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LA JIRIBILLA
Ofreciendo a
la brisa sus torneos viene La Jiribilla desde
hace poco menos de un año. Pensada para soporte
electrónico, esta publicación semanal ha sabido sortear
con elegancia los estereotipos ideológicos y estéticos
para brindar al mundo una idea abarcadora, ecuménica y
profunda de eso que llamamos lo cubano. Lo interesante
es que en el intento La Jiribilla no ha querido
incurrir en penosas neutralidades, en movedizos
conceptos históricos. Armada de un sentido de la cubanía
que es, como pedía Martí, asimilación antes que
aislamiento, tiene la suerte de pensar en la Cultura
también como en un fenómeno complejo, que se retrae
cuando la impregnan de superficialidad y florece cuando
le reconocen su carácter profundo, su permanente signo
de misterio.
En una operación sorpresiva, de contracorriente, como le
es habitual, ahora la revista se asoma al papel e
inaugura con este texto los Cuadernos de La
Jiribilla. Se trata de materiales seleccionados con
una idea novedosa, inquietante, si cabe la insinuación,
y con la meta de permanecer. Ya se sabe que no es lo
mismo el ciberespacio, donde los sentidos se sacian con
letra, color y sonido, que el libro tradicional,
canonizado por el ojo y la paciencia. Pero apostar a
estos cuadernos, a pesar de no haber sido un propósito
premeditado, pudiera verse como un signo de madurez,
como una juguetona amenaza de profundidad. Juzgue una
vez más el lector.
Huracán,
huracán, venir te siento, dice Heredia y lo acompaña una
grácil figura de sutiles movimientos que al andar se
agita, se inquieta, se entusiasma. Y arrecia el viento
en infinitas ráfagas: silbido suave, ronco rugido. A
todas partes van los ojos de la figurilla, ¡tan
intranquila! queriendo atrapar al viento, asirse a él,
montarlo, detenerlo. Se remueve la tierra, se abre,
frutos deja escapar, dobla en arco la caña; agítase la
palma ante los atónitos ojos de la inquieta. ¿Quién
espolea el rayo que trae al fuego y que el aire atiza?
¿Quién hace caer el agua que desborda el río?, se
pregunta, y está presta al auxilio, y es veloz para el
consuelo. Y lo que angustia podía ser lo convierte ella
en festín, venga otra vez Heredia y cante al huracán;
pregunte Martí a la naturaleza embravecida; que dibuje
Guillén un huracán de raza y la violación de Martinica;
que cuente Carpentier del terror de Sofía; que Lezama
agregue sus consejos y Boti exija al viento percibir su
acento. Y en un portal camagüeyano, en una de esas
tardes tempestuosas, que escriba la Avellaneda de deseos
de venganza, que sea en la tarde, pues de la noche se
ocupará Zenea. Que llegue Piñera y Rodríguez Feo, con
Marré, Arrufat, Severo, con Fayad y Calvert, que entren
todos trayendo un ciclón literario. Cuando llegue
Fernando Ortiz, que realice los conjuros, que dirija el
baile. Ya danza el huracán, con él La Jiribilla. |
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