LA JIRIBILLA
Laberíntico
 

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir.

J. L.Borges


Vasily Mendoza Pérez
 
El muchacho de la boina oscura esperó a Pepa toda la mañana recostado en el muro de su casa, silbando Si me pudieras querer con una cadencia melancólica. Estaba preocupado, nervioso, no imaginaba cómo reaccionaría ella al enterarse de todo. Le daba lástima, llevaban tanto tiempo juntos que jamás pensó que fuera a terminar así... Nadie lo miró a pesar de su ropa extravagante y de la luminosidad que desprendía. Dos mujeres pasaron comentando el fatal accidente ocurrido a unas cuadras de allí. Las escuchó sobrecogido. «Bien podría dolerme la cabeza o las costillas.» El mundo le parecía distante como cuando despertaba de pronto de una pesadilla, «a lo mejor, esto es parte de una pesadilla». De golpe, unas manos le taparon los ojos; unas manos que él conocía muy bien, que eran de ella.
Pepa lo vio muy mal, tuvo que ayudarlo a entrar a la casa. Él apenas reconocía la habitación, la luz en el rostro de ella. Volvió a pensar que estaba soñando y quiso despertarse. Se quedó sentado en la cama, mirándola; ella dejó la cartera en un rincón y le dijo:
—Hoy he pasado un día terrible en el trabajo. Tenía ganas de verte —él no dijo nada—. ¿Sabes quién pasó por la consulta? Milce. Estaba tan rara, yo creí que venía a avisarme de alguna desgracia. Pero no habló casi. Supongo que eran ideas mías.
Sin embargo, él no podía atender a lo que le decía. Movió la cabeza de una esquina a la otra de la habitación; esbozaba una cruz en el aire con sus dedos. Le importaba que ella no se impresionara mucho cuando por fin se decidiera a decirle lo que tenía que decirle. Pepa, sin parar de hablar, se quitó la ropa y los zapatos, que colocó correctamente en su sitio; se metió en el baño, desde allí lo escuchaba murmurar alguna cosa de vez en cuando.
—Pepa, dicen que cuando uno se muere, vuelve a vivir todo el pasado —le dijo finalmente.
—¿Y quién lo dice?
—Yo creo que es cierto —tocaron a la puerta, él siguió hablando sin prestarle atención a quien llamaba—. La memoria es infinita, es bueno saber que un día voy a acordarme de todo, hasta de lo más insignificante.
—¿Alguien está tocando en la puerta? Mira a ver.
—Me acuerdo del día en que nací, estaba lloviendo y mi madre lloraba. Unas manos frías me sujetaron la cabeza y me jalaban. Sentí dolor...
—¿Cómo...?
—También me acuerdo de la primera vez en que me vi en un espejo... Lloré mucho, estaba tan impresionado que no dormí durante días.
—Mira que inventas cosas. ¿No estaban tocando por fin?
—No, no —dijo él dejándose caer de espaldas.
Ella salió del baño, fue hasta la sala y vio un papelito que le habían echado por debajo de la puerta. Cuan do lo abrió supo que sus amigas habían pasado a verla, que querían hablarle con urgencia, que más tarde volverían.
—¿No escuchaste que tocaban en la puerta? —él no dijo nada—. Parece que hoy todo el mundo quiere verme. Cuando venía para acá, me encontré con Italia y también trató de decirme alguna cosa.
Fue a sentarse al lado de él, quiso besarlo, nunca había sentido tantos deseos de hacerle el amor como en ese momento. Pero generalmente, era él quien tomaba la iniciativa.
—Te noto extraño. ¿Mi pajarito quiere ya su comida argentina? —le preguntó sin dejar de mirarlo.
Él cerró los ojos para que los recuerdos fueran más vívidos; quería recordarlo todo. La realidad se le escapaba de la mente, la confundía con los sueños. «Vendré a verte todos los días», le dijo, «a esta misma hora». «Eso espero, por tu bien», ella le sonrió. «Te diré las mismas palabras, haré los mismos ademanes con la cabeza, tú volverás a reír y entrarás una y otra vez al baño.» «Qué estás diciendo», ella se sorprendió un poco, «pareces un loquito, ¿quieres ya tu comidita argentina?» Él pensó, «estoy soñando, estoy soñando, en cualquier momento despertaré», pero sólo para no aceptar lo que le estaba sucediendo. A Pepa le preocupaba la forma en que hablaba, «¿te pasó algo en el trabajo?»
—Te parecerá raro, pero te pido que me perdones por todo el daño que pude haberte hecho.
—¿Qué dices, niño? Empiezas a inquietarme.
—Sí, te pido que me perdones por todo. Recuerdo la tarde en que te dejé sola en casa de Pablo para irme detrás de...
—Yo lo olvidé mi amor, te juro que no me acordaba... eso fue mucho antes de comenzar la relación.
—Pero yo no pude dormir pensando en que era un canalla. Me acuerdo muy bien de lo que tú sufriste por lo de...
Ella le pidió que se callara y corrió al baño. Mientras se lavaba la cara, trató de pensar en todo lo que él le había dicho. Recordó la noche en que él regresó del trabajo diciendo que había presenciado, en una esquina, la muerte de su mejor amigo, de Pablo, al que después ella vio en la parada de la guagua y conversaron.
—¡Ah! —dijo ella—, cuando venía para acá, vi un tumulto en la otra calle, un motociclista había chocado con una guagua y...
Él tragó en seco, y al pasarse la mano por los ojos se dijo que era el momento de hablar.
—Fue terrible, había mucha sangre, todos gritaban, después vino el silencio y todos estaban ahí, muertos.
—Se ve que eres escritor —le dijo ella al tiempo que se sentaba a su lado y le sonreía para llamar su atención—. ¿Mi pajarito quiere ya su comida argentina?
El muchacho miraba al techo tratando de encontrar en esa superficie arrugada y blanca las palabras menos duras, «quizás, se empiezo hablándole de la muerte...» La miró como si mira un objeto distante, confuso; le comenzaban a doler los brazos, el cuerpo, la boca le temblaba.
—Tengo miedo —le dijo—. Dicen que cuando uno se muere...
Ella entonces le agarró una mano que él no se dejó acariciar.
—¿Qué tienes?
A la pregunta sobrevino el silencio, la memoria despeñándose en imágenes. Todo era pasado, presente, el caos.


La guagua dobla con brusquedad por la avenida de Las Flores. Hacia el frente, un motociclista cruza el entrecalles pensando que le dará tiempo. El chofer injuria al motociclista, después cierra los ojos, da un timonazo, se aferra al asiento, pero inútilmente. Alguien estornuda. Alguien advierte la catástrofe. Alguien acaba de resolver el laberinto de las encarnaciones, «cuando uno se muere vuelve a vivir todo lo pasado». Sucede un silencio. El ruido que debían hacer los cuerpos al caer queda apagado por el impacto de la guagua primero con un poste, después con las casas de la esquina. Viene un estado de quietud, de vacío, una luz cegadora, la sensación de decadencia, como dormirse tras un esfuerzo excesivo. Sentir que la vida es un laberinto en el tiempo. Todo es cansancio. Luego, a repetir cada cosa olvidada: la realidad de la guagua, el hombre de la moto, la casa inundada de sombras y recuerdos, quedarse esperando a la amante en el portal de su casa silbando una melodía confusa. Sentir que la vida es el final de un laberinto.


El muchacho de la boina oscura se quedó dormido en los brazos de ella que lo acariciaba mientras pensaba en las veces en que él se hizo el muerto para obligarla a quererlo más, a no tardarse cuando salía de casa y lo dejaba durmiendo, a no olvidarlo nunca, nunca.
Y viéndolo dormir, tan tranquilo, tan ausente, se dormió ella también. Unos golpes en la puerta la despertaron. Se levantó sin hacer ruido, él dormía, tan lindo. Eran sus amigas. En sus rostros reconocí el susto y la desesperación; comenzó a inquietarme. Con voz baja, para no impresionarse demasiado, le dijeron toda la verdad, que aceptó como una broma. Las despidió con un portazo. Más no se atrevía a volver al cuarto, no sabía por qué; estaba asustada. Pensó que todos se habían vuelto locos. Luego corrió al cuarto como si no le quedara más tiempo. Había comprendido demasiado tarde.
Lo llamó muchas veces; lo buscó hasta que la luz de la mañana abarcó la cama vacía, desarreglada, «¿mi pajarito quiere ya su comida argentina?, murmuré.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu