LA JIRIBILLA
LA JALEA ESTÁ ECHADA

Arturo Arango

 

La proverbial hospitalidad cubana retrasó por algunas horas el final de la etapa clasificatoria, y prolongó las angustias de cuatro de los equipos (y de sus simpatizantes) empeñados en pasar a cuartos de final. El juego de las estrellas ofrecido al expresidente James Carter, a su vez, no hizo sino confirmar algunas de las tendencias predominantes en esta serie: la excelencia de algunos peloteros, la fuerza con que han entrado algunos novatos en los dos últimos años, y las imprecisiones que están manchando, una y otra vez, el espectáculo que debía ser esta pelota. Junto al picheo de Maels o el bateo de Paret, por sólo citar dos de los más descollantes, estuvieron esos errores, algunos tontos, como el último, de Navas, o cometidos a la desesperada, como el costosísimo de Yobal Dueñas, y también fallas imperdonables a este nivel, como que corredores que suelen ser habilidosos, como Germán, o el propio Paret, fueran sorprendidos en base. Ese es hoy por hoy, insisto, la principal desventaja del beisbol cubano.

En algún momento pensé que, estando la Serie en sus finales, y con tantas cuestiones por decidir, hubiera sido mejor ofrecerle a Carter uno de los juegos del calendario regular. Que ese juego simple, de peloteros que están luchando por la posición de su equipo, podía ser más interesante, más lucido, que el de las Estrellas. Afortunadamente no ocurrió así. El partido que perdió Matanzas ante los Metros, y que, a la postre, dio la clasificación a Industriales (imagino lo feliz que hubiera amanecido en una mañana como hoy Pepe Rodríguez Feo, el más industrialista de todos los industrialistas que he conocido), ese partido, digo, debe figurar entre los peores del campeonato, y lo único que demostró es que los yumurinos, mal que les pese a Manolo García y a Luisito Lorente, no se merecían la clasificación. Enfrentados al débil Metropolitanos, Matanzas tenía que ganar sus dos enfrentamientos, y obligar a que Industriales hiciera lo mismo con Cienfuegos. Es lo que hubiera hecho un equipo con garras para llegar a los cuartos de final. Nunca entendí por qué Silé Junco sacó del box a un abridor mal defendido, al que sólo habían dado un jit, y prolongó la estancia de otros que fueron mucho más castigados. O por qué, en los dos primeros ining, quiso evitar una carrera con el cuadro por dentro, con una de las tandas de bateo más fuertes del campeonato.

En cambio, Ciego de Ávila, que es, de los cuatro, el que enfrentó un final más difícil, se mantuvo con vida por un día más al ganar ayer 1 por 0 a Villa Clara. No conozco detalles del partido, pero es, sin dudas, la cereza encima del helado, como le gusta decir a mi fraterno Norberto Codina. Ya, que cayera hoy, era lo más previsible. Como la victoria de Camagüey sobre Las Tunas. Los agramontinos ganaron sus dos juegos, de manera que todo estuvo siempre en sus manos.

Si un nombre ha de tener esta serie es, a no dudarlo, el de Kendry Morales. Creo, incluso, que muchas de esas marcas que ha impuesto podían haber sido aún mayores de haber jugado todo el tiempo en los jardines. Pero la excepcionalidad que mostró en el Panamericano Juvenil del pasado año fue confirmada con creces en el campeonato grande. Después de aquella mítica hornada que nos dio a Linares, Pacheco y Kindelán, entre otros grandes, no ha habido otra como la que acaba de ingresar y, si no se malogra, el industrialista deberá ser uno de los peloteros legendarios de la pelota cubana. De hecho, ya ha comenzado a serlo. Si no vistiera el uniforme azul, ya sería un atleta perfecto.

Obviamente, me corresponde en este minuto arriesgar pronósticos. El más fácil, a todas luces, será el de Industriales–Pinar. San Kendry poco podrá contra el que ha sido el mejor equipo del torneo, y si los de Anglada juegan un cuarto partido, habrá que felicitarlos. El otro choque de occidente será, tal vez, el más reñido de todos. La Isla ya está acostumbrada a jugar play off, tiene una batería implacable, y al menos dos lanzadores que se le atraviesan al pinto de la paloma. Sancti Spíritus tiene, como Arizona en la pasada Serie de las Grandes Ligas, dos píchers que lo pueden todo, y otros dos que también hay que respetar. Si los del Yayabo logran ganar los dos primeros en su terreno, pasarán a semifinal cómodamente, porque el Cristóbal Labra puede ser el enemigo principal de Gourriel y su familia. De todas maneras, mi voto va por los espirituanos.

Holguín, el equipo más ganador de la zona oriental, debe imponerse a los camagüeyanos. Es un conjunto muy acoplado, orgánico a la defensa, con bateadores cortos, pero constantes, y buen picheo, que es de lo que carecen los de Borroto. Y el Villa Clara–Santiago me deja mudo. Quisiera decir que ganarán los santiagueros. Es más, estoy convencido de que ganarán los santiagueros. Son imprevisibles, e implacables en estas finales. Pero, ¿cuánto podrá aguantar su picheo? ¿Cuántas carreras deberán anotar en cada juego para coronarse por cuarta ocasión consecutiva? Digo que ganará Santiago, porque mi fe no permite otra posibilidad.

De ahora en lo adelante, la frase más sabia que se ha dicho sobre la pelota alcanzará su sentido más profundo: es redonda, y viene en caja cuadrada. Todo será posible, a partir del domingo, hasta que asistamos a un final donde Camagüey e Industriales disputen la corona.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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