LA JIRIBILLA
CITIZEN HEARST VS. PULLITZER PRIZE: DUELO DE OESTE A ESTE
 
La prensa de Estados Unidos ha demostrado muchas veces no poseer buena memoria. Pero puede ser que por estos días se acuerden de la historia y celebren el nacimiento de William Randolph Hearst1, el fundador de un imperio periodístico y el “visionario” que diera perfil definitivo a la correctamente llamada “fábrica de opiniones” norteamericana.

Rafael Grillo |
La Habana


Ocurrió el 29 de abril de 1863, en una ciudad de la costa oeste, la San Francisco estremecida por la fiebre del oro y la sangrienta guerra civil entre industriales del norte y esclavistas del sur.

Mientras, por estas mismas fechas, la prensa cubana está impelida a recordar, con ánimo contrario, un hecho asociado con aquel probable jubileo. El 22 de abril de 1898, una potente escuadra de veinte buques obstruiría el acceso a la bahía de La Habana, siendo el acto inicial de la guerra de Estados Unidos contra España. La participación del polémico personaje mencionado fue crucial en esta acción que constituyó el primer bloqueo naval yanqui al territorio de nuestra isla y el primer capítulo en la larga historia de agresiones de los norteamericanos contra Cuba. Luego, con la victoria definitiva de la nación norteña sobre la iberia colonialista, se implantaría en el territorio caribeño un gobierno con apariencia constitucional, amenazado, sin embargo, por la espada de Damocles de la Enmienda Platt impuesta por los EE.UU.

Resulta obligado para nosotros poner a la luz que si la consecuencia inmediata de este episodio para los cubanos fue la dolorosa frustración de las esperanzas de manejar su destino tras un titánico esfuerzo extendido durante 30 años por los campos de batalla, para el entonces aprendiz de magnate, William Randolph Hearst, Cuba significó tan solo un escenario propicio al que trasladar la frívola querella por el dominio de la competencia editorial contra su enconado rival Joseph Pullitzer, el hombre venerado por los norteamericanos como el “creador del periodismo moderno”.

LOS DUELISTAS

Cuando en 1941 el enfant terrible de Hollywood se atrevió, con el “Ciudadano Kane”, a retratar el enfermizo amor propio, el ansia brutal de poder y el carácter corrupto de Hearst, ya el heredero de la prodigiosa fortuna amasada por el papá George era tan temido por su capacidad de manipular la opinión pública, que hasta el mismísimo multimillonario Rockefeller, accionista de la productora RKO y el Music Hall donde iba a estrenarse la película, se plegó a las exigencias de prohibir la exhibición pública del filme.

Justo en el mes de abril de ese año, como si fuera regalo de cumpleaños, la obra maestra de Orson Welles logró finalmente presentarse en salas menores y se ganó el fervor de la crítica, echando a andar su fama de hito que marca un antes y un después en la historia del cine. Desde ese momento, la imagen del personaje solitario que pronuncia la frase Rose chapel a las puertas de la muerte se alió, profética, al destino del todopoderoso, fundiendo a Hearst y a Kane en uno solo: el “Ciudadano Hearst”.

Joseph Pullitzer, quien primero fuera ejemplo a imitar y luego contrincante de William Randolph, también nacería en abril, en 1847. Vio la luz en Hungría y emigró a los Estados Unidos en 1860. Se estrenó como director y propietario de periódicos en St. Louis durante la década del 70, pero su prestigio comenzaría a cimentarse tras convertirse en dueño del New York World en 1883, donde emprendió una “revolución” en la política editorial, contenido y formato de la publicación.

Ya a comienzos de los 90, su periódico era el de mayor presencia en el país como resultado de las estrategias implementadas para ganarse a los lectores. Se disfrazó de vocero de sus intereses mediante campañas en contra de la corrupción, tiñó de sensacionalismo las noticias, introdujo ilustraciones y montó shows publicitarios como la colecta pública para construir un pedestal a la entrada de la bahía de Nueva York donde se colocaría la Estatua de la Libertad regalada por Francia. Fue el promotor de un periodismo más interesado en entretener al lector que en  informarlo; de ahí que desarrollara las técnicas de las “historias cortas” con lenguaje coloquial y las human interest stories (“relatos de contenido humano” dirigidos a manejar la sensibilidad del lector).

Su figura ha terminado siendo revestida con una aureola romántica. Se dice que fue “un brillante empresario, un demócrata convencido, un profesional que quería hablar a una nación, un innovador dentro del periodismo”, y se minimizan los deslices éticos, los burdos procedimientos, la alianza tácita con el poder2. Sentencias atribuidas a Pullitzer como: “El periodista tiene una posición que es toda suya. Solo él tiene el privilegio de moldear la opinión, tocando los corazones y apelando a la razón de cientos de miles cada día. He aquí la más fascinante de todas las profesiones”, son paradigmas todavía repetidos hoy en las aulas de periodismo de todo el mundo.

La impronta iluminada de Joseph se vio reforzada por la realización del sueño de crear una Escuela de Periodismo en la Universidad de Columbia, la que fuera fundada en 1912, un año después de su muerte. Mas se le recuerda, sobre todo, por el Premio a la excelencia periodística que lleva su apellido y empezaría a otorgarse desde 1917, anualmente, en el mes de abril, como un homenaje a quien fuera su principal promotor.

LA AMARILLA INSIGNIA DE LA FALSEDAD

El joven Hearst tenía poco interés en seguir los pasos del padre en el campo de la prospección minera. Pero poseía idéntica ambición y olfato para descubrir el filón dorado y, luego de abandonar la Universidad de Harvard y pasar unas semanas como reportero en el New York World, decidió que sus posibilidades estaban en el periodismo.

Convenció a George Hearst de que él podía to run a newspaper —como to run a busines: conducir un negocio— y éste le “regaló” el San Francisco Examiner en 1887. William quería tomar como modelo el periódico de Pulitzer para “producir” millones de dólares y ser leído por millones de personas, aspirando incluso a superarlo y desplazarlo en la competencia.

En el Examiner ensayó todas las armas de su maestro, haciéndose célebre por divulgar la catástrofe de un terremoto en Boston que nunca se produjo (introduciendo el concepto de created news) y la campaña, “en nombre del proletariado”, contra la compañía ferrocarilera Southern Pacific, a la que terminaría extorsionando con la promesa de acallar el escándalo.

Siguiendo la doctrina básica de la “Psicología de las masas” de Le Bon3, a quien Hearst pudo haber leído, perfeccionó un estilo que, bajo la máscara de articular los deseos de la “mayoría silenciosa”, difunde la opinión de la redacción y busca excitar y satisfacer la “naturaleza primitiva” del “hombre anónimo”. Confeccionado el modelo que lo respaldaría, Randolph compra en 1895 el New York Journal y traslada su cuartel general al este, al terreno mismo donde su competidor es el amo absoluto.

En la lucha despiadada contra el enemigo se valió de todos los medios. Empieza copiando descaradamente las noticias del World y arrebatándole luego el personal más capacitado con el incentivo de un mayor salario. Entre sus “reclutamientos” estuvo Richard Felton Outcault, creador de las historietas de “The Yellow Kid” —la posteridad sacará de ahí la etiqueta de "prensa amarilla” para las publicaciones de corte sensacionalista—. El éxito de estas tiras hizo que Hearst contratara a Rudolph Dirks, autor de la serie “The Katzenjammer Kids”, pero Pulitzer le devuelve la jugada consiguiendo que Dirks se pase a trabajar para él.

Con la mira siempre en alcanzar los exigentes objetivos, William demandaba esfuerzos descomunales a sus empleados. La intervención de los reporteros del Journal, convertidos en detectives, en la solución del “enigma Guldensuppe”, un terrible caso de asesinato donde la policía había fracasado, le dio al diario de Hearst la esperada popularidad entre los lectores.

PONEMOS LA GUERRA ¿Y QUÉ?

En un artículo del Journal de 1898, Hearst afirmaba exaltado: “El poder de un periódico es la mayor fuerza dentro de cualquier civilización”. Su megalomanía le empujaba a probar que era capaz de definir el desencadenamiento de una guerra o la firma de una paz. Por eso, cuando Frederick Remington, su corresponsal en Cuba, le informó que no encontraba aquí material suficiente para azuzar un conflicto, lanzó la promesa: “Yo voy a poner la guerra”. También a su antagonista Pulitzer le gustaba la idea de “una guerra con la cual se pueda mantener despierto el interés de los lectores”.

El primer paso de Hearst fue publicar una entrevista al caudillo Theodore Roosevelt, partidario convencido de la guerra en postura opuesta a la del presidente Mc Kinley. Lo curioso es que Roosevelt nunca había concedido tal entrevista y la desmentida del supuesto entrevistado le fue indiferente.

Empeñado en estimular las contradicciones entre España y Estados Unidos para asegurarse el hecho susceptible de convertirse en la ansiada noticia que le diera preponderancia  definitiva sobre Pulitzer, Hearst revisaba personalmente hasta la más insignificante información relacionada con Cuba. La inspección de oficiales aduaneros españoles al vapor norteamericano Olivette, donde había sido supuestamente ultrajada una joven norteamericana, le brindó el pretexto para levantar un scoop (hacer aspavientos de un suceso trivial) que enardeció el patriotismo de los lectores y aumentó enormemente las ventas del Journal. Pulitzer ripostó de inmediato con el descrédito: presentó una entrevista a la muchacha en la que esta negaba haber sido tratada incorrectamente.

El golpe no amilanó a Hearst. El telegrama de un corresponsal anunciando que “la adolescente cubana Evangelina Cisneros ha sido condenada a veinte años de destierro en costas africanas por participar en el levantamiento de compatriotas prisioneros” fue utilizado para incitar a un movimiento de protesta a escala internacional. Los hechos fueron tergiversados y tampoco esta vez se había atropellado a la supuesta víctima, como se vio obligado a reconocer el propio cónsul norteamericano en La Habana. Para insuflarle vida a esta difamación, William envió a un secuaz a propiciar la fuga de Evangelina de su “presidio” en la Casa de Recogidas4 y la hizo arribar después a la ciudad de Nueva York, con una cobertura de bombo y platillo, presentada como la “Juana de Arco de América”.

Seguiría echando leña al fuego más tarde con la publicación de una carta, robada por sus agentes al embajador español en Washington, donde se hablaba en términos despectivos del presidente norteamericano. McKinley, compulsado por las demandas de Hearst, envió un barco de guerra a La Habana. El Maine fue recibido, sin embargo, de manera amistosa por las autoridades españolas, en un gesto conciliatorio.

Durante la madrugada del 16 de febrero, se produce la misteriosa explosión del acorazado en la que pierden la vida doscientos sesenta tripulantes. “¿Quién destruyó el Maine?”, rezaba el titular matutino del Journal. “Los infames españoles son los asesinos”, acusaba. La histeria guerrerista era conducida hacia el clímax con el llamado a hacer una colecta para erigir un monumento a los caídos.

Las investigaciones oficiales, que se continuaron hasta la segunda década del siglo XX, nunca hallaron indicios de la culpabilidad española ni señalaron responsables directos. Pero sobre la mano del propagandista, como autor intelectual, e incluso, presunto organizador y financiador, resulta admisible dejar caer la sospecha, pues su delirio necesitaba de “incidentes” que no dejaran a EE.UU. otra alternativa que declarar la guerra.

Ya iniciada la contienda bélica, quiso utilizar la atmósfera explosiva del conflicto para provocar un “sensacional” baño de sangre. Sus corresponsales llenaron La Habana de carteles destinados a desbordar el odio de los cubanos contra las autoridades españolas, instando a apartar la vigilancia norteamericana y asesinar a los prisioneros españoles indefensos. La provocación fue atajada por el general Shafter, comandante de las tropas de ocupación, quien hizo prisioneros a los empleados de Hearst.

Cerca del final, la vieja táctica del robo fue usada otra vez por el propietario del Journal cuando uno de sus satélites logró apoderarse del texto del tratado de paz entre EE.UU. y España, firmado en París el 10 de diciembre de 1898. Así, el rotativo “más leal de Norteamérica” fue el único periódico capaz de publicar al pie de la letra las condiciones de la paz, alcanzando el más rotundo de sus éxitos.

El “eminente” ciudadano había sabido manipular mejor que nadie la guerra de acuerdo a sus mañosos intereses. La batalla entre los dos titanes lo señalaba como vencedor. Valiéndose de sus mismas tácticas y en su propio escenario de la gran ciudad de Nueva York, Hearst aplastaba a su mentor Joseph Pullitzer.

Ni siquiera la sombra arrojada por sus mentiras, el trágico fin del Maine y el asesinato posterior de McKinley, instigado desde las páginas de un Journal cargado de odio fanático contra el presidente5, pudieron detener ya el ascenso del implacable Citizen Hearst al control absoluto del imperio propagandístico.

NOTAS

1 Para ahondar en las venturas, desventuras y travesuras de William Randolph Hearst sería recomendable la lectura del libro de Georg Honigmann, Ciudadano Hearst, publicado en Cuba por la Editorial Política en 1980, muy útil para la confección del presente trabajo.

2 El que esté interesado en profundizar en las dos caras de este “benefactor de la prensa” puede buscar el libro, inédito entre nosotros, Pullitzer, luces y sombras de un periodista genial, del profesor de la Universidad de Navarra José J. Sánchez.

3 Aparecido en París en 1895, el libro del sociólogo francés fue traducido de forma inmediata a diez idiomas, propiciándose su amplia difusión. Gustave Le Bon describía a las masas como hordas inconscientes y bárbaras, fácilmente manipulables y necesitadas de ser encauzadas por un líder. Sus “teorías científicas” sirvieron de inspiración a otros traficantes de opinión tan “reputados” como Goebbels y Springer.

4 Esta filantrópica institución, fundada en 1746, tenía como función definida la prevención y la corrección de la prostitución en las mujeres cubanas. Si bien puede señalársele como antecedente en la búsqueda de un instrumento para la reeducación social de la mujer, el presente ejemplo la muestra también como propensa a ser utilizada con fines políticos.

5 El 14 de septiembre de 1901, McKinley es ultimado a balazos en Buffalo. Se señala como criminal a Leon Czolgosz, un pobre emigrante húngaro, mas nadie duda que se trata tan solo de un señuelo para ocultar turbios intereses ¿Una estocada de Hearst para hundir al ex magyar Pullitzer o un complot urdido por este último para aprovechar la abierta indisposición hacia el presidente mostrada por William desde las páginas del Journal? ¿Habría acaso algún otro interesado que quiera sacar partido del duelo entre los dos “periodiqueros”? Otro enigma que nos plantea la historia norteamericana, plagada de incomprensibles magnicidios. Lo cierto es que una fuerte ola de indignación se levantó sobre la nación norteamericana y el dedo acusador señaló a Randolph Hearst ¿El epílogo? Característico: tres días después del crimen, el Journal publicó una borrosa foto del momento del asesinato tomada casualmente por un “desconocido”. ¿El mayor beneficiado? El entonces vicepresidente Theodoro Roosevelt, el mismo que renegó de Hearst aunque fuera uno de los máximos atizadores de la guerra con España, quien se hizo cargo de los asuntos correspondientes al jefe de gobierno de los Estados “Unidos” de Norteamérica.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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