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EL PROFE Enrique
Núñez Rodríguez | La Habana Lo
conocí ya viejo. Tranquilo, como el mismo me decía con
la mirada perdida en el ayer y una especie de sonrisa
burlona bailándole en los labios. Lo primero que me
llamó la atención fue su vestuario, francamente fuera
de época y de lugar, en aquel pueblecito dormido a la
orilla de un río que casi no lo era. Él me explicó: —Este
pueblo es el pueblo de los casi. Aquí los arroyos son
casi ríos. Las lomas son casi lomas. Los comerciantes
son casi ricos. Orinadas de bueyes y chichones en la
corteza terrestre. Este es un casi pueblo. Y se
reía, mientras observaba su gastado traje gris a rayas
negras. Alguna vez debió ser casi un
Petronio. Y la remendada camisa Arrow, con cuello
Peco, que ocultaba su vejez bajo una deshilachada
corbata Repórter Sello de Oro, color carmelita, en
combinación con sus zapatos Florsheim. Zapatos
agujereados por la vida y sellados directamente con una
prótesis removible, como el mismo había bautizado a la
pieza de cartón que colocaba sobre la rota plantilla
para evitar la humedad y la bronquitis asmática. —Un
hueco en la suela de los zapatos es una medalla ganada
en el combate de andar por la vida. Y,
sin embargo, lucía casi
elegante. No sé
por qué me decidí, aquel día, a preguntarle la razón
por la cual le llamaban El profe. Suponía que tuviera
que ver con su forma de vestir, académica y
conservadora. Pero la historia no iba a ser fácil de
conseguir. Evitó iniciarla: —No
ande por ahí periodista. Deje eso. ¡Tranquilo! Naturalmente,
su respuesta incentivó mi curiosidad. E insistí. Le
dije que a los pueblecitos como aquel, que no habían
sido favorecidos con la naturaleza con algún accidente
geográfico notable, solían darse a conocer por la
grandeza de sus hijos. Que no tenía ninguna gracia
escribir la historia de un nativo de las cataratas del
Niágara o del Monte Everest. Que él, sin embargo,
estaba obligado a aportar a la humanidad su propia
historia para suplir la falta de generosidad de la
naturaleza con el terruño en que le había tocado
nacer. Entonces
habló: —Nadie
escapa de las leyes de la naturaleza. No conozco ningún
enano nacido en la cima de Los Ángeles. Como hombre,
soy también un producto de este pueblo de los casi. Fui
casi un profesor y casi un héroe. No llegué a casi
ninguna de las dos cosas. Y me
contó porque le empezaron a llamar El profe. Apenas había
estudiado un curso de inglés por el método de Leonardo
Sorzano Jorrín, durante una larga
ausencia de su pueblo. Al regreso, y sabiendo que en la
Academia municipal hacía falta un maestro de inglés,
le hizo creer al alcade que había pasado tres largos años
en Harvard, estudiando el idioma de Shakespeare. Eso le
valió el nombramiento de profesor de inglés con un
salario mensual de $ 15. 00 (era casi
un sueldo, me explica). Todo
iba bien, ya que nadie en el pueblo hablaba inglés, y a
sus alumnos les bastaba con las clases que giraban en
torno a la familia Blake, que El profe conocía de
memoria: —Tom
is a boy. Mary is a girl. Cuando
la Segunda Guerra Mundial, en la que Cuba se vio
involucrada, apareció en el pueblo una pareja de jóvenes
extranjeros que dijeron ser turistas. La alarma
guerrerista y el sensacionalismo en torno al espía alemán
Lunning, fusilado en La Habana, habían penetrado al
sargento de la guardia rural. Mandó a detener al
matrimonio y conducidos al cuartel fueron sujetos a un
fuerte interrogatorio. Pero había una dificultad: no
hablaban español. Ahí
fue donde entró a jugar El profe. Requerida su
presencia por el sargento de la guardia rural, acudió
al cuartel. La autoridad militar le pidió que los
interrogara en inglés y le hizo saber que sospechaba de
ellos como agentes enemigos. El profe procedió al
interrogatorio. Con gesto de fiscal de películas
norteamericanas se paseaba por el despacho del sargento
y, de pronto, se detenía, preguntándole airado a la
asustada pareja: —¿Tom
is a boy, eh? ¿ Mary is a girl, no? Lanzaba
una carcajada sarcástica para volver a la carga: —¿Is
Mary in the classroom? ¿ Is Tom in the classroom too? Y
dando puñetazos sobre la mesa del sargento, gritaba: —Go
to the blackboard. Señalaba
a la pareja con el índice y chillaba airado: —Tom
and Mary are children. La
infeliz pareja temblaba ante la actitud de aquel
interrogador, al que debieron suponer demente. Y no fue
extraño que, temiendo lo peor, se confesaran culpables,
por señas, del delito de espionaje a favor de una
potencia enemiga. Poco después aparecía el abogado del
administrador de un ingenio yanqui cercano y reclamaba,
airado, la inmediata libertad de aquel matrimonio,
invitado por el administrador del ingenio a disfrutar de
las fiestas pascuales en su casona del ingenio
azucarero. El
profe me mira y comenta con cierta nostalgia remota: —¿Se
imagina usted, periodista, si hubieran sido espías
nazis de verdad, que clase de triunfo para mí? Pero
bueno, no lo eran y tuve que conformarme con que fuera
casi un triunfo. Levanto
la copa e invito a brindar a El profe: —A
tu salud, Profe. Él
alza la copa y me contesta alegremente: —Tom
is a boy, periodista. Y bebe su trago. |
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