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LA
JIRIBILLA Lam es de Sagua la Grande. Por 1923, el Ayuntamiento de su pueblo le concedió una pensión. Ignoramos a cuánto ascendía y cuánto le duró. Pero de una manera o de otra el pintor se las arregló para empezar con eso un camino que al cabo le condujo a París. Y allá vivió unos años y otros, pintando sin apresurarse, ajeno a consejos y a opiniones y sin molestarse en remitir a Cuba signos de su actividad. Tanto que por acá llegamos a olvidarnos de que existía y, por consiguiente, de que pintaba. Pero un día comenzó la resaca de la guerra. Y Wifredo Lam desembarcó en Cuba, tan aislado y lacónico como de costumbre. Se encerró en una casita de los suburbios marianenses y extrayendo sus pinceles y sus telas comenzó a ver esta isla suya, alejada de él durante tanto tiempo, con los ojos de un gran artista que de golpe tropieza con la médula de una tierra mágicamente identificada con el hombre que, sin saberlo, la había llevado siempre encerrada en sí mismo. Fue entonces la zambullida en el trópico, en la lujuria de lo vegetal, en la adivinación de un folklore desconocido y propio; un delirio de temas selváticos, de sugerencias ancestrales, de colores y de formas en amasijo naciente; antillanismo explosivo estallando como en un vértigo en un cuadro y otro y a veces en el mismo gran trozo de pintura. Nada menos que el encuentro de un gran artista con su pulso definitivo. Fenómeno que sobrevino quizás, como ha señalado Alejo Carpentier, porque «el trópico sólo suele comprenderse y sentirse cuando se regresa a él después de prolongada ausencia, con las retinas limpias de hábitos contraídos»; quizás, más genéricamente, porque para la maduración de las percepciones profundas de cualquier clase es indispensable conceder espacio a la perspectiva, a la mirada reflexiva por lejana y, por lejana, de conjunto. Sea como fuere, Lam nos ha regalado con una pintura extraordinaria que sólo el Caribe podía producir, estremeciendo a Cuba y a todas las Galerías Internacionales con su llegada. Y Sagua la Grande, un poco asombrada de que el muchacho pensionado hace veinte años haya desbordado en esta forma, ha querido recordarnos que Lam es para ella una notabilidad local, declarándolo su Hijo Predilecto. La noticia nos ha llegado con un ingenuo y delicioso sabor pueblerino. Al parecer los señores concejales sagüeros, en su resolución aprobada por unanimidad, han detallado muy bien, para convencer a todos de la justicia de su acuerdo, los motivos que patentizan los méritos artísticos de Lam: Matisse, Picasso, el Museo de Arte Moderno de New York, la Enciclopedia Universal Ilustrada de Espasa, el New York World Telegram, el Times... ¡Y datos del patio también, qué caramba! Carpentier, Lydia Cabrera... Críticas, citas, personas, corporaciones, libros, periódicos... ¿Quién puede dudar de que Wifredo Lam merece la declaratoria de Hijo Predilecto? Tranquila en cuanto a ese punto, la Cámara Municipal de Sagua ha dado la noticia a la publicidad y nosotros, gustosamente, la transmitimos a nuestros lectores. Pero no sabemos si el Hijo Predilecto; con ese honor, recibirá algo más. Algo siquiera parecido a la pensión de 1923. Porque, que sepamos —y su silueta lo dice a gritos— Lam está viviendo, prácticamente, del aire. O, al menos, así vivía hasta hace muy poco. Y esto, en verdad, aunque dice mucho de la firmeza artística de Lam que no permite que contrariedades económicas lo aparten de su senda artística, dice muy poco de los sagüeros en particular y de todos los cubanos en general. ¿Comprende la declaratoria de Hijo Predilecto una manifestación más concreta del aprecio que siente Sagua la Grande por la labor de su gran artista? Si es así, vaya nuestro aplauso; si no lo es, vaya a la Cámara Municipal la sugerencia de completar su hermoso gesto con otro acuerdo que coopere de una manera efectiva a que Wifredo Lam pueda pintar cada vez más y cada vez mejor, en un clima de reposo material no perturbado por la cuenta del casero.
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