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LA
JIRIBILLA El secretario sacó la pluma del tintero y esperó. Como buscando las palabras, el Sr. Gobernador dio varios pasos en una dirección y en otra, delante del inmenso buró que presidía su gabinete. Por fin se detuvo, aclaró su garganta, y con la vista fija en algún punto indeterminado del gran salón y ademanes de orador, empezó a decir: “ No hicieron serias objeciones a ninguna de las cláusulas excepto a la quinta, que se refiere a la Estación Naval, y la tercera sobre intervención para mantener un gobierno estable que, en consonancia con el Tratado de París, proteja la vida y propiedad. Les dije que los Estados Unidos asumen ese deber por virtud expresa del Tratado. No creo que la oposición a ello revista demasiada formalidad”. Se interrumpió y volviendo sobre sus pasos se encaminó hacia el ancho ventanal que daba a la Plaza de Armas. La fresca brisa de finales de febrero le inundó los pulmones y por un momento imaginó que aquel balcón era la cubierta del Kanawha, el yate de la flota en que solía recorrer la isla. Debajo de la mole de acero de los cañones del buque que apuntaban hacia la floresta de la Ciénaga de Zapata, vio las caras consternadas de los cinco comisionados encargados de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, después de escuchar el boceto de Enmienda enviado por el Secretario de la Guerra estadounidense. En las orejas del gobernador resonaron, en voz del traductor, las palabras de aquel mulato con gafas, el tal Juan Gualberto Gómez: “Esa propuesta se contradice con la Joint Resolution aprobada por su gobierno. Es absurdo pretender tal cosa”. Abajo, del otro lado de la Plaza de Armas, casi desierta a esa hora de la mañana, empujando un carro de basura, un negro con la cabeza cubierta por un sombrero de anchas alas, recogía las hojas caídas de los árboles. “Esa es mi obra”, pensó el General Wood y agregó en voz baja: “¿Puede haber sobre la tierra un pueblo más ingrato que este?” IIEl más profundo silencio llenaba el teatro Irioja. Sólo se escuchaba la voz del doctor Diego Tamayo, el encargado de comunicarle al resto de los asamblearios los nuevos aspectos de la Enmienda. El gobierno estadounidense no se conformaba con unas cuantas estaciones navales y el derecho de intervenir en los asuntos concernientes a Cuba, sino que además, ahora, adicionaba la condición de omitir de los límites del país a la Isla de Pinos. Cuando el señor Tamayo terminó su intervención, de las lunetas brotó una ruidosa exclamación de indignación. La cólera y el pesar expresados a gritos por los constituyentes, resonaron durante un buen rato entre las paredes del teatro. No había servido de nada que el Gobernador Militar norteamericano de La Habana se llevara consigo, para evitar la caldead atmósfera política de la capital y las repercusiones que podía tener en ella la mala nueva, a los comisionados a cazar cocodrilos al exótico paraje de la Ciénaga de Zapata. Igual de inútil resultó el deseo de la Convención de discutir a puertas cerradas los problemas referentes a la Enmienda. A los periodistas y comerciantes que desde los alrededores del teatro, seguían con oído atento el más mínimo rumor que se filtraba por las ventanas, les fue imposible no escuchar el rugido de odio propalado por la constituyente. Como pólvora, la protesta cubana se regó por la ciudad y el 2 de marzo de 1901 hizo estallar la Santa Bárbara de la vergüenza isleña. Desde la entrada del Ejército Mambí no se había visto tanta gente reunida en las calles habaneras. Más de quince mil personas visitaron a la Convención y al gobernador Wood para expresar el deseo del pueblo cubano de ver cumplidas satisfactoriamente sus aspiraciones de crear una república absolutamente libre, ordenada y estable, conforme a la Joint Resolution acordada por las cámaras americanas el 20 de abril de 1898. Desde entonces, durante tres meses, el país, como un gran cuerpo, vivió pendiente de las señales enviadas por el cerebro de la nación, los elegidos por el pueblo para defender su soberanía e intereses: la Constituyente. Por un tiempo todo había marchado a favor de la independencia. Los representantes de los cubanos, creadores de una constitución bastante similar a la norteamericana, parecían inspirados por las palabras pronunciadas por Hancock el 4 de julio de 1776 cuando firmó como presidente del Congreso Continental en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “Debemos conservarnos unánimes. No se trata aquí de marchar por nuestro camino y sí de agarrarnos los unos a los otros”. Ese mismo día Franklin le replicaba: “En efecto, porque no agarrándonos juntos, nos agarraran separadamente, a todos, por el cuello”. Pero las cosas no continuaron por tales derroteros. Los eufemismos y las presiones norteamericanas empezaron a hacer efecto. En uno de los envíos de la abarrotada estafeta del señor gobernador podía leerse: “Les he manifestado con franqueza, aunque con carácter no oficial, que los Estados Unidos piensan cumplir en Cuba con su deber y con liberalidad, y les aconsejo que no aparezcan dándole poca importancia o ignorantes de lo que han hecho los Estados Unidos a favor de Cuba. El elemento político es un grupo desagradecido que únicamente aprecia la mano fuerte de la autoridad, y si se hace necesario debemos mostrarla.” La mano fuerte de Washington no pudo ser más evidente. Antes que finalizase en Cuba la discusión de la Enmienda Platt, las cámaras de la Unión y el presidente McKinley la habían convertido, con su voto, en una ley de los Estados Unidos. En realidad, quedaba muy poco por discutir. O se salvaba la república atada al ancla de la Enmienda o se hundía el barco republicano. Del cerebro de la nación se apoderó una vieja locura histórica. Dividida por la esquizofrenia política del separatismo y el anexionismo, la opinión se fragmentó en dos. De un lado, aquellos que en defensa de la independencia repetían los radicales argumentos de Juan Gualberto Gómez y Salvador Cisneros Betancourt. Del otro, los partidarios de Giberga, el defensor de las ideas transigentes de los comerciantes e industriales y la Sociedad Económica del País. En cafés, teatros, paseos, calesas, y hasta en las camas, se repetía la misma discusión. —Según Giberga —aseguraba un tabaquero español es una de las esquinas del Paseo de Prado—, si se acepta la Enmienda podremos comerciar libremente con los Estados Unidos. Sería como tener un único mercado. —Si se acepta la Enmienda — le ripostaba un ex mambí— entonces, ¿para qué nosotros hicimos la guerra? Ya nos quitaron las armas. No dejemos ahora que nos quiten también la vergüenza. El debate nacional culminó el 12 de junio. El contagio del abatimiento y la desolación proveniente de la Convención se apoderó del alma de los verdaderos cubanos. La Enmienda Platt había sido aprobada. Bien había dicho el general Lacret en la Convención días antes: “Tres fechas tiene Cuba. El diez de Octubre de 1868 aprendimos a morir por la patria. El 24 de febrero aprendimos a matar por la independencia. Hoy, 28 de mayo de 1901, día para mí de luto, nos hemos esclavizado para siempre con férreas y gruesas cadenas”. A los cubanos, definitivamente, los habían cogido por el cuello. IIIEl secretario sacó la pluma mojada del tintero y esperó. El señor Gobernador Militar de La Habana, apoyado en la baranda del balcón, permanecía en silencio. A sus pies, por la Plaza de Armas, una patrulla de la policía montada hacía su recorrido habitual. Más allá, junto al foso del castillo de la Fuerza, un grupo de marines limpiaba las casas de campaña que le servían de dormitorios; un poco más allá, otros descargaban un carretón cargado de cajas de municiones. El torso descamisado les brillaba por el sudor. El calor de junio era infernal. “Por supuesto que a Cuba —empezó a dictar el General— se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt. Con el control que tenemos sobre Cuba, un control que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve controlaremos el comercio de azúcar del mundo. Creo que es una adquisición muy deseable para los Estados Unidos. La isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo...” De pronto, se interrumpió. Le vino a la mente la conversación sostenida, dos años atrás, con McKinley. El presidente le había dicho: “ Quiero que prepare al pueblo de Cuba para una forma de gobierno republicano”. Lo invadió la duda. ¿Había sabido cumplir las ordenanzas del mandatario? Su mano estaba en todos los rincones de la isla. En las nuevas escuelas, en la limpieza de las calles, en las banderas cubanas que él dejó izar, en los edificios públicos, junto a la norteamericana y sobre todo, en el nuevo gobierno a punto de formarse. —Yo —dijo en voz alta— le he enseñado a este pueblo lo que es la democracia”. —¿Perdón, su excelencia? —preguntó a sus espaldas el secretario quien no había alcanzado a escuchar sus últimas palabras. En una impecable media vuelta, el Gobernador se volvió hacia su escribiente:
—Es todo —ordenó. |
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