LA JIRIBILLA
LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO
 
"Al finalizar el libro sobre los mecanismos de dominio, los partidos políticos y las clases en los primeros veinte años de República, me di cuenta de que había estudiado un ciclo histórico y sociológico cerrado en sí mismo". Entrevista con el historiador Jorge Ibarra.

Pedro Pablo Rodríguez|
La Habana


1.
En la Universidad de Pennsylvania en los años 50, tuve un profesor de Geografía económica que vinculaba  la economía y la geografía a los procesos históricos de una manera muy sugestiva. Es posible que fuera un discípulo de Vidal la Blanche. Como quiera que fuese, sus enseñanzas me hicieron tomar conciencia de las  enormes diferencias entre la América hispana  y  la sajona.  Mi interés por los estudios históricos  cobró fuerzas  con mis profesores de Historia del Derecho en Cuba y de Historia de la Cultura en la Universidad de Oriente,  Leonardo Griñán Peralta y José Prats Puig, respectivamente. Griñán era un historiador  muy sagaz y original;  me impresionaron vivamente sus valoraciones marxistas de la historia del derecho cubano y la manera en que enjuiciaba las motivaciones sicológicas de los protagonistas históricos. Aunque no empleaba los conceptos de carisma  ni de  hegemonía  -apenas eran invocados  entonces- pensaba que la oficialidad mambisa disfrutó de un amplio liderazgo y un considerable ascendiente en la población, así como que las instituciones republicanas burguesas tuvieron un amplio reconocimiento y acatamiento en un principio. Su desprestigio, debido a la corrupción y a la dependencia a EE.UU., toma fuerza solo a partir de 1910.   Prats, profesor liberal  catalán emigrado,  tenía una vasta cultura y  una concepción muy amplia de los procesos históricos y  civilizatorios. Ahora bien, lo que prefiguró definitivamente mi interés por la historia fue la lectura de la Guerra de los Diez  Años de Ramiro Guerra, durante unas vacaciones escolares forzadas por una rubeola.

 Desde mi época en la Universidad de Pennsylvania me acompañaban dos tomos de la correspondencia del Juez  Holmes con Harold  Laski. Holmes era Presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos, mientras que Laski era el teórico principal del Partido Laborista británico. Los argumentos en pro y en contra del socialismo de estos pensadores me convencieron que el único socialismo posible era el de Lenin. Desde entonces, me comenzaron a interesar las lecturas marxistas. Esta vocación temprana por la justicia social se definió aun más en las  clases de Criminología, que impartía José Luis Galbe,  ex fiscal de la República Española. Galbe conciliaba las teorías liberales del Derecho de Jiménez de Azúa con su credo socialista militante y su carácter combativo. De todos modos en su curso hizo trizas las doctrinas burguesas en boga  del Derecho Penal. Una figura destacada de la intelectualidad republicana española, Juan Chabás, contribuyó también a que tomara conciencia de la necesidad del socialismo. Por aquellos años se incorporó al claustro de la Universidad de Oriente, José Antonio Portuondo, quien había sido profesor de Literatura de la Universidad de Wisconsin por dos años.  Aunque no era profesor mío, los  contactos frecuentes y las  discusiones que tuvimos sobre el significado de las generaciones en la historia y sobre el proceso revolucionario de los años 30, me convencieron cada vez más de la necesidad de que las luchas revolucionarias tuvieran un carácter profundo,  aun cuando discrepaba radicalmente de las tácticas de lucha de los comunistas cubanos.  Por otra parte, me asombraba la forma perentoria con que  definían como “pequeños burgueses”, “putchistas”  y “terroristas” a mis compañeros  de luchas revolucionarias. De todos modos como estaba convencido de que si iba a haber una revolución ésta debía ser una revolución socialista, me declaraba partidario de la colaboración con estos y los defendía a capa y espada cuando discutía con mis compañeros. De manera que cuando se publicaron algunos artículos en Bohemia sobre el “peligro comunista” en la Universidad de Oriente, respondí en esas páginas como Presidente de la Escuela de Derecho, rechazando las imputaciones que se hacían contra mis profesores y declarando el derecho que les asistía a exponer sus ideas en la universidad. Por cierto, fue José Antonio Echevarría quien habló con  Miguel Ángel Quevedo para que se me publicara el artículo.

Por lo que llevo dicho, pudiera pensarse que la Universidad santiaguera era de izquierda. Todo lo contrario. La mayoría de los profesores eran de derecha. La corriente ideológica más representativa la dirigía Fermín Peinado, mi profesor de Filosofía de Derecho, graduado de la Sorbonne, y Luis Aguilar León,  actual director de las Mesas Redondas de Radio Martí, católicos liberales de centroderecha, entonces.

Otras lecturas que contribuyeron  de manera decisiva a mi formación fueron las obras de Pablo de la Torriente y de Roa,  sobre los años 30 lo que acrecentó mi interés por la historia de Cuba y contribuyó a definir mi posición en la coyuntura de los cincuenta. En los años 30,  Pablo  era marxista por su cuenta, testicular, por sus cojones,  como le  diría en una ocasión  a alguien que  pretendió convertirlo en un militante de libritos y círculos de lectura en la prisión.

Una de las conclusiones más importantes a las que había llegado era que la lucha armada no debía estar separada de la lucha por las transformaciones sociales. El pensamiento de Martí y Maceo debía vincularse al pensamiento socialista. Desde entonces valorábamos las luchas del 68 y del 95 como el antecedente de las luchas revolucionarias de los cincuenta. Esto explica la tesis de  la continuidad de las luchas  que expuse en Ideología Mambisa y ha sido adulterada recientemente por algunos emigrados partidarios de enterrar nuestras tradiciones revolucionarias. También desempeñaron un papel importante en mi toma de conciencia histórica, los compañeros universitarios que constituían  lo que pudiéramos llamar un Ala Izquierda Estudiantil en la Universidad de Oriente. Entre ellos se encontraban Leyla Vázquez, Ariel Griñán, Rafael Rivero y  Nilsa Espín. Algunos de ellos se hicieron   militantes de la Juventud  Socialista después, pero entonces militaban en las organizaciones revolucionarias fundadas por Frank País.

No obstante, tan importante como esos vínculos ideológicos en mi formación política, resultó ser la relación estrecha que mantenía con los jóvenes insurreccionales procedentes  de los sectores más humildes de la sociedad. Los jóvenes que militaban en el movimiento estudiantil e insurreccional, los más activos y combativos  procedían de sectores muy pobres.  Algún día tendrá que hacerse la historia de  esos héroes del movimiento revolucionario. Como dijo Fidel un día memorable, “Nuestra Revolución es la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes”. Y no recuerdo quién dijo un día que los verdaderos protagonistas de la Revolución habían sido héroes humildes como los Amejeiras y los Fontán. Por eso, mi mayor timbre de orgullo  es haber participado en acciones de protesta y revolucionarias  con compañeros como  Frank País, Faure, Pena, Pepito,  Orlando Benítez, Machadito, Juan Pedro Carbó, Quiala,  Lupiañez, Luis Argelio  Pantoja, Palais, Romero, Santurio,  Osmel Francis,  Temístocles Fuentes, Ascensio y muchos otros.   Fueron ellos la vanguardia revolucionaria; con independencia de distintas posiciones y actitudes que pudieran adoptar en determinadas circunstancias.

En cuanto a los jóvenes procedentes de la clase media, como José Antonio Echevarría, no puede decirse siquiera que tuvieran una conciencia pequeño burguesa como explico en mi libro sobre la proletarización de la sociedad cubana en los cincuenta. Fueron esas condiciones en buena medida las que hicieron posible la Revolución cubana.  Mis tesis  sobre el papel de la juventud proletarizada surgen, por consiguiente, de una experiencia histórica particular. Al cabo de los años,  al  historiar  este proceso he acudido a los testimonios, a las estadísticas económicas y demográficas, para fundamentar mis juicios históricos. Por eso, no podía  estar de acuerdo con las tesis obreristas o pequeño burguesas sobre los estratos y clases que dirigieron la lucha contra la Dictadura batistiana o emprendieron la construcción del socialismo. De ahí también que profesores  de origen cubano de universidades norteamericanas, se sientan defraudados con  mi libro publicado en Estados Unidos,  en la medida que no le concedo  el papel que ellos le conceden a la burguesía o a la pequeña burguesía. Como puedes ver, mi interés por la historia nace de mi participación en la historia y muchos de los temas que investigo provienen de  ella. Por eso,  precisamente,  me asombro de que se haya publicado una historia de la Universidad de La Habana, de cerca  de 900 páginas, que le haya dedicado solo una página a José Antonio Echevarría, a la FEU y al Directorio Revolucionario, mientras se dedican cuarenta  o más a Mella y a la gente de izquierda en los 30. ¿A qué se debe tal desproporción? ¿A que unos revolucionarios valían más que los otros? ¿ O a que los antiguos militantes de izquierda de los años 30  tenían una gran influencia entonces?

Con respecto a la segunda parte de tu pregunta te diré que todavía añoro la época en la que hice  Historia de Cuba  de la Dirección Política del MINFAR, nunca tuve tantas consideraciones y ayuda efectiva para mis investigaciones. El jefe de la Dirección, José Nibaldo Causse se mostró siempre  fraterno y cooperativo. En el ICR dirigí un equipo que asesoraba la programación histórica de la radio y la televisión, durante ocho años. El asesoramiento se limitaba  a proporcionar la bibliografía a los escritores radiales y televisivos y revisar errores factuales  de tipo histórico que se pudieran presentar en los libretos. Fue una época en la que la libertad de creación contribuyó poderosamente a crear el espíritu rebelde y solidario de nuestro pueblo. Recuerdo indistintamente los programas de Sandino, Goethe,  Miranda, Beethoven, Bolívar,  Freud, el 68,  la Guerra de los Diez Años, la Mesa Redonda de Radio Rebelde, para citar solo algunos. Tuve siempre a mi lado el respaldo solidario de Papito Serguera, que me dio mano libre en todo, y no recuerdo haber escuchado quejas de bulto sobre la programación por parte del público radioyente. Recuerdo que entonces se recibían en las emisoras cientos de sugerencias y quejas diarias sobre los programas. Nunca tuve un sí ni un no con  los compañeros que dirigían la Dirección Política del  MINFAR y el ICR. Cuando comenzó la creciente dogmatización de la vida intelectual del país en los años 70, comenzaron mis problemas. En la medida que me oponía a los designios de los funcionarios de la uniformación del pensamiento, comenzaron una campaña de que estaba loco, que siempre había estado loco. Como en los años 50 me llamaban así por el hecho de afrontar algún que otro pequeño riesgo en la lucha, además  de ser insurreccional y marxista a la vez,  lo que evidentemente era adelantarme demasiado a la época, se aprovechaban  del  remoquete cariñoso de mis compañeros, para descalificarme como un chiflado. Esas campañitas amainaron cuando la lógica de mi obra y el reconocimiento nacional e internacional que ha tenido, les ha callado la boca.  De ahí que hayan cambiado  de táctica y ahora me acusen de haberme pasado la vida fajándome, cuando no he hecho otra cosa que defenderme como gato boca arriba de ellos y sus adláteres.  Ya no usan la palabreja polémico con la que condenaban sin remisión a los que no se les sometían incondicionalmente. Ser  polémico era para ellos ser sencillamente un apestado. 

2. Desde luego, sin  Guerra y  Portuondo, la historiografía cubana no sería la misma. Ahora bien,  quien se propusiera sentar sobre bases sólidas la historiografía marxista debía criticar la obra de sus predecesores. No bastaba solo con criticar la visión positivista, sino la manera que habían trabajado las fuentes.  Algunos historiadores “marxistas ” pensaban que era suficiente yuxtaponer las tesis marxistas a los resultados de Guerra y Portuondo. Como no investigaban se aprovechaban de los hallazgos de los maestros positivistas cubanos para bautizarlos con algún esquema marxista. En ocasiones fueron más lejos y se atribuyeron  los resultados de la  formidable crítica  de Fernando Portuondo a  las tesis de Portell Vilá sobre el supuesto independentismo de Narciso López, sin citarla siquiera. De los  maestros que has mencionado, al único que conocí fue a Fernando Portuondo y debo decirte que fue un gran cubano, a quien no se le ha hecho suficiente justicia aún.

Mi crítica a Guerra, tiene que ver más con las fuentes que emplea, que con su perspectiva historiográfica positivista.  Siempre  comienzo la lectura de un libro de Historia, por las últimas páginas donde aparece la  bibliografía empleada por el autor.  Si te remites a las fuentes consultadas por Guerra en su obra  la Historia de la Guerra  los Diez Años te encuentras que solo ha trabajado con las crónicas y relatos de los protagonistas de la contienda y que apenas ha tocado la prolija documentación de las décadas de 1860 y 1870 que se encuentra en  el Archivo Nacional. Cuando te pones en contacto con los miles de documentos existentes de la Guerra Grande, tu visión cambia radicalmente.   Si quieres hacerte una idea de lo que te digo te sugiero que compares los tres artículos  míos en proceso de publicación  en la Revista Bimestre Cubana sobre el fin de la Guerra de los Diez Años  con la versión de Guerra.  Ahora bien, debo reconocer que aparte de  su contribución enorme a los estudios históricos, en la medida que reconstruyó pasajes enteros del devenir histórico nacional, ningún historiador cubano ha tenido la ponderación y el tino de sus juicios.

Bueno, de  estos maestros del pensamiento histórico  de quien me siento más cerca y con quien más simpatizo es con   Emilio Roig de Leuchsenring.  Emilito tenía una prosa difícil, pero pensaba con el corazón. Por eso, sus aportes a la historiografía cubana fueron más ráigales  y permanentes, en tanto tocaron las fibras más íntimas del sentimiento nacional cubano. Su contribución resultó decisiva para la toma de  conciencia revolucionaria antiimperialista de mi generación. Fue él quien reveló el carácter radicalmente independentista de Martí, Maceo, Gómez, opuestos a toda expansión imperialista, quien demostró que Cuba no le debía la independencia a Estados Unidos, quien organizó a los historiadores progresistas en los  Congresos de Historia que efectuaba todos los años.

Con respecto a Ortiz, sabes muy bien que he señalado  cómo los apologistas se han olvidado de sus primeros  libros racistas. Debe destacarse, desde luego, la manera en que rebasó esa primera etapa de su pensamiento, pero la crítica ha obviado  de dónde partió el sabio cubano. He criticado también su Contrapunteo Cubano del Tabaco y del Azúcar, porque el maestro  dio a entender  que los únicos protagonistas de la historia económica de Cuba fueron el azúcar y el tabaco, olvidándose de los hatos y corrales ganaderos, que desempeñaron  en los primeros siglos de colonización un  papel dominante. Incluso en el siglo XIX, la historia  de  las regiones centro orientales  solo se entiende a partir de la haciendas ganaderas. Todo esto se explica en la obra de Ortiz, porque no  era historiador  y porque no dejo de ser nunca un intelectual habanero que pensaba que la historia de Cuba se había escrito fundamentalmente en  torno a los ingenios y vegas del occidente del país.  No sé a ciencia cierta  qué pensaría Le Riverend que era tan amigo de Ortiz de este libro suyo. Pienso, sin embargo, que en tanto principal propulsor de los estudios históricos  regionales,  debió haberle hecho conocer sus opiniones.

Mis criterios sobre la obra precursora  de Ortiz los di  a conocer en un artículo que se publicó en la Revista Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh. En este trabajo  valoraba la trascendencia de su  pensamiento  para los estudios antropológicos del negro en  América. Desgraciadamente su obra resulta desconocida por  una parte considerable de la academia norteamericana. La Enciclopedia de Ciencias Sociales de la Universidad de Chicago, no lo menciona a él ni a Nina Rodríguez, desconociendo que fueron los iniciadores del estudio de las relaciones étnicas en el continente. De hecho, sus definiciones a propósito de la  transculturación, suscritos por Malinowski y Bastide, han sido olvidados por los antropólogos estadounidenses.

3. Como historiador que trata, se esfuerza por ser marxista, mis primeros modelos fueron El Capital  y los estudios históricos de Lenin sobre el capitalismo en Rusia, en tanto constituyeron modelos ejemplares de investigación de Ciencias Sociales. Si bien estas primeras investigaciones nos permitían aprehender los procesos y estructuras sociales del capitalismo, a partir de métodos de investigación rigurosos, una diversidad de  aspectos de la realidad social  y de las sociedades precapitalistas no fueron abordados por ellos. Su obra será siempre una fuente de inspiración, pero la infinita variedad de aspectos que cubre el tránsito secular del hombre sobre la Tierra demanda de los investigadores de ciencias sociales e históricas, emplear una variedad de enfoques y métodos constantemente renovables. Por otra parte, el capitalismo que investigaron con detenimiento y asiduidad  fue el de Inglaterra y Rusia y a los historiadores latinoamericanos de historia contemporánea, digamos, nos corresponde estudiar sociedades capitalistas distintas. De ahí que no vacilara en inspirarme en  Bloch y Febvre, que no eran marxistas, pero fundaron la historiografía moderna, con sus concepciones y  métodos.  Sus seguidores no han hecho otra cosa que seguir sus pasos. El único que ha aportado cosas nuevas ha sido Braudel.    En cuanto a  historiadores marxistas, mis paradigmas son Hobsbawn y Vilar: los historiadores del campo socialista no les llegaron a los tobillos.

Soy historiador marxista en tanto los  análisis que he hecho de  todos y cada uno de los fenómenos y procesos históricos que he sacado a la luz tienden a corresponderse con el espíritu de la obra de Marx, no porque me propusiera ilustrar  cada cosa que dijo el genial pensador  en la Historia de Cuba. En mis primeras obras me preocupaba por tomar la historia nacional  como referencia y demostración  de muchas de las ideas que habían postulado los clásicos del marxismo.  Pronto  me percaté de que el pensamiento  marxista tenía su propia lógica y que se correspondía con la evolución histórica de las naciones y los estados europeos, por lo que  mi contribución a la comprensión marxista de la historia de Cuba debía  partir de los hechos cubanos y no de las ideas de Marx. No tenía por qué avalar cada hecho con su firma.  De hecho, algunas  de las cosas que descubriera en mis estudios podían contravenir las tesis marxistas, sin que por eso atentara contra su espíritu.  Las tesis de Marx que han resultado más fecundas para mí han sido las referidas a las diferencias entre la plantación esclavista y la hacienda patriarcal, en tanto se corresponden con las formaciones dominantes en la región occidental de la Isla y en las regiones centro orientales, en el siglo XVIII y XIX. Aun cuando ya en  los 60 había escrito artículos que luego reproduje en Aproximaciones a Clío, donde sostenía la importancia decisiva del proceso de proletarización para la comprensión de la Revolución cubana, muchas de las  premisas para estos primeros estudios,  se encuentran en el análisis que había publicado con anterioridad sobre las tesis de Lenin  acerca de  la transición al capitalismo en Rusia, en la revista Casa de las Américas.

Gramsci es imprescindible porque es el otro marxismo, el marxismo crítico, al que muchos le dimos la espalda, para asumir las tesis de la escolástica marxista. Si no existieran Gramsci y otros pensadores marxistas no hubiera esperanzas de una renovación del modelo socialista.  Cuando nos decidamos a reconstruirlo, a borrar definitivamente  los vestigios del modelo soviético de socialismo real, que fracasó, tendremos que acudir a él y a otros pensadores marxistas, no para copiarlo, sino para inspirarnos en él.  La burocracia pretendió convertir a Gramsci en un pensador de segunda o tercera categoría. La desaparición de la Unión Soviética demostró más allá de toda duda que era un pensador de primera línea. Sus tesis  sobre la hegemonía se evidenciaron más allá de toda duda cuando  el socialismo real hizo mutis. El estado soviético demostró no ser viable sencillamente porque no se sustentaba  en los fundamentos  en los que debía descansar toda hegemonía, es decir, en los principios de  consenso y  participación popular. De más está decir que estos principios son perfectamente compatibles con las instituciones y estructuras del socialismo vigente en el país y que su aplicación se ha ensayado en determinados momentos.  Su progresiva puesta en escena deberá estar encaminada a perfeccionar nuestro modelo. No pretendo saber  cuándo, cómo y  de qué manera  deben tomarse  esas medidas encaminadas a perfeccionar nuestra democracia, pero me parece evidente que algún día  deben tomarse.

4. En una época en la que la apología a los Fundadores  de la Nacionalidad, a Arango, Saco, Del Monte, daba el tono de los estudios históricos, Soto Paz  dio la nota discordante, revelando el pensamiento íntimo de los ideólogos de la  plantación esclavista. Carlos Rafael Rodríguez lo bautizó como un iconoclasta y  un “mudcracker”, hurgador de lodo en la vida de los patricios, que le faltaba “el enfoque metodológico necesario”. Sin embargo, reconoció que había atacado con valentía “toda una serie de prejuicios santificados por los historiadores ‘serios’ ” y todo “lo que había de convencional y ficticio”. Pensaba también que los estudiosos como él,  en tanto desenmascaren “actitudes negativas reaccionarias o anticubanas... aportarán, descontando sus errores inevitables, materiales valiosos a la historia cubana que está por escribirse”. Esa historia, añadía,  no la escribirían, sin embargo, Soto Paz y los hurgadores de lodo, “sino los que a la luz del marxismo se asomaran a nuestra historia nacional.” No puedo decir que estoy de acuerdo con todos lo extremos de esta crítica. Ciertamente las valoraciones de Soto Paz estaban teñidas de moralismo, en la medida que enjuiciaba el pasado desde una perspectiva presentista. Ahora bien, el criterio esencial desde el que partía  la crítica de Carlos Rafael consistía en que se debía tener en cuenta o “discernir el efecto progresivo que tenían ciertas instituciones  que consideradas en sí mismas son injustas y reaccionarias, por no comprender que como señalara Engels y comprobaremos después, todo paso adelante en la historia va acompañado de secuelas reaccionarias.”  En este esquema la esclavitud moderna podía ser considerada  “un paso adelante”  o “ tener un efecto progresivo” en la ruta de la humanidad, a pesar de ser en sí misma “injusta y reaccionaria”. Si bien, Carlos Rafael distinguía muy bien entre “las ideas reaccionarias de Saco, Delmonte y  José Luis Alfonso” y el “ impulso liberal protestante y liberal de Varela y Heredia”, el hecho que acentuara los efectos progresivos y el paso adelante que podían representar ciertas clases injustas y retardatarias en sí mismas, parece haberle dado el pie a otros historiadores marxistas como Aguirre  para que le atribuyesen a la clase esclavista criolla y a sus ideólogos el papel de parteros de la nacionalidad en las primeras décadas del XIX.  Por  ese camino  se llegó a postular que los pensadores de la plantación esclavista eran representantes de una burguesía que no existía. El núcleo implícito de esta argumentación parece ser que la introducción de  las innovaciones tecnológicas de la revolución industrial burguesa  en la plantación azucarera vinculada al mercado mundial, abrió e impulsó el camino a una revolución independentista y a la formación de una nación. Sin embargo, los países centro y sudamericanos no necesitaron de una plantación azucarera dotada de los avances tecnológicos de la revolución industrial para llevar a cabo  revoluciones independentistas y consolidarse como naciones. De hecho se adelantaron con respecto a Cuba, cuyos lazos de dependencia a España fueron reforzados precisamente por la plantación. Cuba y Brasil, sociedades de plantación esclavista, fueron las sociedades iberoamericanas que más se demoraron en obtener la independencia y en llevar a cabo la abolición de la esclavitud. La revolución  independentista de 1868 estalla precisamente en las regiones no plantacionistas, o sea en las regiones centro orientales del país y es lidereada por propietarios de haciendas ganaderas, profesionales de toda la Isla  y campesinos.  Los baluartes del dominio de España son las regiones de plantación de occidente, e incluso en los bolsones plantacionistas de Santiago de Cuba, SagUa y Cienfuegos, los plantadores españoles,  dominan los ayuntamientos, la plana mayor de los cuerpos de  voluntarios, y la directiva de los casinos españoles. Por lo general, son las mismas personas.

De acuerdo con la línea de pensamiento referida, las instituciones y los hombres se definen con respecto a la hipotética  importancia que tuvieron para el futuro y no por el valor que tuvieron en sí mismas. En otras palabras se definen los hombres como embriones de un mañana y sus acciones son “positivos” o “negativos” por lo que  representan a los hombres del presente y no por lo que representaron  en sí mismos para los hombres en el pasado. En esta perspectiva, los  historiadores no debían  reconstituir la historia en función de los  valores del pasado, sino solo en  la medida de los  del presente.

No voy a entrar a discutir qué significación pueden  tener estas distintas maneras de apreciar las cosas, estos distintos enfoques metodológicos en función de los valores del presente y del pasado.  Solo diré que la reconstitución del pasado en función de sus valores propios, no implica necesariamente una posición pasatista, conservadora,  que  impida apreciar  la dialéctica de la historia. De hecho nos permite reconstituir  con más nitidez la intencionalidad, los propósitos verdaderos que animaban a  los protagonistas históricos, así como dilucidar   en qué medida los acompañaba  una voluntad de cambio o aceptaban en última instancia las imposiciones de los poderes constituidos, con tal de no promover las transformaciones que tendrían lugar en el futuro.  Una vez que valoramos desde fuera, exclusivamente desde las posiciones del presente lo que sucedió y les atribuimos una función positiva a los protagonistas del pasado en tanto pensamos que  su accionar movía el carro de la historia en nuestra dirección.  Resulta  muy fácil atribuirle a estos, en última instancia, una  voluntad de cambio que con probabilidad no tuvieron nunca. De ahí que la historiografía marxista de los años 50 que valoraba  las proyecciones y el accionar   de los personajes de la primera mitad del  XIX,  exclusivamente en función de lo que sucedería después, terminó suponiéndoles a Arango y a Saco una conciencia que no tenían. La perspectiva metodológica que propongo no excluye valorar el accionar  de los reformistas como una contribución a los cambios que tendrían lugar después, solo que esa fue una contribución involuntaria, inconsciente, no deseada en la medida que nunca fue su propósito promover los cambios que tuvieron lugar después, nunca salieron de la órbita del dominio colonial. En realidad el reformismo nació tanto de la necesidad de modificar el status colonial, como de combatir  la emancipación de las colonias americanas.   De hecho los reformistas criticaron tanto el independentismo del continente como las políticas coloniales españolas. Saco escribió en el Mensajero Semanal de New York en 1828 cerca de veinte editoriales contra Bolívar.  El periódico reformista  El Siglo de 1862 a 1868  no se cansó de proclamar en decenas de artículos que era tan “español como es la Reina de España” y de declarar que era su propósito fundamental “sofocar toda aspiración que no sea la unión con la metrópoli”. Por eso el emigrado Saco, no se  cansó de pronunciarse contra la revolución abolicionista e independentista de Yara. ¿ Dónde estaba entonces el abolicionismo y el patriotismo de  Saco y los ideólogos de la plantación,  que todavía le siguen atribuyendo muchos discípulos de Aguirre? De hecho, las versiones más corrientes de los apologistas de los prohombres reformistas los presentan como unos protoindependentistas, que aspiraban a obtener la independencia por la vía pacífica o  adelantar el camino hacia la independencia.   O sea, le atribuyen una faceta que no tuvieron y  unos propósitos contra los que se opusieron vehemente en todas las circunstancias. Por eso, es preciso definir muy bien en qué consistía, o sea, reconstituir en su conjunto la constelación ideológica de los reformistas.  Aguirre modificó  su posición en 1968 después de  la publicación del libro de Chain y  del mío, Ideología Mambisa, en los que  planteábamos que la nación se formó en 1868, pero sus discípulos siguen suponiéndole a Saco y Arango  un progresivismo  que no tuvieron.   El papel de precursores conscientes  les viene muy mal. El análisis de contenido del discurso de Saco y  del Monte, desde los años 30 a los 60 del XIX,  revela que las obsesiones de los ideólogos de la plantación esclavista, eran el temor a una revolución como la haitiana y la necesidad de preservar intacta  la hegemonía cultural e ideológica  de los plantadores  esclavistas blancos. Los conceptos que más se repiten en su obra  son los relacionados con la conservación y seguridad de la clase.  Las consideraciones  en torno a la abolición del tráfico no implican la abolición de la esclavitud porque en fin de cuentas se aboga por la reproducción de las dotaciones de esclavos como el  medio más efectivo de preservar la esclavitud. Las disquisiciones de la década de 1840 en torno al trabajo libre ocupan un lugar  marginal, como un  último recurso de preservar el dominio y la seguridad de  la clase plantacionista, en caso de que no fuera posible otra salida a la situación que atraviesa la clase. En fin de cuentas, Saco es un posibilista cuyo  principal y único interés es mantener el dominio de su clase. De manera que cuando se vea forzado conjuntamente con los otros delegados reformistas criollos a la Junta de Información en 1865 a aprobar  la abolición gradual de la esclavitud, ante la perspectiva inminente de que los delegados reformistas puertorriqueños de acuerdo con la metrópolis, procedan a la abolición inmediata de la esclavitud en las Antillas, todo se reducirá a un proyecto que dejara la obligación de emancipar gradualmente a los esclavos a los hijos o nietos de sus actuales propietarios a fines del XIX o principios del XX.  No obstante, los Ayuntamientos de Matanzas y La Habana, sin conocer el dilema ante el  que se habían visto sus representantes ante la Junta, los criticaran severamente por haber desatendido las instrucciones que recibieran de no aprobar ningún tipo de  proyecto abolicionista. No  se discurre acerca de una  eventual desaparición de la esclavitud en última instancia, porque   se tenga una conciencia burguesa progresista, antiesclavista,  de la necesidad de los cambios, sino porque hay que defender a la clase esclavista  por sobre todas las cosas. Hay que saber con Gramsci, que la principal preocupación de un ideólogo es la conservación de la hegemonía de su clase,  por lo que resultan insostenibles las tesis acerca de un progresivismo burgués ascendente de los pensadores reformistas  de la clase esclavista de plantaciones.

No desearía incurrir en una extrapolación arbitraria, pero acaso ¿ no contribuyeron de igual modo las dirigencias   reformistas del autenticismo, con los movimientos insurreccionales que promovieron y con la ayuda  económica que le prestaron al Movimiento 26 de Julio y al Directorio Revolucionario, al derrocamiento de la Dictadura y al advenimiento del Socialismo? La lógica implícita a ese accionar de los auténticos es muy parecido al de los reformistas del XIX. Su contribución a lo que sucedió después  fue inconsciente, involuntaria, no deseada, por lo que no podemos otorgarles un carné de fundador del partido comunista a Carlos Prío por el hecho de haber contribuido inconscientemente  al advenimiento del socialismo,   de la misma manera que no podemos definir a los reformistas como revolucionarios, ni como fundadores de la nacionalidad cubana por el hecho de que su accionar pudo contribuir involuntariamente al 68.   Lo que no impide que reconozcamos el valor que tuvo esa actitud en su época.

Recientemente escuchaba a un profesor universitario de Historia de Cuba, terminar su clase televisiva con una metáfora de largo vuelo en la que aparecía Arango y Parreño como un cubano un escalón más bajo que Céspedes y Saco como un revolucionario de menor dimensión que Maceo, marchando todos juntos a constituir la nación.  He aquí los peligros a los que nos expone  la imaginación metafórica. Arango y Parreño se identificó siempre como un habanero fiel súbdito de la Madre Patria, no como un cubano -la palabra cubano  no había surgido todavía-  y cuando se descubrió la conspiración de Rayos y Soles de Bolívar, pidió el fusilamiento de los patriotas independentistas. Por otra parte,fue un ferviente admirador de Fernando VII y un enemigo acérrimo de los liberales españoles. Saco como lo han reconocido todos los historiadores cubanos desde Ramiro Guerra hasta Soto Paz  fue siempre  un reformista, partidario de la conservación del status colonial, no un revolucionario. 

Una revalorización marxista detallada del discurso reformista en el contexto histórico del XIX debe implicar una reconstitución integral de la época y de sus personajes. De los espacios que abrieron a la discusión, de cómo consideraban su destino irremisiblemente unido a la Madre Patria, de la manera en que el fracaso de su gestión contribuyó a que otros tomaran conciencia de una salida revolucionaria. Hasta que no se haga eso,  la polémica sobre Saco y Del Monte continuará. 

El caso de Castellanos es curioso en más de un sentido. La simple lectura de sus trabajos publicados en el periódico Hoy  y en la revista Fundamentos, lo acreditan como uno de los  intelectuales de más rango en la jerarquía del Partido Comunista después de Marinello. En algunos sentidos era uno de sus  ideólogos oficiales. Las conferencias que dictara en el Lyceum de Santiago de Cuba en agosto de 1954 y luego publicara con el titulo Tierra y Nación,  se proponían describir en grandes líneas el proceso cubano de formación nacional. Ahora bien, en el curso de su exposición, el análisis se concentraría  insensiblemente en  el proceso de integración de un territorio común, obviando el estudio de la comunidad insular. Lo más significativo es que la patria se identificaba con la tierra en una serie de símbolos literarios que debían dar cuenta del proceso histórico real. En la metáfora telúrica del autor, el amor a la patria era el amor a la tierra tan solo y no a la sociedad y a la cultura. Ahora bien,  esto no impidió que al estudiar el rasgo territorial, Castellanos destacase  la creciente articulación económica de las regiones del país con la progresiva formación de un mercado interno. Su contribución más valiosa al estudio de la formación nacional consistió, por consiguiente, en los datos que aportó sobre el desarrollo de las vías férreas y marítimas en la intervinculación económica territorial promovida por la expansión de la plantación azucarera. A diferencia de Aguirre, su rival como historiador oficial del partido,  que daba por sentada la comunidad territorial desde el siglo XVII, Castellanos demostró que la comunidad territorial constituía un proceso, estrechamente  relacionado con la formación del mercado interno. Su adversario tuvo razón, sin embargo, al postular que los rasgos constitutivos de la nación no debían estudiarse por separado.

En tanto, no estudió el rasgo territorial  relacionado  con  los otros que contribuían a la cohesión e integración superior de la comunidad insular en una nación, aportó una visión unilateral del proceso de formación nacional. Luego de una “crisis de conciencia” ingresó en la grey católica y emigró a Estados Unidos en 1961.

Muchos de los dilemas planteados por la historiografía marxista fueron superados por Cepero Bonilla en Azúcar y Abolición.  A diferencia de Soto Paz y Aguirre, Cepero introdujo un cambio radical en la perspectiva y en las fuentes consultadas que debía aportar una nueva visión de la Historia de Cuba. Hasta entonces los historiadores positivistas habían elaborado reconstrucciones parciales, inconexas, de la etapa colonial. Su punto de partida había sido el estudio de las crónicas y relatos de determinadas personalidades  históricas. Aguirre  tomó como fuente a Guerra y otros historiadores positivistas, creyendo al pie de la letra en las versiones que daban de los hechos. No se percató siquiera de que como historiadores condicionados por su pertenencia de clase  investigaban solo lo que les interesaba a ellos.  Soto Paz, en cambio, había trabajado con fuentes primarias, con  la documentación original de los pensadores reformistas, pero su visión presentista y moralista, le impedía  reconstruir los condicionamientos clasistas y de época de esos personajes. Cepero, a diferencia de estos,  unió la perspectiva marxista y la investigación de fuentes originales, no estudiadas o marginadas voluntariamente por los historiadores positivistas. La utilización de la prensa periódica, la folletería y la correspondencia  de los pensadores reformistas, le permitió abordar críticamente los escritos y relatos  que publicaron en  la época. La visión de Cepero se proyectaba hacia el interior de los hechos, no los reconocía desde fuera, como Aguirre, que partía de los esquemas marxistas y los fundía con la versión positivista de los hechos, sino que  una vez que los  reconocía y los valoraba en su interrelación,  era fiel al  espíritu de la obra de Marx. Aguirre llegó a plantear que él partía de la teoría marxista nunca de los hechos, porque “no se podía poner la carreta delante de los bueyes”. Sin embargo, Lenin en su estudio del capitalismo en Rusia, afirmó explícitamente que él partía siempre “de los hechos rusos”, nunca de la teoría de Marx.   De ahí la  importancia del aporte de Cepero y de la revolución que operó en la historiografía marxista.  No obstante, no se percató de que en el 68 se había producido una ruptura y no era posible seguir aplicándole mecánicamente los mismos esquemas a Céspedes y a los revolucionarios  del 68, que a Saco, del Monte y a los ideólogos reformistas de la plantación. 

En otras ocasiones he hablado de la importancia que tuvieron para mí la obra y las enseñanzas de Juan Pérez de la Riva. Tenía la cualidad de comunicarse con los  otros que solo tienen los sabios. Sus  jóvenes discípulos lo seguían en todo lo que hacía, aunque le discutían en muchas ocasiones. Me distinguió siempre discutiendo conmigo los temas más arduos que estaba investigando. En ocasiones se metía en tremendos enredos, pero salía siempre ileso. Sin duda, tuvo la formación más sólida de todos los historiadores que he conocido. 

La obra de Le Riverend constituirá siempre un punto de partida y de llegada para todas las investigaciones que se hagan en historia económica. Desgraciadamente algunos  de sus discípulos no han hecho otra cosa que esforzarse por  confirmar las  tesis suyas. De hecho han investigado fuentes que pudieran refutar sus formulaciones y se han limitado a escoger los hechos que las  comprobaban.  No es que tuviera una personalidad autoritaria  e impusiera sus puntos de vista a los que lo seguían, sino que en los años 70 y 80 se conformó una cultura del asentimiento y de temor a lo polémico. A eso contribuyeron sin duda, entre otros, los directores de revistas culturales. Si usted divergía de uno de los maestros, no le publicaban. Soy testigo excepcional de más de un  caso. Es una lastima que Le Riverend en los últimos treinta años se dedicara casi por entero a ocupar cargos oficiales, en alguno de los cuales no rindió siquiera aproximadamente  lo que podía haber rendido como historiador.  Tuvo, sin embargo,  la suerte de tener entre sus discípulos a Hernán Venegas, que ha ido   mucho más  allá de las orientaciones originales que le impartiera.

Aunque Moreno Fraginals no estuvo  rodeado de las consideraciones oficiales de otros historiadores que dirigían instituciones, sus discípulos seguían  sus orientaciones al pie de la letra. Una que conozco muy bien, mordía cuando se discrepaba del maestro. No tuvo el trato que ameritaba su obra, pero no fue perseguido. Es sabido, sin embargo,  que algún historiador oficial se opuso a la publicación de El Ingenio. Le entregó a la historiografía revolucionaria  la obra más importante del período, en tanto modelo de análisis: sus  mejores frutos han sido las polémicas que suscita y suscitará. Un modelo de investigación. Los yerros de Moreno cuando intentaba hacer política son proverbiales. El mayor, en el plano intelectual  fue, sin duda,   La historia como arma.  De hecho sus obras son fuentes de conocimientos, no armas para ningún combate.  La historia es  en todo caso maestra, fuente de reflexiones. A mí me tomó  un tiempo comprenderlo.

5,  Se está poniendo de moda, buscar en nuestro pasado más reciente “las luces y sombras” que proyectaba. Zanetti, en una entrevista que concediera para el periódico Granma, y otros estudiosos, en aras de una reconstrucción  más integral del pasado  neocolonial, se están planteando reivindicar algunos personajes y tendencias de este periodo. Invocando la metáfora impresionista de acuerdo con la cual en la historia y en muchos  personajes históricos hay ”luces y sombras”, han  planteado que deberían reconstituirse fielmente estos aspectos.  El problema de este tipo de tropos consiste en que, por lo general, han estado asociados a la idea del bien y del mal y tienden a proyectar una valoración moralista de los personajes y acontecimientos históricos. Por otra parte, en la medida que se formula  una propuesta de encontrar lo “sombrío” o “luminoso” de cada personaje y cada hecho, no hay dudas que hasta en los personajes más reaccionarios de la historia encontraremos repartidas “ luces y sombras”. Por eso no se trata de repartir “una de cal y otra de arena” entre los personajes históricos, sino de  valorar en su conjunto su actitud en la sociedad.  Por ejemplo, de acuerdo con algunos testimonios, Fulgencio Batista quien precisamente  le dio el titulo de “Luces y sombras de América”, a un libro suyo, promovió  algunas medidas de beneficio popular, era un buen padre de familia y un hombre fiel a sus amigos. Lo que nos interesa cuando juzgamos a los representantes de una clase social o una agrupación política no es valorar  su conducta familiar, ni las medidas de beneficio popular que pudiera tomar en determinados momentos, sino en aras de que intereses de clase y de partido tomaba esas medidas, sin olvidar, desde luego, hasta donde ejerció la represión consustancial a su clase. Son las “ políticas de clase y de partido” en aras de conservar la hegemonía de los intereses clasistas  que representa, lo que define la   actitud de las dirigencias políticas, no la manera en que en ellas se refractan “luces y sombras”. El carácter genérico y  equívoco de este tipo de formulaciones metafóricas puede dar lugar a  este tipo de errores. En los que no han incidido la mayoría de nuestros historiadores, como lo reconoce  el propio Zanetti.  No se trata, por consiguiente, de reivindicar lo “luminoso”,  que pudo haber tenido un Montoro o un Vasconcelos o un Cosme de la Torriente,  sino de reconstruir íntegramente sus diseños políticos clasistas y éticos y   hasta que punto estos personajes se vieron forzados  en determinados momentos a adoptar posiciones cercanas a posiciones progresistas. Admitamos que no siempre procedieron bajo la presión de la   conveniencia política o clasista, sino que en determinados momentos pudieron hacerlo de motu propio, inducidos por determinados principios o convicciones personales que enaltecían o denostaban sus personalidades. Desde luego, solo cuando las evidencias así lo indiquen, no a partir de juicios a priori. Ahora bien, ya que se está planteando  la necesidad de reivindicar lo positivo que pudieran tener  algunos ideólogos de derecha - no es esa la posición de Zanetti, hasta donde sepa- sería conveniente que se revalorice a Eduardo Chibás, cuya figura amerita una reconstrucción fiel después de haber soportado el juicio histórico adverso de algunos por muchos años.  Investigaciones como las de José Tabares sobre la política exterior del gobierno de Grau, en los años 40,  contribuyen a la reconstitución integral de  la política exterior de clase del populismo burgués auténtico, sin caer en ningún maniqueísmo y sin apelar a la metáfora de la luminosidad y las tinieblas.  El reformismo de las democracias burguesas latinoamericanas divergía en algunos puntos de los lineamientos del State Department para el continente, sobre todo en lo referente al apoyo que este le brindaba a las dictaduras de la región. La política exterior de Grau no puede juzgarse a la luz de los valores axiológicos individuales del Presidente cubano, sino de la  política de clase de un representante populista de la burguesía doméstica. No era el dirigente auténtico, por consiguiente,  un simple instrumento  del imperialismo, sino  un ideólogo del reformismo y del populismo cubano, que trataba de mediar infructuosamente entre los intereses nacionales  y el imperialismo.

Algo parecido sucede con Machado a quien no podemos juzgar como un vulgar entreguista y  un títere incondicional del capital financiero, sino como un representante de los intereses de la burguesía dependiente cubana, enfrentada a determinados aspectos de los mecanismos de dominio neocolonial. El núcleo principal del gobierno de Machado parece haber sido  constituido  por  los sectores de la burguesía dependiente que se enfrentaron  a las refinerías norteamericanas reteniendo sus azúcares  en 1921. Hay una documentación prolija sobre el apoyo que le prestó este sector a Machado. El hecho que Ramiro Guerra,, el ideólogo principal del limitado nacionalismo corporativo burgués y el crítico principal de la política expansionista de Estados Unidos y de algunas formas extremas  del dominio económico neocolonial,  fuera el secretario particular de Machado, parece constituir  otro elemento significativo a la hora de valorar su gobierno.   La reforma arancelaria afectó, sin duda, importantes intereses exportadores norteamericanos, de la misma manera que la construcción de la Carretera Central puso fin al monopolio de la transportación por tierra que ejercían los ferrocarriles norteamericanos e ingleses y propició la formación de importantes empresas de capital doméstico de transportación por carretera. Ningún otro gobierno republicano se había enfrentado de esa manera a Estados Unidos.  Ahora bien, de la misma manera que Machado alentó y defendió ciertos intereses corporativos de la burguesía doméstica frente al imperialismo, a la vez que su canciller Ferrara, no se cansaba de hacer protestas de fidelidad lacayuna ante el State Department, su gobierno reprimió brutalmente las demandas del estudiantado  y de la clase obrera. Acostumbrados a manejar sus clientelas políticas al son de la chambelona y el cuero,  los caudillos no podían permitir la movilización organizada y consciente  de las clases populares. Machado siempre trató de resolver sus diferendos con los Estados Unidos por medio de  negociaciones, sin apelar al pueblo, al que reprimió brutalmente, cuando este enarboló ciertas demandas mínimas frente a su gobierno. No hay, por consiguiente, dos Machados “ el bueno y el malo”, el de las luces y el de las sombras, sino un Machado de una sola pieza, el caudillo de la burguesía dependiente, incapaz de enfrentarse al imperialismo de manera consecuente y de movilizar al pueblo, al tiempo que  partidario de una mano dura frente a los  obreros  y estudiantes y demasiado débil para resistir la marejada de la protesta popular.

5.Bueno ya di mis opiniones sobre la historiografía cubana actual en el artículo que publiqué en Temas hace algún tiempo. Se han publicado de entonces acá, libros de algunos maestros del oficio que no hacen más que confirmar el papel que desempeñan en la historiografía cubana.  Lo más notable en estos últimos años ha sido la entrada en escena de nuevos investigadores con resultados distintos y una perspectiva generacional común. Me refiero a los estudios de Rolando Rodríguez, Guillermo Jiménez y Newton Briones. Se trata de colegas de mi generación, que han elaborado distintos relatos  por su cuenta a partir de fuentes históricas primarias. Hasta el presente no habían formado parte de ningún colectivo o equipo de investigación histórica,  tampoco habían frecuentado los medios académicos. Sin duda,  se habían beneficiado de los resultados y de  los debates históricos, por lo que esquivaron muchos de los problemas que enfrentaron los colegas que los precedieron. Otro rasgo que los ha caracterizado es que por lo general no han partido de hipótesis historiográficas explícitas, limitándose a ofrecer sus resultados. No voy a discutir esos resultados, porque no tengo tiempo ni espacio para ello. Solo desearía que se airearan con la polémica y se discutieran los supuestos de los que parten. Los nuevos autores necesitan esa confrontación en la medida que deben debatir con sus colegas cuestiones relacionadas con los principios fundamentales del oficio. Desde el punto de vista estrictamente documental, de los hechos, tendencias y personajes que han sacado a relucir, no cabe duda que constituyen aportes sumamente valiosos al conocimiento histórico.

Los jóvenes también han incursionado exitosamente con nuevos libros. Los más importantes son los de  Jorge Renato Ibarra Guitart, Marial Iglesias y Mercedes Rodríguez. En los casos de  Jorge y Mercedes se observa un rigor, un cuidado especial en la dilucidación de los hechos, pero las exigencias de entregar en tiempo y forma sus resultados en los centros investigativos a los que pertenecen evidentemente no les ha permitido situarlos en una perspectiva más amplia. En la medida que  se tenga en cuenta que son autores con una obra reconocida y altamente valorada, confío en que  se les    concederá  más tiempo para elaborar sus síntesis  y reflexionar sobre las implicaciones de sus resultados,  valorándolos en un contexto bibliográfico,  teórico y metodológico más amplio.  El caso de Marial es parecido en el sentido que ha realizado sus investigaciones en su tiempo libre como profesora de Filosofía, por lo que se ha visto obligada a realizar  dobles jornadas de trabajo. Sin embargo, el hecho que haya  dispuesto de más tiempo para hacer su investigación parece haber beneficiado su trabajo en más de un sentido. No quiere decir esto que sus aportes sean más importantes, por el contrario,  desde el punto de vista de la develación de aspectos nuevos de la realidad histórica no se acerca a sus colegas. Su aporte consiste, pues en que  ha podido valorar los hechos que investiga, a la luz de los nuevos estudios de historia cultural sobre los sistemas de significación simbólicos. Todavía no se pueden formular juicios definitivos sobre los alcances y limitaciones de estos nuevos investigadores. Por lo pronto, se puede decir, algo muy importante y es que ya no son una promesa, sino una realidad: son historiadores hechos con una vocación definida y una profesionalidad demostrada.

Por último, no puedo dejar de referirme a un breve y brillante ensayo, de Blancamar León. No te comento la obra de María Antonia Marques, a pesar de su importancia,  porque todavía no se ha publicado.

 Conozco algunos artículos  prometedores, de jóvenes investigadores como Quiza, pero todavía no puedo darte un juicio definitivo.

Esta es una entrevista y te estoy respondiendo las preguntas en un dos por tres, por lo que  cometeré algún error imperdonable al olvidar a más de un compañero.

6. No es posible resumir ese amplio movimiento que reúne a más de cien autores. El interés en Cuba está motivado, desde luego, por el hecho de la Revolución cubana, pero estas investigaciones de nuestro pasado no están dominadas por una toma de posición política, ya sea de simpatía o aversión,  sino más bien  por un deseo de conocer la realidad. En ese sentido, constituyen en su gran mayoría aportes valiosos al conocimiento de nuestra historia. El cotejo de nuestros resultados y de nuestras orientaciones con los de ellos, nos ayudan a superar el chovinismo implícito a toda historiografía nacional. Si comenzara a enumerar autores y obras extranjeras sobre Cuba no terminaría o cometería más de un olvido. Por lo que deseo resumir esa valoración historiográfica  con tres nombres que te aseguro muy pocos podrán objetar: Paul Estrade, Lou Pérez y Consuelo Naranjo. Pudiera haber discrepancias entre sus colegas sobre la significación de sus obras, pero no cabe dudas de que su interés y honda vocación por los estudios cubanos han tenido como fruto las investigaciones más sostenidas y  de más largo aliento  que se han escrito en Francia, Estados Unidos y España sobre Cuba. Uno de los aportes colaterales más importantes a esta valiosísima contribución ha sido el hecho que los colegas nuestros  han descubierto miles de legajos y expedientes en los archivos españoles, estadounidenses e ingleses.  Otros como Lou Perez y Rebecca Scott han donado al país microfilms de diversos fondos históricos.

7.- Bueno, eso de que no me formé “profesionalmente” habría que reformularlo en otros términos. En el pórtico de la Universidad de Londres está inscrita la siguiente frase de Bacon, “La Universidad de hoy día son los libros.”  Desde luego, para estar al día en las ultimas corrientes de pensamiento historiográfico o  en los últimos métodos  de investigación históricos, no basta con tener acceso a los últimos libros publicados, hay que consultar asiduamente las revistas especializadas de nuestra disciplina. Pude burlar el bloqueo estadounidense y de nuestras autoridades académicas durante los años 70 y 80,  en virtud del intercambio que sostenía con colegas como Mary Turner   que me hacía llegar algunas cosas que se publicaban a la vez que me tenía al tanto de las últimas  innovaciones historiográficas. En los 90, Carlos Forment  y Ada Ferrer hicieron otro tanto. Afortunadamente la discreta y apartada hemeroteca de Ciencias Sociales de la Academia de Ciencias,  creo que a instancias de Le Riverend,  mantuvo la suscripción de las principales revistas europeas y estadounidenses  durante esos años difíciles. Allí seguí día por día los principales debates historiográficos de la segunda mitad del siglo pasado. Por otra parte, en los  60, o sea antes del diluvio, la Editorial de Ciencias Sociales dirigida por Rolando Rodríguez  y el Departamento de Filosofía, por Fernando Martínez,  habían estimulado el debate dando a conocer a  Althusser, Gramsci, Levi Strauss, Gurvitch, Weber,  Marcuse etc.  De manera que aun cuando me prohibieron impartir un curso de Historia de Cuba en la Universidad de Oxford y asistir a un Congreso de Historiadores Estadounidenses en los 70, me mantuve informado de las corrientes historiográficas más importantes. Durante esos años de rígida censura, muchos de  mis colegas, profesores universitarios, no tuvieron mi suerte. Mudos testigos de lo que digo, son los ficheros de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca de la Universidad de La Habana.  Las   obras más importantes  de la historiografía  universal no ingresaron en esas bibliotecas en los 70 y 80. De modo que muchos de ellos  para impartir sus cursos de metodología en las universidades del país se vieron obligados a seguir algún manual metodológico pasado de moda o de la escolástica soviética, como el de I.S.Kon. Otros con más suerte  pudieron enseñar métodos estadísticos aplicables a la historia económica y la demografía. Las enseñanzas  de Pierre Vilar constituyeron un  asidero  para los más afortunados.   La mayoría de  los profesores de historiografía para impartir sus clases, por lo general,  debieron  limitarse a valorar la obra de Aguirre o Le Riverend. Espero no seguir siendo un autor prohibido en algunas de nuestras  universidades. No faltó durante esos años algún decano que instruyese a la bibliotecaria de la Escuela de Historia Sara Fidlezait que retirase la síntesis de Historia de Cuba que  yo había escrito por no ser una obra marxista-leninista, como gustaba exigirle a todas las obras históricas de las que tenía conocimiento. No es extraño, por consiguiente, que no se les   invitara o se les planteara la necesidad de que impartiesen clases en la Escuela a  los principales historiadores del país, Le Riverend, Moreno Fraginals, Fernando Portuondo, José Luciano Franco. Mis investigaciones históricas durante estos años estuvieron profundamente influidas por la polémica estructuralista, por las discusiones que suscitaron las investigaciones cuantitativas estadounidenses sobre la esclavitud, por las primeros ensayos de historia de las mentalidades  y la nueva visión que  aportó la New Cultural History inglesa. La inspiración fundamental la recibí  de  las obras de Dumezil y Foucault. Cierto es que el estructuralismo como corriente filosófica  constituía un cierre a la apertura de la historia, pero su énfasis en buscar en los sistemas de relaciones las determinaciones sociales e históricas más importantes, a semejanza de Marx, me estimuló a investigar acuciosamente  los condicionamientos estructurales de los procesos históricos durante la época republicana. No encontraba siempre lo que buscaba, pero  creo haber realizado más de un hallazgo en ese sentido. No puedo decir como Picasso ‘Yo no busco,  encuentro”. He tenido que buscar muy duro. Ahora bien, si no he tenido la suerte de  ser un genio,  he sabido encontrar  la paz y la tranquilidad en la soledad del corredor de fondo que es   el investigador histórico. Allí en el abandono y  soledumbre  de los papeles apolillados, en  soliloquio interminable  con los hombres y mujeres de otros tiempos, he encontrado en muchas ocasiones la razón de ser de muchos de los problemas que nos aquejan.

Mi formación profesional se  ha nutrido de las discusiones interminables  que  sostuve día tras día durante largos  años con colegas como Juan Pérez de la Riva,  Moreno Fraginals y John Dumoulin, así como  de mis intercambios ocasionales más recientes, siempre fructíferos, con Pino Santos, Sydney Mintz, Lou Pérez, Rebecca Scott, Roberto Cassá y Carlos Forment. Y Fe Iglesias, por supuesto, que no ha cesado de discutir conmigo desde que la conocí, lo humano y lo divino, con razón y sin razón.  Tan importantes como estos encuentros eran mis conversaciones diarias con Cintio Vitier y Fina García Marruz en la Biblioteca Nacional, así como los encuentros que tenía con  Ambrosio Fornet y  José Antonio Portuondo. Estos últimos intercambios me resultaron de gran utilidad para comenzar a plantearme la importancia de  los problemas derivados de los sistemas significativos y simbólicos para la comprensión de la sicología del cubano. Con ellos discutí las tesis de mi libro   Un análisis sicosocial del cubano.  José Antonio recomendó la publicación del libro. Ambrosio publicó un  comentario muy elogioso  del mismo en Granma y  Cintio no estuvo de acuerdo con las referencias que hacia de su ensayo, pero le dedicó palabras encomiásticas en la revista Bohemia. 

Las discusiones científicas   semanales con mis colegas del Departamento de Historia de la Academia de Ciencias y posteriormente en el Instituto de Historia de Cuba,  donde tenía la categoría de Investigador Titular,  por más de quince años, contribuyeron de igual modo a mantener el perfil  de mis estudios. Mi interés en mantenerme en forma, impidió que me  oficializara y fosilizara, a pesar del  atractivo  que representaba plegarme a las orientaciones  de la escolástica soviética y de las “vacas sagradas” al uso que dictaban las pautas. De modo que me siento muy bien en compañía de Ramiro Guerra, Levi Marrero, José Luciano Franco, Emilio Roig de Leuchsenring, Oscar Pino Santos, Fernando Portuondo, Luis Felipe Le Roy,  César García del Pino y decenas de historiadores que no pasaron por una Escuela de Historia, ni se formaron “profesionalmente”, pero  sin los cuales no tendríamos una historiografía.

Desde luego, la docencia no está reñida con la investigación. En  la Universidad de hoy día no se concibe que los profesores no investiguen, debiendo publicar en forma de libros o artículos los resultados de sus investigaciones. Por su parte, los centros de investigación exigen que su personal entregue en  plazos  estipulados previamente de uno, dos o más años, los resultados de sus investigaciones, las cuales deben tener la calidad requerida. Si no se cumplen estos parámetros se rescinde el contrato de los investigadores. En la medida que esos centros de investigación se encuentran financiados por el Estado o por fundaciones, no se pueden permitir que los investigadores no rindan los resultados conveniados.

En el caso de los científicos sociales que se dedican solo a la investigación, el aislamiento y la soledad con que se llevan a cabo las tareas del oficio se tornan a veces insoportables.  Te lo digo por  experiencia propia. En una ocasión, tuve que pedir un año de licencia en la Academia de Ciencias  e impartir docencia en la Universidad de La Habana como profesor de Historia del Derecho, porque me resultaba imposible continuar mi trabajo investigativo. Necesitaba ese contacto humano, que solo la comunicación con otros puede proporcionar.

8. Bueno me paso la vida saltando del  XIX al XX y viceversa. Puedes considerar una seria limitación mía que no haya investigado lo suficiente el XVIII y el XVII, pero no se pueden hacer todas las cosas al mismo tiempo. El que mucho abarca poco aprieta, los que se gana en extensión se pierde en profundidad, aunque hay obras monumentales como la de Levi Marrero a la que los cubanos estaremos agradecidos siempre. Por otra parte, sus juicios no perdieron en hondura y enjundia. Difiero de muchos de sus puntos de vista, pero al Cesar lo que es del Cesar. De todos modos, el valor de la obra radica fundamentalmente en los grandes claros que desbrozó en los archivos españoles en los siglos XVI, XVII y XVIII.

 La verdad es que no supimos organizarnos para trabajar la larga duración, o sea, toda nuestra  historia,   en equipos, en nuestros propios archivos y en los españoles, por lo que nuestras conclusiones han resultado parciales. Desde luego, en ninguna otra parte, se realizaron investigaciones del calado de las de Pérez de la Riva,  Moreno,  Alejandro García y  Zanetti. No obstante, aparte de los aportes de las personalidades mencionadas, el problema radica en que los centros de investigación pudieron  organizar equipos para investigar los salarios y precios, los movimientos huelguísticos y los desahucios, los desalojos campesinos y muchos otros temas en la duración larga y media, en fin,  se pudieron realizar muchas investigaciones con equipos colectivos, pero prevaleció siempre la opinión de que cada investigador debía seleccionar su tema. Me cansé de proponer estas cuestiones, pero como no le caía bien a los funcionarios, no me prestaron la menor atención. Cuando les propuse organizar un equipo para estudiar los problemas de la nación, del proceso de formación nacional, apenas atendieron mi solicitud.

Ya que me preguntas  el hilo conductor te lo acabo de dar; el propósito general de mis investigaciones es el proceso de formación de la nación. Desde Ideología mambisa hasta Un análisis sicosocial  todo ha estado relacionado con un proyecto que nunca terminaré de una historia de la nación. Pero bueno, los funcionarios no lo quisieron así. Hay que decir también que no lograron todo lo que se propusieron, o sea, bien enterrarme o desterrarme. No se dieron cuenta de que el historiador  y el revolucionario era yo, no ellos. 

9. Las búsquedas del historiador no se deben  limitar a descubrir,  nombrar  y significar las cosas. La investigación  historiográfica no se debe conformar con localizar y nominalizar los hechos, o a significarlos desde  otros discursos o desde el  propio. Cuando una historiografía se ha sentido complacida con tales resultados no ha hecho otra cosa que esencializarlos. De hecho las definiciones del discurso naturalizado de esa manera,  no han tenido otro objeto que legitimar un sentido común autosuficiente, encargado de sancionar  lo que   es “normal” y  “razonable” de una vez y por todas.  Las respuestas que ha suministrado a todo tipo de cuestionamiento han  estado determinadas a priori por su lógica interna y se han formulado a partir de una autoridad incontestable. El razonamiento implícito a sus formulaciones ha sido el que bastaba con localizar, nominalizar y significar los hechos en su sucesión lineal en el tiempo para conocerlos. En el curso de mis investigaciones republicanas, como destacaba en mi anterior respuesta, tomé conciencia de que no era suficiente  realizar  las tareas que me había propuesto hasta entonces.  Sentía que era preciso dilucidar  cómo funcionaban los sistemas de relaciones sociales, significativos y simbólicos, como se constituían y estructuraban, cuál era el sentido del discurso del hombre, de los hombres, de  sus  maneras de pensar y sentir más intimas,  en  un período histórico determinado. No podía conformarme con lo que parecía evidente en sí mismo, me sentía obligado a ir más allá, a buscar cuáles eran las reglas de juego de la sociedad y el sentidque las informaba. Por eso cuando leí Lo cubano en la poesía   de Cintio Vitier  me percaté de que su importancia para el análisis de la cultura cubana radicaba sobre todo en el sentido trascendente que le impartía a la obra poética. Solo que para mí el sentido de la historia debía acercarse a las posibilidades reales del hombre en la  tierra. De ahí que me satisficieran más los principios kantianos  de la inmanencia en tanto su aplicación se adaptaba a los limites de “ la experiencia posible.” De ese modo, renunciaba a los principios estrechos de la realidad, al tiempo que me abstenía de entrar en el reino  metafísico  de la trascendencia poética.  Los límites de la experiencia posible no podían ser los de un posibilismo irrestricto, donde todo podía suceder, ni los de un rígido  determinismo mecanicista. El único medio de acceso a ese campo de posibilidades históricas consistía en reconstituir íntegramente las alternativas u opciones históricas que se disputaban impartirle un rumbo determinado a los acontecimientos históricos, prescindiendo de las valoraciones en las que solo se tenían en cuenta  los resultados de las fuerzas históricas vencedoras como hechos inevitables e irreversibles, y de los análisis posibilistas en los que todo podía suceder, bastando que hubiera sucedido tal hecho o se hubiera procedido  de otra manera para que los acontecimientos hubieran tomado otro rumbo distinto. Se trata de la perspectiva posibilista  del “si hubiera sucedido tal cosa”, todo hubiera cambiado. Los fundamentos de mis apreciaciones se basan por el contrario en la idea ya expresada en la polémica que sostuve con Marcos Llanos de que la historia consiste en el análisis de todas las opciones históricas y no solo de las vencedoras en tanto parecieron  imponerle   una  impronta única a los acontecimientos, porque en fin de cuentas la evolución final de los acontecimientos se debieron a la presencia de todas las fuerzas en pugna. La historiografía positivista que había heredado daba por sentado el carácter necesario e irreversible de los hechos fundidos en una cadena inexorable que conducía a la República,  la que atribuían  tener su origen en el proyecto reformista de los llamados “fundadores de la nacionalidad”, (Arango, Saco), en tanto otra corriente  historiográfica idealista, se planteaba el libre juego de posibilidades, bastaba que un general hubiera dado una carga al machete en un lugar determinado para que todo hubiera sido diferente. Luego tuve el gusto de saber que  Gramsci había partido de los fundamentos gnoseológicos enunciados  en sus análisis, aun cuando al definir  la libertad, no la matizara condicionándola de acuerdo con las influencias reales de  las fuerzas en presencia en una coyuntura dada.   Así, de acuerdo con el gran teórico, “ La posibilidad no es la realidad”, sino que “ ella es también una realidad: que el hombre pueda hacer una cosa o que él no la pueda hacer tiene su importancia para evaluar lo que él ha hecho realmente: posibilidad quiere decir libertad. La medida de la libertad entra en la voluntad del hombre. Que las condiciones objetivas para no morir de hambre sean reales y que se muera de hambre tiene su importancia. Pero  la existencia de las condiciones objetivas y de posibilidades o libertades no es suficiente todavía, hace falta “ conocerlas” y saber utilizarlas. Querer utilizarlas o servirse de ellas.  El punto de partida de la investigación gramsciana tenía como objeto acceder a un conocimiento de las posibilidades objetivas,  de las fuerzas en presencia en una coyuntura histórica dada. Solo a través de este conocimiento se podía llegar a su carácter posible,  a su posibilidad históricamente real. El voluntarismo de algunas   de sus afirmaciones generales ha sido discutido, pero sus exigencias en cuanto a la necesidad  de alcanzar  un conocimiento que reconstituyera las alternativas históricas de la acción social y que delimitase metodológicamente las posibilidades  que se abrían  a la voluntad de las colectividades, son irreprochables.

Estaba fuertemente impregnado de la  polémica estructuralista, cuando comencé mi estudio sobre las agrupaciones políticas, las clases sociales y  los sistemas de dominio imperialistas en los veinte primeros años de República. Por eso, relacionaba todos los hechos, hasta los más insignificantes, buscaba su articulación y combinatoria, sus ajustes y desajustes. Me encontré entonces con una formulación que hacía López Segrera de paso  en uno de sus libros  para designar la Enmienda Platt y el Tratado de Reciprocidad Comercial: mecanismos de dominio neocolonial. Tenía que haber alguna forma, algún medio, por el cual el capital financiero estadounidense penetró y se apoderó de la economía nacional, descapitalizó y desnacionalizó a la burguesía doméstica. Pensé entonces que debía designar de alguna manera el modus operandi del capital financiero en un país dependiente y apelé al sintagma de marras. Encontré, después de una ardua búsqueda,  cinco modos distintos por los  cuales  las riquezas de la burguesía dependiente cubana pasaron a manos de los capitales estadounidenses y a los que designé mecanismos de dominio neocolonial. En la literatura económica de entonces no encontré estos modos de apropiación del excedente nacional, sino que su articulación se hacía evidente en los mismos hechos consignados en la documentación de la época. Después  que el libro se publicó me encontré que Moreno Fraginals estudiaba el funcionamiento de los modos de apropiación de los excedentes de la burguesía azucarera por las refinerías en el XIX, al amparo de los aranceles estadounidenses. De la  misma manera, Rivero Muñiz  analizaba los medios por los que las fábricas de tabaco estadounidenses se apropiaban de las ganancias de los cosecheros de la hoja. La argumentación de estos colegas sobre este mecanismo de dominio propiciado por el arancel estadounidense, los incorporé a mi otro libro. Estructuras y procesos sociales... No se trataba entonces de enunciar como una petición de principios, a la manera de Gunder Frank o  de los  manuales soviéticos de Economía Política, la subordinación de la burguesía doméstica al capital financiero, sino demostrar de manera empírica  los procedimientos y  la forma en que se había llevado a efecto la apropiación del excedente económico nacional.

Otro sistema de relaciones sociales que puse de manifiesto fue  las relaciones de caciquismo y los enclaves de poder político rurales. Aquí mi experiencia personal y conocimientos de la vida local santiaguera de  cuarenta años vino en mi ayuda. En el club de la burguesía regional santiaguera que frecuentaba cuando era adolescente, conocí a  tres personalidades de la vida política local. Se trataba  de Tontón Vinent,  senador por el Partido Liberal y terrateniente, Món Corona, representante del partido republicano y gran colono, Goderich, Representante o Senador del partido Demócrata y terrateniente. Todos eran de estirpe mambisa, o sea, descendientes de mambises y a la vez políticos y terratenientes.  Treinta años después cuando leía el discurso del interventor Taft en la Universidad de La Habana durante la segunda ocupación estadounidense exhortando  a los oficiales del Ejercito Libertador a que se abstuvieran de todo  tipo de turbulencia política y   compraran fincas o se asociaran como testaferros al capital foráneo  invertido en la Isla, me percaté de que se estaba fraguando la formación de un nuevo tipo de relación social. Esta intuición la confirmé cuando leyendo la prensa de esos años advertí que con frecuencia aparecían titulares anunciando  que un oficial del Ejército Libertador adquiría una finca. Me di  a la tarea de buscar en las relaciones del Archivo de Roloff  los  nombres y apellidos de los Oficiales del Ejército  Libertador a los efectos de cotejarlas  con relaciones de colonos cubanos que aparecían en una revista estadounidense de la época y con listas de los  candidatos electos para los cargos de senador, representantes, alcaldes y concejales  que aparecían en el libro de Mario Riera. Pronto me di cuenta que había localizado cerca de cuarenta oficiales del Ejército Libertador que eran al mismo tiempo terratenientes medios o colonos a la vez que senadores, representantes o alcaldes. Proseguí la búsqueda en otras fuentes y al cabo de un tiempo reuní  cerca de ciento veinte oficiales. No obstante, en el discurso político de la época no habían referencias  explícitas a este nuevo personaje del medio rural. Fue solo en la novelística que me encontré de nuevo con los caciques rurales como protagonistas principales de las narraciones. Loveira, Ramos, Carrión los describían con pelos y señales.   Por último encontré referencias políticas y de todo tipo en otras fuentes. Una última prospección en el Archivo Histórico de Santiago de Cuba me permitió valorar las actitudes de algunos  caciques políticos locales ante cerca de cincuenta  desalojos campesinos  que tuvieron lugar en Oriente en los primeros veinte años de República por latifundistas cubanos y  compañías azucarera estadounidenses.    Años después me encontré en los libros de  la escuela microhistórica italiana, en las investigaciones  de Giovanni Levi, consejos en cuanto a la forma de reconstituir  los sistemas de relaciones sociales del pasado siguiendo por sus nombres y apellidos las actividades económicas y sociales  a las que se dedicaban distintos grupos de personas. Pude ampliar las  relaciones de oficiales del Ejército Libertador cuando años después siguiendo una referencia bibliográfica de Rebecca Scott me encontré en el Archivo Nacional de Washington con los informes secretos  del Ejército de Ocupación estadounidense durante la Segunda Intervención. Rebecca comenzaba entonces a plantearse los problemas de la microhistoria a partir de una familia de patriotas negros que habían tomado parte en la guerra del 95. En la misma búsqueda se encontraba Michael Zeuske. De retorno al tema diremos que en esos informes elaborados por oficiales de la inteligencia estadounidense se caracterizaban en pequeñas biografías a más de doscientos personajes de las élites rurales cubanas, por el hecho de ser a la vez  oficiales del Ejército Libertador, políticos locales y terratenientes medios.

Inspirado en esas realizaciones he seguido recientemente los antecedentes genealógicos de los treinta principales dirigentes de los alzamientos de Oriente y Puerto Príncipe en el 68,  por sus nombres y apellidos, así  pude determinar que todos,  con excepción de uno de ellos, hijo de un comerciante catalán, Bartolomé Masó,  procedían de familias asentadas en Cuba desde el siglo XVII. Siguiendo el mismo procedimiento de buscar por el nombre y apellido, en una diversidad de fuentes pude determinar   en las décadas de 1850 y 1860,  que en un grupo de 231 plantadores azucareros, un 68,2% de estos en las jurisdicciones de lo que hoy es  Pinar del Río y un 63,6% en las de  La Habana, eran originalmente  traficantes o comerciantes  españoles. En Matanzas la relación era aun mayor ascendiendo a un 66 % los plantadores de origen comercial español. Hemos  calculado sobre la base de los resultados de la investigación de Orlando García que en Cienfuegos un 31,1 % de los inversionistas que fundaron los ingenios de la región eran comerciantes  de La Habana o de Matanzas y un 41,4%  eran  comerciantes radicados en Las Villas. O sea, aproximadamente un 72,5% de los ingenios cienfuegueros habían sido fundados por capital comercial español. A la vez, un 49 % de los regidores de los cabildos de Matanzas, La Habana y Cárdenas en las décadas de 1850 y 1860 eran españoles, lo que demostraba que el control de estos importantes órganos de poder local,  dominados tradicionalmente por la oligarquía de hateros de ganado  criollos,  estaba siendo traspasado a manos de los comerciantes españoles.   Pienso que estos hechos contribuyen entre otros a esclarecer por qué hubo alzamientos en la región centro oriental de la Isla y no en el Occidente, a parte de que tienen  una diversidad de implicaciones sociológicas y culturales de relevancia para los estudios regionales. A  estudiar las derivaciones de estos hechos le dedico un libro completo. 

Como puedes apreciar  estaba trabajando con los métodos de la microhistoria italiana, sin percatarme de  que algunos comenzaban   a investigar  en ese sentido por esa fecha.  Creo que no tiene la mayor importancia la precedencia, quién empezó primero,  sino el hecho de que nos estábamos planteando los mismos problemas en la búsqueda de un sentido a la historia que no fuera el de la conciencia individual de los sujetos históricos o de los historiadores. Lo pertinente, en todo caso, es que el historiador  puede reconstruir de manera independiente la historia reuniendo características objetivas  comunes a muchos individuos siguiendo su trayectoria en la documentación del pasado por sus nombres y apellidos,  sin depender por entero de  testimonios individuales, ni de las macro estadísticas elaborados por otros en el pasado (censos, padrones etc.). Desde luego la prosopografía viene trabajando en ese sentido,  en el plano de las relaciones familiares, mientras que los estudios microhistóricos se plantean ,por lo general, reconstruir sistemas de relaciones sociales.

El acercamiento a los sucesos, la observación estrecha y minuciosa de los grandes acontecimientos, puede traer resultados inesperados. Fue así como el estudio de los alzamientos del 68 y del 95, me reveló que estos hechos decisivos de nuestra historia fueron precedidos y acompañados de dos crisis coyunturales de la economía que la historiografía económica cubana no había registrado. Ahora debe esclarecerse hasta qué punto fue la coyuntura económica, un factor desencadenante decisivo  o un factor que coadyuvó  con otras causas al desenlace de la guerra.

Un problema que me asaltó en el curso de mis  investigaciones sobre la República fue el  papel central  que desempeñaba el  Estado y la política en la vida del ciudadano. El tratamiento más usual que la historiografía le había dado a la cuestión de la corrupción administrativa consistía en atribuirla a la falta de moral y espíritu de trabajo del cubano de todas las épocas. Otra versión en boga consideraba que la raíz de la deficiente moral pública  se encontraba en  el mercantilismo de la sociedad capitalista  en tanto estimulaba la acumulación de riquezas por encima de todas las cosas.  No obstante ,en otras sociedades capitalistas no sucedía lo mismo. No me podía conformar, por consiguiente,  con esas versiones superficiales y prejuiciadas sobre el carácter nacional.  Tan pronto comencé mi estudio me di cuenta de que la ruina completa de los productores provocada por las inmensas destrucciones de la guerra del 95 y su secuela de miseria, demandaba que el Estado  desempeñara un papel central, estimulando las actividades económicas y  proporcionando empleo a las decenas de miles de personas sin trabajo. De ese modo la coyuntura económica determinó bien pronto  que el centro de  las tormentas políticas girase en torno a la necesidad de que el Estado consiguiese empleo a los desocupados y a la sucesión de los partidos en el  poder, en tanto cada partido debía resolver  todo tipo de favores y una relativa seguridad en los ingresos a sus clientelas políticas. Así el acceso al poder de cada agrupación política significaba la destitución de decenas de miles de empleados que eran sustituidos por los simpatizantes del nuevo partido gobernante. La coyuntura económica desastrosa provocada por la guerra fue superada progresivamente por zafras grandes, pero las  estructuras económicas de mayor alcance creadas por la relación de dependencia con Estados Unidos determinó, a la postre, que una gran masa de la población girase permanentemente  en torno al Estado. El latifundio impedía la formación de un campesinado numeroso que  viviera de la tierra,  los mecanismos de económicos de dependencia y la invasión del país por un flujo ininterrumpido de mercancías de Estados Unidos, impedían que se industrializara y se creasen fuentes de trabajo para los cientos de miles de desempleados. Por otra parte, los políticos gastaban  cientos de millones de pesos en los procesos electorales, resolviendo provisoriamente la situación de desamparo y miseria de la población . En esas condiciones el Estado se convirtió  en el vórtice de la vida nacional.  El apoderamiento de las riquezas del país por los políticos, determinó que la gran mayoría de la nación identificase al poder con la fuente de la miseria y la opresión nacional. De ahí que los partidos populistas conquistasen a las masas denunciando las tropelías de los políticos, haciendo abstracción en parte de las reivindicaciones clasistas de distintos sectores de la población.

Desde luego, la descripción y explicación de los mecanismos por los que el Estado se convirtió en el centro de las determinaciones nacionales, no basta para infundirle sentido a su relación con los ciudadanos. Las preguntas más significativas  en torno a los vínculos de dependencia políticos  guardan  relación con la imagen que se habían formado  los cubanos con respecto a la política y los políticos. Fue por eso que acudí en Un análisis sicosocial del cubano  a uno de los registros más sensibles de las maneras de sentir de la población referidas a la actividad política.  Una intuición profunda de Elías Entralgo sobre la necesidad de vincular el lenguaje popular con el carácter nacional orientó mis primeros pasos. La  lectura del léxico popular, del conjunto de locuciones e idiomismos referidos a la política debía arrojar luz sobre los que sentía y pensaba el cubano al respecto. El hecho que se elaborase espontáneamente un vocabulario popular  nuevo para nombrar de una manera  radicalmente distinta fenómenos de la vida política a la manera  que las refería el discurso político de las élites republicanas,  revelaba la existencia de una discordancia profunda entre las dirigencias políticas y el pueblo. Frente al discurso de los políticos sobre su entrega a la causa del bien común, de sus sacrificios por el pueblo, de su honradez a toda prueba, el lenguaje popular desnudaba con las expresiones más  cáusticas e hirientes las mentiras oficiales, la farsa que representaba la política. En seis  diccionarios y léxicos de cubanismos  y en  otras fuentes del lenguaje popular pude reunir en un estudio reciente los más socorridos dichos y expresiones populares sobre los políticos y la corrupción política y administrativa. En los primeros 56 años de vida republicana se constituyó un campo léxico conformado  por ciento veinte dichos populares y vocablos despectivos referidos a la política. El emigrado  Sánchez Boudy, por su parte,  pudo recoger  ciento cuatro  refranes populares peyorativos sobre la política. Lo más significativo  es que hasta ahora los autores de diccionarios y estudiosos del léxico  no  han recogido expresiones populares que denoten de manera positiva la actividad política.

El cubano se veía obligado a depender de la política, al tiempo que la despreciaba profundamente. Lo que le infundía un sentido al lenguaje popular era la inconformidad que mostraba con el estado de cosas existente y  la manera en que patentizaba la crisis hegemónica de las élites republicanas. De ahí que para gobernar, las dirigencias políticas republicanas debieran apelar alternativamente a la represión y a la violencia o a la corrupción y el soborno, una vez que no contaban con el consenso popular. Pienso que las investigaciones que he llevado a cabo en el léxico popular y su relación con la mentalidad del cubano de la época deben  darte una idea de lo que quiero decir cuando hablo de necesidad de  la búsqueda de un sentido en la historia.

El hallazgo de un mito que se construyó  en torno a la figura de Teodoro Roosevelt, en las entrevistas efectuadas  por la prensa cubana a cerca de veinte  destacadas personalidades de la política nacional con motivo del fallecimiento del Rough Rider, me permitió acceder a la mentalidad de las dirigencias políticas.   Me encontraba ante un fenómeno del inconsciente de las élites  republicanas, que definía las actitudes asumidas por estas en relación con la Enmienda Platt y los Estados Unidos. Una estructura significativa común había condicionado  la aparición del mito  y las actitudes  de las dirigencias políticas. Las posiciones comunes de los políticos de las más diversas posiciones,  fabuladores del mito del autor de la política del Gran Garrote, revelaban el carácter dependiente de estos, ya fuesen independentistas o plattistas, aceptasen de buen grado o no la coyunda imperial.  Las investigaciones de Dumezil y Barthes me ayudaron a comprender estos fenómenos complejos de la mentalidad. El estudio de los mitos y de otros sistemas significativos y simbólicos me acercaba al sentido que tenía la vida para los hombres del pasado.

Al finalizar el libro sobre los mecanismos de dominio, los partidos políticos y las clases en los primeros veinte años de República, me di cuenta de que había estudiado un ciclo histórico y sociológico cerrado en sí mismo.

Allí aparecían las luchas fragmentadas de los obreros, de los negros, las pugnas  por la sucesión en el poder entre los partidos, las movilizaciones electorales e insurgentes de campesinos y peones por los caciques rurales, el discurso de las élites políticas, su mentalidad plattista dependiente, el discurso de la burguesía criolla y la española, pero no se sabía cuál era la manera de sentir y pensar del protagonista principal de la historia sobre lo que estaba pasando en la Isla. ¿ Qué sentido tenía para el cubano su paso por la vida en los primeros veinte años de República?

Fue entonces que decidí emprender una investigación en estas  primeras décadas sobre la imagen del cubano en las manifestaciones artísticas y literarias de la época (la narrativa, la poesía, el teatro bufo, la décima campesina) en el léxico popular y en las manifestaciones de la conducta patógena del cubano (suicidios, delitos). Se trataba de un análisis histórico y sociológico de las manifestaciones del pensamiento y la conducta del cubano El punto de partida y asidero inicial de la investigación habían sido unos consejos brevemente enunciados por Lucien Febvre a propósito de la necesidad de efectuar estudios históricos sobre las mentalidades. No contaba, sin embargo,  con ningún estudio en el que inspirarme, por lo que debía construir yo mismo el modelo de la investigación. Cuando algún tiempo después pude ver algunas de las investigaciones sobre las mentalidades que se habían efectuado en Francia me alegré de no haber tenido acceso a ellas previamente. Si hubiera intentado seguirlas al pie de la letra o inspirarme en ellas con toda seguridad habría  acudido infructuosamente  a  fuentes inexistentes  o seguido caminos diversos  que no me hubieran permitido  alcanzar los resultados que obtuve. Creo que un logro importante de esta investigación fue haberme percatado  de que en las maneras de sentir y pensar de una época se pueden advertir las conductas del futuro con una claridad meridiana. Otro resultado significativo es la manera en la que se explicitaron muchos de los mecanismos por los que  distintos colectivos  pautan los pensamientos y sentimientos de los individuos. Años después leyendo a Raymond Williams advertí  que estos mecanismos constituían "la estructura común de sentimientos”  de una época, compartida por todos sus creadores.

Creo, en fin,  que la idea de esta investigación surgió de una imagen poética que guardé en el subconsciente por muchos años. En el  Canto General  de Neruda, que leí en el  año 55 para regalárselo después a José Antonio Echevarría en los días de la Huelga Azucarera de Las Villas, hay un poema en el cual se evoca el hecho que el pueblo de Cuba había conservado en el subsuelo de la Isla el pensamiento de Martí como la más pura almendra y solo la desenterraría  cuando llegara la hora de luchar por  la justicia. Una de las primeras cosas que observé cuando comencé las investigaciones sobre las décimas campesinas  de los años 1910 y 1920, fue la reiteración en  decenas de composiciones  de la idea que si Martí viviera otro gallo cantaría. Los temas  que denunciaban  todas y cada una de estas  ciento veinte décimas que leí (los desalojos campesinos, los salarios de miseria de las compañías yanquis, el pago en vales y fichas, la explotación de los bodegueros, la Enmienda Platt, la condición colonial del país constituirían con el tiempo la base de los programas revolucionarios de Mella y Villena. O sea, los campesinos y proletarios rurales del país, se habían adelantado
. en la formulación de las demandas revolucionarias a sus pensadores. El pueblo había sabido guardar el recuerdo de Martí y formular  una denuncia  consciente de los abusos y explotación que sufría. En las otras manifestaciones artísticas y literarias analizadas, se percibe también la cuestión de la frustración del ideal independentista. 

Por aquellos años realicé dos investigaciones de historia cuantitativa, que se conservan inéditas. Una en la Anotaduría de Hipotecas de La Habana sobre las deudas que contrajeron los plantadores en el período 1840-1880 con los comerciantes españoles, o sea, durante el período de las grandes inversiones para dotar de máquinas de vapor a los ingenios. El estudio casi terminado  revelaba  que los plantadores se liberaron en gran medida de sus deudas con los comerciantes durante la Guerra de los Diez Años, en la medida que los  precios del azúcar a partir de 1870 ascendieron vertiginosamente, otra razón de peso para que no hubiera alzamientos armados de los plantadores occidentales. Un  estudio cuantitativo que llevé a efecto, asesorado por el sociólogo Nene Ibarra,  partir de muestreos en los expedientes del Quinto Cuerpo de Ejército en La Habana, revelaba que cerca del 98,5% de los soldados eran campesinos y trabajadores rurales, un 1% profesionales de la ciudad de La Habana, y apenas un O,2% de obreros de la ciudad. Esa investigación ha sido complementada con una amplia  documentación que revela cómo los obreros de la ciudad, españoles en su abrumadora mayoría, efectuaban importantes  donaciones al ejército español.

Más recientemente durante un año he recopilado  informes de  las Parroquias del Obispado de La Habana sobre muertes y nacimientos de esclavos y libres, durante los años 1858-1867 y 1870-1877, a los efectos de verificar hasta qué punto se estaban reproduciendo o no en algunas parroquias las dotaciones de esclavos desde  la década de 1860. Estas investigaciones estaban encaminadas a corroborar hipótesis más generales sobre la disposición de ciertos grupos y clases  a aceptar determinados cambios sociales en curso.

Por último, en los últimos cinco años he tratado de corroborar algunas de  mis tesis originales acerca del proceso de formación nacional cubano en el XIX, a partir de investigaciones de tipo comparativo entre las regiones centro orientales y occidentales del país. He efectuado estudios comparativos más amplios a partir de la existencia de  regiones de esclavitud patriarcal sobre la base de  haciendas hateras y de regiones   de esclavitud plantacionista azucarera y cafetalera en las Antillas hispano-parlantes. El objetivo último era determinar el sentido distinto de la historia para cubanos, dominicanos y puertorriqueños en  el siglo XIX, sus parecidos y diferencias. El interés por los estudios comparativos nació de las responsabilidades que tenía al frente del  Seminario de Historia Comparativa  Identidad, cultura y sociedad de las Antillas Hispanoparlantes auspiciado por la UNEAC, la Universidad de Puerto Rico y la Universidad Autónoma de Santo Domingo.   Algunos de estas investigaciones se han publicado en revistas históricas especializadas en España o bien sus resultados han sido dados a conocer en ponencias presentadas en congresos en Francia y en España. En 1998  fui becado por el Instituto de Cooperación Iberoamericano para  continuar mis investigaciones de historia comparativa cubana en los archivos españoles. Este año recibí la beca Sephis del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, a los efectos de completar en los archivos cubanos mi investigación de historia comparativa del XIX en las Antillas hispanoparlantes.

Como verán he empleado los métodos de la micro historia, de la historia cuantitativa, de la historia comparativa y he acudido al estudio de las mentalidades en mi búsqueda de un sentido al paso de los  hombres por la historia.  En mi obra estos métodos han sido implementados en función de una orientación marxista. Creo que quien más se ha acercado al sentido de mi obra ha sido  Roberto Cassá, quien escribió que  mi marxismo es un marxismo crítico, no apologético. La captación o aprehensión de los hechos históricos, su ordenación ha sido llevada a efecto en virtud de una variedad de métodos de investigación, pero el sentido que le  he impartido, la interpretación de la nueva realidad que he sacado a la luz, tiene como fundamento al marxismo. Detrás del instrumental empleado, siempre ha estado el propósito de  esclarecer cuál es el  sentido de las actividades del hombre en el proceso histórico y cuál es su sentido de la vida en sociedad. En última instancia,  los métodos en tantos medios de acceso a la realidad, no constituyen sino un paso en dirección a la adquisición de conocimientos. Por eso, cuando distintas escuelas han pretendido absolutizar sus métodos y técnicas de observación como los únicos capaces  de acceder de  la realidad o de aportar conocimientos, no han hecho otra cosa que hipostasiarla,  en la medida que han transformado  un enfoque en su objeto. Con razón Hobsbawn expresó su disconformidad con el enfrentamiento de los métodos microhistóricos y macrohistóricos, a partir de las pretensiones de ambas escuelas de disfrutar de un acceso privilegiado o único al conocimiento histórico. Para el maestro de la historiografía británica el empleo del microscopio no excluía el empleo del telescopio, en tanto constituían distintos vías de acceso a distintos aspectos de la realidad, desde ángulos distintos de observación.

Como puedes ver las vías de acceso al pasado, los métodos  a los que he recurrido son distintos: en ocasiones seguía un modelo de investigación, en otros momentos partía de unos principios apenas esbozados por los maestros del oficio. En determinadas  circunstancias la naturaleza del objeto de estudio sugería el camino a seguir, algunas veces, mi experiencia de vida formulaba el propósito de  la investigación y, por último, con frecuencia,   la imaginación o fantasía dictaban el curso de la búsqueda. En este sentido quería evocar un aforismo de Schlegel, “Es tan mortal al espíritu tener un sistema como no tenerlo. Debemos, por consiguiente, decidirnos a reunir los dos.”  En resumen, ese es mi sistema, tener y no tener sistema, mantenerme cerrado o abierto a la realidad de acuerdo con las circunstancias.

10. No deberías hacerme esa pregunta a mí,  sino a mis lectores. Me esfuerzo por serlo. No sé si lo logro.  He escrito un largo ensayo sobre los puntos de contacto entre la narración literaria y la histórica que aparecerá en el próximo número de Temas. El historiador debe esforzarse por llegar a un público cada vez más numeroso, sin preocuparse por alcanzar la popularidad de los narradores literarios. Si lo moviese la notoriedad, terminaría por distorsionar  el texto histórico. No obstante, puede y debe  inspirarse en algunas técnicas de la narrativa literaria, sin olvidar que su objeto es describir la realidad. La realidad de los hechos históricos no puede ser reemplazada por la ficción.  La realidad  con frecuencia es más fabulosa que la inventiva.

11. Mis consejos a los historiadores noveles son leer todas las cosas que le caigan en las manos, desde novelas porno hasta encíclicas papales, pasando por el Granma. Y sobre todo la poesía. Nada humano le debe ser ajeno. Ver todas las  películas y  obras teatrales que puedan.  La historia es una escenificación y debemos conocer los mecanismos  del montaje. Anotar todo lo que escuchen en la calle, en las guaguas, así como  las inflexiones del discurso político. Las relaciones de parentesco, de familia, aportan muchas experiencias sobre lo que es y ha sido  la vida del hombre en sociedad. Algún día le pueden ser útiles.  O sea, no se debe establecer una barrera infranqueable entre el presente y el pasado, el tiempo libre y el de trabajo, entre la vida privada y las actividades  profesionales. No olvidar que  el hombre vivo, el hombre de la calle, no vastas fuerzas impersonales,  constituye  el objeto de la historia. Los protagonistas no son dioses, sino hombres de carne y hueso. Si se representan como seres alados, abstraídos de las maneras de pensar y sentir de los mortales, no le resultará verosímil a muchas personas.

En cuanto a lo que es propiamente el oficio se debe trabajar regularmente en las bibliotecas, archivos o en la casa de acuerdo con la tarea que nos hayamos  propuesto de 8 a 12 horas diarias. Escribir, reescribir y volver a escribir y reescribir hasta que se encuentre la expresión  apropiada a lo que se quiere decir.  Mantenerse al día en todo lo que se publica, aquí y afuera, en todas las revistas especializadas. Lo primero que se debe  leer de una obra histórica es la última pagina, para saber las  fuentes que consultó el autor. Eso  dará una idea de hasta qué punto el autor se propuso reconstruir la historia.  Se deben problematizar los hechos históricos, no dar  nada por evidente en sí mismo. El método cartesiano de la duda es el más prudente, o sea, el cuestionamiento  en un primer momento de todas las cosas, hasta que se esclarezca su autenticidad. Bajo ningún concepto se debe poner por encima de toda consideración  la autoridad de los maestros. Más vale confiar en  la autoridad de  trabajo propio y en las evidencias reales que aporta la documentación. No se debe temer en determinadas  circunstancias ir en  contra de  la corriente, en ciertas ocasiones  resulta  necesario, imprescindible. Por eso, si yerramos no debemos avergonzarnos,  es lo más normal. De lo que más se aprende es de nuestros errores. Cuando nos enfrentamos a ideas  consagradas, con las evidencias y la razón en la mano,  la gente termina creyendo en nosotros.  Y sobre todas las cosas no olvidar  que  la historia no es la sierva del presente, sino la maestra del presente y del futuro.

Con mi hijo, Jorge, no me las he arreglado, él se la ha arreglado.  La primera lección que aprendió fue a valérsela por sí mismo.  En eso lo apoyé todo el tiempo. Tiene sus criterios propios, que respeto profundamente. Lo más importante es que en las cuestiones en las  que coincide conmigo, no ha sido a instancias mías,  sino  que ha llegado a esas conclusiones  por sus propios medios. Con mucha frecuencia coincidimos sin que conozcamos previamente nuestros puntos de vista.  Me consulta a veces, pero casi siempre coincido con él. Le recomendé que estudiara alguna de las humanidades, teniendo en cuenta su vocación. Había querido estudiar Sociología, pero los sovietizados cerraron la carrera. Se decidió entonces estudiar Sicología, pero no se adaptó a ella.  Fue entonces que escogió Historia. No creo en los self made men del capitalismo, pero sí en los hombres de criterio. Y él lo es.

No pensarás que me siento realizado  porque me han dado unos cuantos homenajes. Agradezco el honor que representan, pero si no  escuchan y prestan atención a las cuestiones que vengo planteando hace tiempo en cuanto a la institucionalización de los estudios históricos, no tienen sentido los reconocimientos personales. Hace cinco años planteé en el primer número de la revista Temas una serie de cuestiones fundamentales en torno a la historiografía y sus aspectos institucionales. Ninguno se ha resuelto. Incluso algunos se han agravado y han surgido nuevos problemas. No se trata de que coincidan conmigo o de que tengan que acceder a mis planteamientos, sino de que nunca se han sentado a discutir conmigo. Sencillamente me han dado la callada por respuesta cuando les he expuesto mis puntos de vista. Las discusiones en esas instancias deben ser de conocimiento general.

De vuelta al tema de los homenajes y las distinciones, te diré también que de la misma manera me hubiera sentido  más realizado si se hubiera premiado y distinguido la obra de Pino Santos y García del Pino, colegas y compañeros que me precedieron y de cuya obra aprendí muchos de los gajes del oficio.

Otra cosa que debo esclarecer es que en una publicación  reciente un colega me atribuyó ser el historiador más importante del país. Como habrás visto por la valoración que hicieron los colegas que me precedieron,  nunca es posible discernir cuál es el más relevante, ni tampoco es tan importante esclarecerlo.  Siempre el juicio al respecto es personal. Por fortuna o desgracia, a los historiadores no se les puede medir el tiempo al correr, ni la altura al saltar, como Aniel  García o Sotomayor, para saber cuál es el mejor.

Creo que en la primera pregunta te aclaré que luchaba por una revolución socialista, pero que no era militante del Partido Comunista.  Afirmaba también ser un hombre libre en un país libre, sin explayarme en consideraciones  sobre el sentido de esa libertad. En primer término, es la que escogimos, la nuestra,  pero es por la que tenemos que luchar todos los días. La libertad no es un estado que se alcanza de una vez y por todas, sino algo que se conquista en la brega cotidiana, cumpliendo nuestros deberes y haciendo valer nuestros derechos. Lo otro es la renuncia a la libertad, el conformismo y la sumisión.

12.  En realidad, como te dije antes, no he hecho otra cosa que templar mis tesis en el fuego de la crítica. ( Bueno esa frase me parece un poco presuntuosa y retórica, no la borres para que quede como testimonio de que los historiadores tenemos también nuestro pruritos). No me he aferrado a criterios, pero me cuesta mucho tiempo y trabajo llegar a ciertas conclusiones para que alguien me las desacredite en un cerrar y abrir los ojos. De hecho le debo a la crítica de Lepkowski haberme convertido en historiador. Pensaba dedicarme a otra cosa después que terminase  Historia de Cuba, pero la crítica me hizo tomar conciencia que debía redondear muchas de mis hipótesis, lo que  me alentó a continuar investigando. De hecho, algunas de las investigaciones que llevé a efecto después, son hipótesis que aparecen formuladas explícita o implícitamente en  Historia...  Esa controversia fue muy positiva, porque se vio que se podía criticar abiertamente una obra auspiciada por las FAR, sin que se cayera el mundo. La crítica es la vida de cualquier disciplina. Los historiadores cubanos además de sufrir la soledad, consustancial al oficio,  hemos tenido que  soportar el silencio de la crítica. Hemos volado a ciegas por mucho tiempo, sin saber cuales son los problemas de nuestros libros, sin escuchar  las mil sugerencias  de un crítico serio. Se dice que hay muchos colegas que no comprenderían la crítica porque no aguantan que “ les rallen la carrocería.” Si es así sería mejor que se dediquen a otra cosa. El desarrollo de nuestra disciplina no puede depender de esos falsos orgullos, ni de la tolerancia oportunista con ellos de los funcionarios que dirigen las publicaciones. De hecho, mientras nuestras revistas no tengan secciones fijas de crítica seria, no  meras reseñas o ditirambos, no habrá intercambio civilizado de opiniones y criterios. Los funcionarios se han opuesto siempre a la crítica  porque es el procedimiento democrático por excelencia mediante el cual se forman criterios objetivos  en torno a la obra de los autores, de espaldas a los sofritos que entre los primeros  se cocinan a puertas cerradas.

Ahora estoy empeñado en una polémica, que no me busqué,  con algunos políticos diletantes  y académicos de la emigración cubana. Se han escrito cinco críticas en distintas publicaciones en Estados Unidos sobre Ideología  Mambisa y Prologue to Revolution. Las diferencias entre los criterios  de  los académicos estadounidenses que han escrito dos de estas críticas, por una parte,   y los políticos y profesores cubanos, por otra, sobre mis libros son  altamente significativas.  Mientras los estadounidenses mantienen un tono ponderado y objetivo, los cubanos, con la excepción de una académica, mantienen una visión tendenciosa. Ya verás en Temas de qué se trata.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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