse a la música.

Hay otro texto admirable de Sánchez Galarraga también musicado por Graciano Gómez: el que se titula "Lección de piano".

Tiene una clarísima referencia a la poética de lo que se llama en Hispanoamérica el postmodernismo, y que nada tiene que ver, por supuesto, con lo que prefiero llamar la postmodernidad. El postmodernismo fue llamado así por el profesor español Federico de Onís, en su famosa Antología de la poesía española e hispanoamericana (1882-1932), que aparece en Madrid en 1934.

Es un grupo de líneas poéticas que se desarrollan, en España y en Hispanoamérica, después del importante movimiento que es el modernismo, y entre las que destaca una poesía de la inmediatez, de los ambientes del barrio o del pueblo provinciano, y que incluyó a poetas como Evaristo Carriego– ampliamente estudiado por su paisano Jorge Luis Borges– y Luis Carlos López. Paso a copiar el texto del poema de Sánchez Galarraga, al que me refería:

El oro de la mañana
se difunde sobre mí:
en la quietud provinciana
ella en el piano desgrana
do, re, mi, fa, sol, la, sí.

Manso ambiente provinciano,
dulce novia que perdí,
casa oscura, viejo piano,
aún escucho aquel lejano
do, re, mi, fa, sol, la, sí.

¿Dónde fueron los clarores
del idilio matinal,
que el alma está sin amores
y el negro muro sin flores
ni música de cristal?

Son tres perfectas quintillas, muchas veces usadas en composiciones epigramáticas o humorísticas, que Sánchez Galarraga usa en este breve y logradísimo poema que es un ubi sunt, con esa pregunta final que es la lamentación por la felicidad perdida que tiene maestros desde François Villon y Jorge Manrique.

No dudo que los asistentes de más edad, recordarán esas calles apacibles de la provincia, en las que resonaba el piano de una joven que estudiaba su lección.

Por cierto, que uno de los maestros del posmodernismo poético hispanoamericano, el mexicano Ramón López Velarde, tiene un poema de asunto análogo que él tituló “Piano de Genoveva” que he escuchado puesto en música e interpretado por la gran cantante mexicana Eugenia León.

Es esa sola remembranza del piano, la que trae el recuerdo del amor perdido, que es también el de la juventud y la felicidad perdidas. El poeta Sánchez Galarraga ha aprendido perfectamente la verdad que Dante pone en boca de Francesca da Rímini, en el canto quinto del Infierno: ningún mayor dolor que recordar el tiempo venturoso en la miseria.

Me parecen clarísimas, en este texto, las fusiones de lo culto y lo popular que mencionaba un poco antes.

Creo que esa repetición de la escala musical, que Graciano Gómez pone en música con las notas reales, está indicando que este poema fue escrito para convertirse en canción. Logro admirable del músico y el poeta.

Graciano Gómez fundó una cuantas décadas atrás el trío Diez, Gómez, Oviedo, en el que a la guitarra tocada por él, se añadían el tres ejecutado por Isaac Oviedo y la voz solista de Barbarito Diez. Es una combinación casi perfecta. Y digo casi porque, para mi gusto, se echa de menos una voz segunda, porque la combinación primo y segundo (que dice Alejo Carpentier que los cubanos tomamos de Extremadura) es el modo habitual de hacer las canciones y boleros trovadorescos. Ejecutaban los excelentes boleros de Graciano Gómez, casi siempre con textos de Gustavo Sánchez Galarraga.

Creo que la cultura cubana le debe un reconocimiento a este poeta de corte popular que escribió los textos de algunos de los grandes boleros que los cubanos cantamos, casi siempre sin saber que las palabras son suyas.

Quisiera que ahora oyéramos (son apenas 7 u 8 minutos más) "La flor en el pantano” y "Lección de piano" convertidos en canciones. Creo que es conocerlos completamente, en la auténtica dimensión a la que pertenecen.

Pero el caso de Sánchez Galarraga no es una excepción. Será, en todo caso, uno de los ejemplos más visibles de un fenómeno muchísimo más generalizado.

Las entidades culturales cubanas, como lo es el Instituto de Investigaciones musicales, deberían emprender un programa para rescatar, dar a conocer y estudiar el trabajo de innumerables letristas que escribieron los textos de numerosísimas canciones nuestras.

Como creo que el mayor de los eventos discográficos cubanos, el Cubadisco, está obligado a incluir entre sus reconocimientos uno al mejor texto de canción, para contribuir a reconocer plenamente esa dualidad que es la canción y a preservar una hermosa tradición artística cubana que no tenemos por qué perder.

Es casi totalmente desconocida la autora de los textos de muchas de las grandes canciones de María Teresa Vera, como es la famosa "Veinte años".

Está por hacerse, asimismo, una generalización teórica que contribuya a poner en claro las especificidades del poema cantado que, ciertamente, no son las mismas que las del poema escrito para ser leído. Ello probaría lo que advertimos simplemente con nuestro oído musical: el que excelentes poemas para ser leídos no hagan buenas canciones; y viceversa, excelentes textos cantados que perderían mucho si se les despojara de la música.

Yo mismo he intentado adelantar algo de ello en algunos artículos anteriores.

Uno de ellos ("Poesía y canción en Cuba"), escrito hace veinte años.

En efecto, el poema destinado a convertirse en canción, se sabe que necesariamente ha de unirse a otra arte y por ello, debe adecuar sus peculiaridades para posibilitar ese encuentro.

Un fenómeno como el metro, de los que tantos poemas contemporáneos en español prescinden en favor del versículo, resulta generalmente necesario cuando el texto del poema va a insertarse en compases musicales.

La rima es también enormemente útil para la difusión oral. Ella es una forma de retorno, de vuelta (no olvidar que ese es el origen de la palabra verso). Ella implica una repetición, el regreso de una sonoridad que va guiando la recepción del que escucha, y que le garantiza una regularidad que resulta enormemente útil cuando el poema escuchado se pierde en el aire tras su ejecución y no hay lector que pueda "volver la página" (porque tampoco hay página que volver), para precisar algo.

De ahí que la poesía de estribillo haya sido esencial en la puesta en música de poemas. Creo que ello se debe a que la poesía escrita de estribillo ha partido siempre de la poesía oral, generalmente concebida para ser cantada. Y no está de más recordar, ahora, que poesía, música surgen unidas. La primera poesía que conocemos en occidente es la lírica griega, llamada así por el instrumento con el que se cantaba.

Desde hace mucho tiempo la lira es un recuerdo filológico. Pero, de pronto, reaparece en la memoria de los poetas. La recuerda y la reclama José María Heredia en el comienzo de su "Oda al Niágara". Y cuando Antonio Machado escribe un homenaje en la muerte de su maestro Rubén Darío, no encuentra nada mejor que decir que estos versos:

Pongamos, españoles, en un severo mármol,
su nombre, flauta y lira y esta inscripción no más:
nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

Del mismo modo que el término "cantar" o "canto" vive en la memoria histórica de los poetas, en su inconsciente, aunque ya solo escriban. Está en Whitman, en Darío, en Gabriela Mistral, en Ezra Pound, en León Felipe, en Neruda, en Rafael Alberti, y hasta en ese pionero del surrealismo que es el Conde de Lautréamont de Les chants de Maldoror.

Cuba ha tenido un poeta que, en cierto sentido, procedió al revés: en principio, no quiso trasladar el poema a la canción, sino que la canción llegara hasta el poema: creo que ese es el caso de Nicolás Guillén, cuyo centenario conmemoraremos este año, bajo los auspicios de la cátedra que lleva su nombre, en Castilla-La Mancha.

En 1930, el joven Guillén editó en una página del importante periódico cubano diario de la Marina, ocho textos que se recogían bajo el título genérico de Motivos de son.

Lo que allí hacía el poeta, era trasladar a la poesía escrita el texto de son, que entonces estaba experimentando su primer gran auge en Cuba.

Desde mediados de los años veinte, grupos como el Sexteto Habanero y el Trío Matamoros habían grabado sus primeros grandes sones, y el éxito de la modalidad musical fue arrollador. De hecho, ocurrió algo muy semejante a lo que sucedía con géneros musicales populares como el flamenco, el jazz y el tango.

Los cuatro son modos de hacer música surgidos en ambientes marginales y despreciados por las que eran las zonas más elevadas del orden social en Cuba, en España, en Estados Unidos o en Argentina. Todos esos géneros están hoy vivos, porque no fueron un invento comercial, sino la expresión genuina de los pueblos en los que surgieron. Todos se han impuesto contra viento y marea, y hace ya muchos años que entraron en los exclusivos salones de los que pretendía excluírseles. Y, por supuesto, han durado más que esos salones.

Guillén, por ejemplo, lo que hace en esos poemas de 1930, es escribir textos que parten de las letras que cantaban por entonces los soneros cubanos. Es darle a esa modalidad poética popular su legítimo pase a la literatura.

Demás está decir el revuelo que organizaron los Motivos de son. Fueron rechazados por tirios y troyanos: por los racistas que veían en estos poemas una clara presencia de lo negro en sus manifestaciones más populares y a las que Guillén quería darles la condición de literatura; por los puristas del lenguaje, que objetaban la escritura fonética que hacía Guillén, reproduciendo el habla del cubano popular; en fin, hasta por los negros que aspiraban a "blanquearse" y que comprendían que estos poemas denunciaban una identidad que ellos querían esconder.

Pero las figuras más brillantes de la intelectualidad cubana, acogieron encantados los poemas de Guillén. Y a ellos, hay que sumar a Federico García Lorca –entonces de visita en Cuba– y a Miguel de Unamuno, quien escribe a Guillén una carta que resulta importantísima para el joven poeta, y que él recogerá en 1931 en su siguiente libro.

García Lorca hace algo más que manifestar su reconocimiento al son. Escribe su "Son de negros en Cuba", que editó en La Habana la revista Musicalia, y que luego se recoge en Poeta en Nueva York.

Es significativo que después de aquellos poemas de 1930, Guillén nunca haya escrito nuevos motivos, a pesar del inmediato éxito que tuvieron, incluso convirtiéndose rápidamente en canciones, por el trabajo de músicos como Eliseo y Emilio Grenet, Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán.

Preferirá, en libros sucesivos, ir perfilando su son, ir haciéndolo capaz de tocar todos los temas y no únicamente el costumbrismo popular en el que se había originado. Sones como "Palma sola", "Iba yo por un camino", "Ácana", "Son número 6", y el bellísimo son del soldado en la Elegía a Jesús Menéndez, irían demostrando que el experimento guilleniano del son, se había convertido en un logro de la poesía cubana y caribeña.

La musicalidad de los poemas de Nicolás Guillén los han convertido desde sus inicios en un "manjar" para los músicos. Desde los compositores cubanos de los años treinta hasta los trabajos mucho más recientes de Pablo Milanés, Walfrido Guevara, José Luis Cortés y los españoles Ana Belén y Víctor Manuel, Nicolás Guillén ha sido un poeta que enlaza con la música desde siempre y hasta el fin de su obra.

Así pues, creo que hay diferentes modos en la vinculación de poesía y trova.

Desde el texto escrito que se pone en música, hasta el texto que el poeta escribe ya para ser musicado.

Pero no se puede obviar un aspecto esencial: el texto escrito por los propios trovadores, que a veces tiene impresionantes coincidencias con la mejor literatura del mundo. Tomemos el caso de un famoso bolero de Sindo Garay que él tituló "La alondra", y reparemos solo en los primeros versos:

Yo soy como la alondra
que al despuntar el día,
le brinda en sus gorjeos
las glorias al Señor.

Pero si uno va a los extraordinarios sonetos que William Shakespeare escribió hace aproximadamente cuatro siglos, específicamente en el que lleva el número 29, encuentra este símil:


and then my state,
(Like to the lark at break of day arising),
From sullen earth sings hymns at heaven's gate


No puedo negar que me impresiona mucho esa coincidencia en la que, como Shakespeare, Sindo convierte al poeta en una alondra que, al romper el día, canta ante las puertas de la gloria.

Claro que no lo puedo asegurar con pruebas, pero estoy perfectamente convencido de que el trovador cubano no había leído los sonetos de Shakespeare. Pero si, sin haber estudiado música académicamente, introdujo en una canción la "modulación por tercera", que Franz Schubert empleó en sus lieders, no me parece imposible que haya creado, otra vez, un símil shakespeareano.

Un poco en broma y un poco en serio, el poeta y ensayista cubano Roberto Fernández Retamar, ha sugerido emplear el término "guitárrica" para hablar de los numerosos poetas que en las últimas décadas han usado ese instrumento para acompañar los poemas que cantan, como los antiguos griegos empleaban la lira.

Esa recuperación del poeta que canta ha sido y es un fenómeno perfectamente visible en la Cuba de las últimas décadas, pero no hay que olvidar que ha sido asimismo un fenómeno universal: en la canción que canta en inglés en las voces de Bob Dylan y John Lenon; en francés, con Jean Ferrat o Máxime Leforestier; en portugués, con Vinicius de Morares y Chico Buarque, y claro que en español, con Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Luis Eduardo Aute.

En cualquier caso ellos están inscritos en un movimiento que, desde los años sesenta, inició una recuperación del trabajo y la misión del trovador, ese poeta popular que, acompañado de su fácilmente transportable instrumento, narra, comenta, dialoga, satiriza sobre las cosas del mundo, y nos hace verlas de una manera inédita. No creo que sea otra la auténtica misión del poeta.

Las exigencias de los medios de difusión ha hecho que muchas de esas canciones, compuestas y cantadas originalmente con guitarra, se hayan enriquecido con orquestaciones que el disco de estos tiempos exige.

Algo semejante ocurrió con las canciones de los grandes autores del llamado movimiento del feeling, como las de César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez y Marta Valdés.

Lo interesante de esta historia de la relación de la música trovadoresca cubana con la poesía es que, el modo de hacer de los músicos jamás se ha descontextualixado de la evolución universal de su arte.

En los años sesenta, algunos creyeron –entre ellos, dirigentes de nuestra radiodifusión– que era necesario proteger la música cubana de supuestas contaminaciones de la música extranjera. Pero eso era, simplemente, ignorar la historia misma de la cultura de Cuba y, por supuesto de su música. Desde siempre la música cubana se había hecho fusionando elementos como la tonadilla española, la romanza francesa, las arias operáticas italianas y la country dance inglesa, con elementos rítmicos llevados a la isla por las diversas etnias africanas que llegan a la Isla con la esclavitud. Esos son los componentes de la trova cubana. Es el bien conocido "ajiaco" del que escribió don Fernando Ortiz, que siempre ha sabido sumar cualquier componente al "sabor" cubano.

Sin la música de los jazz bands no hubiera habido Pérez Prado ni Beny Moré; sin el bebop y el cool, es imposible soñar con los boleros del feeling; en fin, sin el rock'n roll y las baladas francesas de los sesenta, la música de Silvio Rodríguez no sería la que es.

Toda cultura amurallada es una cultura condenada a la decadencia y al estancamiento. A la vez, toda cultura procede activamente con respecto a los elementos foráneos que llegan a ella. Pueden aparecer algunos que no contribuyan para nada a su expresión. Estos, no pasan de ser una moda, que en poco tiempo, desaparecen sin dejar huella. Los elementos que la enriquecen, son activamente integrados a la cultura que los recibe y se suman a su sabor ya hecho, modificándolo sí, pero sin desnaturalizarlo.

Sí creo que hay que estudiar –sin ningún afán normativo– el interesante fenómeno de la poesía cantada, acaso la de más arraigo en el mundo en las últimas décadas. Esa fuerza actual, puede y debe informar el conocimiento del largo proceso de vinculación de dos grandes artes: el de los sonidos y el de la palabra. Muchas gracias.

 


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