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LA
JIRIBILLA No creo que la presencia norteamericana en Cuba, financiera y militar, fuera tan sólo esto, fue también, y en tanto que abierta dominación, y por eso mismo educación para la insumisión. No puedo hablar, naturalmente, de tantos y tantos compañeros que formaron y forman parte de la lucha revolucionaria, y menos en nombre de la experiencia que tuvieron los que nacieron y crecieron y se hicieron adultos en otras provincias. Yo, habanero hasta el tuétano, debo decir que vi, de muy pocos años, la escuadra americana frente al malecón, donde vivía, y vi así, con mis ojos de niño a los marines norteamericanos invadiendo la ciudad, y no ya cuando adulta mi generación debió afrontar a los marines tras insultar, bárbaramente, burda la memoria martiana.
Mi familia era
guiterista. Desde mi casa se tiraba ingenuamente, con
carabina, a la escuadra americana, y aunque las balas
cayesen al mar, lógicamente, me siento orgulloso de
haber vivido ese hecho. Esa presencia militar de la
escuadra americana frente a nuestras costas, creo que
profundizó en la conciencia, no solo en la mía, sino en
la de tantos jóvenes habaneros, un sentido del
patriotismo que ya nos venía desde la escuela. La
escuela fue muy importante en la República, no importa
si pública o privada, los maestros solían ser maestros
de verdad. Los viernes de educación cívica, aunque
también el resto de los días, eran viernes de
patriotismo, días en que se nos educaba en el amor a
José Martí y a su pensamiento, en que se nos enseñaba a
leer y a amar la imagen y las enseñanzas de nuestros
patriotas. Creo que esta generación tenía como decisión
luchar por la verdadera independencia de Cuba. Y ese
poder germinador de la educación, de los referentes
visuales, de las experiencias políticas, y la conciencia
adquirida en una mayor edad, hizo de nuestra generación,
la que podía protagonizar, digo en La Habana, la
revolución.
A Cuba llegaron menos
españoles republicanos, pero los que llegaron han dado a
Cuba también, y dieron a nuestra generación, toda su
experiencia, todo su talento, toda la vivencia de
quienes tuvieron que enfrentar el fascismo por primera
vez. No voy a hablar de la enorme figura de María
Zambrano, sembrando en el grupo Orígenes, no poco de lo
que Orígenes pudo darnos después. Hace poco encontré,
en una librería en Madrid, la noticia y una colección
valenciana que me permitió apreciar que se comenzaban a
valorizar en España a algunos olvidados, —aunque no
olvidados por nosotros. Entre ellos a Juan Chabás y a
Luis Amado Blanco, quienes dejaron, con María Zambrano,
con Gustavo Pitaluga o Mira y López y con otros que
hicieron pequeñas estancias, entre ellos nada menos que
Juan Ramón Jiménez, una huella tremenda en las jóvenes
generaciones de aquella época. En aquellos años todos
éramos hijos o nietos de españoles, tal vez no los
negros, más puramente negros, pero todos los mestizos
también eran nietos o hijos de españoles. Es decir, un
por ciento grandísimo de la población cubana era de
algún modo de raíz española y esa población quedó
polarizada por los avatares de la República española,
como en aquel país sucedió con falangistas y
republicanos. En nuestra juventud, esa experiencia marcó
una fuerte impronta. Esta República en que vivíamos era
realmente muy compleja y en ella se reflejaba el mundo.
Yo creo que el
análisis de esa época requiere ver toda su complejidad,
y porque creo en ello no quiero dejar de decir que esta
generación sentía que necesitaba a José Martí, y no
sabía dónde estaba José Martí. He contado en otras
ocasiones, que en mis primeros días en la Universidad,
cuando conocí a Fidel, tampoco supe que ya había nacido
el líder de la revolución. Pero de algún modo lo
presentí. En mi primer encuentro con él, cuando al
regresar hablé con mis amigos —yo había sido dirigente
en la segunda enseñanza y llegué a la Universidad con la
aspiración de entrar en la FEU, tenía conciencia de la
fuerza que la FEU irradiaba—, dije, y eso lo recordaron
muchos: “He conocido a un joven que tiene tanta fuerza
en sí mismo que será José Martí o quién sabe quién”. “No
puede ser uno más.” Pasaron unos meses, pasaron años,
seguimos cultivando nuestra amistad, tuve la suerte que
se enamoró de una muchacha de mi candidatura en la
Escuela de Filosofía, de Mirta, y eso nos acercó aún
más, y un día comprendí, como otros comprendieron, que
ya teníamos el líder. Debo decir que cuando éramos muy
jóvenes, estoy hablando de antes de la campana de
La Demajagua, Fidel tenía ya conciencia, y lo discutíamos
entre nosotros abiertamente, de que era necesario el
poder, no para servirse de él, sino para servir a través
de él. No puedo ser injusto estaba olvidando a Raimundo Lazo, que fuera otro de mis profesores. A Emilio Roig de Leuchsenring, que tampoco era profesor de la Universidad, todos nosotros íbamos a visitarlo, a escucharlo, a robarle libros. Nunca podré olvidar a esa generación de intelectuales que jugó un papel decisivo sobre nuestras conductas. Con esas personalidades que le dieron significado a estas aulas, no logro sentir que era una Universidad burguesa. Era una Universidad que sufría las consecuencias de la estructura de la sociedad cubana de la época. En la escuela de Filosofía apenas había negros, y como casi todas eran muchachas de dinero apenas había negras. En cambio, buscando un camino para ascender en una sociedad de clases, encontrábamos negros y negras en la facultad de Pedagogía. Algunas veces empezaban Filosofía y terminaban en Pedagogía. Eso es verdad, pero es verdad también que esa FEU creó inmediatamente el Comité de lucha contra la discriminación racial y que se libraron batallas descomunales no solo en el ámbito universitario sino en todo el país.
La vida de cada
individuo es muy compleja. Por eso tenemos que situarnos
en la piel del otro para entender, comprender y amar. No
debemos ver jamás aquella época tan compleja como un
monolito. Tampoco ésta, que es igualmente compleja. No
existen monolitos ni en la historia ni en la partícula
más insignificante de una vida. |
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