LA JIRIBILLA
LITERATURA ESTADOUNIDENSE:
PALABRA Y VIGOR

 
La literatura estadounidense ha pasado por numerosas facetas en su ya larga vida. Tras el auge llegó la hora de espanto, cuando los fundamentalistas dogmáticos arremetieron contra el talento y la ilustración.


Lisandro Otero|
La Habana


El período de la depresión, que se acentuó en la década del treinta, tuvo como resultado un desempleo generalizado en Estados Unidos. Doce millones de americanos vagaban por las calles vendiendo lápices y manzanas para sobrevivir. El auge de los veinte, tras la Primera Guerra Mundial, había terminado. La Edad del Jazz o los Locos Veinte, como se llamó a esa edad despreocupada terminó abruptamente. El crac de la Bolsa de Valores de Nueva York, en 1929, arruinó a un país que creyó interminable su prosperidad. Esa adversidad le permitió ganar en madurez. Es el tiempo en que surgieron novelistas como Faulkner, Hemingway, Steinbeck, John Dos Passos, y Thomas Wolf, poetas como Frost, Eliot y Wallace Stevens, o dramaturgos como O´Neill.

 

En esos años se desarrollaba la Gran Depresión en Estados Unidos y muchos intelectuales se agruparon en torno a la revista The Masses. Escritores como John Steinbeck y Ernest Hemingway tomaron conciencia de la realidad social y expresaron en su obra los desajustes de su tiempo. Esa tradición se consolidó en Norteamérica cuando, años más tarde, Robert Oppenheimer se opuso a la cacería de brujas, auspiciada por el macartismo, y Benjamin Spock y Noam Chomsky rechazaron la guerra en Vietnam. Robert Lowell y Norman Mailer evadieron su incorporación al "establishment". Kerouac, Ginsberg y Ferlinghetti optaron por evadirse artificialmente de una sociedad hostil.

 

Roosevelt consiguió sacar a su país de este barranco y cuando comenzaba a reponerse estalló la Segunda Guerra Mundial. La posguerra trajo una nueva hornada de escritores que plasmaron las experiencias del conflicto en textos memorables. Esa nueva promoción incluyó a Norman Mailer, James Jones, Irwin Shaw y Joseph Heller. Tan pronto como la sociedad estadounidense se recuperó del impacto bélico, cuando comenzó a consolidarse de nuevo una clase media que construía un mundo de estereotipos y creía en los valores convencionales, vino la necesidad de desacralizarlos. Ese fue el tiempo de los iconoclastas William Burroughs, Jack Kerouac, Gregory Corso, Gingsberg y Ferlinghetti.

 

La imaginación literaria dejó de ser, en Estados Unidos, el reino de la emocionalidad acentuada y de la épica trepidante. Una nueva literatura del aislamiento y la soledad, de la incomunicación y las frustraciones surgió con Tennessee Williams, Carson McCullers y Truman Capote. De ese medio surgió un personaje literario tan desalentado, afligido y mustio como el Willy Loman de Arthur Miller. Destrozado por sus propias limitaciones no entiende la inmensa tragedia de su vida trunca y sin salida.

 

Otro de los grandes creadores del decursar de la inocencia fue Truman Capote. Alcoholizado, adicto a las drogas, su prematuro fallecimiento se debió a una intoxicación generalizada. De una primera etapa sensitiva, de una fina apreciación de la angustia existencial pasó a hacer un periodismo creativo que culminó en su obra maestra "A sangre fría". Personajes tan bien dibujados como los sombríos asesinos Dick y Perry, o tan deliciosos como Holly Golightly, forman parte de ambas vertientes de sus elaboraciones literarias. Truman Capote fue un neurótico sofisticado, un homosexual ostentoso, un esnob que frecuentaba a la alta sociedad y se nutría de sus chismes, un pícaro intrigante. Con él terminó un período de alta productividad de las letras estadounidenses y se clausuró un ciclo de ternura, de infortunios delicados y de exaltadas turbaciones.

 

El enfrentamiento de bloques de poder, que se produjo tras el término de la Segunda Guerra Mundial, arrastró, de manera drástica, a los intelectuales del mundo. Estados Unidos y la Unión Soviética protagonizaron una intensa lucha que se reflejó hasta en la superestructura de las ideas. Arthur Miller fue quien con mayor audacia arremetió contra la intolerancia surgida de la Guerra Fría, debida al temor de un auge del socialismo en el mundo.

 

Las brujas de Salem se escribió en 1953 y era un alegato contra la ofuscación anticomunista, la exaltación del odio a la Unión Soviética. Miller se atrevió a decir que el fanatismo rígido no pertenecía solamente a aquel tiempo. Los prejuicios, el sectarismo y la rigidez ideológica ya se habían experimentado en otras épocas. Tomó como núcleo argumental los sucesos ocurridos en el poblado de Salem, Nueva Inglaterra, donde se realizó un juicio contra unas supuestas brujas en el siglo diecisiete.

 

Su obra fue una sacudida en la conciencia de la intelectualidad norteamericana en un tiempo en que el juicio contra los llamados “Diez de Hollywood” y las citaciones a destacados actores e intelectuales para que declararan ante el Comité de Actividades Antiamericanas, del Senado, implantaban sus poderes represivos. El senador Joseph McCarthy era el nuevo Savonarola que amedrentó a una generación.

 

Su aporte a la distensión y su denuncia del macartismo no fueron los únicos rasgos de audacia política de Miller. Ya en 1949 había escrito Muerte de un viajante que constituyó, según la crítica, una bofetada al rostro del capitalismo. Willy Lohman, el carácter central de la obra, termina su vida en un estruendoso fracaso que le conduce al suicidio. Tras su búsqueda del éxito a toda costa ve como su mundo se colapsa y se hunde en una frustración insuperable. La ardua lucha por la vida, en el medio estadounidense, conduce a un implacable naufragio. El individuo, desamparado dentro del sistema, termina por ser devorado por su entorno.

 

Miller expuso la tragedia dentro de la aparente frivolidad de la sociedad norteamericana. Ese hallazgo no habría sido posible sin la existencia anterior de Eugene O´Neill, quien trasladó a la escena los cataclismos secretos de una sociedad envuelta en sus contradicciones. En medio de la cultura cocacolizada y los engendros de Hollywood, Miller supo otorgarle una hondura al dramatismo de la cotidianidad en un medio opulento y superficial. Tras él, Tennessee Williams y Edward Albee continuaron ese desvelamiento de un universo feroz tras la aparente inocencia.

 

El Premio Pulitzer, que recibió por Muerte de un viajante contribuyó a consolidarle como uno de los más importantes dramaturgos de Estados Unidos. Quizás Miller haya sido el más manifiestamente político de los escritores de su generación y, a diferencia de Truman Capote y Norman Mailer, logró enjuiciar y someter a los dos monstruos más conspicuos de su momento: la intolerancia y la crueldad de la subsistencia cotidiana en un ámbito hostil.

 

Otro de los grandes rebeldes de la cultura norteamericana fue Orson Welles. Su filme El ciudadano Kane significó una gran ruptura con tabúes hollywoodenses y un gran paso de avance en las nuevas técnicas de rodaje. Basada en la vida del famoso magnate del periodismo, William Randolph Hearst, el filme revelaba aspectos atrevidos de su vida y ello provocó la represalia del poderoso, que intentó impedir, por todos los medios posibles, la exhibición de la película. De paso contribuyó, con su enorme influencia, a arruinar la vida profesional de Welles. Justo es decir que el propio Welles cooperó a su propia bancarrota artística con su desdén por los presupuestos, las agendas, la longitud desmesurada de sus rodajes y su ignorancia de los planes de trabajo.

 

Orson Welles es una de las personalidades patéticas y geniales de nuestra era. Comenzó siendo un "wonder boy", un niño precoz que a los once años leía a los poetas isabelinos y sabía escribir sonetos de esa manera y terminó obeso y amargado, haciendo "spots" comerciales para la televisión sobre vinos de poca monta. Su conversión de Macbeth en una versión sobre un dictador negro, y situarlo en Haití, le dio a su Mercury Theater un gran prestigio. La escenificación para la radio de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, creó un pánico en Estados Unidos y le convirtió en una personalidad nacional. De ahí pasó a su proyecto más ambicioso, Kane. El productor Billy Rose le aconsejó que se retirara pues tras esa obra no podría ya avanzar más en la perfección formal de su creatividad.

 

Ahora se proclama al Ciudadano Kane como la más grande película de todos los tiempos pero fue Chaplin quien condujo al cine a ser un espectáculo de masas. Actor modesto de los varietés londinenses había aprendido todos los trucos para hacer reír. Descubrió la fórmula mágica de mezclar el humor con la tristeza y de ahí nació la popularidad del género. Cuando llegó a Hollywood los kinescopios apenas comenzaban y él supo elevar los primitivos estudios a nivel de gran industria.

 

Ernest Hemingway ha sido el más cercano a Cuba de todos los escritores norteamericanos. Por quién doblan las campanas fue escrita en su residencia de San Francisco de Paula, y fue esa obra su primer vínculo con la actual revolución. En un diálogo sostenido en 1975 con Kirby Jones y Frank Mankiewicz, ulteriormente publicado en un libro de ambos, Fidel Castro les dijo: "De los autores norteamericanos, Hemingway es uno de mis favoritos... Conocía sus obras desde antes de la Revolución... "Leí Por quién doblan las campanas" cuando era estudiante... Hemingway hablaba de la retaguardia de un grupo guerrillero que luchaba contra un ejército convencional... Esa novela fue una de las obras que me ayudó a elaborar tácticas para luchar contra el ejército de Batista..."

 

Robert Baker, en su biografía de Hemingway, expone cómo, al regresar a Cuba en 1959, el escritor fue interrogado por los periodistas sobre la frialdad norteamericana hacia Cuba. Respondió que la deploraba y que, después de veinte años de residencia en el país, se consideraba un verdadero cubano. Tomó, entonces, el borde de una bandera cubana, y la besó. El gesto fue muy rápido y los fotógrafos no pudieron captarlo. Le pidieron que lo repitiera. "Dije que era un cubano, no un actor", respondió sonriente, subrayando, con su rechazo, la autenticidad de su acción.

 

Hemingway ha descrito los olores de Cuba; el olor de la harina almacenada en La Habana Vieja, el olor de la madera en las cajas de envase recién abiertas, el olor del café tostado y el olor a tabaco. Su gran espacio vital fue la Corriente del Golfo, que cruza frente a La Habana, y la enlazó a la historia en una descripción aparecida en Verdes colinas de África, donde afirma que esa Corriente, con la cual vive y aprende, se mueve "a lo largo de esta isla larga, hermosa y desdichada", y las cosas que se han descubierto sobre ella son permanentes y valiosas y existirán después que la riqueza, la pobreza, el martirologio, el sacrificio, la venalidad y la crueldad hayan desaparecido.

 

La literatura estadounidense ha pasado por numerosas facetas en su ya larga vida. Tras el auge llegó la hora de espanto, cuando los fundamentalistas dogmáticos arremetieron contra el talento y la ilustración. Las tensiones de la Guerra Fría crearon las condiciones para que el demagogo y corrupto senador, Joseph McCarthy, iniciara una cacería de brujas que comenzó por los funcionarios del State Department. La creación del Comité para la Investigación de Actividades Antiamericanas fue la señal de partida para desatar una espantosa intolerancia. En medio de una extendida histeria anticomunista fueron encausados 320 escritores, artistas y directores de Hollywood, pero solamente diez de ellos han pasado a la historia por haber rehusado responder las preguntas de la inquisitorial comisión.

 

Bertolt Brecht fue citado al Senado pero salió de Estados Unidos al día siguiente de su comparecencia. El escritor Budd Schulberg, el actor Lee J. Cobb y el director Elia Kazan delataron a colegas envueltos en actividades izquierdistas. En realidad el partido comunista de los Estados Unidos era minúsculo y la mitad de sus supuestos integrantes eran agentes del FBI o informantes de los organismos de la seguridad estatal. Lo que prevalecía en la intelectualidad era una vaga simpatía por el marxismo, una izquierda librepensadora, un liberalismo acendrado que la lucha contra el fascismo y la Guerra Mundial había profundizado. Pero aún eso era demasiado para los intransigentes senadores del comité.

 

Charles Chaplin, Orson Welles, Aaron Copland, Leonard Bernstein Dashiel Hammet, Hans Eisler, John Garfield, Arthur Miller, Dorothy Parker, Lillian Hellman y Clifford Odets fueron investigados. Chaplin, como Brecht, se marchó para siempre de Estados Unidos. Los diez fueron condenados a penas de prisión de un año. Algunos de ellos se reintegraron después a la industria cinematográfica y el guionista Dalton Trumbo escribió el guión de Espartaco, El puente sobre el río Kwai y Roman Holiday. La lista negra llegó al exterior y Luis Buñuel fue incluido, así como el cineasta francés Jules Dassin, autor de Jamás en domingo.

 

De este período de incertidumbre y miedo salieron algunos libros memorables como Tiempo de canallas de Lillian Hellman. Hollywood trató de exonerarse produciendo una serie de filmes anticomunistas como Yo me casé con un espía rojo. Varios fallecieron a consecuencia de la inquisición. John Garfield murió de un ataque cardiaco y la creatividad de Clifford Oddets se arruinó para siempre, ya no pudo volver a escribir. El entonces actor Ronald Reagan fue uno de los implacables fiscales y encabezó las persecuciones. Muchos se doblegaron ante el uso de la coerción y las amenazas. La intolerancia nunca murió del todo y en tiempos más recientes Robert Redford, Jane Fonda, Gregory Peck, Vanessa Redgrave y Jack Lemmon han sufrido, en sus carreras, las consecuencias de sus simpatías políticas. De este período sombrío quedaron los nombres de quienes con valor moral y coraje cívico respondieron con una actitud vigorosa a los intentos de intimidación.

 

Pese a sus altibajos de calidad y a los hostigamientos políticos, a los períodos de intolerancia y a las crisis económicas, al control de las editoriales por las grandes corporaciones capitalistas, no obstante todo ello, la literatura norteamericana es una de las más robustas del pasado siglo veinte.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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