LA JIRIBILLA
ADRIÁN MORALES HUYENDO DE TODO
 
Ahora llega este disco: Nómada. La voz de Adrián desgarrada, casi a gritos en su trova-rock, me descorre la memoria y aparecen también los mismos estados de ánimo.


Alexis Castañeda Pérez de Alejo |
Santa Clara

Hace como tres años, mi amigo Roly Berrío –integrante del trío Enserie– me contaba que vio exhibiéndose en un salón de Arte Cubano, en Las Palmas de Gran Canaria, una obra de Adrián Morales, pero que su sorpresa fue mayor cuando descubrió en una emisora local un disco de este mismo artista, grabado al parecer en Barcelona bajo el nombre de Nómada.

A través de todo este tiempo el disco ha venido colándose lentamente por ciertos circuitos y aunque no es de competencia comercial, ya se conoce como uno de los más interesantes entre la profusión de grabaciones de cubanos producidas fuera de Cuba.

El nombre de Adrián Morales comenzó a sonar desde los inicios de los años ochenta por algunos sitios "oscuros" del Vedado, venía formando parte de una avanzada de la Nueva Trova que alguien un día calificó, o clasificó, como "topos" por la forma subterránea en que transcurría su vida artística.

Solos, sospechosos, extravagantes –iniciaron el uso de la ropa ancha y teñida, las trenzas largas y pañuelos en la cabeza– se citaban en cualquier rincón y se pasaban las viejas guitarras, descargándose mutuamente estas canciones. A veces alguien grababa de forma rudimentaria estos encuentros.

En la mitad de la década, Adrián logró un espacio fijo todos los lunes por la noche en los jardines del Museo de Artes Decorativas de La Habana junto a los también trovadores Evaristo Machado y José Raúl García (conocido en Cuba por su canción Madre por qué) y al narrador Leonardo Eiriz, premio 13 de Marzo, en 1986 con el libro Apremios. Allí fue nucleándose un público ávido hasta el fanatismo de esta canción diferente. Con estos amigos viajó varias veces a las provincias, sobre todo de Matanzas y Villa Clara.

Muchos se alarmaron ante los atrevimientos casi irreverentes de Adrián, no pocos le censuraron lo que consideraban hipercriticismo o escepticismo, en momentos de cierta bonanza, incluso en el campo de la difusión de conocimientos e ideas.

Los noventa sorprendieron a Adrián refugiado en silencio en una especie de cueva que entonces tenía por las calles 20 y 23 del mismo Vedado. Por esos días lo encontré en una de sus noctámbulas salidas y me confesó que componía frenéticamente y que quería cantar ya para otros públicos; meses después Adrián Morales volaba hacia Barcelona.

Ahora llega este disco, pero me sorprende que casi todas las composiciones son las mismas estrenadas en sus encuentros habaneros. La voz de Adrián desgarrada, casi a gritos en su trova-rock, me descorre la memoria y aparecen también los mismos estados de ánimo.

La crítica a un discurso intermedio, burocrático y caduco –denunciado en el proceso de rectificación de errores– "Hay algún cartel/ sobre una pared/ anuncia algún discurso/ dejaron de funcionar/ pero sigue el cartel sobre la pared".

El descubrimiento del destino y lugar que le ha tocado en suerte a su generación: "No sólo son mártires los que han muerto/ no toda la historia está en los libros/ mírame/ mírate/ estamos vivos".

Aunque a veces cae en una actitud contemplativa, de frustración: "Ya no me engaño/ con tantos espejismos/ siguen mis cuencas vacías/ siguen mis lágrimas secas".

También está su opinión ante lo que considera desventaja del artista y lanza un grito desesperado: “Si algún día tuviera un hada madrina/ a lo mejor podría ser deportista/ Necesito alguien que me salve”.

La canción de Adrián es eminentemente urbana, por eso no falta la recurrencia a la ciudad. La Habana aparece como sitio y motivo de reflexión existencial, ventana por donde se asoma ¿a la esperanza?: “Qué triste/ La Habana dormida desde esta ventana/ donde sola llega/ por las noches/ necesito su canto”. También está la ciudad como elemento femenino, pero ya en el desgarramiento de la partida y la lejanía: “Al salir de La Habana/ tuve miedo dejarla/ y todo el azul que me acompaña/ son tus pupilas/ son tus lágrimas”.

Su estancia fuera de Cuba no ha sido la solución fácil o el deseo satisfecho; su inconformidad estalla, y al parecer estallará dondequiera: “Huyendo de todas partes/ van todos/ Huyendo voy/ como escapar de la red/ los incautos, inconformes/ los creyentes/ descubren que no hay sitio/ que en la Tierra no queda ningún lugar eterno”.

Pero a veces parece que al fin se salva en destellos de optimismo, como cuando dice: “Hay que encontrarle al corazón/ un lugar/ algún hogar”.

Fiel musicalmente también a las sonoridades del rock que siempre guiaron al trovador, Nómada aparece, no obstante, enriquecido con timbres actuales muy particulares, o de moda en España, con un arreglo acorde con la atmósfera discursiva. Al parecer hubo una cuidadosa selección de los músicos que acompañaron al autor en la grabación y que supieron captar el concepto del disco.

Adrián me sigue golpeando la nostalgia con su rabia escéptica. Ahora puede encontrársele por algún lugar de Barcelona y cuando no está cantando llena lienzos de un surrealismo tal vez un poco tardío pero admirable. No sé si vuelva  a encontrármelo pronto o alguna vez, quizás ya necesite otros públicos, o siga en la búsqueda de un lugar, un hogar donde poner su corazón.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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