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LA
JIRIBILLA
ACERCA DE EXPEDICIÓN
Desde que me hice expedicionario, la música de las
esferas trajo un sortilegio desde lo profundo y lo
infiltró. Pero quiero hacer ver algo más que un
aletargado equilibrio cósmico, pretendo que hablen las
singularidades.
Silvio Rodríguez
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La
Habana
Ya una vez dije que había empezado a componer porque
quería escuchar canciones que no se habían escrito. Eso
es estrictamente cierto. Yo era un recluta en un remoto
campamento militar, solo con la noche y sus deseos.
Puede que por eso aquellas primeras canciones me
parecieran los partos más dolorosos de mi vida. Porque,
como apenas había aprendido un par notas, veía que mi
saber eran tan pobre que ni remotamente alcanzaba las
voces que me cantaban los deseos.
Esta insuficiencia me llenaba de pesar y entonces me
decía: cuando sepa un poquito más, lo voy a conseguir.
Luego pasaba que, cuando aprendía algo nuevo, volvía a
repetirme lo mismo… Así fue que sin darme cuenta, pero
también queriendo, la necesidad del balance autocrítico
se me fue volviendo indispensable luego de cada paso. La
escasez, el apremio que produce el vacío es como una
forma de adquirir noción de menester.
Cuando salió mi primer disco, hacía ya 8 años que había
adoptado el oficio de cantor y al menos 10 que componía.
Por entonces en una placa cabían muy pocos surcos,
demasiado pocos para la necesidad de mostrar que yo
acumulaba. De varios cientos de canciones empecé por
reducirme a media docena, que me parecían
imprescindibles. Después, en la medida en que las iba
grabando y constataba que una forma de expresarme había
quedado expuesta, fui sumando canciones que
ejemplificaban mis otras cuerdas expresivas. Cuando
llegué al número de 11, todavía me faltaba una para
tener un muestrario ideal, para cubrir, pensaba yo, el
diapasón de emociones que la música que yo hacía era
capaz de sugerir. Entonces, una vez más, tuve que hacer
la canción que me faltaba.
Mi única certeza era que debía ser para cuerdas, pero no
tenía la música y mucho menos las palabras. Entonces,
basándome en el siempre noble patrón de la habanera,
empecé a estructurar ?en mi menor? una atmósfera
romántica lo suficientemente extensa como para poder
narrar una historia. Primero expuse el tema con un
piano, porque tenía la suerte de tener a Emiliano
Salvador como amigo, y una vez terminada la grabación me
di cuenta de que “En el Claro de la Luna” era lo que
completaba mi primer disco. Respecto a la letra, desde
el inicio había esbozado algunas ideas, pero todas
acabaron siendo un picotillo de papelitos. El texto que
se conoce lo escribí al lado del micrófono, a la hora de
cantar.
Así que por necesidad, por carencia, a finales de 1974
inauguré una nueva forma de hacer mis canciones. Desde
entonces he grabado más de una decena de discos y
siempre las estructuras de las obras guiaron las
orquestaciones, sin excepción. Unas veces concebí los
arreglos completamente y las veces que otros músicos
orquestaron mis temas, tuve la suerte de contar con
sensibilidades hermanas o cuando menos con profesionales
muy sagaces y respetuosos de la música original. Creo
que los colegas que han colaborado en este sentido
conmigo no se han sentido arreglistas, incluso porque
así lo han manifestado. Por mi parte después de “En el
Claro de la Luna” nunca más se me ocurrió componer un
tema expresamente para un disco y mucho menos en aquella
forma: la orquestación primero y las palabras después.
Lo de guiarme por la música para escribir las letras sí
ha sido más o menos un patrón fijo. Ya he dicho que me
resulta muy trabajoso componer a partir de un texto y,
aunque en alguna ocasión lo haya hecho, no creo que los
resultados se sumen a mis canciones mejor equilibradas.
En “Expedición” la insuficiencia volvió a jugar su papel
motivador. Porque “Expedición” es la necesidad de
continuar explorando lo comenzado aún antes de mis
primeros discos. Me refiero lo mismo a escribir
canciones como a mis primeros pasos orquestales con el
GES, línea de trabajo a la que traté de dar continuidad
en la poca música incidental que pude hacer
posteriormente. Entre ellas, por sus resultados,
recuerdo siempre la música que compuse para la teleserie
“Cabinda”, de Jorge Fuentes. Sin embargo todas estas
colaboraciones fueron muy aisladas y no pudieron
resultar una suma formadora, ni adentrarme, con un pulso
sostenido, en las riquezas del oficio de componer para
orquesta.
La verdad es que he pasado prácticamente la mitad de mi
vida sobre un escenario; eso me ha impedido poner a
prueba mis viejos deseos de orquestar porque, entre
otras cosas, para llegar a hacerlo bien hay que estudiar
y para eso se requiere dedicación. También puede que
haya tenido pocas oportunidades de componer sólo música
por el hábito generalizado de verme como autor de
textos, por la costumbre de darle más relieve al aspecto
literario de mis canciones. Creo que la rapidez con que
transcurre la vida en el escenario facilitó que ni yo
mismo me percatara de que algunas de mis inquietudes
musicales todavía esperaban por mi. Pudiera resumirlo
diciendo que me había aprendido un nuevo par de notas y
no me daba cuenta de que ya era hora de usarlas, aunque
sólo fuera para el consabido “cuando sepa un poquito
más, lo voy a hacer mejor”.
En una ocasión dije que luego de 6 años con Afrocuba
deseaba quedarme a solas con mi guitarra. Pero después
me llegó hora de decir que luego de 5 discos con
guitarra, estaba loco por quedarme a solas con una
orquesta. Para hacerlo primero pensé en invocar a Leo
Brouwer, porque con él llevaba 30 años hablando de un
proyecto así. Sin embargo mi larga amistad con Leo me
aconsejó no interrumpirlo. A Leo hay que dejarlo a
merced de sus musas, interferir en eso es sacrilegio y
preferí seguir esperando. Después de esa estoica
conclusión, hice el intento de confiar las
orquestaciones a otro gran músico. Recibí una respuesta
muy afectuosa, incluso agradecida, pero también es una
persona muy ocupada y, luego de esperar algunos meses,
caí en cuenta de que me encontraba en una coyuntura muy
parecida a la de mis inicios, cuando escribí yo mismo
las canciones que tenía deseos de escuchar. Fue entonces
que decidí arremangarme la camisa y enfrentar el
trabajo, por lo que acabé quedándome a solas con una
partitura de orquesta en blanco.
Cuando creí que ya iba a poner manos a la obra tuve que
frenarme en varias ocasiones por diferentes tipos de
reclamo. Estos eventos me hicieron posponer durante casi
un año el inicio de mi aspiración. Por aquellos días,
unas veces dormido y otras despierto, sentía como si una
caldera fuera subiendo de presión dentro de mi. De
pronto algo hacía explosión, pero en vez de oír una fuga
de vapor escuchaba un acorde distribuido en una orquesta
sinfónica, una armonía estática, sin ritmo, una especie
de muestra, y me daba cuenta de que algún dispositivo
interior estaba llamando mi atención sobre cierto tipo
de sonoridad. Mientras esto me sucedía yo trataba de
complacer solicitudes y necesidades e intentaba parecer
sereno, sin hacerle ver a nadie que mi único e imperioso
deseo era trabajar en mis ideas.
En la madrugada del 7 de mayo del 2000 se me ocurrió un
tema que sonaba entre rock sinfónico y épico. Hacía años
que la música no lograba levantarme a esas horas. Desde
el primer bosquejo supe que lo que estaba haciendo con
la guitarra en realidad debía ser formulado por un piano
y que debajo de ese piano debía sonar una vigorosa
cuerda de violonchelos. Desde las primeras notas empecé
a escribir con la ayuda de un viejo programa de música.
Por alguna razón aquel tema, que ahora se llama “Tiempo
de ser Fantasma” y que concluye el disco, como una
Celestina amorosa abrió ventanas al vendaval de temas
que llegó después. Cuando creí tener el trabajo
terminado se lo mostré a Andrés Alén, quien me aconsejó
escribir los segundos violines, que yo había omitido en
su totalidad. Siguiendo su consejo transcurrieron otros
60 días. José María Vitier, Ernán López-Nussa, Eduardo
Ramos, Amaury Pérez, Enrique Pérez Mesa, Frank Fernández
y hasta el mismísimo Leo hicieron audiciones críticas
que me fueron muy útiles. Debido a mi pobre formación
académica muchas veces tuve que pedir ayuda a Niurka
González -mi compañera-,
para desentrañar aspectos estructurales. Su ayuda en
todo momento me ha sido capital.
Estuve componiendo durante unos 11 meses seguidos. Sólo
me detuve por las inevitables interrupciones fastidiosas
-entre ellas subir a algunos
aviones y trenes, aunque en cuanto llegaba a mi destino
continuaba trabajando en una note book—. En ese lapso
emprendí cerca de 20 temas, pero algunos sólo serán
bocetos para el futuro. Así que de pronto me vi con 14
piezas en la mano, 12 de las cuales lograron integrar
“Expedición”. Las exclusiones fueron, sobre todo, por
razones de tiempo: el disco que hoy les proponemos dura
51 minutos.
No puedo terminar sin aludir agradecidamente a los
músicos, artistas y técnicos, ya que todos se sumaron a
este esfuerzo con entusiasmo. Aunque los créditos del
disco son extensos, nunca llegan a estar todos los que
se lo merecen. Si dudas ésta también ha sido una
expedición a la identidad y a la armonía entre un gran
número de personas.
Por mi parte, desde que me hice expedicionario, la
música de las esferas trajo un sortilegio desde lo
profundo y lo infiltró. Pero quiero hacer ver algo más
que un aletargado equilibrio cósmico, pretendo que
hablen las singularidades. Como dicen la física y las
matemáticas, en lo peculiar reside lo que nos salva del
bostezo en medio de la interacción de los imanes. En el
vasto universo de la música ¿qué equivale a una estrella
de neutrones? Tan sólo esta pregunta y ya dan deseos de
emprender un nuevo viaje donde texturas, amalgamas y
otras perspectivas conformen un entramado gravitatorio
capaz de sujetar la luz. Por ahora tendré que
conformarme con la agógica pronunciada de “Expedición”.
Sé que hay amigos que dicen que es mi mejor disco. Yo
reconozco que he trabajado en él con la misma intensidad
con que hacía canciones en la década de los 60, como si
cada una fuera la última de mi existencia. Pero no creo
que todavía alcance las voces que cantan mis deseos.
Sólo les prometo que la próxima vez intentaré estar más
cerca.
Silvio Rodríguez Domínguez,
La Habana, 12 de mayo, 2002.
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