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VIVA GRAU La
jornada gloriosa del primero de junio había terminado.
Eddy Chibás anunció el triunfo de Grau, horas antes de
que el Tribunal Superior
Electoral ratificara la victoria de los Auténticos
frente a la Coalición Socialista Democrática y su
candidato Carlos Saladrigas. El pueblo se botó a la
calle en La Habana. Después de la caída de Machado no
se había visto una manifestación de júbilo como la
que siguió al parte oficial anunciando la victoria del
profesor universitario. Grau
era heredero de las leyes revolucionarias que Antonio
Guiteras, su Secretario de Gobernación en el gobierno
de los Cien Días, había logrado introducir en la
agenda de aquel breve período. Y, sobre todo, era el
candidato contrario a Saladrigas, seleccionado por
Batista para ocupar la alta magistratura de la nación.
Más que el triunfo de Grau frente a Saladrigas, la
victoria del autenticismo significaba la derrota de
Batista frente al recuerdo de Guiteras. Pero el pueblo
simplificaba las cosas en dos gritos que llenaron las
calles del país: —¡Abajo
Batista! ¡Viva Grau! Una
hola de pueblo, espontánea y masiva, inició el
recorrido hacia la esquina de 17 y J, donde vivía el
profesor universitario. Alguien en Galiano y San Rafael,
propuso entusiasmado: —¡A
casa de Grau! Y
partió la manifestación a ritmo de conga, nutriéndose
cada vez más de la ciudadanía que se incorporaba al
paso de la alegre estampida. A la cabeza de la multitud
marchaba “el cojo de la bocina”, un simpático
personaje que arrastraba una pata de palo con increíble
agilidad, mientras repetía a petición de los
manifestantes, la frase inspiradora: —¡Qué
viva Grau! Pero
el cojo de la bocina no estaba acostumbrado a la marcha
forzada de aquel acto improvisado. Más bien trabajaba
sentado, en el estadio, animando a su equipo, o en 23 y
12, anunciando productos comerciales. Sus gritos
empezaron a ser menos frecuentes, mientras iba quedándose
atrás impedido de avanzar a la velocidad
que lo hacían los más ágiles manifestantes. En
San Lázaro e Infanta la marcha se detuvo un instante
para que él pudiera situarse, de nuevo, a la cabeza de
la manifestación. Alguien le propuso en alta voz: —¡Cojo,
que viva Grau! Y
él intentó complacerlo gritando a través de su
bocina: —¡Qué
viva Grau! La
voz no tenía ya la potencia
ni el entusiasmo que había demostrado en Galiano
y San Rafael. Ya arrastraba su prótesis con visible
dificultad, retrasándose en la marcha, pese a que
algunos de sus admiradores lo empujaban prácticamente
para que ocupara su puesto de honor a la cabeza de la
manifestación. Al
llegar a 23 y L, frente a lo que después fue el
Radiocentro, la ola se encrespó. Nuevas incorporaciones
aumentaron el multitudinario volumen de la ya larga fila
de manifestantes. Creció el entusiasmo. Y alguien
requirió: —¡Cojo,
que viva Grau! La
respuesta no se hizo esperar. El cojo se llevó la
bocina a los labios y, haciendo un extraordinario
esfuerzo, exclamó con voz cansona: —¡Sí, chico, que viva Grau, pero... que viva más cerca! |
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