LA JIRIBILLA
LA HISTORIA, LA VIDA
Y LOS CENTENARIOS

Enrique Ubieta Gómez
  | La Habana


Cada vez que escucho o leo a esos intelectuales orgánicos del capitalismo, promotores de un llamado nacionalismo suave, desentendido de la historia nacional y de sus héroes, apologistas de una globalización que llena las arcas metropolitanas, como antes, como siempre, y el bolsillo de unos pocos, recuerdo la existencia de esos movimientos cíclicos que rescatan del mausoleo a los fundadores de la rebeldía: Martí, Tupac Amaru, Sandino, Zapata, Bolívar. Vuelven renovados, porque lo que une a los grandes hombres de cualquier época no son sus ideas, históricamente enmarcadas, sino el afán transformador, la responsabilidad ética, el salto sobre el abismo. Eso son o fueron los martianos, los tupamaros, los sandinistas, los zapatistas, los bolivarianos. Circunstancia que reafirma la vigencia de una contradicción que los apologistas del sistema intentan ocultar o desacreditar, suponiéndola parte de una retórica superada: la que opone y hace depender mutuamente a explotados y explotadores, a colonizados y colonizadores. Todavía somos un continente por libertar. Y, periódicamente, nuestros héroes son llamados al combate.

 

Pero si en la calle y en los espacios estudiantiles se les llama, en las oficinas y en las cátedras se les destierra. Hace algunos meses constaté en una universidad latinoamericana el patético divorcio que existe en algunos sectores académicos entre teoría y práctica. Mientras los profesores citaban con acertada corrección los textos de autores reconocidos y divulgados unos días antes, quizás unas horas antes, en el Primer Mundo, sus alumnos clamaban en pancartas y grafitis que tapizaban los pasillos de la institución por la excarcelación de dos de sus condiscípulos, y mostraban con orgullo el rostro de los héroes desconocidos. Significativamente, esos defensores del “nacionalismo suave”, aceptaban, solicitaban, la intervención norteamericana en Caracas, para deponer a un presidente que fue elegido según las pregonadas normas de la democracia representativa, y exigían enfurecidos la celebración del centenario de un triste compromiso, que marcó el nacimiento del Estado neocolonial cubano, considerado por algunos historiadores y por muchos de sus protagonistas como un Protectorado.

Sí, había corrido mucha sangre en 1898 para que los norteamericanos pudieran fácilmente arrebatarle a Cuba la independencia. A pesar del intenso cabildeo de los reformistas, que pretendían anexar el país a la Federación del Norte, la independencia absoluta era “la ilusión del día, fomentada por los ‘patrioteros’ y acariciada por la turba mulata”, según palabras de Gálvez, el flamante presidente del Partido Liberal Autonomista. El Gobierno norteamericano tuvo que izar la bandera cubana el 20 de mayo de 1902, después de imponer en nuestra primera Constitución un Apéndice que disminuía y condicionaba la libertad ganada. Después, sí, tuvimos grandes hombres, y el pueblo transitó un camino hermoso y difícil que lo condujo a una Revolución verdadera, reparadora de sueños.

En vísperas de ese centenario quiero abandonar el gabinete, salir a la calle. James Carter, ex presidente de Estados Unidos, visita el país que sus antecesores neocolonizaron, y no se pudieron tragar. Su visita, quizás, ayude a los nuevos gobernantes a comprender que son otros los tiempos, y que deben mirar a su pequeño vecino con respeto. Esperaré la fecha que previó y no pudo evitar Martí, en el sitio exacto donde aún sangra la herida de 1902: en la Brigada de la Frontera, a pocos metros de la Base Naval de Guantánamo. Allí cumple el servicio militar mi hijo mayor. Él y sus amigos son muchachos que apuestan por la paz, pero no le temen a la guerra impuesta. El día anterior, 19 de mayo, será un aniversario más de la muerte en combate del Apóstol cubano. Y visitaré Playita de Cajobabo, una franja de arena entre rocas que cierra un farallón, el lugar por donde desembarcaran Martí y Gómez en 1895. Los circunspectos académicos del llamado “nacionalismo suave” brindarán por otro 20 de mayo y olvidarán, entre citas eruditas y gráciles piruetas ensayísticas, la historia de la patria. Pero una vez más los héroes relegados volverán como fantasmas sobre Rocinante: Tupac Amaru, Bolívar, Martí, Zapata, Sandino, el Che. América, todavía, es un continente por libertar.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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