LA JIRIBILLA
EL 20 DE MAYO
 
Los que miramos desde hoy no podemos reducir los frutos de aquella guerra independentista cubana a la existencia abstracta de una República. Fue en aquel período que la conciencia nacional se convirtió en un fenómeno masivo e irreversible –los cubanos se formaron ahí; incluso el gentilicio se legitimó a partir de allí–, y fue por una gesta nacionalista, por una masa de acciones populares colectivas y por los cambios profundos que se produjeron en las personas. Ese logro ha sido decisivo para el destino de Cuba hasta el día de hoy.

Fernando Martínez Heredia |
La Habana


Haré unos pocos comentarios sobre el lapso que va desde 1899 a 1958, o si se prefiere, del 20 de mayo de 1902 a 1958.

Ante todo hay que reconocer las continuidades, y no sólo las discontinuidades que existieron en el inicio de aquella República, en relación con la época precedente a ella. Continuó el modo de producción y de exportación dominante de azúcar crudo que existía, además de la plena vigencia de los códigos Civil y Mercantil, la ley de Asociaciones, las ideas más generalizadas entre los sectores altos y medios sobre la raza y el racismo, sobre el progreso, y sobre las relaciones con la fuerza de trabajo por parte de los empleadores. Sin embargo, lo esencial no fue la continuidad, sino la discontinuidad, y esta procedía de los ámbitos de lo político y de la ideología de lo nacional. El largo siglo XX cubano se inició en 1895, y en mi opinión no termina todavía; en él llevamos ya 107 años.

En la fecha del 20 de Mayo hay un hecho fundamental y es que se consagra la existencia de la nación mediante la creación del Estado nacional. Es muy difícil imaginarse cómo se pudieron conciliar el 20 de mayo de hace un siglo dos realidades tan opuestas. Por un lado, la tremenda alegría popular, el goce inmenso por el evento que parecía hacer realidad las motivaciones y los ideales por los cuales un pueblo de castas resultó unificado por una conciencia política, se fue en masa a una gran guerra primero y se sacrificó en masa durante tres años y medio, y exigió después la retirada de los ocupantes extranjeros con todas sus energías y en todas las formas posibles, durante otros tres años y medio. Por otro lado, cómo serían las pasiones, las angustias, las amarguras y desilusiones provenientes de los grandes recortes de la soberanía nacional a manos de una potencia extranjera, y de la nueva situación postcolonial que traía consigo, junto al nuevo Estado nacional, el retorno al orden sin voluntad alguna de satisfacer los anhelos de justicia social, actitud que predominó en las instituciones y en las clases rectoras del país desde el mismo fin de la guerra en 1898 y en adelante.

Es un evento ambiguo entonces el 20 de mayo. Aquel 20 de mayo, aquella República, para el pueblo cubano que vivió hace un siglo, fue un gran triunfo, fue su primera victoria como pueblo. Aquí había regido un orden colonial secular que gobernaba hasta el idioma, y había regido la supremacía de una raza sobre las otras. Esos eran los centros ideológicos de un sistema de producción explotador y despiadado, del medro de un colonialismo parásito, y aún más, de una coyuntura de tránsito al capitalismo pleno que se dio en sus últimas décadas, cuando la clase dominante de Cuba se consagró a insertarse en la economía mundial como complementaria de la economía norteamericana, mediante el azúcar crudo, y a mantener el control total sobre los exesclavos y sus descendientes, los inmigrantes pobres y los campesinos. Una clase dominante en la sociedad y dominada en sus relaciones externas, para la cual toda Revolución era un peligro inaceptable y una agresión.

Dos generaciones de rebeldes, sobre todo la última, arrastraron a la mayoría de la población a unas revoluciones que tenían que ser populares; la masa de combatientes y de víctimas la puso el pueblo humilde del país. Ese pueblo diezmado, extenuado y hambriento, le exigió la independencia plena de Cuba a los Estados Unidos desde el inicio mismo de la Intervención mediante jornadas cívicas extraordinarias en las que se identificó con los líderes del independentismo. ¿Cómo no iba a sentir y considerar en 1902 que había obtenido una gran victoria?

Los que miramos desde hoy no podemos reducir los frutos de aquella guerra cubana a la existencia abstracta de una República. Fue en aquel período que la conciencia nacional se convirtió en un fenómeno masivo e irreversible –los cubanos se formaron ahí; incluso el gentilicio se legitimó a partir de allí–, y fue por una gesta nacionalista, por una masa de acciones populares colectivas y por los cambios profundos que se produjeron en las personas. Ese logro ha sido decisivo para el destino de Cuba hasta el día de hoy.

En otro sentido más inmediato, para la masa del pueblo cubano la República no fue una abstracción como las que solemos manejar en las valoraciones históricas. La parte enorme del pueblo que participó en la Revolución obtuvo de ella muchas y muy ricas experiencias, nuevas capacidades, autoestima, reconocimiento social y aspiraciones. E influyeron en buena medida a las personas cercanas a ellos, y a la sociedad.

Aquellos cubanos exigieron sus derechos, compensaciones y mayor participación en las riquezas sociales. De inmediato obtuvieron el sufragio universal de varones, hace más de un siglo, y mantuvieron siempre un alto nivel de prácticas políticas. En una medida sumamente insuficiente obtuvieron tierras para trabajarlas. Este fue un terreno de grave contradicción, porque la satisfacción de esa demanda era inaceptable para el modo de producción capitalista neocolonial, para los intereses básicos de la clase dominante de Cuba y para los empresarios y el poder imperialista norteamericano. El triunfo de los dominantes estuvo no sólo en imponer su control sobre la tierra, sino en mantener el problema agrario fuera del debate político durante décadas.

En cuanto a los asalariados, se organizaron sindicatos muy activos, que exigieron demandas y apelaron a la huelga, aunque no obtuvieran muchos éxitos.  Las represiones contra ellos no esperaron al 20 de mayo. Pero persistieron a un grado muy notable en su capacidad organizativa y de luchas.

El racismo, un aspecto tan central en la cultura cubana del siglo XIX, sufrió un golpe de gran magnitud. La ideología mambisa fue antirracista y el independentismo postuló la igualdad en su formulación general. Los no blancos fueron protagonistas políticos masivos en la revolución. El mayor legado de ideas de aquel movimiento, el pensamiento y el proyecto martiano, estaba a favor de la más justa convivencia humana, y era totalmente superior a lo que la civilización de tipo imperialista imponía en la ciencia y en las costumbres del mundo de entonces. Era imposible separar a la libertad, Cuba republicana, la nación, José Martí, de las ideas de igualdad y antirracismo. Después de aquella conmoción social iniciada en 1895 se vivió una nueva etapa de la construcción racial y del racismo en Cuba, que fue menos desfavorable en la práctica para los no blancos, a pesar del profundo retroceso que trajo la época postrevolucionaria en este campo, respecto al gran avance que había significado y planteado la Revolución.

Hay algo muy trascendente que añadir. La doble autosubestimación que engendran entre los no blancos el colonialismo y el racismo en un pueblo colonizado fue quebrantada por las prácticas y por las nuevas visiones del mundo promovidas por la Revolución, y por el orgullo emergente de participar en la creación de una nación republicana. La ley, el sistema y las ideas políticas, ciertas organizaciones sociales y las percepciones de la nación fueron definidamente integracionistas, fuera esto recibido con entusiasmo, o lo fuera con resignación. Establecida sólo 16 años después de la emancipación de los esclavos en una sociedad colonial y de castas, la República significó logros ciertos, un arsenal simbólico que asociaba el origen mambí y el estado nacional con la igualdad racial y un espacio real para la lucha por el ascenso social y el reconocimiento de derechos.

A pesar de todos sus recortes y sus mezquindades aquella instauración republicana no fue nada despreciable para los humildes y para la gente sencilla de Cuba. En las épocas postrevolucionarias la gente común trata de sostenerse, conservar lo más posible un lugar en las nuevas circunstancias, transigir respecto a lo que parece imposible obtener, y seguir adelante. Lo que a mí me parece más notable es la capacidad popular de sobreponerse a las frustraciones y ejercer la ciudadanía en toda la medida que le fue posible, la lucha de grupos sociales por sus demandas inmediatas y sus identidades, y el predominio de un nacionalismo sin xenofobia, que relacionó el pasado con un ideal que debía ser realizado: la combinación de la capacidad de continuar bregando y la proyección hacia el futuro del patriotismo cubano.

Desde esos puntos de partida podemos reexaminar lo que yo llamo la primera República cubana, que puede ser considerada con toda justicia de neocolonial. El hecho palmario del dominio de Estados Unidos sobre Cuba fue decisivo en aquella coyuntura y operó de una manera u otra durante los 60 años siguientes; de una forma u otra también la mayoría de las personas en Cuba siempre estuvieron muy conscientes de esa realidad, y se atuvieron a ella.

La burguesía de Cuba, sin embargo, es menos recordada. Después que sucedió la revolución cuya sola idea la horrorizaba, esa burguesía aceptó la intervención norteamericana como el evento eficaz que les evitó la obligación de llegar a un arreglo con los mambises victoriosos, que pudiera limitar sus ganancias y su lugar social. Se acogió enseguida a las relaciones de subordinación que le impuso Estados Unidos, y se convirtió en su socio y su dependiente. Obedeció y mandó a la vez, pero veinte años después los términos de la relación neocolonial eran más duros que al inicio, y a fines de los años 20 se terminó la etapa de 150 años iniciada en el último cuarto del siglo XVIII, en que la exportación creciente de azúcar, y la consecuente inmigración masiva a Cuba, habían sido el centro de su dinamismo económico.

Pero no es necesario tenerle lástima a la burguesía de Cuba. Ellos vivieron su segunda edad de oro en esta primera República, como se puede apreciar en el Vedado, en Miramar, o en el fastuoso Capitolio. Compartieron ganancias y propiedades con los empresarios norteamericanos. Explotaron masivamente el trabajo de los cubanos y de un nuevo millón de inmigrantes. Apelaron a todos los medios para mantener en el mayor control posible a los trabajadores, a los campesinos y demás sectores populares. Gozaron de pasmosas riquezas. Formaron poderosas corporaciones y utilizaron el nuevo estado para viabilizar, proteger e impulsar su negocio, enriquecerse y sostener clientelas políticas que facilitaran su hegemonía sobre la sociedad. No se propusieron ni un proyecto nacional de desarrollo, ni defender la soberanía nacional, ni la calidad de la vida de la población. Fueron mezquinos, con más visión de sus intereses inmediatos que de su papel como clase dominante. Por primera vez fueron la clase dominante de Cuba, en todos los aspectos principales: la economía, la política y la capacidad de reproducir su interés como interés nacional. Mas tuvieron que pagar sus precios. Siendo una clase dominante dominada, no lograron apropiarse de la gesta nacional y de sus símbolos, esa operación que después de una revolución le permite a la nueva dominación mostrarse legítima; no lo consiguieron. No lograron convocar ni conducir a todos: no pudieron ser una clase nacional.

Sin embargo, se beneficiaron con las consecuencias del nuevo orden y aprendieron a utilizarlo. A los ojos de la opinión, demás de ser limitadas, la independencia y la soberanía estaban en perpetuo riesgo de perderse frente a Estados Unidos. Así el nacionalismo, la ideología dominante entre los cubanos, podía ponerse en frente de la lucha por una justicia social o por una justicia racial, y eso sucedió muchas veces. La Enmienda Platt también permitía mostrar que las demandas de los trabajadores, o de los negros y mulatos, se levantaban como conflictividades sociales peligrosas para la conservación de la nación.

Aquella República iniciada en 1902 fue una República burguesa neocolonial, y le llamo así por razones conceptuales, no de manera coloquial. No lo hago por sumar epítetos, es para tener instrumentos para la investigación. La eliminación del aspecto burgués nos hace correr riesgos en la comprensión de aquella república, y por tanto de la historia de Cuba. Y lleva a  la sustitución del conocimiento por prejuicios o lugares comunes, como esas antinomias con las que de manera facilista se ha llegado a la falsear la interpretación de nuestra historia: “patricios contra esclavistas”, “cubanos contra españoles” y “cubanos contra imperialistas”. De ese modo se establece la actuación de bloques que en realidad nunca existieron, y puede imaginarse a los cubanos como una falange patriótica, exceptuados los que serían por tanto malos cubanos o traidores. Desaparece de la escena histórica la clase de los burgueses cubanos, una clase que fue explotadora del trabajo, sometida, racista y, cada vez que fue necesario --le agradara o no a miembros de la clase--, fue antinacional.

Hay un potencial conflictivo en todo cuadro de hegemonía. La hegemonía en Cuba, a lo largo del período de medio siglo al que nos estamos refiriendo hoy, tuvo que formarse a partir de dos situaciones postrevolucionarias, la de inicios de siglo y la que creada después de la Revolución del 30. Ambas constituyeron un complejo en que elementos de la cultura popular, en sus usos y representaciones políticas, se ligaron con elementos propios de la clase dominante. No podía ser de otro modo. Hubo que llegar a negociaciones reales, y hacer cambios reales. Esto hacía más difícil una nueva Revolución, pero implicó un camino de desarrollo de la cultura política de los cubanos superior a su economía. Entre sus principales consecuencias estuvo que la democracia republicana fuera verdaderamente notable; que tuviera gran importancia la idea de que es posible obtener cambios reales por vías legales, cambios favorables incluso a las mayorías, sobre todo en los años 40 y 50; y que la población acumulara una capacidad de plantearse una meta muy superior a la sociedad existente, como realización del destino nacional.

La idea de que había que evitar otra revolución, una y otra vez presente, tenía una contrapartida lógica: si sucediere, tendría que ser tremendamente profunda. La ruptura de la institucionalidad producida por el golpe de estado de marzo de 1952, y el empecinamiento de la camarilla batistiana de no franquear después el retorno a un orden de manera convincente, fue el error del siglo para las clases dominantes, la burguesía de Cuba y el imperialismo de los Estados Unidos. Entonces no apareció una clase revolucionaria, sino una generación que comenzó la revolución socialista de liberación nacional. Esa es otra historia, que no es la que estamos tratando hoy aquí.

Conferencia pronunciada durante el evento "La intelectualidad cubana piensa el siglo XX", convocado por la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz y celebrada el jueves 9 de mayo en la Universidad de La Habana. Esta intervención, junto con el resto de las ponencias, aparecerán próximamente agrupadas en un libro.


2002. La Jiribilla. Cuba.
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu