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LA
JIRIBILLA
LA ISLA INFINITA
Si de algo queremos
hablar hoy es de la familia de los poetas, y ninguna más
evidente que la de los que defendieron, en ambas
instancias históricas, la “República moral” diseñada por
Martí en el Manifiesto de Montecristi.
Cintio Vitier |
La
Habana
En ningún otro lugar que el Centro de Estudios Martianos
podíamos presentar con más gusto este número de La
Isla Infinita, que se abre con los "poemas
involuntarios” del Diario de Campaña de José
Martí escogidos y pasados de la prosa al verso que ya en
su desnudez y hermosura anunciaban, por nuestra querida
Aitana Alberti, quien además nos regala cartas
entrañables y sonetos antológicos, bellamente
caligrafiados, de su inolvidable padre. Cuánto se acerca
el destierro revolucionario español del siglo XX al
destierro revolucionario cubano del XIX, del que Martí
fue la culminación, se nos pone de manifiesto en esos
testimonios familiares que nacieran, como lo dice en una
preciosa canción para su niña el propio Alberti,
“remontando los ríos” del Sur de Nuestra América. Si de
algo queremos hablar hoy es de la familia de los poetas,
y ninguna más evidente que la de los que defendieron, en
ambas instancias históricas, la “República moral”
diseñada por Martí en el Manifiesto de Montecristi.
No nos parece necesario esta vez hacer recuento de
méritos puntuales, que van desde las estremecedoras,
llameantes liras de Francisco de Oraá, revivificador de
las "aguas, aires, ardores" de San Juan de la Cruz,
trovero de la nada "del Ser enamorada", solitario
maestro de la poesía cubana de todos los tiempos, hasta
poetas jóvenes como la misteriosa Laura Ruiz,
descubridora de Dublín en Matanzas, y la incipiente pero
no menos auténtica en sus parcos apuntes y silencios
Elvira Castillo. Poeta quizás ocasional, a Verónica
Spáaskaya agradezco el documento de su primera visita a
nuestra casa, y su confrontación con aquel espejo de la
casa de Dostoievski donde nos vimos juntos e imposibles
en Leningrado. Todo lo que en estas páginas hemos
reunido, sin mayor preocupación de inedicia ni
generaciones, incluyendo el diálogo de culturas a que
nos invitan Isaac Bashevis Singer con su cuento Alegría,
esmeradamente traducido por Josefina de Diego, que le
añade un rico glosario, y Gustavo Pita con sus Dos
cubanos en el mundo del Cha no yu, así como lo que
navega submarino y vuela alígero en la Ballena
Codorniz tripulada ahora por la fantástica Gilma
García Niubó, Kipling y otras yerbas aromáticas,
especialmente la hoja del tabaco y las especias que
sazonan las fabulosas Recetas de Ángel Ramírez, autor
del arcángel con arco y flecha de la contraportada, de
pie sobre el caballo blanco que nos remite a...Sí, todo
lo que reunimos en estas páginas ha pasado por nuestro
corazón y por eso lo ofrecemos. Gracias también, siempre,
a la tropa juvenil de dibujantes, orgánicos calígrafos
de un texto dialogante con el otro, a los que felizmente
se suma este Centro con la encantadora fantasía, entre
caracol, cimera y serpiente marina, de Renio Díaz Triana.
En el ámbito de luto solar del 19 de mayo aparece este
número. De inmediato nos vuelven al alma los "oboes
sollozantes" del treno que Rubén Darío inventara para
aquel duelo sin fin. En la colección de Los raros
de Rubén comparecen por primera vez juntos Stéphane
Mallarmé y José Martí. Entre los papeles que acompañaban
a Martí cuando cayó herido de muerte en Dos Ríos —rescatados
para nuestra historia por el investigador Rolando
Rodríguez— estaba un apunte con el primer verso del
poema Brisa marina, de Stéphane Mallarmé. Como un
relámpago iluminador de muchas cosas recibí esta
noticia.¿Imaginan ustedes la presencia del más hermético
y exquisito de los poetas franceses en plena manigua
cubana? Ya había tocado la posibilidad de esos
encuentros inesperados cuando en mi novela De Peña
Pobre, Lezama me pregunta: “¿Sabe usted que Luis
Rodolfo Miranda, el Apolo de Juana Borrero, leía
a Dostoievski en la manigua insurrecta?” El libro en
cuestión era El idiota. Y continúa Lezama en mi
novela: “Lo que más nos importa subrayar con el canto de
la uña, costumbre de Mallarmé, es la imagen que salta de
todo esto, como las tres torres de un cuadrilátero
imposible: Apolo, Martí y el príncipe Michkin, cuya
cuarta dimensión es la incógnita a resolver, la que más
nos inquieta, pues tememos encontrarnos en ella la
pregunta que conduce al sombrío valle de Proserpina...”
Hacia ese valle galopaba Martí en su caballo blanco, con
la cita de Mallarmé en el bolsillo: “La chair est triste,
hélas', et j'ai lu tous les livres...” Desolado poema,
que sin embargo, termina con un verso exultante: "Mais,
ô mon coeur, entends le chant des matelats Ị” “Mas oye,
oh corazón, cantar los marineros Ị" Parece, de pronto,
la despedida que pudo escribir Arthur Rimbaud al
abandonar Europa. `Y por cierto la monumental traducción
de todo Mallarmé realizada por el poeta peruano Ricardo
Silva Santisteban nos descubre textos como Pobre niño
pálido y Reminiscencia que mucho lo acercan
al “desalmado Arthur” (como le gustaba llamarse a sí
mismo, cuya vida sintetizó conmovidamente en carta a
Harrison Rhodes de abril de1896. Ese Mallarmé, cuidado,
cuya prosa a veces nos suena tan americana, desvariante,
lógica, conversacional y amarrada como la del brasileño
Guimaraes Rosa.
¿Qué quiere decir todo esto? Que todos los poetas forman
una sola familia que todos, en cuanto tales; son o
llegan a ser revolucionarios. Dígalo si no el texto
Democracia, de las Iluminaciones de Rimbaud, con
que se cierra y abre hacia delante este número de La
Isla Infinita. Leámoslo enseguida para que no se nos
olvide para empezar, según nuestra costumbre, por el
final. Recuerden que se titula Democracia y que aparece
entre comillas como discurso y credo irreprimible de un
paladín explotador “demócrata”, también entre comillas:
DEMOCRACIA
”La bandera va por el paisaje inmundo, nuestra jerga
ahoga el tambor.
”En los centros fomentaremos la más cínica prostitución.
Masacraremos las rebeliones lógicas.
”A los países sazonados y empapados! –al servicio de las
más monstruosas explotaciones industriales o militares.
“Hasta la vista, aquí, no importa dónde. Reclutas de
buena voluntad, nuestra filosofía será feroz; ignorantes
de la ciencia, hábiles para el confort; que el resto del
mundo reviente. Es la verdadera senda. ¡Adelante, en
marcha!”
Semejante “iluminación” solo se explica en los años 70
del siglo XIX como videncia histórica. No menos vidente
fue Martí en su última carta a Manuel Mercado, horas
antes de cabalgar en su caballo blanco hacia el valle de
Proserpina y caer sin testimonio válido, como él mismo
lo había anunciado en carta del 9 de mayo de Altagracia,
Holguín: “Auxilio rápido, un gran vuelo, y gloria –y
martirio.” Con indulgencia podemos recordar la ciega
alegría de la Reina Regente de España al saber la muerte
del “cabecilla” José Martí. De las tres heridas que
recibió, la que más nos duele, la que no podemos
perdonar, fue la que le destrozó el órgano de la palabra.
Y solo a medias podemos creer en la sinceridad de las
palabras póstumas del coronel José Ximénez de Sandoval,
que empezó enterrándolo directamente en la tierra de
Remanganaguas, debajo del cuerpo de un sargento español,
para inhumarlo tres días después por razones políticas.
Cuánto más lúcidas piadosas, en nombre de la mejor
España, son ahora las manos de Aitana Alberti al
devolvernos, como los poemas que son, esas páginas del
Diario de Campaña que tanto hubieran conmovido,
estoy seguro, a Mallarmé, a Rimbaud, a todos los poetas
del mundo. Porque si de algo estamos seguros es de que
la poesía y la historia revolucionaria son indisolubles,
cualesquiera sean las apariencias de una y otra. Como
advierte Omar Pérez en reciente nota y respuesta a una
antología de jóvenes y ensayistas cubanos, realizada en
el llamado “exilio”. “La revolución es una condición
infinita del ser humano, no se agota en la geografía ni
se resuelve en las obsesiones clasistas. Sólo los tontos
o los egoístas, como decía Martí, creen en el regreso a
un hogar, dulce hogar donde no pasa nada, al menos, en
los cotos del ego.” No es ese por cierto, aunque a veces
lo parezca, el hogar de la poesía, sino un Diario de
Campaña de mil formas diferentes, que no acaba nunca.
Eso quiere ser también, colectiva y modestamente, La
Isla Infinita.
Palabras en la presentación del número VI de la revista
La Isla infinita.
23 de mayo 2002
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