LA JIRIBILLA
EL (OTRO) DISCURSO DE LA IDENTIDAD Y LA GACETA DE CUBA EN LOS NOVENTA

La cultura cubana, bien en la diáspora o en la Isla, no puede ser el pez que se alimenta de su sombra. Quedan pendientes muchos capítulos de esta historia común. Habría mucho que debatir sobre lo que se dejó de hacer, o se ha hecho a medias; o sobre la censura y la autocensura; o sobre muchas otras interrogantes y desconocimientos que le caben a La Gaceta... en esta ambiciosa, polémica, pero imprescindible propuesta.


Norberto Codina |
La Habana


I

Parque Central. La tarde de un domingo cualquiera del otoño neoyorquino. Desde uno de los puentes, cerca del lago, se puede ser testigo de un espectáculo singular. Al final de la explanada suena una rumba de cajón, donde nuyorricans, cubanos, afroamericanos, tocan, cantan, bailan, hasta bien entrada la noche. Circulan la comida y el ron, de manos amigas o de vendedores clandestinos (otra vez el contrabando).

A la sombra del puente se ve una docena de parejas ensayando los pasos del tango, pero la música de referencia no la oímos por estar bajo el arco, y así la coreografía se mueve, elegantemente, cadenciosamente, con un yambú de fondo, sincretismo migratorio de Gardel y Chano Pozo. Y los pasillos de la lasciva danza porteña se cruzan con el sonido del boricua Eddy Bobé y del marielito Orlando “Puntilla” Ríos, dibujándose contra los árboles y los rascacielos.

II

Al iniciarse el tercer milenio, existe la intención manifiesta de continuar discutiendo algunos temas que vienen como herencia del siglo XX. Uno de ellos es el de la identidad, que a su vez se acompaña por una definición más antigua y traumática, que es uno de los grandes y graves asuntos del XXI: la emigración.
Nada tan actual como el conflicto identidad-emigración. Sociedades multiculturales, multiétnicas, donde género, clase, economía, política, religión, globalización y un largo etcétera forman el contrapunteo entre país emisor y país receptor, y en muchos casos, los dos roles en el pasado y/o presente de la misma sociedad.

El reflejo de todo esto, en el debate académico de hoy, es fruto de infinitas y legítimas indagaciones, donde sujeto y nación buscan múltiples respuestas.
La experiencia cubana es, a mi entender, uno de los fenómenos más complejos y ricos de la relación identidad-emigración, por lo condicionada y polémica, debido sobre todo al diferendo político entre Cuba y los Estados Unidos. “La identidad es un fenómeno dinámico y jerarquizado –dice el investigador Ernesto Rodríguez Chávez– que se desarrolla en un proceso permanente de construcción y desconstrucción a nivel de individuos, grupos y comunidades"
.(1)

En el contexto de la globalización, donde la cultura y la hegemonía económica estandarizan los cánones y profundizan las desigualdades, nos toca reconocer la identidad cubana y su diáspora.
Estamos hablando de una sola cultura, a veces dividida artificialmente y otras escindida por el proceso histórico que prefiguran diferentes caminos y que en los últimos cuarenta años se ha condicionado y polarizado entre La Habana y Miami.
Está claro que se trata de un proceso tan antiguo como los antecedentes y albores de la cubanía, pero catalizado excepcionalmente con la Revolución de 1959.

Como bien dice Rodríguez Chávez:

La identidad cubana está en la Isla y en la diáspora. En ambas partes hay elementos identificadores básicos: idioma, costumbres alimentarias, moda, música, vida cotidiana, cultura, política. Al margen de los modismos diferenciadores, todos los elementos anteriores unen a los cubanos en cualquier parte. Sin embargo, la confrontación Cuba-Estados Unidos y el conflicto político Isla-Diáspora, actúan en forma permanente como separadores y exacerbadores de la diferencia
(2)

No obstante, son obvias las diferencias. Como le gustaría decir a un estudioso del tema, “el aleph”
(3) se encuentra en la Isla como espejo y arcano de los orígenes, pero no es patrimonio exclusivo de una de las partes, y el mismo diferendo –que ha influido y manipulado esta relación–, tiene desigualdades, fisuras y matices. Lo que parece obvio, para muchos, es que “la nacionalidad no puede existir sin contacto con la nación".(4)
Más que respuestas traigo preguntas: ¿Cuánto de identidad hay en la diáspora en estos momentos? Y pienso en la radicada, sobre todo, en los Estados Unidos. Pero ¿y el resto, ésa que va del destierro con militancia política al mal llamado exilio de terciopelo? En el espectro de la cultura ¿dónde lo étnico, lo cubano-americano, la vida en el guión, lo cubano o simplemente lo que ya se siente totalmente asimilado?
María Cristina García, profesora asociada de la Universidad de Cornell, sostiene:

A través de treinta años, los emigrados cubanos han tratado de definir su identidad y su cultura. ¿Qué significa ser cubano en un país que no sea Cuba? ¿Hay una cultura cubana del exilio? Si esto es así, ¿es distinta a la cultura de la Isla? Después de treinta años, ¿qué significa estar en el exilio, si esto significa algo?
(5)


Hablamos de una eclosión migratoria que en menos de medio siglo registra diferentes estadios, desde el exilio histórico, que vive detenido en la Cuba del 58 y el Miami de los 60 (y que, como diría Talleyrand de los Borbones, “ni han olvidado ni han aprendido”), hasta las más recientes oleadas migratorias que desafían a los “fundamentalistas” para asistir a un concierto de los Van Van.
Una de las grandes confusiones que, en mi opinión, sobrevive en Cuba, es pensar que el desarrollo de la identidad cubana en los Estados Unidos se limita a la que proclaman aquellos que tienen una posicion política hostil. La casi totalidad de los estudiosos del tema coinciden en que 1980 –con la ola migratoria del Mariel, la tercera por su importancia– es un punto de giro, porque no sólo la relación de los recién llegados con su país natal es distinta, sino porque ya para entonces arriban a la madurez los niños de los exiliados de los 60, provenientes de una primera emigración marcadamente clasista. Y éstos no sólo cargan con los traumas tradicionales –los propios de la operación Peter Pan, por ejemplo–, sino que al irse a la Universidad o salir de la campana de protección idealizada por los padres –la del paraíso que encontraron aquí versus el infierno que dejaron allá–, se enfrentan con realidades diferentes, que no tienen nada que ver con  “el problema” de Cuba.
Sus padres no quieren aceptar –por las ventajas obtenidas o el origen social o el color “más o menos claro” de la piel– que son latinos o hispanos, o que tienen algo que ver con los marielitos, o que ante los anglos son simplemente “una minoría”. Pero en las nuevas generaciones va prevaleciendo, pese al esfuerzo por asimilarse en muchos casos, la conciencia de minoría, más acá y más allá de definiciones étnicas o raciales.
Estamos hablando de una redefinición lógica de la identidad. ¿Escribir en inglés y soñar en cubano?. También se puede escribir en “cubano” y soñar en inglés. Pero existen diferencias que cada día se van haciendo insalvables. Cito de nuevo a María Cristina García:

Con el tiempo la cultura cubano-americana y la de la Isla se separan cada vez más. Las experiencias y los medios son muy diferentes. Los cubano-americanos se encuentran a sí mismos cada vez más en una corriente de presiones contradictorias. Como otros grupos nacionales y étnicos, deben negociar un equilibrio entre la presión por norteamericanizarse y la presión por diferenciarse culturalmente
.(6)
 

Rodríguez Chávez pregunta:

¿Qué relación pudiera tener la diáspora cubana con esta nueva manifestación de la emigración, cuando hay un conflicto político que la separa permanentemente del país de origen, cuando se vive en sistemas socio-económicos opuestos y cada parte busca revertir la historia?
(7) 

¿Cuándo se empieza a utilizar el término cubano–americano? Algunos lo sitúan a principios de los ochenta, alrededor del Mariel, como una manera de marcar distancia entre los que ya estaban y los que acababan de llegar.
En el campo de la literatura, para poner un ejemplo conocido, Oscar Hijuelos se asocia a lo que se considera como literatura étnica, y así se promueve su reconocimiento del Pulitzer. Pese a sus declaraciones de que le gustaría haber sido músico cubano, su caso es el de un escritor “étnico” pero  integrado al sistema. “El alma, es obvio, se ubica en las minorías, consideradas como parásitos por el flujo mayoritario, que es el que todo lo homogeniza”
.(8)
En los casos de Cristina García o Gustavo Pérez Firmat, lo cubano-americano, o el desafío de vivir en el guión, es totalmente orgánico. La primera sólo escribe en inglés
(9) y el segundo se mueve cómodamente en el bilingüismo y ha teorizado sobre estas posiciones. Pero Emilio Bejel, Achy Obejas,(10) Román de la Campa o Uva de Aragón se consideran, como reza el slogan, ciento por ciento cubanos. Ellos escriben en inglés y español, indistintamente, y viven en Colorado, Chicago, Long Island o Miami, con estéticas y vivencias diferentes .(11)


III

Cintio Vitier nació en Key West. Y en el solar El África de Cayo Hueso se dio a conocer Chano Pozo, nacido en Pan con Timba, en la calle 33 de El Vedado, y muerto en Nueva York. Y de Cayo Hueso a Nueva York fue Monsieur Babalú: Miguelito Valdés; y Domingo Vargas tuvo a sus Jóvenes del Cayo; y allí estuvo Tío Tom, el tumbador que en su nombre artístico lleva la impronta del Sur algodonero; o Dandy Crambor (Armando Cárdenas), figura de los cabarets habaneros del cincuenta. Entre la punta de cemento de Key West, que representa el sitio más cercano a la Isla desde los Estados Unidos, y el barrio habanero encuadrado entre Belascoaín, Zanja, Infanta y Malecón, está simbolizado el flujo y reflujo presente en las inversiones de Norteamérica o las ideas anexionistas dominantes a mediados del XIX; o la emigración de tabaqueros cubanos tan vinculados, aún hoy, a esas pequeñas ciudades del sur de la Florida, a las guerras de independencia o a ese barrio de La Habana profunda que mezcla los fantasmas de la música popular y de los obreros emigrados con el contrabando a los pies de mi casa.
Está esa virtud de la identidad que es reconocerse dondequiera, y donde el emigrante o el viajero atesora innumerables anécdotas, tan reveladoras, en el caso nuestro, de lo que se llama idiosincrasia, o cubanía, o cubanidad, y su correspondiente batería de críticos y escépticos.

Puede ser en un importante centro nocturno de Londres, donde la orquesta de féminas salseras se siente obligada a corear: Water for Mayeya! Y donde el público, un puñado de espontáneos, se ponen de pie y responden con un coro improvisado: “¡Apretaron!” O quienes en los cuarenta con Machito, o en los noventa con Compay Segundo, se sienten trasplantados a la Isla, o acuden al concierto del Buena Vista Social Club con banderas cubanas, que llevan a la apoteosis al público anglo-latino que abarrota el gran Teatro de Chicago. O los seguidores del Duque y sus hazañas beisboleras, pese a que en la Isla puedan ser del equipo antagonista.
Es interesante cómo la música y el deporte, -el béisbol y el boxeo en específico-, han sido fuentes de identidad donde se olvida por obvio, en muchos casos, que generalmente son cubanos negros o mestizos o mulatos –“todo mezclado”– los protagonistas, y esa presencia portadora entre otras influencias de la identidad de los márgenes dentro y fuera de Cuba, simbolizada en la santería, su espiritualidad cuestionada, demonizada, estigmatizada pero asimilada en todas direcciones, más allá de su status público. O cómo son músicos y peloteros de la Isla los primeros en romper las barreras raciales, al mismo tiempo que fortalecían la lucha reivindicativa de sus iguales afroamericanos.


 IV


Durante décadas, el estudio y divulgación de la cultura cubana de la diáspora fue en la Isla un tema tabú. Entre las contadas excepciones de los artistas y escritores que se fueron  después del 59 estuvo Lecuona, y figuras que habían emigrado antes, como Vicentico Valdés y Pérez Prado, o aquellos que nunca dejaron de visitar el país, como Agustín Cárdenas, Wifredo Lam, José Juan Arrom, Julio Girona o Ninón Sevilla.

Con los textos de la emigración –marginados en Cuba de antologías, diccionarios, etc., por razones esencialmente políticas– se inició a finales de los setenta, todavía muy tímidamente, una toma de conciencia frecuente en la historia de la cultura: de pronto se convierten en objeto de cátedras y eventos cada vez más generalizados
.(12)
El ejemplo más ilustrativo se produce a mediados de los noventa, con el resurgir, y la apariciòn de otras nuevas, de un grupo significativo de revistas culturales y de ciencias sociales que, como consecuencia de la crisis económica, habían desaparecido del panorama editorial cubano, y que, junto a las contadas que sobrevivían de forma intermitente, atestiguan la voluntad de renovar sus espacios. Como parte de la diversidad y el debate de ideas que tiene lugar en Cuba desde principios de los noventa, estas publicaciones proponen, de forma creciente y sistemática, la divulgación de una parte más o menos significativa de la producción académica y artístico-literaria que generan los cubanos en el exterior. Se trata de Temas, Casa, Unión, Revolución y Cultura, Vigía, Opus Habana y otras, así como de revistas especializadas en música, artes escénicas y artes plásticas. Estos esfuerzos expresan el reconocimiento de la existencia de una cultura cubana por encima de las fronteras nacionales, y de hecho contrastan con la intolerancia del mainstream miamense, caracterizado, como se conoce, por proyecciones públicas maximalistas que se oponen a cualquier contacto cultural con los escritores y artistas de la Isla, en el sobreentendido de que son meros amanuenses o instrumentos del Gobierno.

Capítulo aparte merece La Gaceta de Cuba.

Durante la última década La Gaceta..., fundada en 1962 como publicación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y que por tanto, utilizando un término de Arturo Azuela, podríamos definir como “revista institucional”, sistematizó en sus páginas una línea editorial que ya se venía anunciando a finales de los ochenta: la presencia de la cultura cubana, sobre todo la literatura, gestada fuera de los límites geográficos de la Isla. En el complejo y cambiante panorama cubano de los noventa, La Gaceta... ha sido reconocida como publicación pionera y principal en propiciar ese intercambio dentro de Cuba. Contando con importantes antecedentes en otros espacios, la revista cataliza de forma protagónica ese anhelo larvado durante décadas de silencio, de reconocernos (cualquiera sea nuestro lugar de residencia) en el corpus de la cultura nacional.
En el prólogo a Memorias recobradas, libro en el que da a conocer una relación de los dossiers sobre la literatura de la diáspora aparecidos en la revista --compilación que, a su vez constituye la piedra angular de este temario en La Gaceta...---, Ambrosio Fornet escribe :

Desde que apareció el primer dossier de La Gaceta... se hizo evidente que estábamos dando respuesta a una necesidad profunda, tanto de información, como de coherencia intelectual (...) los dossiers cumplían también una función imprevista –una doble función, de hecho: sociocultural y psicosocial– puesto que a los autores les permitía incorporarse a su ámbito mayor, el formado por los lectores de la Isla, y a nosotros nos permitía recobrar esos fragmentos de nuestra propia memoria colectiva, escindida por el trauma recurrente de la diáspora. No hemos hecho más que empezar, pero de eso se trataba, justamente, de dar el primer paso.
(13)

Aprovecho para subrayar esta idea final, pues como dice el proverbio oriental, para caminar mil millas primero hay que dar un paso.

La publicación, que había dejado de salir en agosto de 1990 como consecuencia de la aguda crisis económica que colapsó el mundo editorial cubano, reaparece en 1992 con nuevo formato, periodicidad y ajustes en su perfil, acentuando o madurando propuestas que ya se venían anunciando a finales de los ochenta. Una de las señales que ya se perfilan claramente en el primer número de su reaparición (enero-febrero de 1992), es la presencia de la cultura cubana de la emigración o el exilio, desde nombres tan polémicos como Celia Cruz o Reinaldo Arenas, hasta figuras que posteriormente adoptaron una definición política contraria al proceso revolucionario cubano, como Jesús Díaz o Norberto Fuentes.

De los trabajos publicados en ese primer número, merecen señalarse un largo artículo –a propósito de la publicación en Puerto Rico, un año antes, del libro de entrevistas a autores cubanos Escribir en Cuba, de Emilio Bejel, ensayista manzanillero y profesor de la Universidad de Boulder, Colorado; y un inédito de Severo Sarduy, escrito especialmente para la edición habanera de la Órbita de la revista Ciclón, a la que el autor valora como “la que de modo más hondo interrogó sobre la esencia de lo cubano, sobre el fundamento de la nacionalidad”. Todo inmerso en ese proceso que el insigne propulsor de lo carnavalesco y lo barroco define como “un gran río inmaterial e irreversible´´, que ``arrastra al adepto desde su iniciación”.
(14)
La breve nota editorial que anuncia la reaparición de la revista, con el título de la conocida frase de Fray Luis
“Decíamos ayer...”, subraya la intención de “ser expresión plena y consciente del quehacer actual de la cultura nacional”. Ahora, ¿qué se entendía desde allí por cultura nacional? Este compromiso inicial y la interrogante serían claves para que la revista se fuera encontrando en los años siguientes en “una sola cultura nutrida de identidad y diferencias.”(15)
Es significativo el número de textos y la representatividad de la mayoría de los publicados en La Gaceta de Cuba durante la última década (1992–2001). Desde su reaparición hasta hoy (diciembre del 2001), La Gaceta... ha publicado 233 textos que abordan, directa o indirectamente, la cultura de la diáspora cubana, sobre todo su literatura. De ellos,124 son de bibliografía activa, 76 de pasiva y 33 que la engloban en otros estudios generales. Hablando de 60 números de La Gaceta..., ello significa un promedio de 23 trabajos al año, y 3.90 por número, al punto de que sólo en el número 3 del 99 no aparece una referencia de peso.

Otros proyectos, como el imprescindible documental Yo soy del son a la salsa o la reaparición de la revista
Temas,
(16) con su nueva orientación, también tuvieron parte importante en el caldo de cultivo en que prosperó este empeño. Y todo esto, que puede hablar de coherencia y responsabilidad, ha motivado elogios y análisis diversos en aras de un mejor conocimiento y entendimiento, pero también ha provocado suspicacias y críticas, algunas realmente tendenciosas.
En el primer dossier sobre literatura cubana en los Estados Unidos, la nota editorial de la revista establece coordenadas para subrayar su responsabilidad e intenciones: “Frente al fanatismo hemos asumido la serenidad y la madurez para acercarnos a formas particulares de reencontrar la identidad a través de una multiplicidad de posiciones y búsquedas"
.(17)
Para cualquier lector medianamente entendido, está claro que al referirse a las intolerancias del exilio, con el uso retórico de “fanatismo” se está igualmente dirigiendo a los intolerantes o “extremistas” de dentro. Ahora, en mi opinión, a las razones naturales que provocan las reacciones de los extremos, dentro y fuera de la Isla, y que tienen comunes denominadores (sobre todo la ruptura familiar y la confrontación política) se suma el hecho de que en el exilio algunas de estas críticas tomaron cuerpo en programas de radio, artículos y eventos. Todo ello parece responder a una intención declarada de manipular políticamente lo que sin ser “químicamente puro”, revela la voluntad de la gran mayoría de los intelectuales y cubanos en general: lograr –con el entendimiento cultural, a falta de otros–, la base común generada por la necesidad impostergable del diálogo, más allá del espacio propio de la política.
Porque, indiscutiblemente, “ir recuperando sin traumas los ajustes a la idea de la nación donde quiera que se produzcan”, como reza la nota antes citada, nos lleva al borgeano aleph, como punto imaginario donde se ve todo al mismo tiempo en el aire y el polvo de la Isla. Con el desafío, parodiando al ilustre ciego, de que se puede decir que el cubano de la Isla y el cubano “de otras orillas” son tan diferentes que cualquiera podría confundirlos. O tan iguales que parecen distintos.

El narrador Enrique del Risco, en un artículo aparecido hace unos meses en Internet, titulado “La Gaceta de Cuba 1995-1999”, hace la siguiente valoración:

Hablar del recorrido de La Gaceta de Cuba en la segunda mitad de esta década no resulta inocente (...) sobresale (insisto que sólo por contraste) el partido que ha tomado al abordar, aunque sea tímidamente, temas como la producción cultural del exilio, el rescate de figuras marginadas o sencillamente prohibidas en distintas fases de los avatares políticos cubanos (...
).
Según leyes demasiado atendidas para resultar producto de un acuerdo tácito, los personajes objetos de estas rehabilitaciones deben estar debidamente muertos o en camino a ello (Sarduy, no 5, 1995; Baquero, no 4, 1997, Florit). También puede tratarse de una obra despojada de implicaciones políticas directas (Mayra Montero, no 3, 1996) o que ofrezca una imagen no conflictiva (de acuerdo con los cánones al uso de la Isla) de determinados ángulos de la literatura del exilio cubano, aunque se insista en que sostienen ‘visiones polémicas que impugnan aquellas que muchos de nosotros sostenemos sobre los temas mencionados (Fornet, no 4, 1998).(18)
Sin embargo, lo que Del Risco llama “rehabilitación de los que están debidamente muertos“ es un punto discutible, porque ¿cuándo muere la obra de un creador y por qué no es legítimo hacerle justicia si antes fue olvidado? Los ejemplos no son los mejores. Ya vemos que Sarduy había aparecido en La Gaceta... en el mismo 92 y recién fallecido se le dedica un dossier en el número 4 del 93; Baquero nos ofrece una excelente entrevista, expresamente para La Gaceta..., en el número monográfico sobre Orígenes (no. 4 de 1994), es publicado en la Editorial Vigía de Matanzas y su obra es tema de varias conferencias; Florit es evocado por Pablo Armando Fernández en el no. 1 del 98, y a propósito de cumplir 95 años, se le dedica un amplio dossier en
Unión
(19).
 Aquí sería bueno detenernos en un propósito muy definido que ha tenido La Gaceta... Al hablar de diáspora, lo hacemos de un espectro que va desde el exilio histórico, pasando por el emigrado permanente, hasta los muchos artistas y escritores que a principios de los noventa, en lo más álgido de lo que se ha dado en llamar el “período especial”, se establecieron en todas partes, manteniendo (o no) vínculos profesionales o institucionales con su país de origen. Como escribe Iván de la Nuez:

Un exilio de condicionantes tan múltiples como ciudades en las que se han extraviado y que llevó a alguien a bautizarlo como un éxodo de “baja intensidad” o “exilio de terciopelo”. Tales calificaciones han sido aplaudidas con entusiasmo por el Exilio Jurásico –versión retrógrada y oficial de la diáspora cubana– para su beneficio.(20)
Coincido con el autor en lo reduccionista y tendencioso de la definición, que convierte a la diáspora en algo contaminado de oportunismo. De ahí que simultáneamente con creadores radicados en los Estados Unidos, promovamos a otros que viven en Chile, Ecuador, Colombia, México, España, Sudáfrica o Suecia. Algunos son colaboradores espontáneos de La Gaceta..., reivindicando el derecho de que el ser humano viva donde le plazca.
La continuidad de ese diálogo permanente, en el que temas como identidad, cultura y diáspora han tenido un papel protagónico (incluyendo textos de procedencia e intereses diversos), constituye ya un proceso irreversible en el camino de esa integración sin la cual, como diría uno de sus estudiosos y protagonistas, “el país no estaría completo“.
(21)
Es licito pensar que cada vez serán menos los intolerantes, de uno u otro signo, que vean esas actividades como “actos de mímesis y contrición por parte de antiguos voceros del castrismo, y en que los burócratas culturales de turno se apresuran a maquillar una vez más la historia".
(22) Porque se trata también de que, sin olvidar el derecho de cada cual a preservar su memoria y sus heridas, la cultura y la nación no pueden ser, como se ha dicho alguna vez “un ajuste de cuentas con el pasado propio“.(23) Es lo que el mismo autor, Pío Serrano, resume en un poema publicado en La Gaceta..: “el rencor alimentado como animal doméstico“,(24) que ha acompañado al exilio en su equipaje para ahondar el cisma y viciar el diálogo. La poeta radicada en La Habana, Lina de Feria, sintetiza la angustia y la soledad cuando escribe “la familia se largó de cuba (...) la firmeza no se explica en una cuartilla / y el arte poético / quede en su mirada de búfalo”.(25)
La cultura cubana, bien en la diáspora o en la Isla, no puede ser el pez que se alimenta de su sombra. Quedan pendientes muchos capítulos de esta historia común. Habría mucho que debatir sobre lo que se dejó de hacer, o se ha hecho a medias; o sobre la censura y la autocensura; o sobre muchas otras interrogantes y desconocimientos que le caben a La Gaceta... en esta ambiciosa, polémica, pero imprescindible propuesta.

Entre lo que se ha publicado durante estos años, bastaría mencionar los ya citados dossiers de La Gaceta...; entrevistas como las hechas a Gastón Baquero,(26) Mario Bauzá, Cachao, Cristina García, Alberto Sarraín,(27) José Kozer,(28) Roberto González Echevarría, o Achy Obejas; la constante presencia de textos de ficción generados en distintas partes del mundo; o el merecido e impostergable homenaje a los muertos ilustres de nuestra cultura, más allá de que existan posiciones políticas divergentes.

V

En el Segundo Encuentro sobre la Nación y la Emigración, celebrado en La Habana en noviembre de 1995, Cintio Vitier que ya cuarenta años antes, en Lo cubano en la poesía, había cavilado que “todo hombre es un esencial emigrado,(29) formuló un grupo de reflexiones, algunas de las cuales me gustaría compartir con ustedes:

cuando hablamos de identidad cultural no podemos referirnos a una invariabilidad ontológica, ni menos lógica, pues lo ‘cultural’ se sitúa totalmente en el devenir, fuente de todos los cambios y contradicciones.
La identidad está más cerca de la utopía que de la consagración (…) Ése es el proyecto: una luz desconocida (…) Nos preguntamos si de los complejos fenómenos del exilio y de las emigraciones, que a veces diríanse más bien transplantes culturales, de la dolorosa partición de nuestra sociedad, de nuestras familias, no habría de resultar un nuevo crecimiento”
.(30)

Identidad no es homogeneidad; sino diversidad, cambio, en fin, pluralidad donde lo particular confirma lo general. ¿Contradicción entre modernidad e identidad? ¿La identidad no es el cambiante presente como estadio dialéctico y orgánico, entre pasado y futuro? Coincido plenamente en que, por su naturaleza ambigua, la identidad es también un acto de exorcismo, tan claramente subrayado por la diáspora
.(31)
Quisiera terminar con una cita de quien ha sido el principal colaborador de este proyecto, Ambrosio Fornet: ”Al final del camino nuestra patria común carece de límites geográficos. No está en los orígenes, sino en las postrimerías, no en el pasado, sino en el futuro, no en la tierra, sino en el polvo”.
(32)

Norberto Codina, El Vedado, 18 de agosto del 2001.

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[1] Ernesto Rodríguez Chávez: Algunas propuestas para definir la identidad cubana en su relación con la diáspora, 1999 (inédito).

[2] Ernesto Rodríguez Chávez. Ob. cit.

[3] Cf. Leonardo Padura Fuentes: “Tiene la carabina el camarada Ambrosio”(entrevista a Ambrosio Fornet) en La Gaceta de Cuba, 5 de 1992, pp.4-6.

[4]Norberto Codina: "Diálogo, cultura y exilio las dos mitades del cubano (entrevista a Francisco Aruca) en La Gaceta de Cuba, 4 de 1992, pp. 40-41.

[5] María Cristina García: “Los exiliados cubanos y los cubano-americanos: Treinta años en pos de una definición y cultura en los Estados Unidos”, en Mirar el Niágara, (Compilación de artículos y ensayos), Centro Juan Marinello, La Habana, 2000, pp.437-460.

[6] María Cristina García: ob. cit.

[7] Ernesto Rodríguez Chávez: ob. cit. Ver Jorge Duany “Ni exiliado dorado ni gusano sucio: la identidad étnica en recientes novelas cubano-americanas”, en Temas, 10 de 1997,  pp. 22-30.

[8] Islan Stavans: “Oscar Hijuelos: me hubiera gustado ser un músico cubano”(versión de la entrevista publicada por Linden Lane Magazine, tomada de El Papel Literario, Caracas, 13 de mayo de 1990). La Gaceta de Cuba, 5 de 1993, pp. 26-27.

[9] “No es el caso discutir si la memoria pertenece al que habla o escribe, o a sus padres: todos nacemos desde el primer abuelo y sus recuerdos, demasiadas veces, nos encauzan el sueño”. Waldo Leyva, “Trópico de semejanzas”(Entrevista a Cristina García y Achy Obejas), La Gaceta de Cuba , 5 de 1995, pp.54-57.

[10] Vitalina Alfonso: “Nacer en La Habana, una definición”, (entrevista a Achy Obejas) La Gaceta de Cuba, 5 de 1999, pp.24-29. “Toda mi vida tiene que ver con que nací en La Habana y no me crié en Cuba. (…) He estado siempre, por tanto, buscando en medio de toda esa jungla de definiciones, de categorías, de etiquetas y posibilidades. Por ello me es más interesante no separar en ningún momento la cuestión de la sexualidad de la cuestión de que soy cubana.”

Esta entrevista es muy interesante para el tema de la identidad, no sólo cubana, sino latina en general, entre los escritores que viven en los Estados Unidos.

[11] Ver, entre otros textos, Román de la Campa: “Norteamérica y su mundo latino: antología, globalización, diásporas”, en Apuntes Posmodernos, Miami, 1999-2000; María Cristina García, ob. cit; Jorge Duany, ob. cit..

[12] El reconocimiento oficial de una llamada comunidad cubana en el exterior, a fines de los años 70, hizo en rigor insostenible esa exclusión, pero entonces, por un conjunto de circunstancias, el problema no fue abordado y se siguió asumiendo en última instancia como tabú, lo que condicionó, por ejemplo, la lamentable ausencia de escritores que vivían fuera del país del Diccionario del Instituto de Literatura y Lingüística, al margen de casuísticas concurrentes. En todo caso, hoy una de las problemáticas fundamentales del debate consiste en las jerarquías literarias, diferencias aún alimentadas por prejuicios políticos, y la negación de los derechos de autor de algunas figuras significativas del exilio (Cabrera Infante, Reinaldo Arenas) para publicar en la Isla. No obstante, el hecho mismo de que esto se discuta en distintos espacios públicos en Cuba, marca una diferencia difícil de obviar en el sentido de que hoy existe un necesario debate cultural más abierto, con independencia de que se compartan o no las respuestas posibles. Como es obvio, sólo de la polémica puede nacer el consenso.

 

[13] Ambrosio Fornet: Memorias recobradas, (compilación de dossiers de La Gaceta de Cuba) Editorial Capiro, Villa Clara, 2000, pp.9-12.

[14] Severo Sarduy: “Ciclón:entrar en la corriente”, en La Gaceta de Cuba, 1 de 1992, p.33.

[15] Cintio Vitier: “La identidad como espiral”, en La Gaceta de Cuba, 1 de 1996, pp.24-25.

[16] Ver, entre otros buenos ejemplos de esta revista, el dossier “La cultura cubano-americana”, en Temas,10 de 1997.

[17] “Algo más sobre el Aleph” (nota editorial), en La Gaceta de Cuba, 5 de 1993, p.18.

[18] Enrique del Risco: “La Gaceta de Cuba, 1995-99”, en Internet, (sin fecha). Donde se cuestiona –entre otras muchas cosas–,  un término como diáspora, que ya va siendo de consenso académico y que como toda definición es susceptible de revisión: “(…) convertir el exilio en algo más romántico como la diáspora”.

[19] Florit. Unión, no 32 de 1998, pp.12-27

[20] Iván de la Nuez: El mapa de sal, Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 2001.

[21] Carlos Espinosa: “Sin nosotros el país no está completo”, en Encuentro en la red, 21 de marzo del 2001.

[22] Roberto Madrigal: Voces del silencio (prólogo), Editorial Término, Cincinnati, 1996, pp.7-11.

[23] Pío Serrano: “literatura cubana/del/ desde/ en el exilio”, Internet, 9 de diciembre del 2000.

[24] Pío Serrano: “Aduana para un exilio”, en La Gaceta de Cuba, 4 de 1995, pp.37-51.

[25] Lina de Feria: “Ha vendido sus cartas”, en La isla en su tinta (Antología de poesía cubana) Editorial Verbum, Madrid, 2000, p.128.

[26] Bladimir Zamora: Gastón Baquero: “Mi mayor placer es inventar”(Entrevista) La Gaceta de Cuba, 3 de 1994, pp.44-48. “La cultura cubana será un guardián de nuestra singularidad. Hay esa tendencia de hacer demasiado homogéneo al mundo. (…) Pero podemos estar seguros de que la identidad cubana no se va a perder”.

[27] Omar Valiño: “Viajo con la Isla en peso”(Entrevista a Alberto Sarraín) La Gaceta de Cuba,3 de 1999, pp.7-11. Ser consecuente con esta entrevista, que resultó conmovedora para muchos dentro de la Isla, le trajo serios problemas al entrevistado en su lugar de residencia.

[28] José Homero: “Soy Ulises y soy nadie”(Entrevista a José Kozer) La Gaceta de Cuba, 2 de 1996, pp.18-20. Este texto, por su interés, es varias veces citado en el prólogo de Jorge Luis Arcos a la antología poética de Kozer, de próxima aparición en La Habana, por la Editorial Letras Cubanas.

[29] Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1970, p.206

[30] Cintio Vitier: “La identidad como espiral”, ob. cit.

[31] María de los Ángeles Torres: “Ser o no ser cubanas: variaciones sobre el tema”, en La Gaceta de Cuba, 5 de 1996, p.20.

[32] Ambrosio Fornet: El discurso de la nostalgia, 4 de 1995, en La Gaceta de Cuba, 4 de 1995, pp.32-33.

 


2002. La Jiribilla. Cuba.
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