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LA
JIRIBILLA
LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO
"Al finalizar el libro sobre los mecanismos de dominio,
los partidos políticos y las clases en los primeros
veinte años de República, me di cuenta de que había
estudiado un ciclo histórico y sociológico cerrado en sí
mismo".
Entrevista con el historiador Jorge Ibarra.
Pedro
Pablo Rodríguez|
La
Habana
1. En
la Universidad de Pennsylvania en los años 50, tuve un
profesor de Geografía económica que vinculaba la
economía y la geografía a los procesos históricos de una
manera muy sugestiva. Es posible que fuera un discípulo
de Vidal la Blanche. Como quiera que fuese, sus
enseñanzas me hicieron tomar conciencia de las enormes
diferencias entre la América hispana y la sajona. Mi
interés por los estudios históricos cobró fuerzas con
mis profesores de Historia del Derecho en Cuba y de
Historia de la Cultura en la Universidad de Oriente,
Leonardo Griñán Peralta y José Prats Puig,
respectivamente. Griñán era un historiador muy
sagaz y original; me impresionaron vivamente sus
valoraciones marxistas de la historia del derecho cubano
y la manera en que enjuiciaba las motivaciones
sicológicas de los protagonistas históricos. Aunque no
empleaba los conceptos de carisma ni de
hegemonía -apenas eran
invocados entonces- pensaba que la oficialidad mambisa
disfrutó de un amplio liderazgo y un considerable
ascendiente en la población, así como que las
instituciones republicanas burguesas tuvieron un amplio
reconocimiento y acatamiento en un principio. Su
desprestigio, debido a la corrupción y a la dependencia
a EE.UU., toma fuerza solo a partir de 1910. Prats,
profesor liberal catalán emigrado, tenía una vasta
cultura y una concepción muy amplia de los procesos
históricos y civilizatorios. Ahora bien, lo que
prefiguró definitivamente mi interés por la historia fue
la lectura de la Guerra de los Diez Años de Ramiro
Guerra, durante unas vacaciones escolares forzadas por
una rubeola.
Desde mi época en la Universidad de Pennsylvania me acompañaban dos tomos de la correspondencia del Juez
Holmes con Harold Laski. Holmes era Presidente del
Tribunal Supremo de Estados Unidos, mientras que Laski
era el teórico principal del Partido Laborista británico.
Los argumentos en pro y en contra del socialismo de
estos pensadores me convencieron que el único socialismo
posible era el de Lenin. Desde entonces, me comenzaron a
interesar las lecturas marxistas. Esta vocación temprana
por la justicia social se definió aun más en las clases
de Criminología, que impartía José Luis Galbe,
ex
fiscal de la República Española. Galbe conciliaba las
teorías liberales del Derecho de Jiménez de Azúa con su
credo socialista militante y su carácter combativo. De
todos modos en su curso hizo trizas las doctrinas
burguesas en boga del Derecho Penal. Una figura
destacada de la intelectualidad republicana española,
Juan Chabás, contribuyó también a que tomara conciencia
de la necesidad del socialismo. Por aquellos años se
incorporó al claustro de la Universidad de Oriente, José
Antonio Portuondo, quien había sido profesor de
Literatura de la Universidad de Wisconsin por dos años.
Aunque no era profesor mío, los contactos frecuentes y
las discusiones que tuvimos sobre el significado de las
generaciones en la historia y sobre el proceso
revolucionario de los años 30, me convencieron cada vez
más de la necesidad de que las luchas revolucionarias
tuvieran un carácter profundo, aun cuando discrepaba
radicalmente de las tácticas de lucha de los comunistas
cubanos. Por otra parte, me asombraba la forma
perentoria con que definían como “pequeños burgueses”,
“putchistas” y “terroristas” a mis compañeros de
luchas revolucionarias. De todos modos como estaba
convencido de que si iba a haber una revolución ésta
debía ser una revolución socialista, me declaraba
partidario de la colaboración con estos y los defendía a
capa y espada cuando discutía con mis compañeros. De
manera que cuando se publicaron algunos artículos en
Bohemia sobre el “peligro comunista” en la Universidad
de Oriente, respondí en esas páginas como Presidente de
la Escuela de Derecho, rechazando las imputaciones que
se hacían contra mis profesores y declarando el derecho
que les asistía a exponer sus ideas en la universidad.
Por cierto, fue José Antonio Echevarría quien habló con
Miguel Ángel Quevedo para que se me publicara el
artículo.
Por lo que llevo dicho, pudiera pensarse que la
Universidad santiaguera era de izquierda. Todo lo
contrario. La mayoría de los profesores eran de derecha.
La corriente ideológica más representativa la dirigía
Fermín Peinado, mi profesor de Filosofía de Derecho,
graduado de la Sorbonne, y Luis Aguilar León, actual
director de las Mesas Redondas de Radio Martí, católicos
liberales de centroderecha, entonces.
Otras lecturas que contribuyeron de manera decisiva a
mi formación fueron las obras de Pablo de la Torriente y
de Roa, sobre los años 30 lo que acrecentó mi
interés por la historia de Cuba y contribuyó a definir
mi posición en la coyuntura de los cincuenta. En los
años 30, Pablo era marxista por su cuenta, testicular,
por sus cojones, como le diría en una ocasión a
alguien que pretendió convertirlo en un militante de
libritos y círculos de lectura en la prisión.
Una de las conclusiones más importantes a las que había
llegado era que la lucha armada no debía estar separada
de la lucha por las transformaciones sociales.
El
pensamiento de Martí y Maceo debía vincularse al
pensamiento socialista. Desde entonces valorábamos las
luchas del 68 y del 95 como el antecedente de las luchas
revolucionarias de los cincuenta. Esto explica la tesis
de la continuidad de las luchas que expuse en
Ideología Mambisa y ha sido adulterada recientemente por
algunos emigrados partidarios de enterrar nuestras
tradiciones revolucionarias. También desempeñaron un
papel importante en mi toma de conciencia histórica, los
compañeros universitarios que constituían lo que
pudiéramos llamar un Ala Izquierda Estudiantil en la
Universidad de Oriente. Entre ellos se encontraban Leyla
Vázquez, Ariel Griñán, Rafael Rivero y Nilsa Espín.
Algunos de ellos se hicieron militantes de la Juventud
Socialista después, pero entonces militaban en las
organizaciones revolucionarias fundadas por Frank País.
No obstante, tan importante como esos vínculos
ideológicos en mi formación política, resultó ser la
relación estrecha que mantenía con los jóvenes insurreccionales procedentes de los sectores más
humildes de la sociedad. Los jóvenes que militaban en el
movimiento estudiantil e insurreccional, los más activos
y combativos procedían de sectores muy pobres. Algún
día tendrá que hacerse la historia de esos héroes del
movimiento revolucionario. Como dijo Fidel un día
memorable, “Nuestra Revolución es la
Revolución
de los humildes, por los humildes y para los humildes”.
Y no recuerdo quién dijo un día que los verdaderos
protagonistas de la Revolución habían sido héroes
humildes como los Amejeiras y los Fontán.
Por eso, mi mayor timbre de orgullo es haber participado
en acciones de protesta y revolucionarias con
compañeros como Frank País, Faure, Pena, Pepito,
Orlando Benítez, Machadito, Juan Pedro Carbó, Quiala,
Lupiañez, Luis Argelio Pantoja, Palais, Romero,
Santurio, Osmel Francis, Temístocles Fuentes, Ascensio
y muchos otros. Fueron ellos la vanguardia
revolucionaria; con independencia de distintas
posiciones y actitudes que pudieran adoptar en
determinadas circunstancias.
En cuanto a los jóvenes procedentes de la clase media,
como José Antonio Echevarría, no puede decirse siquiera
que tuvieran una conciencia pequeño burguesa como
explico en mi libro sobre la proletarización de la
sociedad cubana en los cincuenta. Fueron esas
condiciones en buena medida las que hicieron posible la
Revolución cubana. Mis tesis sobre el papel de la
juventud proletarizada surgen, por consiguiente, de una
experiencia histórica particular. Al cabo de los años,
al historiar este proceso he acudido a los testimonios,
a las estadísticas económicas y demográficas, para
fundamentar mis juicios históricos. Por eso, no podía
estar de acuerdo con las tesis obreristas o pequeño
burguesas sobre los estratos y clases que dirigieron la
lucha contra la Dictadura batistiana o emprendieron la
construcción del socialismo. De ahí también que
profesores de origen cubano de universidades
norteamericanas, se sientan defraudados con mi libro
publicado en Estados Unidos, en la medida que no le
concedo el papel que ellos le conceden a la burguesía o
a la pequeña burguesía. Como puedes ver, mi interés por
la historia nace de mi participación en la historia y
muchos de los temas que investigo provienen de ella.
Por eso, precisamente, me asombro de que se haya
publicado una historia de la Universidad de
La Habana,
de cerca de 900 páginas, que le haya dedicado solo una
página a José Antonio Echevarría, a la FEU y al
Directorio Revolucionario, mientras se dedican cuarenta
o más a Mella y a la gente de izquierda en los 30.
¿A
qué se debe tal desproporción? ¿A que unos
revolucionarios valían más que los otros? ¿ O a que los
antiguos militantes de izquierda de los años 30 tenían
una gran influencia entonces?
Con respecto a la segunda parte de tu pregunta te diré
que todavía añoro la época en la que hice Historia
de Cuba de la Dirección Política del MINFAR, nunca
tuve tantas consideraciones y ayuda efectiva para mis
investigaciones. El jefe de la Dirección, José Nibaldo
Causse se mostró siempre fraterno y cooperativo. En el
ICR dirigí un equipo que asesoraba la programación
histórica de la radio y la televisión, durante ocho años.
El asesoramiento se limitaba a proporcionar la
bibliografía a los escritores radiales y televisivos y
revisar errores factuales de tipo histórico que se
pudieran presentar en los libretos. Fue una época en la
que la libertad de creación contribuyó poderosamente a
crear el espíritu rebelde y solidario de nuestro pueblo.
Recuerdo indistintamente los programas de Sandino,
Goethe, Miranda, Beethoven,
Bolívar, Freud, el 68, la Guerra de los Diez Años, la
Mesa Redonda de Radio Rebelde, para citar solo algunos.
Tuve siempre a mi lado el respaldo solidario de Papito
Serguera, que me dio mano libre en todo, y no recuerdo
haber escuchado quejas de bulto sobre la programación
por parte del público radioyente. Recuerdo que entonces
se recibían en las emisoras cientos de sugerencias y
quejas diarias sobre los programas. Nunca tuve un sí ni
un no con los compañeros que dirigían la Dirección
Política del MINFAR y el ICR. Cuando comenzó la
creciente dogmatización de la vida intelectual del país
en los años 70, comenzaron mis problemas. En la medida
que me oponía a los designios de los funcionarios de la
uniformación del pensamiento, comenzaron una campaña de
que estaba loco, que siempre había estado loco. Como en
los años 50 me llamaban así por el hecho de afrontar
algún que otro pequeño riesgo en la lucha, además de
ser insurreccional y marxista a la vez, lo que
evidentemente era adelantarme demasiado a la época, se
aprovechaban del remoquete cariñoso de mis compañeros,
para descalificarme como un chiflado. Esas campañitas
amainaron cuando la lógica de mi obra y el
reconocimiento nacional e internacional que ha tenido,
les ha callado la boca. De ahí que hayan cambiado de
táctica y ahora me acusen de haberme pasado la vida
fajándome, cuando no he hecho otra cosa que defenderme
como gato boca arriba de ellos y sus adláteres.
Ya no usan la palabreja polémico con la que condenaban
sin remisión a los que no se les sometían
incondicionalmente. Ser polémico era para ellos ser
sencillamente un apestado.
2. Desde luego, sin Guerra y Portuondo, la
historiografía cubana no sería la misma. Ahora bien,
quien se propusiera sentar sobre bases sólidas la
historiografía marxista debía criticar la obra de sus
predecesores. No bastaba solo con criticar la visión
positivista, sino la manera que habían trabajado las
fuentes. Algunos historiadores “marxistas ” pensaban
que era suficiente yuxtaponer las tesis marxistas a los
resultados de Guerra y Portuondo. Como no investigaban
se aprovechaban de los hallazgos de los maestros
positivistas cubanos para bautizarlos con algún esquema
marxista. En ocasiones fueron más lejos y se atribuyeron
los resultados de la formidable crítica de Fernando
Portuondo a las tesis de Portell Vilá sobre el supuesto
independentismo de Narciso López, sin citarla siquiera.
De los maestros que has mencionado, al único que conocí
fue a Fernando Portuondo y debo decirte que fue un gran
cubano, a quien no se le ha hecho suficiente justicia
aún.
Mi crítica a Guerra, tiene que ver más con las fuentes
que emplea, que con su perspectiva historiográfica
positivista. Siempre comienzo la lectura de un libro
de Historia, por las últimas páginas donde aparece la
bibliografía empleada por el autor. Si te remites a las
fuentes consultadas por Guerra en su obra la Historia
de la Guerra los Diez Años te encuentras que solo ha
trabajado con las crónicas y relatos de los
protagonistas de la contienda y que apenas ha tocado la
prolija documentación de las décadas de 1860 y 1870 que
se encuentra en el Archivo Nacional. Cuando te pones en
contacto con los miles de documentos existentes de la
Guerra Grande, tu visión cambia radicalmente. Si
quieres hacerte una idea de lo que te digo te sugiero
que compares los tres artículos míos en proceso de
publicación en la Revista Bimestre Cubana sobre
el fin de la Guerra de los Diez Años con la versión de
Guerra. Ahora bien, debo reconocer que aparte de su
contribución enorme a los estudios históricos, en la
medida que reconstruyó pasajes enteros del devenir
histórico nacional, ningún historiador cubano ha tenido
la ponderación y el tino de sus juicios.
Bueno, de estos maestros del pensamiento histórico de
quien me siento más cerca y con quien más simpatizo es
con Emilio Roig de Leuchsenring. Emilito tenía una
prosa difícil, pero pensaba con
el corazón. Por eso, sus aportes a la historiografía
cubana fueron más ráigales y permanentes, en tanto
tocaron las fibras más íntimas del sentimiento nacional
cubano. Su contribución resultó decisiva para la toma
de conciencia revolucionaria antiimperialista de mi
generación. Fue él quien reveló el carácter radicalmente
independentista de Martí, Maceo, Gómez, opuestos a toda
expansión imperialista,
quien demostró que Cuba no le
debía la independencia a Estados Unidos,
quien organizó
a los historiadores progresistas en los Congresos de
Historia que efectuaba todos los años.
Con respecto a Ortiz, sabes muy bien que he señalado
cómo los apologistas se han olvidado de sus primeros
libros racistas. Debe destacarse, desde luego, la manera
en que rebasó esa primera etapa de su pensamiento, pero
la crítica ha obviado de dónde partió el sabio cubano.
He criticado también su Contrapunteo Cubano del
Tabaco y del Azúcar, porque el maestro dio a
entender que los únicos protagonistas de la historia
económica de Cuba fueron el azúcar y el tabaco,
olvidándose de los hatos y corrales ganaderos, que
desempeñaron en los primeros siglos de colonización un
papel dominante. Incluso en el siglo XIX, la historia
de
las regiones centro orientales solo se entiende a
partir de la haciendas ganaderas. Todo esto se explica
en la obra de Ortiz, porque no era historiador y
porque no dejo de ser nunca un intelectual habanero que
pensaba que la historia de Cuba se había escrito
fundamentalmente en torno a los ingenios y vegas del
occidente del país. No sé a ciencia cierta qué
pensaría Le Riverend que era tan amigo de Ortiz de este
libro suyo. Pienso, sin embargo, que en tanto principal
propulsor de los estudios históricos regionales, debió
haberle hecho conocer sus opiniones.
Mis criterios sobre la obra precursora de Ortiz los di
a conocer en un artículo que se publicó en la Revista
Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh. En
este trabajo valoraba la trascendencia de su
pensamiento para los estudios antropológicos del negro
en América. Desgraciadamente su obra resulta
desconocida por una parte considerable de la academia
norteamericana. La Enciclopedia de Ciencias Sociales
de la Universidad de Chicago, no lo menciona a él ni
a Nina Rodríguez, desconociendo que fueron los
iniciadores del estudio de las relaciones étnicas en el
continente. De hecho, sus definiciones a propósito de
la transculturación, suscritos por Malinowski y Bastide,
han sido olvidados por los antropólogos estadounidenses.
3. Como historiador que trata, se esfuerza por ser
marxista, mis primeros modelos fueron El Capital
y los estudios históricos de Lenin sobre el capitalismo
en Rusia, en tanto constituyeron modelos ejemplares de
investigación de Ciencias Sociales. Si bien estas
primeras investigaciones nos permitían aprehender los
procesos y estructuras sociales del capitalismo, a
partir de métodos de investigación rigurosos, una
diversidad de aspectos de la realidad social y de las
sociedades precapitalistas no fueron abordados por
ellos. Su obra será siempre una fuente de inspiración,
pero la infinita variedad de aspectos que cubre el
tránsito secular del hombre sobre la Tierra demanda de
los investigadores de ciencias sociales e históricas,
emplear una variedad de enfoques y métodos
constantemente renovables. Por otra parte, el
capitalismo que investigaron con detenimiento y
asiduidad fue el de Inglaterra y Rusia y a los
historiadores latinoamericanos de historia
contemporánea, digamos, nos corresponde estudiar
sociedades capitalistas distintas. De ahí que no
vacilara en inspirarme en Bloch y Febvre, que no eran
marxistas, pero fundaron la historiografía moderna, con
sus concepciones y métodos. Sus seguidores no han
hecho otra cosa que seguir sus pasos. El único que ha
aportado cosas nuevas ha sido Braudel. En cuanto a
historiadores marxistas, mis paradigmas son Hobsbawn y
Vilar: los historiadores del campo socialista no les
llegaron a los tobillos.
Soy historiador marxista en tanto los análisis que he
hecho de todos y cada uno de los fenómenos y procesos
históricos que he sacado a la luz tienden a
corresponderse con el espíritu de la obra de Marx, no
porque me propusiera ilustrar cada cosa que dijo el
genial pensador en la Historia de Cuba. En mis primeras
obras me preocupaba por tomar la historia nacional como
referencia y demostración de muchas de las ideas que
habían postulado los clásicos del marxismo. Pronto me
percaté de que el pensamiento marxista tenía su propia
lógica y que se correspondía con la evolución histórica
de las naciones y los estados europeos, por lo que mi
contribución a la comprensión marxista de la historia de
Cuba debía partir de los hechos cubanos y no de las
ideas de Marx. No tenía por qué avalar cada hecho con su
firma. De hecho, algunas de las cosas que descubriera
en mis estudios podían contravenir las tesis marxistas,
sin que por eso atentara contra su espíritu. Las tesis
de Marx que han resultado más fecundas para mí han sido
las referidas a las diferencias entre la plantación
esclavista y la hacienda patriarcal, en tanto se
corresponden con las formaciones dominantes en la región
occidental de la Isla y en las regiones centro
orientales, en el siglo XVIII y XIX. Aun cuando ya en
los 60 había escrito artículos que luego reproduje en
Aproximaciones a Clío, donde sostenía la importancia
decisiva del proceso de proletarización para la
comprensión de la Revolución cubana, muchas de las
premisas para estos primeros estudios, se
encuentran en el análisis que había publicado con
anterioridad sobre las tesis de Lenin acerca de la
transición al capitalismo en Rusia, en la revista
Casa de las Américas.
Gramsci es imprescindible porque es el otro marxismo,
el marxismo crítico, al que muchos le dimos la espalda,
para asumir las tesis de la escolástica marxista. Si no
existieran Gramsci y otros pensadores marxistas no
hubiera esperanzas de una renovación del modelo
socialista. Cuando nos decidamos a reconstruirlo, a
borrar definitivamente los vestigios del modelo
soviético de socialismo real, que fracasó, tendremos que
acudir a él y a otros pensadores marxistas, no para
copiarlo, sino para inspirarnos en él.
La burocracia
pretendió convertir a Gramsci en un pensador de segunda
o tercera categoría. La desaparición de la Unión
Soviética demostró más allá de toda duda que era un
pensador de primera línea. Sus tesis sobre la hegemonía
se evidenciaron más allá de toda duda cuando el
socialismo real hizo mutis. El estado soviético demostró
no ser viable sencillamente porque no se sustentaba en
los fundamentos en los que debía descansar toda
hegemonía, es decir, en los principios de consenso y
participación popular. De más está decir que estos
principios son perfectamente compatibles con las
instituciones y estructuras del socialismo vigente en el
país y que su aplicación se ha ensayado en determinados
momentos. Su progresiva puesta en escena deberá estar
encaminada a perfeccionar nuestro modelo. No pretendo
saber cuándo, cómo y de qué manera deben tomarse
esas medidas encaminadas a perfeccionar nuestra
democracia, pero me parece evidente que algún día deben
tomarse.
4. En una época en la que la apología a los
Fundadores de la Nacionalidad, a Arango, Saco, Del
Monte, daba el tono de los estudios históricos, Soto
Paz dio la nota discordante, revelando el pensamiento
íntimo de los ideólogos de la plantación esclavista.
Carlos Rafael Rodríguez lo bautizó como un iconoclasta
y un “mudcracker”, hurgador de lodo en la vida de los
patricios, que le faltaba “el enfoque metodológico
necesario”. Sin embargo, reconoció que había atacado con
valentía “toda una serie de prejuicios santificados por
los historiadores ‘serios’ ” y todo “lo que había de
convencional y ficticio”. Pensaba también que los
estudiosos como él, en tanto desenmascaren “actitudes
negativas reaccionarias o anticubanas... aportarán,
descontando sus errores inevitables, materiales valiosos
a la historia cubana que está por escribirse”. Esa
historia, añadía, no la escribirían, sin embargo, Soto
Paz y los hurgadores de lodo, “sino los que a la luz del
marxismo se asomaran a nuestra historia nacional.” No
puedo decir que estoy de acuerdo con todos lo extremos
de esta crítica. Ciertamente las valoraciones de Soto
Paz estaban teñidas de moralismo, en la medida que
enjuiciaba el pasado desde una perspectiva presentista.
Ahora bien, el criterio esencial desde el que partía la
crítica de Carlos Rafael consistía en que se debía tener
en cuenta o “discernir el efecto progresivo que tenían
ciertas instituciones que consideradas en sí mismas son
injustas y reaccionarias, por no comprender que como
señalara Engels y comprobaremos después, todo paso
adelante en la historia va acompañado de secuelas
reaccionarias.” En este esquema la esclavitud moderna
podía ser considerada “un paso adelante” o “ tener un
efecto progresivo” en la ruta de la humanidad, a pesar
de ser en sí misma “injusta y reaccionaria”. Si bien,
Carlos Rafael distinguía muy bien entre “las ideas
reaccionarias de Saco, Delmonte y José Luis Alfonso” y
el “ impulso liberal protestante y liberal de Varela y
Heredia”, el hecho que acentuara los efectos progresivos
y el paso adelante que podían representar ciertas clases
injustas y retardatarias en sí mismas, parece haberle
dado el pie a otros historiadores marxistas como
Aguirre para que le atribuyesen a la clase esclavista
criolla y a sus ideólogos el papel de parteros de la
nacionalidad en las primeras décadas del XIX. Por ese
camino se llegó a postular que los pensadores de la
plantación esclavista eran representantes de una
burguesía que no existía. El núcleo implícito de esta
argumentación parece ser que la introducción de las
innovaciones tecnológicas de la revolución industrial
burguesa en la plantación azucarera vinculada al
mercado mundial, abrió e impulsó el camino a una
revolución independentista y a la formación de una
nación. Sin embargo, los países centro y sudamericanos
no necesitaron de una plantación azucarera dotada de los
avances tecnológicos de la revolución industrial para
llevar a cabo revoluciones independentistas y
consolidarse como naciones. De hecho se adelantaron con
respecto a Cuba, cuyos lazos de dependencia a España
fueron reforzados precisamente por la plantación. Cuba y
Brasil, sociedades de plantación esclavista, fueron las
sociedades iberoamericanas que más se demoraron en
obtener la independencia y en llevar a cabo la abolición
de la esclavitud. La revolución independentista de 1868
estalla precisamente en las regiones no plantacionistas,
o sea en las regiones centro orientales del país y es
lidereada por propietarios de haciendas ganaderas,
profesionales de toda la Isla y campesinos. Los
baluartes del dominio de España son las regiones de
plantación de occidente, e incluso en los bolsones
plantacionistas de Santiago de Cuba, SagUa
y Cienfuegos, los plantadores españoles, dominan los
ayuntamientos, la plana mayor de los cuerpos de
voluntarios, y la directiva de los casinos españoles.
Por lo general, son las mismas personas.
De acuerdo con la línea de pensamiento referida, las
instituciones y los hombres se definen con respecto a la
hipotética importancia que tuvieron para el futuro y no
por el valor que tuvieron en sí mismas. En otras
palabras se definen los hombres como embriones de un
mañana y sus acciones son “positivos” o “negativos” por
lo que representan a los hombres del presente y no por
lo que representaron en sí mismos para los hombres en
el pasado. En esta perspectiva, los historiadores no
debían reconstituir la historia en función de los
valores del pasado, sino solo en la medida de los del
presente.
No voy a entrar a discutir qué significación pueden
tener estas distintas maneras de apreciar las cosas,
estos distintos enfoques metodológicos en función de los
valores del presente y del pasado. Solo diré que la
reconstitución del pasado en función de sus valores
propios, no implica necesariamente una posición
pasatista, conservadora, que impida apreciar la
dialéctica de la historia. De hecho nos permite
reconstituir con más nitidez la intencionalidad, los
propósitos verdaderos que animaban a los protagonistas
históricos, así como dilucidar en qué medida los
acompañaba una voluntad de cambio o aceptaban en última
instancia las imposiciones de los poderes constituidos,
con tal de no promover las transformaciones que tendrían
lugar en el futuro. Una vez que valoramos desde fuera,
exclusivamente desde las posiciones del presente lo que
sucedió y les atribuimos una función positiva a los
protagonistas del pasado en tanto pensamos que su
accionar movía el carro de la historia en nuestra
dirección.
Resulta muy fácil atribuirle a estos, en
última instancia, una voluntad de cambio que con
probabilidad no tuvieron nunca. De ahí que la
historiografía marxista de los años 50 que valoraba las
proyecciones y el accionar de los personajes de la
primera mitad del XIX, exclusivamente en función de lo
que sucedería después, terminó suponiéndoles a Arango y
a Saco una conciencia que no tenían. La perspectiva
metodológica que propongo no excluye valorar el
accionar de los reformistas como una contribución a los
cambios que tendrían lugar después, solo que esa fue una
contribución involuntaria, inconsciente, no deseada en
la medida que nunca fue su propósito promover los
cambios que tuvieron lugar después, nunca salieron de la
órbita del dominio colonial. En realidad el reformismo
nació tanto de la necesidad de modificar el status
colonial, como de combatir la emancipación de las
colonias americanas. De hecho los reformistas
criticaron tanto el independentismo del continente como
las políticas coloniales españolas. Saco escribió en el
Mensajero Semanal de New York en 1828 cerca de
veinte editoriales contra Bolívar. El periódico
reformista El Siglo de 1862 a 1868 no se cansó
de proclamar en decenas de artículos que era tan
“español como es la Reina de España” y de declarar que
era su propósito fundamental “sofocar toda aspiración
que no sea la unión con la metrópoli”. Por eso el
emigrado Saco, no se cansó de pronunciarse contra la
revolución abolicionista e independentista de Yara. ¿
Dónde estaba entonces el abolicionismo y el patriotismo
de Saco y los ideólogos de la plantación, que todavía
le siguen atribuyendo muchos discípulos de Aguirre? De
hecho, las versiones más corrientes de los apologistas de
los prohombres reformistas los presentan como unos protoindependentistas, que aspiraban
a obtener la
independencia por la vía pacífica o adelantar el camino
hacia la independencia. O sea, le atribuyen una faceta
que no tuvieron y unos propósitos contra los que se
opusieron vehemente en todas las circunstancias. Por eso,
es preciso definir muy bien en qué consistía, o sea,
reconstituir en su conjunto la constelación ideológica
de los reformistas. Aguirre modificó su posición en
1968 después de la publicación del libro de Chain y
del mío, Ideología Mambisa, en los que
planteábamos que la nación se formó en 1868, pero sus
discípulos siguen suponiéndole a Saco y Arango un
progresivismo que no tuvieron. El papel de
precursores conscientes les viene muy mal. El análisis
de contenido del discurso de Saco y del Monte, desde
los años 30 a los 60 del XIX, revela que las obsesiones
de los ideólogos de la plantación esclavista, eran el
temor a una revolución como la haitiana y la necesidad
de preservar intacta la hegemonía cultural e
ideológica de los plantadores esclavistas blancos. Los
conceptos que más se repiten en su obra son los
relacionados con la conservación y seguridad de la
clase. Las consideraciones en torno a la abolición del
tráfico no implican la abolición de la esclavitud porque
en fin de cuentas se aboga por la reproducción de las
dotaciones de esclavos como el medio más efectivo de
preservar la esclavitud. Las disquisiciones de la década
de 1840 en torno al trabajo libre ocupan un lugar
marginal, como un último recurso de preservar el
dominio y la seguridad de la clase plantacionista, en
caso de que no fuera posible otra salida a la situación
que atraviesa la clase. En fin de cuentas, Saco es un
posibilista cuyo principal y único interés es mantener
el dominio de su clase. De manera que cuando se vea
forzado conjuntamente con los otros delegados
reformistas criollos a la Junta de Información en 1865 a
aprobar la abolición gradual de la esclavitud, ante la
perspectiva inminente de que los delegados reformistas
puertorriqueños de acuerdo con la metrópolis, procedan a
la abolición inmediata de la esclavitud en las Antillas,
todo se reducirá a un proyecto que dejara la obligación
de emancipar gradualmente a los esclavos a los hijos o
nietos de sus actuales propietarios a fines del XIX o
principios del XX. No obstante, los Ayuntamientos de
Matanzas y La Habana, sin conocer el dilema ante el que
se habían visto sus representantes ante la Junta, los
criticaran severamente por haber desatendido las
instrucciones que recibieran de no aprobar ningún tipo
de proyecto abolicionista. No se discurre acerca de
una eventual desaparición de la esclavitud en última
instancia, porque se tenga una conciencia burguesa
progresista, antiesclavista, de la necesidad de los
cambios, sino porque hay que defender a la clase
esclavista por sobre todas las cosas. Hay que saber con Gramsci, que la principal preocupación de un ideólogo es
la conservación de la hegemonía de su clase, por lo que
resultan insostenibles las tesis acerca de un
progresivismo burgués ascendente de los pensadores
reformistas de la clase esclavista de plantaciones.
No desearía incurrir en una extrapolación arbitraria,
pero acaso ¿ no contribuyeron de igual modo las
dirigencias reformistas del autenticismo, con los
movimientos insurreccionales que promovieron y con la
ayuda económica que le prestaron al Movimiento 26 de
Julio y al Directorio Revolucionario, al derrocamiento
de la Dictadura y al advenimiento del Socialismo? La
lógica implícita a ese accionar de los auténticos es muy
parecido al de los reformistas del XIX. Su contribución
a lo que sucedió después fue inconsciente,
involuntaria, no deseada, por lo que no podemos
otorgarles un carné de fundador del partido comunista a
Carlos Prío por el hecho de haber contribuido
inconscientemente al advenimiento del socialismo, de
la misma manera que no podemos definir a los reformistas
como revolucionarios, ni como fundadores de la
nacionalidad cubana por el hecho de
que su accionar pudo
contribuir involuntariamente al 68. Lo que no impide
que reconozcamos el valor que tuvo esa actitud en su
época.
Recientemente escuchaba a un profesor universitario de
Historia de Cuba, terminar su clase televisiva con una
metáfora de largo vuelo en la que aparecía Arango y
Parreño como un cubano un escalón más bajo que Céspedes
y Saco como un revolucionario de menor dimensión que
Maceo, marchando todos juntos a constituir la nación.
He aquí los peligros a los que nos expone la
imaginación metafórica. Arango y Parreño se identificó
siempre como un habanero fiel súbdito de la Madre
Patria, no como un cubano -la palabra cubano no había
surgido todavía- y cuando se descubrió la conspiración
de Rayos y Soles de Bolívar, pidió el fusilamiento de
los patriotas independentistas. Por otra parte,fue un
ferviente admirador de Fernando VII y un enemigo
acérrimo de los liberales españoles. Saco como lo han
reconocido todos los historiadores cubanos desde Ramiro
Guerra hasta Soto Paz fue siempre un reformista,
partidario de la conservación del status colonial, no un
revolucionario.
Una revalorización marxista detallada del discurso
reformista en el contexto histórico del XIX debe
implicar una reconstitución integral de la época y de
sus personajes. De los espacios que abrieron a la
discusión, de cómo consideraban su destino
irremisiblemente unido a la Madre Patria, de la manera
en que el fracaso de su gestión contribuyó a que otros
tomaran conciencia de una salida revolucionaria. Hasta
que no se haga eso, la polémica sobre Saco y Del Monte
continuará.
El caso de Castellanos es curioso en más de un sentido.
La simple lectura de sus trabajos publicados en el
periódico Hoy y en la revista Fundamentos,
lo acreditan como uno de los intelectuales de más rango
en la jerarquía del Partido Comunista después de
Marinello. En algunos sentidos era uno de sus ideólogos
oficiales. Las conferencias que dictara en el Lyceum de
Santiago de Cuba en agosto de 1954 y luego publicara con
el titulo Tierra y Nación, se proponían
describir en grandes líneas el proceso
cubano de formación
nacional. Ahora bien, en el curso de su
exposición, el análisis se concentraría insensiblemente
en el proceso de integración de un territorio común,
obviando el estudio de la comunidad insular. Lo más
significativo es que la patria se identificaba con la
tierra en una serie de símbolos literarios que debían
dar cuenta del proceso histórico real. En la metáfora
telúrica del autor, el amor a la patria era el amor a la
tierra tan solo y no a la sociedad y a la cultura. Ahora
bien, esto no impidió que al estudiar el rasgo
territorial, Castellanos destacase la creciente
articulación económica de las regiones del país con la
progresiva formación de un mercado interno. Su
contribución más valiosa al estudio de la formación
nacional consistió, por consiguiente, en los datos que
aportó sobre el desarrollo de las vías férreas y
marítimas en la intervinculación económica territorial
promovida por la expansión de la plantación azucarera. A
diferencia de Aguirre, su rival como historiador oficial
del partido, que daba por sentada la comunidad
territorial desde el siglo XVII, Castellanos demostró
que la comunidad territorial constituía un proceso,
estrechamente relacionado con la formación del mercado
interno. Su adversario tuvo razón, sin embargo, al
postular que los rasgos constitutivos de la nación no
debían estudiarse por separado.
En tanto, no estudió el rasgo territorial relacionado
con los otros que contribuían a la cohesión e
integración superior de la comunidad insular en una
nación, aportó una visión unilateral del proceso de
formación nacional. Luego de una “crisis de conciencia”
ingresó en la grey católica y emigró a Estados Unidos en
1961.
Muchos de los dilemas planteados por la historiografía
marxista fueron superados por Cepero Bonilla en
Azúcar y Abolición. A diferencia de Soto Paz y
Aguirre, Cepero introdujo un cambio radical en la
perspectiva y en las fuentes consultadas que debía
aportar una nueva visión de la Historia de Cuba. Hasta
entonces los historiadores positivistas habían elaborado
reconstrucciones parciales, inconexas, de la etapa
colonial. Su punto de partida había sido el estudio de
las crónicas y relatos de determinadas personalidades
históricas. Aguirre tomó como fuente a Guerra y otros
historiadores positivistas, creyendo al pie de la letra
en las versiones que daban de los hechos. No se percató
siquiera de que como historiadores condicionados por su
pertenencia de clase investigaban solo lo que les
interesaba a ellos. Soto Paz, en cambio, había
trabajado con fuentes primarias, con la documentación
original de los pensadores reformistas, pero su visión
presentista y moralista, le impedía reconstruir los
condicionamientos clasistas y de época de esos
personajes. Cepero, a diferencia de estos, unió la
perspectiva marxista y la investigación de fuentes
originales, no estudiadas o marginadas voluntariamente
por los historiadores positivistas. La utilización de la
prensa periódica, la folletería y la correspondencia de
los pensadores reformistas, le permitió abordar
críticamente los escritos y relatos que publicaron en
la época. La visión de Cepero se proyectaba hacia el
interior de los hechos, no los reconocía desde fuera,
como Aguirre, que partía de los esquemas marxistas y los
fundía con la versión positivista de los hechos, sino
que una vez que los reconocía y los valoraba en su
interrelación, era fiel al espíritu de la obra de Marx.
Aguirre llegó a plantear que él partía de la teoría
marxista nunca de los hechos, porque “no se podía poner
la carreta delante de los bueyes”. Sin embargo, Lenin en
su estudio del capitalismo en Rusia, afirmó
explícitamente que él partía siempre “de los hechos
rusos”, nunca de la teoría de Marx. De ahí la
importancia del aporte de Cepero y de la revolución que
operó en la historiografía marxista. No obstante, no se
percató de que en el 68 se había producido una ruptura y
no era posible seguir aplicándole mecánicamente los
mismos esquemas a Céspedes y a los revolucionarios del
68, que a Saco, del Monte y a los ideólogos reformistas
de la plantación.
En otras ocasiones he hablado de la importancia que
tuvieron para mí la obra y las enseñanzas de Juan Pérez
de la Riva. Tenía la cualidad de comunicarse con los
otros que solo tienen los sabios. Sus jóvenes
discípulos lo seguían en todo lo que hacía, aunque le
discutían en muchas ocasiones. Me distinguió siempre
discutiendo conmigo los temas más arduos que estaba
investigando. En ocasiones se metía en tremendos
enredos, pero salía siempre ileso. Sin duda, tuvo la
formación más sólida de todos los historiadores que he
conocido.
La obra de Le Riverend constituirá siempre un punto de
partida y de llegada para todas las investigaciones que
se hagan en historia económica. Desgraciadamente
algunos de sus discípulos no han hecho otra cosa que
esforzarse por confirmar las tesis suyas. De hecho han
investigado fuentes que pudieran refutar sus
formulaciones y se han limitado a escoger los hechos que
las comprobaban. No es que tuviera una personalidad
autoritaria e impusiera sus puntos de vista a los que
lo seguían, sino que en los años 70 y 80 se conformó una
cultura del asentimiento y de temor a lo polémico. A eso
contribuyeron sin duda, entre otros, los directores de
revistas culturales. Si usted divergía de uno de los
maestros, no le publicaban. Soy testigo excepcional de
más de un caso. Es una lastima que Le Riverend en los
últimos treinta años se dedicara casi por entero a
ocupar cargos oficiales, en alguno de los cuales no
rindió siquiera aproximadamente lo que podía haber
rendido como historiador. Tuvo, sin embargo, la suerte
de tener entre sus discípulos a Hernán Venegas, que ha
ido mucho más allá de las orientaciones originales
que le impartiera.
Aunque Moreno Fraginals no estuvo rodeado de las
consideraciones oficiales de otros historiadores que
dirigían instituciones, sus discípulos seguían sus
orientaciones al pie de la letra. Una que conozco muy
bien, mordía cuando se discrepaba del maestro. No tuvo
el trato que ameritaba su obra, pero no fue perseguido.
Es sabido, sin embargo, que algún historiador oficial
se opuso a la publicación de El Ingenio. Le
entregó a la historiografía revolucionaria la obra
más importante del período, en tanto modelo de análisis:
sus mejores frutos han sido las polémicas que
suscita y suscitará. Un modelo de investigación. Los
yerros de Moreno cuando intentaba hacer política son
proverbiales. El mayor, en el plano intelectual fue, sin duda,
La historia como arma. De hecho sus obras son
fuentes de conocimientos, no armas para ningún combate.
La historia es en todo caso maestra, fuente de
reflexiones. A mí me tomó un tiempo comprenderlo.
5, Se está poniendo de moda, buscar en nuestro pasado
más reciente “las luces y sombras” que proyectaba.
Zanetti, en una entrevista que concediera para el
periódico Granma, y otros estudiosos, en aras de una
reconstrucción más integral del pasado neocolonial, se
están planteando reivindicar algunos personajes y
tendencias de este periodo. Invocando la metáfora
impresionista de acuerdo con la cual en la historia y en
muchos personajes históricos hay ”luces y sombras”,
han planteado que deberían reconstituirse fielmente
estos aspectos. El problema de este tipo de tropos
consiste en que, por lo general, han estado asociados a la
idea del bien y del mal y tienden a proyectar una
valoración moralista de los personajes y acontecimientos
históricos. Por otra parte, en la medida que se formula
una propuesta de encontrar lo “sombrío” o “luminoso” de
cada personaje y cada hecho, no hay dudas que hasta en
los personajes más reaccionarios de la historia
encontraremos repartidas “ luces y sombras”. Por eso no
se trata de repartir “una de cal y otra de arena” entre
los personajes históricos, sino de valorar en su
conjunto su actitud en la sociedad. Por ejemplo, de
acuerdo con algunos testimonios, Fulgencio Batista quien
precisamente le dio el titulo de “Luces y sombras de
América”, a un libro suyo, promovió algunas medidas de
beneficio popular, era un buen padre de familia y un
hombre fiel a sus amigos. Lo que nos interesa cuando
juzgamos a los representantes de una clase social o una
agrupación política no es valorar su conducta familiar,
ni las medidas de beneficio popular que pudiera tomar en
determinados momentos, sino en aras de que intereses de
clase y de partido tomaba esas medidas, sin olvidar,
desde luego, hasta donde ejerció la represión
consustancial a su clase. Son las “ políticas de clase
y de partido” en aras de conservar la hegemonía de los
intereses clasistas que representa, lo que define la
actitud de las dirigencias políticas, no la manera en
que en ellas se refractan “luces y sombras”. El carácter
genérico y equívoco de este tipo de formulaciones
metafóricas puede dar lugar a este tipo de errores. En
los que no han incidido la mayoría de nuestros
historiadores, como lo reconoce el propio Zanetti. No
se trata, por consiguiente, de reivindicar lo
“luminoso”, que pudo haber tenido un Montoro o un
Vasconcelos o un Cosme de la Torriente, sino de
reconstruir íntegramente sus diseños políticos clasistas
y éticos y hasta que punto estos personajes se vieron
forzados en determinados momentos a adoptar posiciones
cercanas a posiciones progresistas. Admitamos que no
siempre procedieron bajo la presión de la conveniencia
política o clasista, sino que en determinados momentos
pudieron hacerlo de motu propio, inducidos por
determinados principios o convicciones personales que
enaltecían o denostaban sus personalidades. Desde luego,
solo cuando las evidencias así lo indiquen, no a partir
de juicios a priori. Ahora bien, ya que se está
planteando la necesidad de reivindicar lo positivo que
pudieran tener algunos ideólogos de derecha - no es esa
la posición de Zanetti, hasta donde sepa- sería
conveniente que se revalorice a Eduardo Chibás, cuya
figura amerita una reconstrucción fiel después de haber
soportado el juicio histórico adverso de algunos por
muchos años. Investigaciones como las de José Tabares
sobre la política exterior del gobierno de Grau, en los
años 40, contribuyen a la reconstitución integral de
la política exterior de clase del populismo burgués
auténtico, sin caer en ningún maniqueísmo y sin apelar a
la metáfora de la luminosidad y las tinieblas. El
reformismo de las democracias burguesas latinoamericanas
divergía en algunos puntos de los lineamientos del State
Department para el continente, sobre todo en lo
referente al apoyo que este le brindaba a las dictaduras
de la región. La política exterior de Grau no puede
juzgarse a la luz de los valores axiológicos
individuales del Presidente cubano, sino de la política
de clase de un representante populista de la burguesía
doméstica. No era el dirigente auténtico, por
consiguiente, un simple instrumento del imperialismo,
sino un ideólogo del reformismo y del populismo cubano,
que trataba de mediar infructuosamente entre los
intereses nacionales y el imperialismo.
Algo parecido sucede con Machado a quien no podemos
juzgar como un vulgar entreguista y un títere
incondicional del capital financiero, sino como un
representante de los intereses de la burguesía
dependiente cubana, enfrentada a determinados aspectos
de los mecanismos de dominio neocolonial. El núcleo
principal del gobierno de Machado parece haber sido
constituido por los sectores de la burguesía
dependiente que se enfrentaron a las refinerías
norteamericanas reteniendo sus azúcares en 1921. Hay
una documentación prolija sobre el apoyo que le prestó
este sector a Machado. El hecho que Ramiro Guerra,, el
ideólogo principal del limitado nacionalismo corporativo
burgués y el crítico principal de la política
expansionista de Estados Unidos y de algunas formas
extremas del dominio económico neocolonial, fuera el
secretario particular de Machado, parece constituir
otro elemento significativo a la hora de valorar su
gobierno. La reforma arancelaria afectó, sin duda,
importantes intereses exportadores norteamericanos, de
la misma manera que la construcción de la Carretera
Central puso fin al monopolio de la transportación por
tierra que ejercían los ferrocarriles norteamericanos e
ingleses y propició la formación de importantes empresas
de capital doméstico de transportación por carretera.
Ningún otro gobierno republicano se había enfrentado de
esa manera a Estados Unidos. Ahora bien, de la misma
manera que Machado alentó y defendió ciertos intereses
corporativos de la burguesía doméstica frente al
imperialismo, a la vez que su canciller Ferrara, no se
cansaba de hacer protestas de fidelidad lacayuna ante el State Department, su gobierno reprimió brutalmente las
demandas del estudiantado y de la clase obrera.
Acostumbrados a manejar sus clientelas políticas al son
de la chambelona y el cuero, los caudillos no podían
permitir la movilización organizada y consciente de las
clases populares. Machado siempre trató de resolver sus
diferendos con los Estados Unidos por medio de
negociaciones, sin apelar al pueblo, al que reprimió
brutalmente, cuando este enarboló ciertas demandas
mínimas frente a su gobierno. No hay, por consiguiente,
dos Machados “ el bueno y el malo”, el de las luces y el
de las sombras, sino un Machado de una sola pieza, el
caudillo de la burguesía dependiente, incapaz de
enfrentarse al imperialismo de manera consecuente y de
movilizar al pueblo, al tiempo que partidario de una
mano dura frente a los obreros y estudiantes y
demasiado débil para resistir la marejada de la protesta
popular.
5.Bueno ya di mis opiniones sobre la
historiografía cubana actual en el artículo que publiqué
en Temas hace algún tiempo. Se han publicado de entonces
acá, libros de algunos maestros del oficio que no hacen
más que confirmar el papel que desempeñan en la
historiografía cubana. Lo más notable en estos últimos
años ha sido la entrada en escena de nuevos
investigadores con resultados distintos y una
perspectiva generacional común. Me refiero a los
estudios de Rolando Rodríguez, Guillermo Jiménez y
Newton Briones. Se trata de colegas de mi generación,
que han elaborado distintos relatos por su cuenta a
partir de fuentes históricas primarias. Hasta el
presente no habían formado parte de ningún colectivo o
equipo de investigación histórica, tampoco habían
frecuentado los medios académicos. Sin duda, se habían
beneficiado de los resultados y de los debates
históricos, por lo que esquivaron muchos de los
problemas que enfrentaron los colegas que los
precedieron. Otro rasgo que los ha caracterizado es que
por lo general no han partido de hipótesis
historiográficas explícitas, limitándose a ofrecer sus
resultados. No voy a discutir esos resultados, porque no
tengo tiempo ni espacio para ello. Solo desearía que se
airearan con la polémica y se discutieran los supuestos
de los que parten. Los nuevos autores necesitan esa
confrontación en la medida que deben debatir con sus
colegas cuestiones relacionadas con los principios
fundamentales del oficio. Desde el punto de vista
estrictamente documental, de los hechos, tendencias y
personajes que han sacado a relucir, no cabe duda que
constituyen aportes sumamente valiosos al conocimiento
histórico.
Los jóvenes también han incursionado exitosamente con
nuevos libros. Los más importantes son los de Jorge
Renato Ibarra Guitart, Marial Iglesias y Mercedes
Rodríguez. En los casos de Jorge y Mercedes se observa
un rigor, un cuidado especial en la dilucidación de los
hechos, pero las exigencias de entregar en tiempo y
forma sus resultados en los centros investigativos a los
que pertenecen evidentemente no les ha permitido
situarlos en una perspectiva más amplia. En la medida
que se tenga en cuenta que son autores con una obra
reconocida y altamente valorada, confío en que se
les concederá más tiempo para elaborar sus síntesis
y reflexionar sobre las implicaciones de sus
resultados, valorándolos en un contexto bibliográfico,
teórico y metodológico más amplio. El caso de Marial es
parecido en el sentido que ha realizado sus
investigaciones en su tiempo libre como profesora de
Filosofía, por lo que se ha visto obligada a realizar
dobles jornadas de trabajo. Sin embargo, el hecho que
haya dispuesto de más tiempo para hacer su
investigación parece haber beneficiado su trabajo en más
de un sentido. No quiere decir esto que sus aportes sean
más importantes, por el contrario, desde el punto de
vista de la develación de aspectos nuevos de la realidad
histórica no se acerca a sus colegas. Su aporte consiste,
pues en que ha podido valorar los hechos que investiga,
a la luz de los nuevos estudios de historia cultural
sobre los sistemas de significación simbólicos. Todavía
no se pueden formular juicios definitivos sobre los
alcances y limitaciones de estos nuevos investigadores.
Por lo pronto, se puede decir, algo muy importante y es
que ya no son una promesa, sino una realidad: son
historiadores hechos con una vocación definida y una
profesionalidad demostrada.
Por último, no puedo dejar de referirme a un breve y
brillante ensayo, de Blancamar León. No te comento la
obra de María Antonia Marques, a pesar de su
importancia, porque todavía no se ha publicado.
Conozco algunos artículos prometedores, de jóvenes
investigadores como Quiza, pero todavía no puedo darte
un juicio definitivo.
Esta es una entrevista y te estoy respondiendo las
preguntas en un dos por tres, por lo que cometeré
algún error imperdonable al olvidar a más de un
compañero.
6. No es posible resumir ese amplio movimiento que reúne
a más de cien autores. El interés en Cuba está motivado,
desde luego, por el hecho de la Revolución
cubana, pero
estas investigaciones de nuestro pasado no están
dominadas por una toma de posición política, ya sea de
simpatía o aversión, sino más bien por un deseo de
conocer la realidad. En ese sentido, constituyen en su
gran mayoría aportes valiosos al conocimiento de nuestra
historia. El cotejo de nuestros resultados y de nuestras
orientaciones con los de ellos, nos ayudan a superar el
chovinismo implícito a toda historiografía nacional. Si
comenzara a enumerar autores y obras extranjeras sobre
Cuba no terminaría o cometería más de un olvido. Por lo
que deseo resumir esa valoración historiográfica con
tres nombres que te aseguro muy pocos podrán objetar: Paul Estrade, Lou Pérez y Consuelo Naranjo. Pudiera
haber discrepancias entre sus colegas sobre la
significación de sus obras, pero no cabe dudas de que su
interés y honda vocación por los estudios cubanos han
tenido como fruto las investigaciones más sostenidas y
de más largo aliento que se han escrito en Francia,
Estados Unidos y España sobre Cuba. Uno de los aportes
colaterales más importantes a esta valiosísima
contribución ha sido el hecho que los colegas nuestros
han descubierto miles de legajos y expedientes en los
archivos españoles, estadounidenses e ingleses. Otros
como Lou Perez y Rebecca Scott han donado al país
microfilms de diversos fondos históricos.
7.- Bueno, eso de que no me formé “profesionalmente”
habría que reformularlo en otros términos. En el pórtico
de la Universidad de Londres está inscrita la siguiente
frase de Bacon, “La Universidad de hoy día son los
libros.” Desde luego, para estar al día en las ultimas
corrientes de pensamiento historiográfico o en los
últimos métodos de investigación históricos, no basta
con tener acceso a los últimos libros publicados, hay
que consultar asiduamente las revistas especializadas de
nuestra disciplina. Pude burlar el bloqueo
estadounidense y de nuestras autoridades académicas
durante los años 70 y 80, en virtud del intercambio que
sostenía con colegas como Mary Turner que me hacía
llegar algunas cosas que se publicaban a la vez que me
tenía al tanto de las últimas innovaciones
historiográficas. En los 90, Carlos Forment y Ada
Ferrer hicieron otro tanto. Afortunadamente la discreta
y apartada hemeroteca de Ciencias Sociales de la
Academia de Ciencias, creo que a instancias de Le
Riverend, mantuvo la suscripción de las principales
revistas europeas y estadounidenses durante esos años
difíciles. Allí seguí día por día los principales
debates historiográficos de la segunda mitad del siglo
pasado. Por otra parte, en los 60, o sea antes del
diluvio, la Editorial de Ciencias Sociales dirigida por
Rolando Rodríguez y el Departamento de Filosofía, por
Fernando Martínez, habían estimulado el debate dando a
conocer a Althusser, Gramsci, Levi Strauss, Gurvitch,
Weber, Marcuse etc. De manera que aun cuando me
prohibieron impartir un curso de Historia de Cuba en la
Universidad de Oxford y asistir a un Congreso de
Historiadores Estadounidenses en los 70, me mantuve
informado de las corrientes historiográficas más
importantes. Durante esos años de rígida censura, muchos
de mis colegas, profesores universitarios, no tuvieron
mi suerte. Mudos testigos de lo que digo, son los
ficheros de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca de
la Universidad de La Habana. Las obras más
importantes de la historiografía universal no
ingresaron en esas bibliotecas en los 70 y 80. De modo
que muchos de ellos para impartir sus cursos de
metodología en las universidades del país se vieron
obligados a seguir algún manual metodológico pasado de
moda o de la escolástica soviética, como el de I.S.Kon.
Otros con más suerte pudieron enseñar métodos
estadísticos aplicables a la historia económica y la
demografía. Las enseñanzas de Pierre Vilar
constituyeron un asidero para los más afortunados.
La mayoría de los profesores de historiografía para
impartir sus clases, por lo general, debieron
limitarse a valorar la obra de Aguirre o Le Riverend.
Espero no seguir siendo un autor prohibido en algunas de
nuestras universidades. No faltó durante esos años
algún decano que instruyese a la bibliotecaria de la
Escuela de Historia Sara Fidlezait que retirase la
síntesis de Historia de Cuba que yo había escrito por
no ser una obra marxista-leninista, como gustaba
exigirle a todas las obras históricas de las que tenía
conocimiento. No es extraño, por consiguiente, que no se
les invitara o se les planteara la necesidad de que
impartiesen clases en la Escuela a los principales
historiadores del país, Le Riverend, Moreno Fraginals,
Fernando Portuondo, José Luciano Franco. Mis
investigaciones históricas durante estos años estuvieron
profundamente influidas por la polémica estructuralista,
por las discusiones que suscitaron las investigaciones
cuantitativas estadounidenses sobre la esclavitud, por
las primeros ensayos de historia de las mentalidades y
la nueva visión que aportó la New Cultural History
inglesa. La inspiración fundamental la recibí de las
obras de Dumezil y Foucault. Cierto es que el
estructuralismo como corriente filosófica constituía un
cierre a la apertura de la historia, pero su énfasis en
buscar en los sistemas de relaciones las determinaciones
sociales e históricas más importantes, a semejanza de
Marx, me estimuló a investigar acuciosamente los
condicionamientos estructurales de los procesos
históricos durante la época republicana. No encontraba
siempre lo que buscaba, pero creo haber realizado más
de un hallazgo en ese sentido. No puedo decir como
Picasso ‘Yo no busco, encuentro”. He tenido que buscar
muy duro. Ahora bien, si no he tenido la suerte de ser
un genio, he sabido encontrar la paz y la tranquilidad
en la soledad del corredor de fondo que es el
investigador histórico. Allí en el abandono y
soledumbre de los papeles apolillados, en soliloquio
interminable con los hombres y mujeres de otros
tiempos, he encontrado en muchas ocasiones la razón de
ser de muchos de los problemas que nos aquejan.
Mi formación profesional se ha nutrido de las
discusiones interminables que sostuve día tras día
durante largos años con colegas como Juan Pérez de la
Riva, Moreno Fraginals y John Dumoulin, así como de
mis intercambios ocasionales más recientes, siempre
fructíferos, con Pino Santos, Sydney Mintz, Lou Pérez,
Rebecca Scott, Roberto Cassá y Carlos Forment.
Y Fe Iglesias, por
supuesto, que no ha cesado de discutir conmigo desde que
la conocí, lo humano y lo divino, con razón y sin
razón. Tan importantes como estos encuentros eran mis
conversaciones diarias con Cintio Vitier y Fina García
Marruz en la Biblioteca Nacional, así como los
encuentros que tenía con Ambrosio Fornet y José
Antonio Portuondo. Estos últimos intercambios me
resultaron de gran utilidad para comenzar a plantearme
la importancia de los problemas derivados de los
sistemas significativos y simbólicos para la comprensión
de la sicología del cubano. Con ellos discutí las tesis
de mi libro Un análisis sicosocial del
cubano. José Antonio recomendó la publicación del
libro. Ambrosio publicó un comentario muy elogioso del
mismo en Granma y Cintio
no estuvo de acuerdo con las referencias que hacia de su
ensayo, pero le dedicó palabras encomiásticas en la
revista Bohemia.
Las discusiones científicas semanales con mis
colegas del Departamento de Historia de la Academia de
Ciencias y posteriormente en el Instituto de Historia de
Cuba, donde tenía la categoría de Investigador
Titular, por más de quince años, contribuyeron de igual
modo a mantener el perfil de mis estudios. Mi interés
en mantenerme en forma, impidió que me oficializara y
fosilizara, a pesar del atractivo que representaba
plegarme a las orientaciones de la escolástica
soviética y de las “vacas sagradas” al uso que dictaban
las pautas. De modo que me siento muy bien en compañía
de Ramiro Guerra, Levi Marrero, José Luciano Franco,
Emilio Roig de Leuchsenring, Oscar Pino Santos, Fernando
Portuondo, Luis Felipe Le Roy, César García del Pino y
decenas de historiadores que no pasaron por una Escuela
de Historia, ni se formaron “profesionalmente”, pero
sin los cuales no tendríamos una historiografía.
Desde luego, la docencia no está reñida con la
investigación. En la Universidad de hoy día no se
concibe que los profesores no investiguen, debiendo
publicar en forma de libros o artículos los resultados
de sus investigaciones. Por su parte, los centros de
investigación exigen que su personal entregue en
plazos estipulados previamente de uno, dos o más años,
los resultados de sus investigaciones, las cuales deben
tener la calidad requerida. Si no se cumplen estos
parámetros se rescinde el contrato de los
investigadores. En la medida que esos centros de
investigación se encuentran financiados por el Estado o
por fundaciones, no se pueden permitir que los
investigadores no rindan los resultados conveniados.
En el caso de los científicos sociales que se dedican
solo a la investigación, el aislamiento y la soledad con
que se llevan a cabo las tareas del oficio se tornan a
veces insoportables. Te lo digo por experiencia
propia. En una ocasión, tuve que pedir un año de licencia
en la Academia de Ciencias e impartir docencia en la
Universidad de La Habana como profesor de Historia del
Derecho, porque me resultaba imposible continuar mi
trabajo investigativo. Necesitaba ese contacto humano,
que solo la comunicación con otros puede proporcionar.
8. Bueno me paso la vida saltando del XIX al XX y
viceversa. Puedes considerar una seria limitación mía
que no haya investigado lo suficiente el XVIII y el XVII,
pero no se pueden hacer todas las cosas al mismo tiempo.
El que mucho abarca poco aprieta, los que se gana en
extensión se pierde en profundidad, aunque hay obras
monumentales como la de Levi Marrero a la que los
cubanos estaremos agradecidos siempre. Por otra parte,
sus juicios no perdieron en hondura y enjundia. Difiero
de muchos de sus puntos de vista, pero al Cesar lo que
es del Cesar. De todos modos, el valor de la obra radica
fundamentalmente en los grandes claros que desbrozó en
los archivos españoles en los siglos XVI, XVII y XVIII.
La verdad es que no supimos organizarnos para trabajar
la larga duración, o sea, toda nuestra historia, en
equipos, en nuestros propios archivos y en los españoles,
por lo que nuestras conclusiones han resultado
parciales. Desde luego, en ninguna otra parte, se
realizaron investigaciones del calado de las de Pérez de
la Riva, Moreno, Alejandro García y Zanetti. No
obstante, aparte de los aportes de las personalidades
mencionadas, el problema radica en que los centros de
investigación pudieron organizar equipos para
investigar los salarios y precios, los movimientos
huelguísticos y los desahucios, los desalojos campesinos
y muchos otros temas en la duración larga y media, en
fin, se pudieron realizar muchas investigaciones con
equipos colectivos, pero prevaleció siempre la opinión
de que cada investigador debía seleccionar su tema. Me
cansé de proponer estas cuestiones, pero como no le caía
bien a los funcionarios, no me prestaron la menor
atención. Cuando les propuse organizar un equipo para
estudiar los problemas de la nación, del proceso de
formación nacional, apenas atendieron mi solicitud.
Ya que me preguntas el hilo conductor te lo acabo de
dar; el propósito general de mis investigaciones es el
proceso de formación de la nación. Desde Ideología
mambisa hasta Un análisis sicosocial todo ha
estado relacionado con un proyecto que nunca terminaré
de una historia de la nación. Pero bueno, los
funcionarios no lo quisieron así. Hay que decir también
que no lograron todo lo que se propusieron, o sea, bien
enterrarme o desterrarme. No se dieron cuenta de que el
historiador y el revolucionario era yo, no ellos.
9. Las búsquedas del historiador no se deben limitar a
descubrir, nombrar y significar las cosas. La
investigación historiográfica no se debe conformar con
localizar y nominalizar los hechos, o a significarlos
desde otros discursos o desde el propio. Cuando una
historiografía se ha sentido complacida con tales
resultados no ha hecho otra cosa que esencializarlos. De
hecho las definiciones del discurso naturalizado de esa
manera, no han tenido otro objeto que legitimar un
sentido común autosuficiente, encargado de sancionar lo
que es “normal” y “razonable” de una vez y por
todas. Las respuestas que ha suministrado a todo tipo
de cuestionamiento han estado determinadas a priori por
su lógica interna y se han formulado a partir de una
autoridad incontestable. El razonamiento implícito a sus
formulaciones ha sido el que bastaba con localizar,
nominalizar y significar los hechos en su sucesión
lineal en el tiempo para conocerlos. En el curso de mis
investigaciones republicanas, como destacaba en mi
anterior respuesta, tomé conciencia de que no era
suficiente realizar las tareas que me había propuesto
hasta entonces. Sentía que era preciso dilucidar cómo
funcionaban los sistemas de relaciones sociales,
significativos y simbólicos, como se constituían y
estructuraban, cuál era el sentido del discurso
del hombre, de los hombres, de sus maneras de pensar y
sentir más intimas, en un período histórico
determinado. No podía conformarme con lo que parecía
evidente en sí mismo, me sentía obligado a ir más allá,
a buscar cuáles eran las reglas de juego de la sociedad
y el sentido que las informaba. Por eso
cuando leí Lo cubano en la poesía de Cintio
Vitier me percaté de que su importancia para el
análisis de la cultura cubana radicaba sobre todo en el
sentido trascendente que le impartía a la obra poética.
Solo que para mí el sentido de la historia debía
acercarse a las posibilidades reales del hombre en la
tierra. De ahí que me satisficieran más los principios
kantianos de la inmanencia en tanto su aplicación se
adaptaba a los limites de “ la experiencia posible.” De
ese modo, renunciaba a los principios estrechos de la
realidad, al tiempo que me abstenía de entrar en el
reino metafísico de la trascendencia poética. Los
límites de la experiencia posible no podían ser los de
un posibilismo irrestricto, donde todo podía suceder, ni
los de un rígido determinismo mecanicista. El único
medio de acceso a ese campo de posibilidades históricas
consistía en reconstituir íntegramente las alternativas
u opciones históricas que se disputaban impartirle un
rumbo determinado a los acontecimientos históricos,
prescindiendo de las valoraciones en las que solo se
tenían en cuenta los resultados de las fuerzas
históricas vencedoras como hechos inevitables e
irreversibles, y de los análisis posibilistas en los que
todo podía suceder, bastando que hubiera sucedido tal
hecho o se hubiera procedido de otra manera para que
los acontecimientos hubieran tomado otro rumbo distinto.
Se trata de la perspectiva posibilista del “si
hubiera sucedido tal cosa”, todo hubiera cambiado. Los
fundamentos de mis apreciaciones se basan por el
contrario en la idea ya expresada en la polémica que
sostuve con Marcos Llanos de que la historia consiste en
el análisis de todas las opciones históricas y no solo
de las vencedoras en tanto parecieron imponerle
una impronta única a los acontecimientos, porque
en fin de cuentas la evolución final de los
acontecimientos se debieron a la presencia de todas las
fuerzas en pugna. La historiografía positivista que
había heredado daba por sentado el carácter necesario e
irreversible de los hechos fundidos en una cadena
inexorable que conducía a la República, la que
atribuían tener su origen en el proyecto
reformista de los llamados “fundadores de la
nacionalidad”, (Arango, Saco), en tanto otra corriente
historiográfica idealista, se planteaba el libre juego
de posibilidades, bastaba que un general hubiera dado
una carga al machete en un lugar determinado para que
todo hubiera sido diferente. Luego tuve el gusto de
saber que Gramsci había partido de los fundamentos
gnoseológicos enunciados en sus análisis, aun cuando al
definir la libertad, no la matizara condicionándola de
acuerdo con las influencias reales de las fuerzas en
presencia en una coyuntura dada. Así, de acuerdo con
el gran teórico, “ La posibilidad no es la realidad”,
sino que “ ella es también una realidad: que el hombre
pueda hacer una cosa o que él no la pueda hacer tiene su
importancia para evaluar lo que él ha hecho realmente:
posibilidad quiere decir libertad. La medida de la
libertad entra en la voluntad del hombre. Que las
condiciones objetivas para no morir de hambre sean
reales y que se muera de hambre tiene su importancia.
Pero la existencia de las condiciones objetivas y de
posibilidades o libertades no es suficiente todavía,
hace falta “ conocerlas” y saber utilizarlas. Querer
utilizarlas o servirse de ellas. El punto de partida
de la investigación gramsciana tenía como objeto acceder
a un conocimiento de las posibilidades objetivas, de
las fuerzas en presencia en una coyuntura histórica
dada. Solo a través de este conocimiento se podía llegar
a su carácter posible, a su posibilidad históricamente
real. El voluntarismo de algunas de sus afirmaciones
generales ha sido discutido, pero sus exigencias en
cuanto a la necesidad de alcanzar un conocimiento que
reconstituyera las alternativas históricas de la acción
social y que delimitase metodológicamente las
posibilidades que se abrían a la voluntad de las
colectividades, son irreprochables.
Estaba fuertemente impregnado de la polémica
estructuralista, cuando comencé mi estudio sobre las
agrupaciones políticas, las clases sociales y los
sistemas de dominio imperialistas en los veinte primeros
años de República. Por eso, relacionaba todos los
hechos, hasta los más insignificantes, buscaba su
articulación y combinatoria, sus ajustes y desajustes.
Me encontré entonces con una formulación que hacía López
Segrera de paso en uno de sus libros para designar la
Enmienda Platt y el Tratado de Reciprocidad Comercial:
mecanismos de dominio neocolonial. Tenía
que haber alguna forma, algún medio, por el cual el
capital financiero estadounidense penetró y se apoderó
de la economía nacional, descapitalizó y desnacionalizó
a la burguesía doméstica. Pensé entonces que debía
designar de alguna manera el modus operandi del
capital financiero en un país dependiente y apelé al
sintagma de marras. Encontré, después de una ardua
búsqueda, cinco modos distintos por los cuales las
riquezas de la burguesía dependiente cubana pasaron a
manos de los capitales estadounidenses y a los que
designé mecanismos de dominio neocolonial. En la
literatura económica de entonces no encontré estos modos
de apropiación del excedente nacional, sino que su
articulación se hacía evidente en los mismos hechos
consignados en la documentación de la época. Después
que el libro se publicó me encontré que Moreno Fraginals
estudiaba el funcionamiento de los modos de apropiación
de los excedentes de la burguesía azucarera por las
refinerías en el XIX, al amparo de los aranceles
estadounidenses. De la misma manera, Rivero Muñiz
analizaba los medios por los que las fábricas de tabaco
estadounidenses se apropiaban de las ganancias de los
cosecheros de la hoja. La argumentación de estos colegas
sobre este mecanismo de dominio propiciado por el
arancel estadounidense, los incorporé a mi otro libro.
Estructuras y procesos sociales... No se
trataba entonces de enunciar como una petición de
principios, a la manera de Gunder Frank o de los
manuales soviéticos de Economía Política, la
subordinación de la burguesía doméstica al capital
financiero, sino demostrar de manera empírica los
procedimientos y la forma en que se había llevado a
efecto la apropiación del excedente económico nacional.
Otro sistema de relaciones sociales que puse de
manifiesto fue las relaciones de caciquismo y los
enclaves de poder político rurales. Aquí mi experiencia
personal y conocimientos de la vida local santiaguera
de cuarenta años vino en mi ayuda. En el club de la
burguesía regional santiaguera que frecuentaba cuando
era adolescente, conocí a tres personalidades de la
vida política local. Se trataba de Tontón Vinent,
senador por el Partido Liberal y terrateniente, Món
Corona, representante del partido republicano y gran
colono, Goderich, Representante o Senador del partido
Demócrata y terrateniente. Todos eran de estirpe mambisa,
o sea, descendientes de mambises y a la vez políticos y
terratenientes. Treinta años después cuando leía el
discurso del interventor Taft en la Universidad de
La
Habana durante la segunda ocupación estadounidense
exhortando a los oficiales del Ejercito Libertador a
que se abstuvieran de todo tipo de turbulencia política
y compraran fincas o se asociaran como testaferros al
capital foráneo invertido en la Isla, me percaté de que
se estaba fraguando la formación de un nuevo tipo de
relación social. Esta intuición la confirmé cuando
leyendo la prensa de esos años advertí que con
frecuencia aparecían titulares anunciando que un
oficial del Ejército Libertador adquiría una finca. Me
di a la tarea de buscar en las relaciones del Archivo
de Roloff los nombres y apellidos de los Oficiales del
Ejército Libertador a los efectos de cotejarlas con
relaciones de colonos cubanos que aparecían en una
revista estadounidense de la época y con listas de los
candidatos electos para los cargos de senador,
representantes,
alcaldes y
concejales que aparecían en
el libro de Mario Riera. Pronto me di cuenta que había
localizado cerca de cuarenta oficiales del Ejército
Libertador que eran al mismo tiempo terratenientes
medios o colonos a la vez que senadores, representantes
o alcaldes. Proseguí la búsqueda en otras fuentes y al
cabo de un tiempo reuní cerca de ciento veinte
oficiales. No obstante, en el discurso político de la
época no habían referencias explícitas a este nuevo
personaje del medio rural. Fue solo en la novelística
que me encontré de nuevo con los caciques rurales como
protagonistas principales de las narraciones. Loveira,
Ramos, Carrión los describían con pelos y señales. Por
último encontré referencias políticas y de todo tipo en
otras fuentes. Una última prospección en el Archivo
Histórico de Santiago de Cuba me permitió valorar las
actitudes de algunos caciques políticos locales ante
cerca de cincuenta desalojos campesinos que tuvieron
lugar en Oriente en los primeros veinte años de
República por latifundistas cubanos y compañías
azucarera estadounidenses. Años después me encontré
en los libros de la escuela microhistórica italiana, en
las investigaciones de Giovanni Levi, consejos en
cuanto a la forma de reconstituir los sistemas de
relaciones sociales del pasado siguiendo por sus nombres
y apellidos las actividades económicas y sociales a las
que se dedicaban distintos grupos de personas. Pude
ampliar las relaciones de oficiales del Ejército
Libertador cuando años después siguiendo una referencia
bibliográfica de Rebecca Scott me encontré en el Archivo
Nacional de Washington con los informes secretos del
Ejército de Ocupación estadounidense durante la Segunda
Intervención. Rebecca comenzaba entonces a plantearse
los problemas de la microhistoria a partir de una
familia de patriotas negros que habían tomado parte en
la guerra del 95. En la misma búsqueda se encontraba
Michael Zeuske. De retorno al tema diremos que en esos
informes elaborados por oficiales de la inteligencia
estadounidense se caracterizaban en pequeñas biografías
a más de doscientos personajes de las élites rurales
cubanas, por el hecho de ser a la vez oficiales del
Ejército Libertador, políticos locales y terratenientes
medios.
Inspirado en esas realizaciones he seguido recientemente
los antecedentes genealógicos de los treinta principales
dirigentes de los alzamientos de Oriente y Puerto
Príncipe en el 68, por sus nombres y apellidos, así
pude determinar que todos, con excepción de uno de
ellos, hijo de un comerciante catalán, Bartolomé Masó,
procedían de familias asentadas en Cuba desde el siglo
XVII. Siguiendo el mismo procedimiento de buscar por el
nombre y apellido, en una diversidad de fuentes pude
determinar en las décadas de 1850 y 1860, que en un
grupo de 231 plantadores azucareros, un 68,2% de estos
en las jurisdicciones de lo que hoy es Pinar del Río y
un 63,6% en las de
La Habana, eran originalmente
traficantes o comerciantes españoles. En Matanzas la
relación era aun mayor ascendiendo a un 66 % los
plantadores de origen comercial español. Hemos
calculado sobre la base de los resultados de la
investigación de Orlando García que en Cienfuegos un
31,1 % de los inversionistas que fundaron los ingenios
de la región eran comerciantes de
La Habana o de
Matanzas y un 41,4% eran comerciantes radicados en
Las
Villas. O sea, aproximadamente un 72,5% de los ingenios
cienfuegueros habían sido fundados por capital comercial
español. A la vez, un 49 % de los regidores de los
cabildos de Matanzas, La Habana y Cárdenas en las
décadas de 1850 y 1860 eran españoles, lo que demostraba
que el control de estos importantes órganos de poder
local, dominados tradicionalmente por la oligarquía de
hateros de ganado criollos, estaba siendo traspasado a
manos de los comerciantes españoles. Pienso que estos
hechos contribuyen entre otros a esclarecer por qué hubo
alzamientos en la región centro oriental de la Isla y no
en el Occidente, a parte de que tienen una diversidad
de implicaciones sociológicas y culturales de relevancia
para los estudios regionales. A estudiar las
derivaciones de estos hechos le dedico un libro
completo.
Como puedes apreciar estaba trabajando con los métodos
de la microhistoria italiana, sin percatarme de que
algunos comenzaban a investigar en ese sentido por
esa fecha. Creo que no tiene la mayor importancia la
precedencia, quién empezó primero, sino el hecho de que
nos estábamos planteando los mismos problemas en la
búsqueda de un sentido a la historia que no fuera
el de la conciencia individual de los sujetos históricos
o de los historiadores. Lo pertinente, en todo caso, es
que el historiador puede reconstruir de manera
independiente la historia reuniendo características
objetivas comunes a muchos individuos siguiendo su
trayectoria en la documentación del pasado por sus
nombres y apellidos, sin depender por entero de
testimonios individuales, ni de las macro estadísticas
elaborados por otros en el pasado (censos, padrones
etc.). Desde luego la prosopografía viene trabajando en
ese sentido, en el plano de las relaciones familiares,
mientras que los estudios microhistóricos se plantean
,por lo general, reconstruir sistemas de relaciones
sociales.
El acercamiento a los sucesos, la observación estrecha y
minuciosa de los grandes acontecimientos, puede traer
resultados inesperados. Fue así como el estudio de los
alzamientos del 68 y del 95, me reveló que estos hechos
decisivos de nuestra historia fueron precedidos y
acompañados de dos crisis coyunturales de la economía
que la historiografía económica cubana no había
registrado. Ahora debe esclarecerse hasta qué punto fue
la coyuntura económica, un factor desencadenante
decisivo o un factor que coadyuvó con otras causas al
desenlace de la guerra.
Un problema que me asaltó en el curso de mis
investigaciones sobre la República fue el papel
central que desempeñaba el Estado y la política en la
vida del ciudadano. El tratamiento más usual que la
historiografía le había dado a la cuestión de la
corrupción administrativa consistía en atribuirla a la
falta de moral y espíritu de trabajo del cubano de todas
las épocas. Otra versión en boga consideraba que la raíz
de la deficiente moral pública se encontraba en el
mercantilismo de la sociedad capitalista en tanto
estimulaba la acumulación de riquezas por encima de
todas las cosas. No obstante ,en otras sociedades
capitalistas no sucedía lo mismo. No me podía conformar,
por consiguiente, con esas versiones superficiales y prejuiciadas sobre el carácter nacional. Tan pronto
comencé mi estudio me di cuenta de que la ruina completa
de los productores provocada por las inmensas
destrucciones de la guerra del 95 y su secuela de
miseria, demandaba que el Estado desempeñara un papel
central, estimulando las actividades económicas y
proporcionando empleo a las decenas de miles de personas
sin trabajo. De ese modo la coyuntura económica
determinó bien pronto que el centro de las tormentas
políticas girase en torno a la necesidad de que el
Estado consiguiese empleo a los desocupados y a la
sucesión de los partidos en el poder, en tanto cada
partido debía resolver todo tipo de favores y una
relativa seguridad en los ingresos a sus clientelas
políticas. Así el acceso al poder de cada agrupación
política significaba la destitución de decenas de miles
de empleados que eran sustituidos por los simpatizantes
del nuevo partido gobernante. La coyuntura económica
desastrosa provocada por la guerra fue superada
progresivamente por zafras grandes, pero las
estructuras económicas de mayor alcance creadas por la
relación de dependencia con Estados Unidos determinó, a
la postre, que una gran masa de la población girase
permanentemente en torno al Estado. El latifundio
impedía la formación de un campesinado numeroso
que viviera de la tierra, los mecanismos de económicos
de dependencia y la invasión del país por un flujo
ininterrumpido de mercancías de Estados Unidos, impedían
que se industrializara y se creasen fuentes de trabajo
para los cientos de miles de desempleados. Por otra
parte, los políticos gastaban cientos de millones de
pesos en los procesos electorales, resolviendo
provisoriamente la situación de desamparo y miseria de
la población . En esas condiciones el Estado se
convirtió en el vórtice de la vida nacional. El
apoderamiento de las riquezas del país por los
políticos, determinó que la gran mayoría de la nación
identificase al poder con la fuente de la miseria y la
opresión nacional. De ahí que los partidos populistas
conquistasen a las masas denunciando las tropelías de
los políticos, haciendo abstracción en parte de las
reivindicaciones clasistas de distintos sectores de la
población.
Desde luego, la descripción y explicación de los
mecanismos por los que el Estado se convirtió en el
centro de las determinaciones nacionales, no basta para
infundirle sentido a su relación con los ciudadanos. Las
preguntas más significativas en torno a los vínculos de
dependencia políticos guardan relación con la imagen
que se habían formado los cubanos con respecto a la
política y los políticos. Fue por eso que acudí en Un
análisis sicosocial del cubano a uno de los
registros más sensibles de las maneras de sentir de la
población referidas a la actividad política. Una
intuición profunda de Elías Entralgo sobre la necesidad
de vincular el lenguaje popular con el carácter nacional
orientó mis primeros pasos. La lectura del léxico
popular, del conjunto de locuciones e idiomismos
referidos a la política debía arrojar luz sobre los que
sentía y pensaba el cubano al respecto. El hecho que se
elaborase espontáneamente un vocabulario popular nuevo
para nombrar de una manera radicalmente distinta
fenómenos de la vida política a la manera que las
refería el discurso político de las élites
republicanas, revelaba la existencia de una
discordancia profunda entre las dirigencias políticas y
el pueblo. Frente al discurso de los políticos sobre su
entrega a la causa del bien común, de sus sacrificios
por el pueblo, de su honradez a toda prueba, el lenguaje
popular desnudaba con las expresiones más cáusticas e
hirientes las mentiras oficiales, la farsa que
representaba la política. En seis diccionarios y
léxicos de cubanismos y en otras fuentes del lenguaje
popular pude reunir en un estudio reciente los más
socorridos dichos y expresiones populares sobre los
políticos y la corrupción política y administrativa. En
los primeros 56 años de vida republicana se constituyó
un campo léxico conformado por ciento veinte dichos
populares y vocablos despectivos referidos a la
política. El emigrado Sánchez Boudy, por su parte,
pudo recoger ciento cuatro refranes populares
peyorativos sobre la política. Lo más significativo es
que hasta ahora los autores de diccionarios y estudiosos
del léxico no han recogido expresiones populares que
denoten de manera positiva la actividad política.
El cubano se veía obligado a depender de la política, al
tiempo que la despreciaba profundamente. Lo que le
infundía un sentido al lenguaje popular era la
inconformidad que mostraba con el estado de cosas
existente y la manera en que patentizaba la crisis
hegemónica de las élites republicanas. De ahí que para
gobernar, las dirigencias políticas republicanas
debieran apelar alternativamente a la represión y a la
violencia o a la corrupción y el soborno, una vez que no
contaban con el consenso popular. Pienso que las
investigaciones que he llevado a cabo en el léxico
popular y su relación con la mentalidad del cubano de la
época deben darte una idea de lo que quiero decir
cuando hablo de necesidad de la búsqueda de un sentido
en la historia.
El hallazgo de un mito que se construyó en torno
a la figura de Teodoro Roosevelt, en las entrevistas
efectuadas por la prensa cubana a cerca de veinte
destacadas personalidades de la política nacional con
motivo del fallecimiento del Rough Rider, me permitió
acceder a la mentalidad de las dirigencias políticas.
Me encontraba ante un fenómeno del inconsciente de las
élites republicanas, que definía las actitudes asumidas
por estas en relación
con la Enmienda Platt y los Estados
Unidos. Una estructura significativa común había
condicionado la aparición del mito y las actitudes de
las dirigencias políticas. Las posiciones comunes de los
políticos de las más diversas posiciones, fabuladores
del mito del autor de la política del Gran Garrote,
revelaban el carácter dependiente de estos, ya fuesen
independentistas o plattistas, aceptasen de buen grado o
no la coyunda imperial. Las investigaciones de Dumezil
y Barthes me ayudaron a comprender estos fenómenos
complejos de la mentalidad. El estudio de los mitos y de
otros sistemas significativos y simbólicos me acercaba
al sentido que tenía la vida para los hombres del
pasado.
Al finalizar el libro sobre los mecanismos de dominio,
los partidos políticos y las clases en los primeros
veinte años de República, me di cuenta de que había
estudiado un ciclo histórico y sociológico cerrado en sí
mismo.
Allí aparecían las luchas fragmentadas de los obreros,
de los negros, las pugnas por la sucesión en el poder
entre los partidos, las movilizaciones electorales e
insurgentes de campesinos y peones por los caciques
rurales, el discurso de las élites políticas, su
mentalidad plattista dependiente, el discurso de la
burguesía criolla y la española, pero no se sabía cuál
era la manera de sentir y pensar del protagonista
principal de la historia sobre lo que estaba pasando en
la Isla. ¿ Qué sentido tenía para el cubano su paso por
la vida en los primeros veinte años de República?
Fue entonces que decidí emprender una investigación en
estas primeras décadas sobre la imagen del cubano en
las manifestaciones artísticas y literarias de la época
(la narrativa, la poesía, el teatro bufo, la décima
campesina) en el léxico popular y en las manifestaciones
de la conducta patógena del cubano
(suicidios, delitos). Se trataba de un análisis
histórico y sociológico de las manifestaciones del
pensamiento y la conducta del cubano El punto de partida
y asidero inicial de la investigación habían sido unos
consejos brevemente enunciados por Lucien Febvre a
propósito de la necesidad de efectuar estudios
históricos sobre las mentalidades. No contaba, sin
embargo, con ningún estudio en el que inspirarme, por
lo que debía construir yo mismo el modelo de la
investigación. Cuando algún tiempo después pude ver
algunas de las investigaciones sobre las mentalidades
que se habían efectuado en Francia me alegré de no haber
tenido acceso a ellas previamente. Si hubiera intentado
seguirlas al pie de la letra o inspirarme en ellas con
toda seguridad habría acudido infructuosamente a
fuentes inexistentes o seguido caminos diversos que no
me hubieran permitido alcanzar los resultados que
obtuve. Creo que un logro importante de esta
investigación fue haberme percatado de que en las
maneras de sentir y pensar de una época se pueden
advertir las conductas del futuro con una claridad
meridiana. Otro resultado significativo es la manera en
la que se explicitaron muchos de los mecanismos por los
que distintos colectivos pautan los pensamientos y
sentimientos de los individuos. Años después leyendo a
Raymond Williams advertí que estos mecanismos
constituían "la estructura común de sentimientos” de
una época, compartida por todos sus creadores.
Creo, en fin, que la idea de esta investigación surgió
de una imagen poética que guardé en el subconsciente por
muchos años. En el Canto General de Neruda, que
leí en el año 55 para regalárselo después a José
Antonio Echevarría en los días de la Huelga Azucarera de
Las Villas, hay un poema en el cual se evoca el hecho
que el pueblo de Cuba había conservado en el subsuelo de
la Isla el pensamiento de Martí como la más pura
almendra y solo la desenterraría cuando llegara la hora
de luchar por la justicia. Una de las primeras cosas
que observé cuando comencé las investigaciones sobre las
décimas campesinas de los años 1910 y 1920, fue la
reiteración en decenas de composiciones de la idea que
si Martí viviera otro gallo cantaría. Los temas que
denunciaban todas y cada una de estas ciento veinte
décimas que leí (los desalojos campesinos, los salarios
de miseria de las compañías yanquis, el pago en vales y
fichas, la explotación de los bodegueros, la Enmienda Platt, la condición colonial del país constituirían con
el tiempo la base de los programas revolucionarios de
Mella y Villena. O sea, los campesinos y proletarios
rurales del país, se habían adelantado.
en la formulación
de las demandas revolucionarias a sus pensadores. El
pueblo había sabido guardar el recuerdo de Martí y
formular una denuncia consciente de los abusos y
explotación que sufría. En las otras manifestaciones
artísticas y literarias analizadas, se percibe también
la cuestión de la frustración del ideal
independentista.
Por aquellos años realicé dos investigaciones de
historia cuantitativa, que se conservan inéditas. Una en
la Anotaduría de Hipotecas de La Habana sobre las deudas
que contrajeron los plantadores en el período 1840-1880
con los comerciantes españoles, o sea, durante el período
de las grandes inversiones para dotar de máquinas
de vapor a los ingenios. El estudio casi terminado
revelaba que los plantadores se liberaron en gran
medida de sus deudas con los comerciantes durante la
Guerra de los Diez Años, en la medida que los
precios del azúcar a partir de 1870 ascendieron
vertiginosamente,
otra razón de peso para que no hubiera
alzamientos armados de los plantadores occidentales. Un
estudio cuantitativo que llevé a efecto, asesorado por
el sociólogo Nene Ibarra, partir de muestreos en
los expedientes del Quinto Cuerpo de Ejército en
La Habana,
revelaba que cerca del 98,5% de los soldados eran
campesinos y trabajadores rurales, un 1% profesionales
de la ciudad de La Habana, y apenas un O,2% de obreros
de la ciudad. Esa investigación ha sido complementada
con una amplia documentación que revela cómo los
obreros de la ciudad, españoles en su abrumadora
mayoría, efectuaban importantes donaciones al ejército
español.
Más recientemente durante un año he recopilado
informes de las Parroquias del Obispado de
La Habana
sobre muertes y nacimientos de esclavos y libres,
durante los años 1858-1867 y 1870-1877, a los efectos de
verificar hasta qué punto se estaban reproduciendo o no
en algunas parroquias las dotaciones de esclavos desde
la década de 1860. Estas investigaciones estaban
encaminadas a corroborar hipótesis más generales sobre
la disposición de ciertos grupos y clases a aceptar
determinados cambios sociales en curso.
Por último, en los últimos cinco años he tratado de
corroborar algunas de mis tesis originales acerca del
proceso de formación nacional cubano en el XIX, a partir
de investigaciones de tipo comparativo entre las
regiones centro orientales y occidentales del país. He
efectuado estudios comparativos más amplios a partir de
la existencia de regiones de esclavitud patriarcal
sobre la base de haciendas hateras y de regiones de
esclavitud plantacionista azucarera y cafetalera en las
Antillas hispano-parlantes. El objetivo último era
determinar el sentido distinto de la historia para
cubanos, dominicanos y puertorriqueños en el siglo XIX,
sus parecidos y diferencias. El interés por los estudios
comparativos nació de las responsabilidades que tenía al
frente del Seminario de Historia Comparativa
Identidad, cultura y sociedad de las Antillas
Hispanoparlantes auspiciado por la UNEAC, la
Universidad de Puerto Rico y la Universidad Autónoma de
Santo Domingo. Algunos de estas investigaciones se han
publicado en revistas históricas especializadas en
España o bien sus resultados han sido dados a conocer en
ponencias presentadas en congresos en Francia y en
España. En 1998 fui becado por el Instituto de
Cooperación Iberoamericano para continuar mis
investigaciones de historia comparativa cubana en los
archivos españoles. Este año recibí la beca Sephis del
Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam,
a los efectos de completar en los archivos cubanos mi
investigación de historia comparativa del XIX en las
Antillas hispanoparlantes.
Como verán he empleado los métodos de la micro historia,
de la historia cuantitativa, de la historia comparativa
y he acudido al estudio de las mentalidades en mi
búsqueda de un sentido al paso de los hombres por la
historia. En mi obra estos métodos han sido
implementados en función de una orientación marxista.
Creo que quien más se ha acercado al sentido de mi obra
ha sido Roberto Cassá, quien escribió que mi marxismo
es un marxismo crítico, no apologético. La captación o
aprehensión de los hechos históricos, su ordenación ha
sido llevada a efecto en virtud de una variedad de
métodos de investigación, pero el sentido que le he
impartido, la interpretación de la nueva realidad que he
sacado a la luz, tiene como fundamento al marxismo.
Detrás del instrumental empleado, siempre ha estado el
propósito de esclarecer cuál es el sentido de las
actividades del hombre en el proceso histórico y cuál es
su sentido de la vida en sociedad. En última instancia,
los métodos en tantos medios de acceso a la realidad, no
constituyen sino un paso en dirección a la adquisición
de conocimientos. Por eso, cuando distintas escuelas han
pretendido absolutizar sus métodos y técnicas de
observación como los únicos capaces de acceder de la
realidad o de aportar conocimientos, no han hecho otra
cosa que hipostasiarla, en la medida que han
transformado un enfoque en su objeto. Con razón
Hobsbawn expresó su disconformidad con el enfrentamiento
de los métodos microhistóricos y macrohistóricos, a
partir de las pretensiones de ambas escuelas de
disfrutar de un acceso privilegiado o único al
conocimiento histórico. Para el maestro de la
historiografía británica el empleo del microscopio no
excluía el empleo del telescopio, en tanto constituían
distintos vías de acceso a distintos aspectos de la
realidad, desde ángulos distintos de observación.
Como puedes ver las vías de acceso al pasado, los
métodos a los que he recurrido son distintos: en
ocasiones seguía un modelo de investigación, en otros
momentos partía de unos principios apenas esbozados por
los maestros del oficio. En determinadas circunstancias
la naturaleza del objeto de estudio sugería el camino a
seguir, algunas veces, mi experiencia de vida formulaba
el propósito de la investigación y, por último, con
frecuencia, la imaginación o fantasía dictaban el
curso de la búsqueda. En este sentido quería evocar un
aforismo de Schlegel, “Es tan mortal al espíritu tener
un sistema como no tenerlo. Debemos, por consiguiente,
decidirnos a reunir los dos.” En resumen, ese es mi
sistema, tener y no tener sistema, mantenerme cerrado o
abierto a la realidad de acuerdo con las circunstancias.
10. No deberías hacerme esa pregunta a mí, sino a mis
lectores. Me esfuerzo por serlo. No sé si lo logro. He
escrito un largo ensayo sobre los puntos de contacto
entre la narración literaria y la histórica que
aparecerá en el próximo número de Temas. El historiador
debe esforzarse por llegar a un público cada vez más
numeroso, sin preocuparse por alcanzar la popularidad de
los narradores literarios. Si lo moviese la notoriedad,
terminaría por distorsionar el texto histórico. No
obstante, puede y debe inspirarse en algunas técnicas
de la narrativa literaria, sin olvidar que su objeto es
describir la realidad. La realidad de los hechos
históricos no puede ser reemplazada por la ficción. La
realidad con frecuencia es más fabulosa que la
inventiva.
11. Mis consejos a los historiadores noveles son leer
todas las cosas que le caigan en las manos, desde
novelas porno hasta encíclicas papales, pasando por el
Granma. Y sobre todo la poesía.
Nada humano le debe ser ajeno. Ver todas las películas
y obras teatrales que puedan. La historia es una
escenificación y debemos conocer los mecanismos del
montaje. Anotar todo lo que escuchen en la calle, en las
guaguas, así como las inflexiones del discurso
político. Las relaciones de parentesco, de familia,
aportan muchas experiencias sobre lo que es y ha sido
la vida del hombre en sociedad. Algún día le pueden ser
útiles. O sea, no se debe establecer una barrera
infranqueable entre el presente y el pasado, el tiempo
libre y el de trabajo, entre la vida privada y las
actividades profesionales. No olvidar que el hombre
vivo, el hombre de la calle, no vastas fuerzas
impersonales, constituye el objeto de la historia. Los
protagonistas no son dioses, sino hombres de carne y
hueso. Si se representan como seres alados, abstraídos
de las maneras de pensar y sentir de los mortales, no le
resultará verosímil a muchas personas.
En cuanto a lo que es propiamente el oficio se debe
trabajar regularmente en las bibliotecas, archivos o en
la casa de acuerdo con la tarea que nos hayamos
propuesto de 8 a 12 horas diarias. Escribir, reescribir
y volver a escribir y reescribir hasta que se encuentre
la expresión apropiada a lo que se quiere decir.
Mantenerse al día en todo lo que se publica, aquí y
afuera, en todas las revistas especializadas. Lo primero
que se debe leer de una obra histórica es la última
pagina, para saber las fuentes que consultó el autor.
Eso dará una idea de hasta qué punto el autor se
propuso reconstruir la historia. Se deben problematizar
los hechos históricos, no dar nada por evidente en sí
mismo. El método cartesiano de la duda es el más
prudente, o sea, el cuestionamiento en un primer
momento de todas las cosas, hasta que se esclarezca su
autenticidad. Bajo ningún concepto se debe poner por
encima de toda consideración la autoridad de los
maestros. Más vale confiar en la autoridad de trabajo
propio y en las evidencias reales que aporta la
documentación. No se debe temer en determinadas
circunstancias ir en contra de la corriente, en
ciertas ocasiones resulta necesario, imprescindible.
Por eso, si yerramos no debemos avergonzarnos, es lo más
normal. De lo que más se aprende es de nuestros errores.
Cuando nos enfrentamos a ideas consagradas, con las
evidencias y la razón en la mano, la gente termina
creyendo en nosotros. Y sobre todas las cosas no
olvidar que la historia no es la sierva del presente,
sino la maestra del presente y del futuro.
Con mi hijo, Jorge, no me las he arreglado, él se la ha
arreglado. La primera lección que aprendió fue a
valérsela por sí mismo. En eso lo apoyé todo el tiempo.
Tiene sus criterios propios, que respeto profundamente.
Lo más importante es que en las cuestiones en las que
coincide conmigo, no ha sido a instancias mías, sino
que ha llegado a esas conclusiones por sus propios
medios. Con mucha frecuencia coincidimos sin que
conozcamos previamente nuestros puntos de vista. Me
consulta a veces, pero casi siempre coincido con él. Le
recomendé que estudiara alguna de las humanidades,
teniendo en cuenta su vocación. Había querido estudiar
Sociología, pero los sovietizados cerraron la carrera.
Se decidió entonces estudiar Sicología, pero no se
adaptó a ella. Fue entonces que escogió Historia. No
creo en los self made men del capitalismo, pero sí en
los hombres de criterio. Y él lo es.
No pensarás que me siento realizado porque me han dado
unos cuantos homenajes. Agradezco el honor que
representan, pero si no escuchan y prestan atención a
las cuestiones que vengo planteando hace tiempo en
cuanto a la institucionalización de los estudios
históricos, no tienen sentido los reconocimientos
personales. Hace cinco años planteé en el primer número
de la revista Temas una serie de cuestiones
fundamentales en torno a la historiografía y sus
aspectos institucionales. Ninguno se ha resuelto.
Incluso algunos se han agravado y han surgido nuevos
problemas. No se trata de que coincidan conmigo o de que
tengan que acceder a mis planteamientos, sino de que
nunca se han sentado a discutir conmigo. Sencillamente
me han dado la callada por respuesta cuando les he
expuesto mis puntos de vista. Las discusiones en esas
instancias deben ser de conocimiento general.
De vuelta al tema de los homenajes y las distinciones,
te diré también que de la misma manera me hubiera
sentido más realizado si se hubiera premiado y
distinguido la obra de Pino Santos y García del Pino,
colegas y compañeros que me precedieron y de cuya obra
aprendí muchos de los gajes del oficio.
Otra cosa que debo esclarecer es que en una publicación
reciente un colega me atribuyó ser el historiador más
importante del país. Como habrás visto por la valoración
que hicieron los colegas que me precedieron, nunca es
posible discernir cuál es el más relevante, ni tampoco
es tan importante esclarecerlo. Siempre el juicio al
respecto es personal. Por fortuna o desgracia, a los
historiadores no se les puede medir el tiempo al correr,
ni la altura al saltar, como Aniel García o Sotomayor,
para saber cuál es el mejor.
Creo que en la primera pregunta te aclaré que luchaba
por una revolución socialista, pero que no era militante
del Partido Comunista. Afirmaba también ser un hombre
libre en un país libre, sin explayarme en
consideraciones sobre el sentido de esa libertad. En
primer término, es la que escogimos, la nuestra, pero
es por la que tenemos que luchar todos los días. La
libertad no es un estado que se alcanza de una vez y por
todas, sino algo que se conquista en la brega cotidiana,
cumpliendo nuestros deberes y haciendo valer nuestros
derechos. Lo otro es la renuncia a la libertad, el
conformismo y la sumisión.
12. En realidad, como te dije antes, no he hecho otra
cosa que templar mis tesis en el fuego de la crítica. (
Bueno esa frase me parece un poco presuntuosa y retórica,
no la borres para que quede como testimonio de que los
historiadores tenemos también nuestro pruritos). No me
he aferrado a criterios, pero me cuesta mucho tiempo y
trabajo llegar a ciertas conclusiones para que alguien
me las desacredite en un cerrar y abrir los ojos. De
hecho le debo a la crítica de Lepkowski haberme
convertido en historiador. Pensaba dedicarme a otra cosa
después que terminase Historia de Cuba, pero la
crítica me hizo tomar conciencia que debía redondear
muchas de mis hipótesis, lo que me alentó a continuar
investigando. De hecho, algunas de las investigaciones
que llevé a efecto después, son hipótesis que aparecen
formuladas explícita o implícitamente en Historia...
Esa controversia fue muy positiva, porque se vio
que se podía criticar abiertamente una obra auspiciada
por las FAR, sin que se cayera el mundo. La crítica es
la vida de cualquier disciplina. Los historiadores
cubanos además de sufrir la soledad, consustancial al
oficio, hemos tenido que soportar el silencio de la
crítica. Hemos volado a ciegas por mucho tiempo, sin
saber cuales son los problemas de nuestros libros, sin
escuchar las mil sugerencias de un crítico serio. Se
dice que hay muchos colegas que no comprenderían la
crítica porque no aguantan que “ les rallen la
carrocería.” Si es así sería mejor que se dediquen a
otra cosa. El desarrollo de nuestra disciplina no puede
depender de esos falsos orgullos, ni de la tolerancia
oportunista con ellos de los funcionarios que dirigen
las publicaciones. De hecho, mientras nuestras revistas
no tengan secciones fijas de crítica seria, no meras
reseñas o ditirambos, no habrá intercambio civilizado de
opiniones y criterios. Los funcionarios se han opuesto
siempre a la crítica porque es el procedimiento
democrático por excelencia mediante el cual se forman
criterios objetivos en torno a la obra de los autores,
de espaldas a los sofritos que entre los primeros se
cocinan a puertas cerradas.
Ahora estoy empeñado en una polémica, que no me busqué,
con algunos políticos diletantes y académicos de la
emigración cubana. Se han escrito cinco críticas en
distintas publicaciones en Estados Unidos sobre
Ideología Mambisa y Prologue to Revolution.
Las diferencias entre los criterios de los académicos
estadounidenses que han escrito dos de estas críticas,
por una parte, y los políticos y profesores cubanos,
por otra, sobre mis libros son altamente
significativas. Mientras los estadounidenses mantienen
un tono ponderado y objetivo, los cubanos, con la
excepción de una académica, mantienen una visión
tendenciosa. Ya verás en Temas de qué se trata. |