LA JIRIBILLA
ECONOMÍA Y REPÚBLICA
 
Hubo crecimiento económico en la República, pero este no se podía sostener por sí mismo, porque respondía a demandas exteriores de una producción y a los capitales que se invirtieran para obtenerla.


Oscar Zanetti |
La Habana


Entre las muchas opiniones que ha ido suscitando la cercanía del centenario de la República, yo estuve reuniendo algunas aparecidas en varias publicaciones de Miami, particularmente en El Nuevo Herald. Uno puede encontrarse diferentes criterios, desde algunas opiniones más sinceras como las que sostienen que hay que conmemorar la República y además saludar la iniciativa del Senador Platt porque “permitió a los cubanos convivir más o menos ordenadamente”, hasta quien trata de ofrecer a sus lectores una imagen con cuestionamientos de la República, pasando por quien ofrece su visión basado en un conjunto de datos objetivos, datos entre los cuales figuraban,  por ejemplo, el de que  Cuba era en 1958 el segundo país en América Latina con médicos per capita, que su reserva monetaria, calculada en 385 millones de dólares, estaba entre las más satisfactorias del continente, o que había sido el primer país de Iberoamérica en disponer de la televisión. Esos datos son rigurosamente fieles, como es igualmente cierto que si distribuimos a esos médicos veríamos que en La Habana correspondería un médico por cada 361 habitantes, y en el resto del país uno por 2378 habitantes; que, deducidas las deudas de la banca privada y estatal con el extranjero, la reserva se reducía a 124 millones y que mientras teníamos un número alto de televisores, en el país solo existían 60 librerías. Quiero decir con esto que si nos ponemos a presentar relaciones de datos de un tipo y de otro nos llegaríamos a saturar y se podrían construir realidades diametralmente diferentes. No pretendo por ello desacreditar las estadísticas, que son un recurso indispensable para el análisis, sino poner de manifiesto que con una selección intencionada de indicadores y un punto de comparación, uno puede fabricar cualquier imagen. Así la República burguesa podría convertirse lo mismo en un infierno que en un paraíso. Sin embargo, ninguna de esas imágenes que se están popularizando nos permitiría comprender por qué aquella República desapareció y por qué sigue pesando entre nosotros.

Yo me quiero referir a algunos aspectos de la economía republicana. Lo primero que habría que responder es: ¿Hubo progreso económico en las seis décadas de República burguesa? Evidentemente, sí hubo progreso económico. La situación material del país en 1958 era muy distinta a la de 1899. También habría que decir que la República, independientemente de las devastaciones de la guerra, partía de una realidad económica que se encontraba entre las más favorables de América Latina en el siglo XIX. En 1830, Cuba exportaba por sí sola más que todas las antiguas colonias españolas del continente. Ahora bien, todos sabemos que hay un crecimiento económico en la República y también es bastante conocido que ese crecimiento presenta dos etapas bien diferenciadas: un primer cuarto de siglo con un crecimiento rápido y notable, y un segundo momento con un relativo estancamiento, con índices de crecimiento muy lentos. En esa primera etapa de crecimiento rápido, en la cual quizás Cuba fue solamente superada en el contexto latinoamericano, en cuanto el ritmo del crecimiento de su economía, por Argentina, se obtuvo una notable expansión de las relaciones capitalistas, expresada principalmente en la alta proporción de personas asalariadas dentro de la fuerza de trabajo del país. El eje de ese desarrollo, la industria azucarera, estaba distribuido prácticamente a todo lo largo de la Isla, la mano de obra tenía una proporción relativamente alta en la industria y disponía de cierta calificación, se había dado una expansión de las relaciones mercantiles y se había estructurado un mercado de cierta capacidad, limitado no obstante por la pequeña población de la Isla y la notable desigualdad de ingresos característica de esta época, que hacía que se concentrara en el 5% de la sociedad prácticamente casi la mitad del ingreso del país.

Lo que estamos analizando evidencia un desarrollo de tipo capitalista con limitaciones que resultan obvias. La disponibilidad de instalaciones portuarias, de edificaciones tanto públicas como privadas, y la electrificación, aunque limitada a determinadas zonas del país, no estaban  mal para América Latina según los indicadores de la época. Estamos hablando de 1924-1925. La infraestructura se había creado en función del eje de la industria azucarera, había ingenios, ferrocarriles, electrificación, comunicación con los puertos, en las áreas que no disponían de cañaverales probablemente se carecía de muchos de estos medios. A esto hay que añadirle las limitaciones de orden social en cuanto a la disponibilidad de muchos de los servicios que se derivaban de la infraestructura existente.

Por otra parte, si tenemos en cuenta la producción y las exportaciones de este primer cuarto de siglo, pudiéramos calcular que debía haberse producido, como resultado de este crecimiento, una importante acumulación de capitales en la Isla. Sin embargo, no resultó así. Las inversiones de capital norteamericano en el país eran determinantes, y su rendimiento no se quedaba en Cuba. Buena parte de este crecimiento también se sustentó en una fuerza de trabajo inmigrante, que enviaba remesas a su país de origen, o la sacaban cuando ellos mismos regresaban, en el caso de los inmigrantes españoles y caribeños. Con ese dinero sustentaban a sus familias, incluso sus comarcas. Cualquiera puede sorprenderse de la enorme cantidad de escuelas que hay en Galicia construidas a partir del dinero donado desde Cuba. Son varios centenares de pueblos. Y por otra parte hay que contar con que la propia burguesía cubana tenía una vieja tradición de colocar su capital en el exterior. Esto hace que a pesar del crecimiento notable que expresan los indicadores estadísticos, la disponibilidad de capital para inversión fuera bastante pequeña.

Este crecimiento viene a sancionar una tendencia que se manifestaba desde el siglo anterior: la absoluta concentración de la economía cubana en el azúcar. Así se reforzaba, en las condiciones imperialistas del siglo XX, la dependencia externa, tanto desde el punto de vista del financiamiento bancario, como del control directo de las inversiones, como de la concentración absoluta del comercio cubano con Estados Unidos. Al mismo tiempo se produjo una inmovilización de los recursos económicos del país, cuya principal manifestación, y más conocida, es el latifundio. La consecuencia directa de esta es que hubo crecimiento en la República, pero este no se podía sostener por sí mismo, porque respondía a demandas exteriores de una producción y a los capitales que se invirtieran para obtenerla. La imposibilidad de ese crecimiento para sostenerse a sí mismo se puso de manifiesto en 1925, cuando la demanda azucarera norteamericana y mundial empieza a decrecer y la economía cubana consecuentemente decae. Se abre así la segunda etapa, que va de 1925 hasta el 58, en la cual el crecimiento de la economía cubana en términos per capita es casi nulo. No niego con esto el crecimiento de algunos sectores, pero el conjunto de la economía estaba en una situación de virtual estancamiento, sobre todo en comparación con los primeros 25 años. Sus expresiones más claras: la producción de azúcar de los años 50 no es mucho mayor que la que se había obtenido en 1925. Tampoco se habían logrado nuevos renglones de exportación de importancia económica, salvo el níquel, que comienza a explotarse a partir de la Segunda Guerra Mundial. Desde el punto de vista interno hay, sin duda, cierto crecimiento en renglones que van a abastecer el mercado industrial y agrícola. Pero se trata  de un crecimiento limitado en su volumen, en los niveles de productividad y en los costos con los que puede operar. Entre las causas de ese fenómeno hay un conjunto de razones propias de la economía de esa época: aunque el mercado se amplía debido a cierta redistribución del ingreso, es insuficiente dentro de las condiciones de dependencia que existían en el país, las que abrían completamente el consumo cubano al comercio exportador norteamericano. Así era muy difícil sostener condiciones competitivas por parte de la industria y la agricultura cubanas. El resultado de este proceso es extensivo para las últimas tres décadas republicanas: un conservadurismo inversionista muy notable, la inversión concentrada en inversión inmobiliaria, en edificios, y por eso el renglón más dinámico de la economía cubana en los años 40 y 50 es la construcción. De hecho, con el objeto de mover los recursos acumulados en la recuperación del sector externo durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, la dictadura batistiana impone una política de movilización forzosa de los fondos bancarios para lograr tasas de inversión que de alguna manera compensaran la nueva contracción económica que sufre el sector externo a partir del año 1955. En ese momento llegan a utilizarse mecanismos de financiamiento de empresas norteamericanas para traerlas a invertir a Cuba en lo que se llamó una industrialización por invitación, siguiendo el modelo puertorriqueño.

Ahora bien: ¿cuáles son los problemas de esta realidad? En primer lugar, se hacen totalmente evidentes en la República a partir de 1925 las insuficiencias del mercado como mecanismo de funcionamiento y de dinámica económica. Abandonada a las leyes del mercado, el azúcar cubana hubiera sido progresivamente eliminada del mercado norteamericano, y habrían desaparecido en el país la mitad o más de los centrales azucareros, principalmente aquellos que estaban en manos de propietarios cubanos. Esta situación no llega a producirse porque el Estado comienza a intervenir en la economía para evitar las complicaciones sociales y políticas que se derivan de la libre acción de los mecanismos del mercado. Este correctivo estatal se materializará, desde el punto de vista norteamericano, en el establecimiento de una cuota azucarera que le preserva un lugar a Cuba en el mercado norteamericano. Desde el punto de vista interno se materializará en la asignación de cuotas a cada uno de los centrales azucareros fuesen o no eficientes para concentrarlos como fuentes de empleo.

De la misma forma, se asignan cuotas a los colonos cañeros, aun cuando estuviesen al borde de la ruina, y se va creando un sistema de compartimentación de producciones cuyo objetivo fundamental es estabilizar la economía del país e impedir que se activen aún más los elementos de crisis social que el estancamiento trae asociados. Se trata de una intervención en la cual el Estado juega un papel de regulación, pero no de desarrollo. La consecuencia de esto es que la economía se estabiliza, pero crece muy lentamente o no crece. Conjuntamente, se produce la emergencia de una notable presión social, de ahí la crisis revolucionaria del 33 y toda la política de reformas que se asocia con ella. Esa es la razón de una política redistributiva que busca ampliar la participación en el ingreso de los sectores sociales en peores condiciones, sobre todo el proletariado y el campesinado.  No obstante, esas medidas gubernativas intervencionistas generaron a su vez obstáculos para el crecimiento de la productividad y para la propia creación de empleos. Tómese en cuenta que en 1956,
el número de desempleados en el país abarcaba de modo total un 16% de la fuerza de trabajo, y parcialmente un 14%. Al mismo tiempo, la marginalización poblacional crecía a un ritmo cada vez mayor. De esta forma Raúl Lorenzo, un economista cubano de cierto renombre, convertido en aquel momento en alto funcionario de la dictadura batistiana,  describía así la situación del país en 1955: “La vida económica cubana ha sido una áspera lucha por la distribución del insuficiente ingreso que produce la economía nacional. Los comerciantes de casi todos los giros han estado clamando continuamente por la regulación para alejar competidores, los obreros resisten el avance tecnológico que amenaza desplazarlos, los agricultores industriales en diversas ramas económicas piden cuotas o defienden los derechos adquiridos frente a otros que aspiran a situarse en tal cuadro de seguridad. Entre tanto, la población crece incorporando nuevos núcleos a la lucha por el trabajo y la renta, los derechos sociales y los precios remunerativos solo tienen validez para quienes hallan un lugar en tan reducido espacio pero son lejana metafísica dada la inmensa cantidad de cubanos sin empleo y sin cuota”.

Conferencia pronunciada durante el evento "La intelectualidad cubana piensa el siglo XX", convocado por la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz y celebrada el jueves 9 de mayo en la Universidad de La Habana. Esta intervención, junto con el resto de las ponencias, aparecerán próximamente agrupadas en un libro.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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