LA JIRIBILLA
EL PASADO DE HOY
 
Este centenario sirve para abrir un debate plural, honesto, sincero, para darle a cada quien lo que a cada quien le toca, porque eso es lo que va a hacer más grande este siglo de cultura republicana que empezamos a conmemorar ahora.

Ana Cairo|
La Habana


Quería empezar diciendo lo que me parece un acto de justicia, y es que desde hace más o menos dos años hay un grupo de especialistas que por una vía u otra hemos estado colaborando, apoyando, promoviendo la idea de las reflexiones en torno al centenario del establecimiento del Estado cubano.

Pensar los problemas de la sociedad cubana y de su historia –aunque otros, en otras partes del mundo, también lo están promoviendo por diversas razones– es una necesidad de nuestro trabajo, de nuestro desarrollo, y no se acaba con el centenario.

Recuerdo que el año pasado, en un taller, Zanetti decía algo muy sensato: “ahora empiezan los centenarios de muchas cosas”. Y justamente creo que lo que nos convoca a este centenario es la conciencia de las necesidades de reflexión sistemática sobre los problemas de evolución de la historia de la sociedad cubana, y quiero llamar la atención sobre esto porque voy a referirme al movimiento intelectual cubano y a las funciones que este ha tenidoen un siglo de cultura republicana.

Insisto en la idea de que estamos celebrando el siglo de una República; los franceses van por la quinta República y nosotros tenemos República a partir del año dos, y por lo menos hay dos grandes momentos históricos: la República burguesa hasta el 59, y a partir del 59 la República socialista; pero son dos Repúblicas, no es República y Revolución como a veces he oído decir.

Lo nuestro es una República que tiene una historia, una continuidad que está dada, incluso, por la propia Constitución cubana que durante un siglo ha mantenido el mismo nombre, con sus mismos símbolos patrios; o sea, hay una voluntad histórica que nos da elementos de reflexión. Por eso creo que es importante replantearnos los problemas de continuidad y ruptura, de donde hay elementos que requieren análisis plurales porque no se hace nada con hablar de continuidad o de ruptura sin darnos cuenta de la necesidad de diferenciar y de establecer zonas de desigualdad, diferencias locales, regionales, particulares, deficiencias, avances desiguales con respecto a las distintas formas de la sociedad cubana. Por ejemplo, en ciencias sociales, el balance del siglo XX cubano en algunas esferas fue satisfactorio. Claro que dentro de las mismas ciencias sociales fue desigual, pero hubo zonas donde el modo en que se reflexionó sobre los problemas de la sociedad cubana estuvo a la altura del instrumental técnico que había internacionalmente. No hay grandes diferencias con respecto a las ciencias. Para entrar en la problemática del movimiento intelectual cubano empieza a conformarse a finales del siglo XVIII, todavía no llamándose a sí mismo cubano, y después a lo largo del XIX, sobre todo a partir de los años 20 y 30 asumiendo su condición de cubano, con una conciencia de sí y para sí, parte de la premisa de que tiene tareas en dos tipos de niveles, tareas inmediatas y tareas proyectivas. Es decir, dimensionar el programa, hacia dónde se va, a qué se aspira. Este trabajo en torno a lo posible inmediato, lo posible a mediano plazo y las aspiraciones mejores de futuro va a condicionar determinada estrategia de desarrollo de la sociedad cubana que se materializa en la esfera cultural artístico–literaria, y se manifiesta también en las ciencias sociales.

Es indudable que no se puede obviar la condición integrativa de la sociedad que tiene el pensamiento de muchos intelectuales cubanos. El año que viene vamos a conmemorar con toda la dignidad que requiere el bicentenario de José María Heredia, pero también es el bicentenario de Domingo del Monte. Esos intelectuales desde el punto de vista de sus calidades artísticas son muy visibles, y hay una cosa que tienen en común: la conciencia de su función como intelectuales, de lo que tienen que hacer. En el caso de Heredia, lograr el surgimiento de una nación, y en el de Del Monte, que no tiene muy clara esa idea, el desarrollo de una sociedad cubana. Es decir, en otros hay la conciencia de deber social, de servicio público, de mejoramiento social, con una clara intencionalidad republicana del surgimiento de una nación, ya en Heredia o ya en Varela, y no de la misma naturaleza en Del Monte.

Las tareas del movimiento intelectual cubano se fueron trasmitiendo como un patrimonio cultural. Esto es muy interesante. Se puede ver sobre todo en el tránsito de la intelectualidad que sobrevive a las Guerras de Independencia y es la intelectualidad, digamos, canónica al surgimiento de la República en el siglo XX.

Un caso paradigmático es Enrique José Varona, que tiene clara conciencia de sus tareas y  funciones en el contexto de la vida republicana, tareas, incluso, que en algunos casos fueron más allá de sus propias creencias y acciones. No por gusto es uno de los líderes intelectuales de los jóvenes del 30 y los lleva a hacer una revolución. Su proyección va más allá de su voluntad y de sus concepciones sobre la violencia, y sin embargo, es el adalid de una revolución en la medida en que es capaz de convocarla. Pero ese mismo Varona que tiene funciones en la política fue quien hizo el primer plan de educación pública en Cuba. Una cosa es que Varona no lo haya podido ejecutar y otra que el diseño de este proyecto sea algo trascendente para la República. Quien realiza este sistema de educación pública, de forma más o menos coherente, fue luego la Revolución.

De igual manera se puede mencionar el caso de Emilio Roig de Leuchsenring, quien desde los años 30 estuvo tratando de salvar el patrimonio de las ciudades cubanas y de conseguir recursos para ello. Una cosa es que no lo haya podido resolver y otra que haya tenido la idea de hacerlo, creando conciencia del valor de ese legado para el futuro del país.

Es decir, el movimiento intelectual cubano tiene funciones importantísimas en la construcción de un programa de desarrollo y de acciones para salvar la memoria, el patrimonio, y para construir un nacionalismo mucho más rico y mejor fundamentado a partir de las diversas formas de memoria del país.

Pero hay otra función que tiene el movimiento intelectual cubano y es la de analizar los distintos problemas en los distintos momentos de la sociedad cubana. Decía Martínez Heredia, con mucha razón, que la Revolución del 30 es un punto de giro en la historia de la República burguesa, pero hay que leer la cantidad de reflexiones sobre la sociedad cubana que están asociadas al cambio político que va a ser la Revolución del 30. Ellos no pudieron hacer mucho, pero sí dejaron una capacidad de análisis, meditación, reflexión sobre distintas variantes y acciones de cómo cualificar en una medida superior la sociedad cubana. Muchas de las ideas de los años 30 se van a ejecutar durante el período revolucionario. Nunca antes, por ejemplo, lo hicimos en enero de este año, habíamos celebrado  la reforma universitaria. Un porcentaje alto de lo que se hace en la reforma universitaria del 62 son cosas que se estaban debatiendo desde las décadas del 30 y 40. La revolución llevó a cabo medidas que estaban pensadas, meditadas, valoradas en sus distintas opciones, por lo tanto constituyeron una capacidad, un instrumental de análisis de la sociedad que creo, es también una de las construcciones importantes del período republicano burgués. Se estudiaron los problemas mientras estaban ocurriendo. Fernando Martínez Heredia se refirió al caso de la discriminación racial. Sobre este tema hay decenas de reflexiones: ¿cómo se producen?, ¿qué características tienen?, ¿cómo resolverlas?, pero al mismo tiempo tuvieron lugar programas plurales, hoy diríamos transdisciplinarios. Había una clara conciencia de que para resolver ciertos problemas tenían que activarse proyectos plurales y conjuntos. Por ejemplo, hay sociedades, como la de estudios afrocubanos que crea Fernando Ortiz en 1937, donde se unieron artistas y científicos. José Luciano Franco, Emilio Roig de Leuchsenring, Fernando Ortiz y Nicolás Guillén participan de conjunto en el desarrollo de los estudios sobre la problemática racial en Cuba, sobre la contribución de la raíz africana en la Isla, y promueven acciones culturales concretas.

El balance de la cultura republicana en su período burgués es altamente valioso. Requiere ser meditada y reconocida la deuda que se tiene con muchas figuras de esa cultura. Por ejemplo, esta universidad está en deuda con un decano tan excepcional como fue Raúl Roa quien creó la Facultad de Ciencias Sociales y libró batallas importantísimas por desarrollar las ciencias sociales. En la base de las iniciativas llevadas a cabo por Roa siendo Director de Cultura estuvieron algunas que promueve hoy el programa de masividad cultural que lleva adelante la Revolución.

Una de las cosas para las que debe servir este centenario es para empezar a rectificar errores. Esa teoría de los años cero, que se difundió tanto en los inicios de la revolución, "todas las cuentas empezaron ahora", es un disparate cultural. Por ejemplo, Roberto Agramonte, siendo profesor de esta Universidad, diseñó la colección de clásicos cubanos que es uno de los orgullos del centro y  que ahora Eduardo Torres Cuevas está continuando. Sin la experiencia de esa colección de clásicos que permitieron conocer a Varela, a Luz, que permitieron circular y estudiar el pensamiento cubano, no hubieran sido posibles otras cosas. Por lo tanto, creo que este centenario también sirve para abrir un debate plural, honesto, sincero, para darle a cada quien lo que a cada quien le toca, porque eso es lo que va a hacer más grande este siglo de cultura republicana que empezamos a conmemorar ahora.

Conferencia pronunciada durante el evento "La intelectualidad cubana piensa el siglo XX", convocado por la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz y celebrada el jueves 9 de mayo en la Universidad de La Habana. Esta intervención, junto con el resto de las ponencias, aparecerán próximamente agrupadas en un libro.
 


2002. La Jiribilla. Cuba.
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