LA JIRIBILLA
¿PERDÓN O DIGNIDAD?

Raquel Vinat de la Mata| La Habana

El asunto, de delicada repercusión sentimental, demandó un enfoque sereno y razonado. Era preciso aplacar todo acto de violencia, pues los ánimos estaban caldeados y no era di­fícil que se desataran ajustes de cuentas en que la población —sensiblemente herida por los crímenes cometidos durante la guerra— decidiera hacer justicia por sí misma. No sin razón, la prudencia de Máximo Gómez convocaba al orden, y aduciendo a los objetivos animadores del finalizado enfrentamiento armado decía: “No se le hacía la guerra a los espa­ñoles, sino a la administración de España...”, palabras que pronunció en el nutrido recibimiento que se le organizó cuando el invicto oficial arribó junto a sus tropas al pobla­do de Caibarién, en enero de 1899.1

Reforzando las ideas de Gómez, el luchador cubano Ber­nardo Escobar Laredo destacó las diferencias conductuales adop­tadas por la masa de españoles radicados en el territorio. A fin de que no se cometieran excesos o arbitrariedades, recordó:

Los hombres que a merced de sus dos virtudes: el trabajo y el ahorro, han formado aquí un capital y crea­do un hogar enaltecido por las virtudes de la mujer cubana, no son ni pueden ser extranjeros: ellos son nuestros padres, nuestros hermanos...2

La sentencia arriba citada aludía a la recurrente tradi­ción en la cual, por medio de enlaces matrimoniales entre peninsulares y criollas, se constituía buena parte de la red familiar de casi todas las generaciones coexistentes en la Isla. No debe olvidarse que, según el Código vigente hasta las modificaciones introducidas en 1899, se consideraban con nacionalidad española no solo los peninsulares residentes en Cuba, sino además su descendencia:

Artículo 17, inciso 2:

Son españoles los hijos de padre o madre españoles, aunque hayan nacido fuera de España.3

Semejante realidad generaba una dualidad identitaria en aquellos que afectivamente se hallaban ante tal disyuntiva. Sin embargo, en esos momentos no se apeló tanto a los vínculos de nacionalidad como a la cordura necesaria para aceptar las decisiones que se adoptarían en lo sucesivo, encaminadas a evitar una suerte de guerra civil.

No debió ser fácil aquella “reconciliación”: en la me­moria de muchos cubanos y cubanas latían escenas de imbo­rrable impacto, como la plasmada en uno de los tantos dia­rios de campaña redactados en los avatares bélicos:

(...) me he encontrado, después de mi ausencia en esta zona, un resultado bárbaro de las últimas operaciones realizadas por los españoles matando a diestra y si­niestra a niños y ancianos.. quedan pocas familias y un pánico extraño se apodera de ellas.... Cuánta des­gracia nos persigue, yo creo que el mundo hasta se ha olvidado de nosotros viendo con indiferencia cómo se asesinan a nuestras familias, los inocentes, los ancia­nos. España siempre es la misma. Yo no sé cómo hay cubano que besa la mano del amo para humillarse a pedirle perdón...4

Tal vez, también, otros recordaban la dolorosa realidad de algunas mujeres al estilo de una joven llamada “mambisa de sangre” por el coronel Serafín Espinosa en sus relatos:

... hija mayor de mi sitiero que nos albergó en la zona de Sabanas Nuevas, en Villa Clara, fue la encargada por la familia de lavar y remendarnos la ropa (...) Aco­sada por el hambre, y la espantosa miseria, después de haber visto morir a sus padres y a casi todos sus her­manos agorados por el beri-beri (durante la Reconcentración), se había entregado a un gallego malojero llamado Manuel “Trancazo”, sargento de guerrilleros que tenía reputación bien ganada de bru­to y mal hablado hasta lo indecible, y que con este energúmeno vivía como una esclava, soltando un mu­chacho para incubar otro inmediatamente. ¡Pobres gen­tes! ¡Cuántas desgraciadas guajiritas no siguieron la misma suene...5

Acto de insensato proceder hubiera sido, y es, pretender medir a todos los españoles con idéntico rasero, pues se cono­ce de la honesta y explicitada desaprobación de muchos hacia los desmanes cometidos por sus coterráneos quienes, invo­cando las hostilidades del ambiente bélico, excedieron injus­tificadamente sus actuaciones de violencia contra la población civil. Mas, resultaba improbable borrar de súbito que algunos comerciantes y figuras influyentes de la colonia española nu­trieron las filas o financiaron a uno de los órganos represivos más antiguos y repudiadas por los cubanos: el Cuerpo de Vo­luntarios, cuya sangrienta hoja de ruta, desde su participación determinante en el asesinato de los inocentes estudiantes de Medicina en 1871, no dejó de abultarse con crímenes, dela­ciones y atropellos.

En cuanto a ciertas portavoces de la propaganda anticubana más ofensiva, todavía resonaban tas palabras de Eva Canel, periodista asturiana radicada en Cuba, que tanto intentó denigrar a las patriotas independentistas e inocular el diversionismo ideológico con sórdidas valoraciones de su in­compatibilidad con e! colonialismo:

Cubanas son las mujeres que en La Habana obsequian a nuestros soldados con entusiasmo arrojándoles flo­res y palomas, y gritando: ¡VIVA WEYLER! ¡VIVA CUBA ESPAÑOLA!, formando así contraste con aquellas que, titulándose “hijas de Cuba”, recogen di­nero que se emplea en la dinamita que sirve para destruir la riqueza del suelo donde nacieron y para volar trenes llenos de mujeres y niños...6

En semejante esencia difamadora de las cubanas —di­bujadas como seres irreflexivos, ingratos y, hasta capaces de cometer actos terroristas—, también se alineaba otra espa­ñola de amplia presencia en los órganos periodísticos de la época: Concepción Boloña, Coralia, quien "aconsejaba" actitudes de aparente domesticidad femenina pero que encerraban una fuerte dosis de instigación política hacia el abandono del ideario emancipador, a partir de un marca­do fatalismo:

¿Quiere la cubana emanciparse? En primer lugar, debe volver sus ojos al hogar y desde allí, y solo desde allí, ganar la LIBERTAD que necesita: su libertad de espí­ritu, su seguridad, su confianza. Dejad a los hombres las nefastas batallas de la vida. De todas formas, ni ellos mismos han de torcer el rumbo de la Historia. La esposa: a sus dulces faenas de consolar al esposo, a la formación del hijo, a su reinado tibio y seguro. Esa es su misión en la Tierra. Lo demás, son pretensiones absurdas y ajenas a su sexo, y al suave y resignado sentimiento de la cubana...7

Nótese cómo parte de la desideologización de la men­talidad anticubana, perseguía identificar la imagen de las mu­jeres de la Isla (“el suave y resignado sentimiento de la cuba­na”) con la indiferencia hacia el acontecer extradoméstico, cual si no constituyeran sujetos activos en las transformacio­nes sociales que venían produciéndose en el país —y que su protagonismo histórico ya refrendaba a lo largo del siglo.

Tampoco podía olvidarse cómo el lenguaje vehicular del engranaje político dirigido a las mujeres, además de potenciar los patrones alienantes de la cultura patriarcal respecto a la aparente desarticulación entre el espacio pú­blico-social y el doméstico-privado (este último, estigma­tizado como el “gineceo femenino”), también impulsaban el confusionismo ideológico en cuanto a la identidad de la cubana. Típico del manejo edulcorado, pero astutamente orientado, es un fragmento del artículo “Mujeres, niñas y flores” redactado para una revista en los años de más encona­da lucha entre Cuba y España: 1896-1897:

...(la cubana) no tiene los hábitos de libertad de la americana, la frivolidad de la francesa, la garrulería de la italiana, la frialdad de la inglesa, el predominio de la rusa o la mansedumbre de la alemana. Ha heredado el sentimiento exquisito de la española, porque española es también, y por eso limita su reinado al seno de su familia, huyendo de las luchas políticas, de los alboro­tos del club, de las austeridades de las ciencias, de las aspiraciones de hacerse independiente y superior al hombre, al que se somete dócilmente, logrando en esa sumisión el cariño y mantenerlo atado por las cadenas de flores del amor...8

En tal lógica de pensamiento, las tendencias anticubanas obraron a fin de socavar el sentimiento identitario al crear una impropia representación de las mujeres independentistas las cuales, en contraposición con la “idílica” imagen proyec­tada por los detractores del separatismo insular, mostraban a las cubanas en desventajosa relación respecto de sus congé­neres españolas. Pero, al mismo tiempo, esta malsana dirección —implícitamente— “realzaba” el comportamiento antipatriótico de una serie de damas quienes, siendo oriun­das del país, reaccionaban como “hijas de la Madre Patria” al profesar abiertamente sentimientos españolizantes.

Esa fue, durante largos años, la forma humillante con que eran tratados los cubanos y las cubanas por sujetos que sin ser miembros de las fuerzas armadas españolas o del aparato militar, administrativo y gubernamental, hostigaron a los independentistas. En su apoyo incondicional al opresor fo­ráneo, devinieron aliados; sin embargo, contra ellos no se dictaban órdenes ni leyes; solo sanciones morales emana­das al arbitrio de los acontecimientos.

Así se observa cómo la sección de la Cruz Roja Espa­ñola que funcionaba en La Habana tenía por objetivo inicial auxiliar a las tropas colonialistas que se enfrentaron al Ejérci­to Libertador; y, una vez finalizada la guerra, ayudar a esos militares; labor en cuya directiva se hallaban como presiden­ta, Eva Canel, y sus ayudantes: presidenta segunda y tercera, a Concepción O 'Farrill de Santos Guzmán y a la Condesa de Macurijes (ambas cubanas).9

Incómodo debió ser contemplar cómo eran organiza­dos “bailes de reconciliación” en diversos poblados del país, a instancias —en algunas ocasiones— del Casino Español, entidad que en su proclama de apertura, en marzo de 1870, no tuvo reparos en vociferar en instantes en que ya la pri­mera contienda revolucionaria llevaba dos años de victorioso avance que “...los españoles que estamos en Cuba sabemos que podrá ser vencida; cedida o vendida, jamás. Cuba será española o la abandonaremos convertida en cenizas.”10 Va­ticinio que cumplieron con creces en la última jornada béli­ca terminada en agosto de 1898.

Al reanimar sus veladas recreativo-culturales, las diver­sas sucursales del Casino Español realizaron actos tan para­dójicos como la conmemoración de la caída en combate de Antonio Maceo. Ese día, 7 de diciembre de 1899, en to­dos los liceos y sociedades de instrucción y recreo, por vez primera después del cese de la dominación española se izó la bandera cubana. No obstante, se observa la aparición de ho­nestos pronunciamientos de individuos: un modesto representante de la colonia española de Remedios quien expresó a Máximo Gómez en su avanzada hacia La Habana, que sus paisanos estaban decididos a iniciar la reconstrucción del país “porque Cuba es patria de nuestros hijos y nuestra patria adoptiva”.11 Las inscripciones de españoles en los libros de los Ayuntamientos comenzaron desde julio de 1899.

Existen zonas aún inexploradas del pensamiento feme­nino que la historiografía nacional está llamada a incorporar en sus futuros análisis interpretativos, toda vez que advierten manifestaciones de la conciencia colectiva representativa, asi­mismo, de maduraciones desconocidas. Suele aplicarse la calibración ideológica femenina de más nítidas y probadas trascendencias a las cubanas anudadas directamente al independentismo; sin embargo, otras proyecciones revelan el grado de asimilación que algunas mujeres poseían de la realidad nacional y, lo más puntual: de su papel en ella, tópico no siempre abordado por los estudios históricos acerca del pensamiento cubano finisecular. Y Elíseo Giberga, sin una consciente actitud reivindicadora de sus compatriotas, legó a la posteridad una información de singular importancia.

Recreando las tareas autonomistas ejecutadas por él y su partido en los años finales de la guerra de 1895-1898, respecto al comportamiento femenino, dijo:

Quienes fueron con más violencia arrebatadas (por el independentismo), fueron las mujeres. Hasta en las familias de autonomistas de los más convencidos y caracterizados, las atraían la pasión y el momentáneo éxito. Cuando entre personas de su influencia y con­fianza deponían la reserva a que las obligaban ante extraños, manifestaban su simpatía hacia la revolu­ción; y las antiguas separatistas y las nuevas, íbanle conquistando adeptos por la soberana influencia que siempre ejerce la mujer sobre el corazón del hombre. ¡Cuántos debates tuve con algunas! ¡Cuántas lindezas contra mí y contra los míos tuve que oir de lindos labios! ¡Cuánta indulgencia ha de tener siempre un caballero para las expansiones femeninas...!12

Nótese que en esta suerte de confesión, un vertical ideó­logo autonomista reconoció cómo dentro de las propias fa­milias adheridas a esta corriente de pensamiento político algunas féminas manifestaron su independencia de carácter al profesar —paradójicamente— sentimientos separatistas.

Pero, además, este culto intelectual dejó sentada la labor proselitista inconscientemente realizada por esas mujeres de ideales independentistas cuya influencia contaba con una doble proyección: hacia sus congéneres (“las antiguas y las nue­vas”: las que se iban insertando a esa onda anticolonialista) y, simultáneamente, hacia los hombres (“por la soberana in­fluencia que ejercen sobre su corazón”). Significa que no debió ser solo un rapto apasionado sino la elocuencia con­vincente y madura de sus parlamentos lo que conquistó adeptos para esa causa. Y que habla de un crecimiento ideológico en la mentalidad de las damas aludidas quie­nes, por demás, debatieron en confrontación crítica con el propio Giberga.

Hurgando por entre base documental habitualmente desatendida en los textos históricos, aparecen otros signos anunciadores del pensamiento y la acción de las cubanas que retratan una silueta muy distinta a la “sumisa”, “inactiva” y “retraída” criatura caracterizada.


1 Alocución de Máximo Gómez en la Casa Consistorial de Caibarién, 8,1,1899. Citada por José A. Martínez Fortún, ob. cit., p. 8.

2 El Día (Caibarién), 9.1.1899.

3 Artículo 17 del Código Español. Ángel C. Betancourt, ob.cit., p.46, Libro Primero, Titulo I: De los cubanos y extranjeros.

4 Archivo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Fondo Personalidades de la Guerra de Independencia, leg. 68, No. 2. La Orden Militar de 6.12.1898 indultaba al Cuerpo de Voluntarios y la del 23.3.1889 otorgaba la amnistía por hechos cometidos por fuerzas e individuos en operaciones o en servicio militar activo durante la guerra. Gaceta de La Habana..

5 Serafín Espinosa: Al trote y sin estribos. Recuerdos de la guerra, Habana, edit. J. Montero, 1946.

6 La Lucha, 3.3.1896, p. 2, col. 6.

7 Concepción Boloña, revista El Hogar, a..I, No.11, 8.8.1897, pp.2-3.

8 José E. Triay: “Mujeres, niñas y flores”, revista El Hogar, a.I, No. 6, 4.4.1897, p. 2.

9 Eva Canel: Lo que vi en Cuba, Madrid, 1916, p.23. En respuesta a estas acciones, en 1898 un grupo de cubanas, al frente del cual estaban las patriotas Rosario Dubroca, Mercedes Alum y Carlota Rodríguez crearon la Cruz Blanca Cubana para dar atención a los rebeldes.

10 Proclama de apertura del Casino Español de La Habana, 23.3.1870 citado por José Luciano Franco en La reacción española contra la liberación, Habana, l988, p. 72.

11 Pedro Rodríguez, palabras en nombre de la colonia española de Remedios al general Máximo Gómez, 10.1.1899. El Día, 11.1.1899, p.l.

12 Palabras de Eliseo Giberga, citadas por Agustín Serize en “Memoria histórica de Palmira y su partido”, Boletín Archivo Nacional, t. LX, ene-dic. 1963, p,109.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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