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LA
JIRIBILLA Entre esta etapa de la República que yo concuerdo en llamar neocolonial y la etapa de la República Socialista, hay muchos elementos de continuidad –como en todo proceso histórico hay continuidad y ruptura–, pero hay muchas cosas que nosotros hemos ido realizando y desarrollando en estos años que siguieron a 1959, que de algún modo se habían ido preparando antes en ese largo proceso de lucha, abierta en ocasiones y en otras soterrada. Un proceso en el cual, en el caso particular de los intelectuales de la cultura, se tuvieron que ir diseñando sucesivamente estrategias para la supervivencia, para lograr un camino para la acción necesaria, para seguir fundando cuando la República se había inaugurado bajo el signo de la degradación. Recuerdo que mi padre decía con frecuencia que le parecía admirable en el pueblo cubano su capacidad de recuperación de energías, de esperanzas y de la voluntad de lucha, porque después de 30 años de guerra, en el momento en que parecía que se iba a alcanzar la independencia, se produjo la intervención norteamericana. Y vino ese 20 de mayo tan contradictorio. Yo conocí a muchas personas que recordaban ese día y que tenían la memoria de una sensación confusa, de contradicciones. La alegría por ver subir al fin la bandera cubana, pero sin ignorar que ésta era una independencia coartada, una independencia a medias, que quedaba otra etapa por delante y por cumplir. Después de esa defraudación, después de sobrepasar una etapa en que el país tuvo que coser sus heridas, que cicatrizar todo lo que había dejado la larga lucha, tuvo que asumir otra vez el espíritu de combate y se produjo la Revolución del 30. Se volvió a aglutinar fuerzas, se radicalizaron programas, y sin embargo, nuevamente esa Revolución se frustró, y como dijo Roa en una frase célebre, “se fue a bolina”. Pero de todo aquello iba quedando una memoria que permanecía y que iba alimentando el imaginario popular. En el año 1960, en una noche inolvidable en el Estadio del Cerro, Fidel Castro habló de la nacionalización de nuestra riqueza. Esa decisión recayó en un terreno respaldado por la memoria, por un imaginario, por un proyecto que se venía haciendo desde antes y donde algunas de esas propiedades extrajeras nacionalizadas, como la compañía cubana de electricidad –conocida en la etapa de la República neocolonial como el pulpo eléctrico– pasaban por fin, después del empeño de Guiteras, a manos cubanas. Fue una etapa de preparación en la que se tuvieron que admitir muchas derrotas. Una etapa en la cual la cultura cubana no pudo contar con el apoyo de una auténtica burguesía nacional. En esa zona de la sociedad que llamamos burguesía había de todo. Estaban los entreguistas, los anexionistas, y estaban también los de la pequeña burguesía que conservaban un ideal patriótico y que estaban dispuestos a defenderlo hasta las últimas consecuencias. Pero lo que hubiera podido sustentar económicamente la cultura era esa gran burguesía que gastaba en viajes, en paseos, en objetos de lujo comprados en el exterior, pero que no brindaba apoyo al desarrollo de la cultura nacional. En lo que se refiere al gobierno de la República, se fue malversando cada vez más el espacio destinado a sustentar el desarrollo de una cultura. Hubo apenas brevísimos períodos en que con muy escaso presupuesto algunos intelectuales, siguiendo una estrategia muy hábil, lograron insertarse en el aparato estatal y establecer algunos lineamientos, algunas prácticas de lo que debía ser un proyecto de política cultural. Fue el caso de José María Chacón y Calvo, Director de Cultura en los años 40, que entre otras cosas dejó para nosotros la publicación de esa excelente serie Cuadernos de cultura cubana, en los que empezaron a circular muchos de los textos fundamentales de nuestro siglo XIX. Posteriormente Raúl Roa asumió la Dirección de Cultura, y con una dinámica verdaderamente impresionante desencadenó proyectos de publicaciones, continuó los que había iniciado Chacón, abrió otros, publicó monografías de arte como no las hemos hecho después, sacó textos imprescindibles como el de Fernando Ortiz sobre nuestra Habana o el de José Lezama Lima sobre Arístides Fernández, creó las brigadas culturales en las que se comprometieron los jóvenes que emergían en aquel momento y que aspiraban a llevar un mensaje cultural al resto de la Isla. En un período muy breve, formó algunos aspectos esenciales de un programa que sólo podría ejecutarse más tarde y en otras condiciones. Este intento de intervenir desde el Estado fue una estrategia seguida por el intelectual cubano para abrir un campo para la cultura en circunstancias extremadamente difíciles. Para subsistir de esta manera y para poder cumplir además una vocación de servicio, los intelectuales cubanos tuvieron también una vocación que yo llamaría institucional, la de crear instituciones dedicadas al fomento y difusión de la cultura. Una de esas fórmulas institucionales fue la publicación de revistas que marcaron distintas etapas de esos años republicanos –Cuba Contemporánea primero, Avances después, Orígenes más tarde, y también, en otra perspectiva política y cultural, la brevísima aparición de Gaceta del Caribe, que fue un órgano de la izquierda–, de tal modo que nosotros podemos reconstituir el proceso del arte, la literatura y el pensamiento en Cuba a través de esas revistas. Y no sólo a través de revistas consideradas exclusivamente culturales –y esto formó parte también de la misma estrategia–, sino a través de revistas que tenían una finalidad más recreativa y que fueron utilizadas con mucha inteligencia por los intelectuales cubanos. Así ocurrió con Social, que estaba diseñada y concebida para el agrado de la buena sociedad cubana y en la que, de la mano de Emilio Roig, los intelectuales cubanos tuvieron una importancia significativa; o más tarde la revista Grafos que también tenía un perfil general, pero en la que los intelectuales cubanos se hicieron sentir. También se crearon instituciones para la discusión de la cultura, como lo fue en su momento la Sociedad Hispano–Cubana de Cultura o la Sociedad de Estudios Afrocubanos, ambas dirigidas por Fernando Ortiz. Hubo otras instituciones que se vertebraron colateralmente con el movimiento intelectual cubano, como el Lyceum, sociedad femenina por la que pasaron todas las exposiciones importantes de la vanguardia cubana entre la década del 30 y el año 1959, y que es imprescindible para el estudio de la plástica en Cuba. En ella estuvieron intelectuales cubanos de primera importancia. Recuerdo a José Antonio Portuondo, a Cintio Vitier, que dictó allí la primera versión de Lo cubano en la poesía; intelectuales exiliados de América Latina que desfilaban a veces por aquí para seguir hacia Estados Unidos, Puerto Rico o México —tierras que tenían mejores oportunidades de trabajo— e intelectuales españoles que también pasaron por Cuba. Otra institución utilizada para ganar espacio en este vacío por el Estado y de la burguesía cubana que fue la Universidad de La Habana. La Universidad de La Habana fue un espacio histórico de las artes plásticas en Cuba. Por primera vez se tomó conciencia de que las artes plásticas tenían tras sí un proceso de 300 años. Por allí pasaron también muchos de los que habrían de ser posteriormente protagonistas de la escena cubana. Estuvo también en la Universidad José Manuel Valdez Rodríguez, hijo de un ilustre pedagogo cubano, un intelectual progresista crítico del cine, que no solamente impartió los primeros cursos sobre cine que se dieron en este país, sino que mantuvo aquí, en el seno de la Universidad una especie de cine club en el que iba dando a conocer aquellas películas que permanecían al margen del mercado dominado totalmente por Hollywood. A lo largo de 50 años se fue creando un conjunto de instituciones destinadas a dar vida a esta cultura que también iba surgiendo. Pero si hablamos de tareas habría que resaltar bien cual fue la obra de creación de los intelectuales cubanos a lo largo de este medio siglo. Hubo un empeño notable por ir fundando y refundando la historia, una labor de acopio de información en términos de reconstituir nuestro pasado para entender de algún modo el presente de entonces. Hubo una labor editorial importante no solamente en la propia Universidad de La Habana, que dio a conocerlo casi con el pensamiento cubano, sino también por don Fernando Ortiz que publicó también una imprescindible serie de libros de cultura e historia cubanas. Se hizo además el primer empeño por recuperar y sistematizar la obra de José Martí, y esto fue algo tan importante que no solamente se dio a conocer buena parte de sus textos sino que a lo largo de ese período se escribieron importantes trabajos sobre José Martí y lo hicieron figuras y personalidades diferentes, ubicadas en situaciones políticas, como Jorge Mañach y Juan Marinello, ambos íntimos amigos, casi hermanos en sus años de juventud, distanciados después por razones de índole política, pero uno y otro fervientes martianos que dedicaron al estudio del maestro buena parte de sus vidas y de sus obras.
Este conjunto de acciones en
el orden de la creación intelectual se vinculaba
con la
necesidad de recuperar la nación cubana a través de
un
conocimiento más profundo.
Una recuperación que pasaba por la
creación literaria y musical y que, en
el fondo, reformulaba el concepto mismo de cultura. Todavía a
finales del siglo XIX y principios del XX la noción de
cultura estaba generalmente reducida a la creación
artística y literaria, estaba reducida a lo que Mañach
en su momento llamó "la alta cultura cubana". |
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