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LA
JIRIBILLA
Mientras volaba, tácitamente, los escalones me dio tiempo incluso de dudar y creer que lo de las molestas lagrimitas no tenía nada que ver con las imágenes de Santa Ana o Santa Teresa de Jesús, que abuela colocaba perfectamente en las paredes de tabla de palma, o debajo del colchón, o en el altar del cuarto de los regueros, cosa de que si yo registrara no fuera a olvidar que el miedo estuvo y estará siempre conmigo. Hasta dudé, y me convencí llegando al piso quinto, de que las lágrimas que me daban picazón y un placer demorado entre el pecho y el estómago, eran más bien debidas a que Pilalivilukandi Tekkeparamphil Usha, la vallista de la India, había perdido por una centésima (¡caballero, por una centésima!) la medalla de bronce olímpica en los cuatrocientos metros con vallas ante la rumana Cristiana Cojocaru. Le ronca ¿no?, porque en definitiva la rumana esa (“biencomía” y tal vez dopada institucionalmente) estaba cansada de ganar medallas corriendo los ochocientos planos... y se antojó por las vallas para los juegos estivales... y dejó a la pobre P.T.U. –que así le dicen porque su nombre es muy largo y los europeos, compinches topográficos de la Cojocaru, no quieren complicarse al pronunciarlo o, quizás, quieren minimizar a la pobre Usha– sin la medalla cara y anhelada, que los hindúes, no importa si budistas o mahometanos, esperaban y P.T.U. esperaba desde chiquita: corriendo descalza, reventándose los pulmones, esquivando tal vez alguna que otra vaca (porque allá no se las comen y hay muchas por todos lados), entrenando desde 100 hasta 400 metros planos, vallas altas y bajas, relevos... todo para ver si un día la gloria le guiñaba y conseguía subir al podio y ese día le daba por llover y ella podía llorar todo lo que le diera la gana y así, entre lluvia y lágrimas, un periodista poeta, de esos que quedan, escribía una crónica sobre como las lágrimas de Pilalivilukandi Tekkeparamphil Usha se confundían con la lluvia; pero ahora por una centésima de segundo la India estaba de duelo nacional, más de ochocientos millones de personas plañían su frustración y mi alma estaba también de duelo y quería, también yo, llorar con ellos. Todo eso iba a escribirlo en un papelito y soltarlo rápido, para que no me quemara con la lentitud de los dolorcillos triviales, cuando Juliette Aparecida Osinga–Rossetti de Lara Geremías Conceiçao –la negra vieja que estoy viendo desde niño en las casas en que hemos vivido, trastabillando de un lado a otro con sus ropas extemporáneas y de la que nadie, ni siquiera mi abuela que la trajo de su viaje Canarias-Habana vía Islas Madeira, conoce la edad, ni de dónde proviene la rara mezcla de nombres franco-italo-lusitano-senegaleses que la amortajan en casi doscientas libras–; la misma que, supongo, ha de ser una especie de criada recidiva, por encima de cualquier FES y que ha estado siempre así: pose de mammy del sur de los EE.UU. (como Hattie McDaniel en Lo que el viento se llevó) y que escribe sonetos alejandrinos con ínfulas de poetisa; ella que, para colmo, es la única que encuentra mis papelitos para luego burlarse y corregirlos estilísticamente, soltando con grandilocuencia sus frases aprendidas en algún lugar del mundo menos aquí, en este quinto piso regentado por gatos y papeles escondidos... pues sí, cuando ya me disponía a calmar el dolor lacrimógeno, Juliette Aparecida Osinga–Rossetti de Lara Geremías Conceiçao irrumpió triunfante, esquivando gatos, soltando su eterno lamento impenetrable: “Ay, Rishilda de Polonia, ¿por qué te casaste con Alfonso VII de Castilla y León?”... alargando su manaza olímpica con la carta de Martha Rita. “...¿sabes lo que sucede con este cuento? Te presento a Johanna toda insólita, luego a Don Cristóbal todo tradicional. Una boda feliz y una luna de miel ideal. Finalmente la cotidianidad, Johanna empaca, suelta las palomas (esto último puede antojársenos un símbolo)... entonces decimos: “¡He aquí el conflicto: una mujer excepcional que se rebela contra la rutina, que no se resigna a una posición servil!” ; Johanna vuelve. Decimos: “chocó con la sociedad.” Sin embargo no hay todavía conflicto alguno porque ella se fue feliz y así regresa. Esto nos desconcierta algo, mas no desesperamos: aún queda la inminente refriega del esposo. Y he aquí que no la hubo; he que el simbolismo de las palomas liberadas era una farsa. Es sólo la historia de una loca y de alguien que la ama y es feliz con ella, así tan chiflada como está. Entonces censuraremos: “este cuento es una mierda...” y yo me río porque estamos tan adaptados a los choques y conflictos narrativos, que no podemos aceptar ya las simplezas, renegamos de la transparencia. No hemos visto el envés de las cosas y ya le andamos buscando el revés. Este pensar dialéctico me tiene fatigada. Necesito unas vacaciones; irme de viaje... como Johanna.
Un besote, te quiere, Ayer hablé con Martha Rita y le pregunté si me daba permiso para utilizar su cuento al hacer el mío –con lo que estuvo de acuerdo, claro, porque es mi amiga y sabe que nada malo sucederá por un divertimento moderato. Reinó así un poco de tranquilidad tras varios días pensando en Celeste Kindelán, en la fórmula ideal para encontrarla y salir de este desasosiego espiritual en que me sumerjo cada cierto tiempo. Me calmó la responsabilidad compartida... incluso si sale bien podríamos convertirnos en los nuevos “Hermanos Grimm”, haciendo cuentos a tres manos –y digo a tres porque yo soy ambidextro–; podríamos participar en los eventos literarios, adoptando poses y actitudes respecto al resto de los talleristas o personalidades invitadas. O, mejor, respetando la esencial y a veces casi única motivación de ir a comer gratis, coger un “drinking” y hablar de los demás en una feria vana y espiraloide que no termina hasta el día de las premiaciones. Y lo esgrimo con toda seguridad porque me lo dijo, en uno de sus pocos estadíos atinados, Juliette Aparecida Osinga–Rossetti de Lara Geremías Conceiçao. Vino Celeste Kindelán otra vez a mi memoria desde que leí la carta de Rita. Es que me di cuenta de su satisfacción interna: ella –Rita– había encontrado, de la manera más lógica y humilde, a sus personajes; yo tenía que hallar el mío. Sólo así se arma el cuento –sin que Martha Rita participe, por supuesto; sería demasiado pedir su ayuda después que urdió el suyo... además, ella tuvo el valor de enviármelo para proporcionar alegría a alguien como yo, que nunca he escrito un cuento y ando siempre triste o desesperado desde que tropecé con el nombre de Celeste Kindelán en el periódico Granma de marzo de 1975. Así pues, mi narración debía basamentarse en un proceso de reescritura –que es como le dicen ahora al hecho de plagiar y piratear lo de otros por no tener nada digno que decir– en el cual la diégesis y la exégesis se dieran la mano para demostrar que nos encontramos ante un escritor que, acorde al espíritu de época (este divino postmodernismo nuestro de cada día) fundamenta su discurso en el quebrantamiento no sólo estructural, sino también ideotemático y donde la pérdida de la voz omnipresente del narrador abre un espacio para la comunicación inmanente con el lector. Estaba todo muy bonito, muy graciosa y opinadamente colocado para impelirme a la resolución de un cuento despampanante; pero no resultaba porque la voz de mi nana de color, estridente e impropia (como diría mi amigo Pepito), se tamizaba a través de su propio significado, penetrando aguda en su lamento... por qué, Rishilda de Polonia, te casaste con Alfonso vii de Castilla y León... una vez pasada la histeria estallante reía, reía para leer entre pujos altos el cuento de Rita; leía y me recordaba la vergüenza de que esta hubiera dado vida a Johanna y yo ni siquiera adivinara a Celeste Kindelán... Johanna se va de viaje: así como la brisa “Don Cristóbal la descubrió de puro milagro; aunque sin puro milagro también la hubiera descubierto. Era bien difícil no ver a Johanna y a su paraguas verde. Agosto de mediodía. SOL ANARANJADO. Muchos pasajeros. Caballeros que observan sus relojes. Pañuelos que flotan en el andén, sirenas que cantan. Escaleras de hierro horizontales; montañas rodantes de equipajes. Trenes con locomotoras... locomotoras sin trenes. Un puente levadizo y, sobre el puente, Johanna. Johanna con azucenas y falda de algodón y sombrerillo de fieltro y zapatos de hebilla y tacón cuadrado. Johanna con la brisa...” De tal manera la cosa se complicaba: mi colega en materia creativa había sido capaz de dejar a un lado las pretenciones trascendentalistas, y su Johanna casi salía del papel a recordar que las cosas tratadas desde lo complejo pueden ser muy aburridas cuando se repiten obra tras obra; parecía cobrar vida objetual en las muchachas que se ponen largas faldas para ir a los conciertos de los trovadores o a los encuentros literarios... y yo ni siquiera me imaginaba a Celeste Kindelán, porque de ella sólo tenía un nombre en el periódico Granma de marzo de 1975, donde andaba de modesta, metida entre metros y centímetros del Ranking Nacional de aquel año. Un quinto puesto, quizás meritorio, pero insuficiente porque no anexaban ni su foto y porque impulsando la bala a 15 metros y 61 centímetros poco podía hacerse aun en aquellos días, en que al menos publicaban esos listados en el periódico de mayor circulación. Aún así se agradece el anonimato de Celeste; el cuento puede aguardar (es este un relato de coincidencia entre el tiempo de gestación y el tiempo contado, dice Juliette... sea). Iníciase el miniensayo sociológico, ese que me demuestra la extraña razón, la arcana consustancia asimilable tanto a Johanna como a mi atleta. Porque si Celeste hubiera alcanzado con la bala dos o tres metros más, a mí no me interesaría conocerla; porque si aún publicasen los Rankings Nacionales en el Granma, yo no me hubiera hundido –afán enajenante por medio– en las hojas apestosas y viejas de la hemeroteca para buscar nombres del pasado... DECIDIDAMENTE ESTO VA BIEN, PORQUE DE FICCIÓN NO TIENE NADA; EL AUTOR–NARRADOR SE HA DESPOJADO DE SU ROPA DE PAPEL, DEJA DE CONSTITUIR UNA ENTELEQUIA NARRATIVA Y DISCURRE ENSAYÍSTICAMENTE... AL MENOS HASTA AHORA); y no me hubiera dado tanta lástima el que una mujer con un nombre tan bonito, tan celeste, fuese sólo quinta en la lista nacional, provocando que de allá a acá el tiempo la haya borrado para siempre de nuestra memoria afectiva. Celeste difuminada en el olor de la nostalgia; Johanna demasiado encantadora, etopeya y carácter; el cuento de Rita, mi ensayo tardío... “...se casaron en otoño y ese día no hubo aguaceros. El olor de la albahaca se mezclaba con el del romerillo, y el azahar no faltó nunca, aunque las rosas sí. Volvieron en primavera, los trajo de vuelta un vapor amarillo como los del Mississipi, y un fotógrafo con alas de cuervo los inmortalizó en un daguerrotipo donde el tiempo se detuvo. ”Se instalaron en una pequeña casa con patio interior, aljibe, helechos y un palomar. Don Cristóbal volvió a la oficina: océanos de cuños, documentos y firmas con estilográficas; Johanna a las chancletas debajo de la cama, el baño caliente, la ropa almidonada y las galletas de mantequilla...” Ahora que trato de vertebrar la historia, me parece a mí que Celeste debió o debe ser, si aún vive en Oriente, Matanzas o dónde sea, negra y corpulenta como toda lanzadora atlética; un poco pasada de peso, quizás, tras el retiro y supongo que, por la época en que el periódico se digna mencionarla, usara algún pañuelo de cabeza, como estilaba la mayoría de las deportistas de color para no tener que darse “peine caliente” tan de seguido, en medio de las competiciones (no se usaban las trencitas...) ¡y lo caros que eran aquellos pañuelos japoneses, finitos, con hilos dorados sobre el color de turno; telitas de cebolla que les decían...! Caros para la época y para Celeste, de seguro, porque debía estar casada, tener, a sus veinticinco años, al menos un hijo, como casi todas las mujeres cubanas que llegaron algo tarde al deporte, a raíz del estallido de la masividad... debía tener ella otras muchas cosas que no logro precisar: hasta una risa gorda de negra gorda y chancletera cuando iba los fines de semana para su semisolar en provincias, o para una casa de madera y techo de guano, como la de mi abuela, en una loma guantanamera, donde la descubriera cualquier activista deportivo... y más cosas todavía; pero no he de aburrir a nadie hablando de un personaje que no es, que no ha sido justificado en el texto y porque lo que realmente me interesa es terminar de leer el cuentecillo de Martha Rita, emoción desde lo tenue y despojado, para ver si me explico el extraño sopor al que me lanza (atleta al fin) Celeste Kindelán... o ni me lo explico –complicación de menos– para inventar e inventar, como inventaron a Cristóbal y Johanna... “...sólo duró una semana. Cierto lunes, Johanna tomó la maleta, la llenó de cosas, soltó las palomas, abrió el paraguas verde y se fue de viaje. Volvió a los tres días, tan feliz como se había marchado y con un loro (en realidad nunca le agradaron mucho las palomas). Abrió las ventanas de par en par, cambió las cortinas y puso a hornear un pastel. ”Desde entonces Don Cristóbal no paró de amarla; sobre todo porque nunca tuvo la certeza de hallarla al volver. Siempre que tenía vacaciones la acompañaba en sus viajes. Entonces vivía doblemente feliz... porque la felicidad era loca y Johanna también.” Este in crescendo me obliga a asustarme de mí mismo. Coincidencias temporales, dubitaciones... todo gira al terminar de leer el cuento de mi amiga. Me ha entrado un deseo enorme de iniciar el mío de una vez y por todas, olvidando todo lo que sanamente me inspiró su lectura... ¡y eso es casi una traición exegética! Pero uno ha escuchado a los estudiosos, uno no es tan inculto, vaya... desde hace un buen rato los narradores han sido catalogados como violentos o exquisitos –eso me ha dicho muchas veces Juliette Aparecida Osinga-Rossetti de Lara Geremías Conceiçao– o, como el caso que apuntala el comodín: postmodernos. ¿Y si mi Celeste incorporara, tras el retiro del deporte activo, a una puta pastillera, dada a la mala vida, alcohólica; y si tuviera un hijo gay, vergüenza de la familia por aquello de que entre los negros los maricones –no hablemos de los bugarrones– escasean? MARGINALÍSIMO, ESO ESTÁ MARGINALÍSIMO. ¿Y si su primogénita, habida en el primer matrimonio de Celeste con un remero de segunda categoría (vale aclarar lo del primer matrimonio: puede, VIOLENTAMENTE hablando, haber tenido varios), se fuera en balsa atravesando el estrecho de la Florida... o, mejor aún, si esta muchacha, llamada a ser una discóbola destacada, más o menos como lo fue de balista su madre, fuese hija de padres divorciados, con los traumas consabidos que ello genera, y no conociera al padre, no tuviera los adecuados consejos de la violenta Celeste –entrenadora venida a menos en un pueblo cercano, o entregada a la borrachera, por supuesto, o vendiendo parkisonil– y esta niña-prospecto se dejara engatuzar por un novio malacabeza, que la tiene ahora incomunicada en un refugio miamense...? ¡Qué va, mejor! Si fuera ahora jinetera (la hija) y en el solar o en la casa de guano, remodelada varias veces desde 1975 a la fecha, alternaran canastilleros de santería con videocassetera en norma Palm –¡duro eso!– y zapatos de pana-onda retro-tacón imperio con chancletas plásticas negras, recicladas con pedacitos de alambre de cobre. ¡QUÉ VOLA’O Y MARGINAL...! pero no, porque si en verdad Celeste parió y este cuento llega a ser publicado, no quiero que vengan dos etíopes escaparatones –émulos de Salvador Golomón, por demás negro valiente– hijos y/o nietos de la exbalista a darme una mano de golpes por haber desprestigiado a su madre y/o abuela, la cual en realidad, pobrecita, se gana la vida vendiendo durofríos o haciendo coquitos, como la protagonista del famoso documental cubano. Por mucho que ame la literatura, por mucho que deseara estar a tono con los “violentos” de nuestra narrativa, no puedo permitir que desfigúrenme el rostro o lesiónenme un brazo (esta serie de enclíticos estaría más con los exquisitos, tómese como un adelanto de lo que vendrá), miembro útil todavía para escribir papelitos cada vez que me sienta mal, o que me desactiven un oído, que tanta falta me hace para escuchar a la gente contarme sus problemas o a la insoportable de Juliette Aparecida Osinga-Rossetti de Lara Geremías Conceiçao maldecir el momento en que Rishilda de Polonia se casó con Alfonso vii de Castilla y León... además el NO se reduplica porque estoy aburrido de leer cuentos con balseros y parias marginales, llenos de “malas palabras”; no puedo permitirme el trauma de inventarle a Celeste un hijo que peleó en Angola y regresó traumatizado... o con el SIDA. Eso ya lo dijeron muy bien unos, lo gastaron otros (como la metáfora cuando pasa a ser patrimonio del tango) y no pienso traicionar así a Martha Rita, quien ha removido mi parte sencilla con Johanna, la cual se va así –como la brisa– y regresa campante y sonriente sin mayores dificultades. Pero un cosquilleo de autosuficiencia es el peor de los impulsos. Casi ya me lanzo de cabeza hacia otra traición exegética, casi que mando a paseo a Johanna y sus palomas para colocar a Celeste Kindelán en la EXQUISITEZ de un nuevo discurso. La voz de la mammy aplatanada tras de mí lo deja claro: “un trabajo consecuente con las posibilidades que el lenguaje ofrece, donde la descripción a lo Carpentier o los valores simbólicos sirvan de soporte a líricos personajes”. Con su manaza en mi hombro queda establecido el reto. ¿Y si metiera una perra descripción a nivel de atmósfera, con la maciza Celeste en competencia, atardeciendo; la piel oscurísima perlada de sudor, el rostro beatificado, remedando en forma y aptitud las lágrimas sobre el rostro de la virgen Dolorosa en la iglesia de San Juan de los Remedios (unas perlitas blancas y auténticas de lo más sugerentes) y de ahí, obviando los antecedentes motivacionales, arranco con ojo cinematográfico para el altar, que detallo tal cual dicen: BARROCO, y me encarpenterizo sin considerar onerosa la digresión, olvidadizo de Celeste... o, más bien, encubridor de mis claras deficiencias como narrador exquisito. NO PUEDO: me hastían los cronotopos afiligranados, el engarce perfecto de los sintagmas, la retahíla de sustantivos, adjetivaciones y referentes literarios (¡uf! Esas plazas de mercado decimonónico, cercanas al desembarcadero de las flotas y los puestos de fritangas a la sombra de los portales de columnatas... ¿hasta cuándo?) Harto estoy de enumeraciones barrocas, malabares con la historia, universos fabulados. En su librero Juliette Aparecida Osinga-Rossetti de Lara Geremías Conceiçao ha almacenado un macrocosmos intelectivo: libros y libros de Severo Sarduy, Carpentier, Cabrera Infante, Vargas Llosa se suceden junto a las teorizaciones de Bajtin, Belic, Todorov, Prada Oropesa y un etcétera larguísimo. Mi mano estirada bastaría para convocar al exorcismo esteticista. La he sabido mantener alejada; a quien acumulo enfermizamente es a Gabriel García Márquez, sólo de recordarle mi estómago inicia un tète a tète entre el simpático y el parasimpático... ¿qué tal un aporte intertextual donde el rey del Realismo Mágico me preste un pasaje desgarrador y poético? ¿Estaría muy mal que yo dijera, por ejemplo, que estábamos Celeste Kindelán y yo... ah, y Johanna, para que Martha Rita no se ofusque o se considere preterida: todos somos latinoamericanos y podemos andar juntos gracias al boom y al postboom... pues sí, estábamos los tres doblando las sábanas cualquier tarde en el patio trasero de la casa de Celeste, o tal vez en el centro del solar bullanguero que también le he endilgado, pero sólo nosotros tres: muy profesionales y a la labor dedicados, cuando instintivamente Johanna y yo miramos bien hacia nuestra izquierda y sentimos “el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella (con Celeste), que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdían con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”. ¡Qué lindo! ¿no? Inclusive Celeste quiere decir de cielo... (p’allá va teledirigida); además, a Johanna, quien según Martha Rita se va y viene como la brisa, no le va a importar mucho y lo disfrutaré todo yo solo. Claro que da un poco de turbación vergonzosa desplegar este acápite intertextual. Ya cogí a Martha Rita para mis cosas, ya le robé la inspiración para dármelas de narrador. ¡Sería el colmo que reescribiera, intertextuara, plagiara al Gabo! Si bien aquella me lo perdonaría por amistad y quizás porque hasta crea que su cuento no tiene valor alguno, este otro sí que no; porque es un señor de clase si se viene a ver, que escribe con computadora-correctora y todo (mientras yo me desangro con medios tan humildes). ¡Cómo voy a atreverme! No, creo que lo adecuado será darme por vencido y no ilar fábula alguna (ilar sin hache, me aclara mi perla negra, se trata de un discurso... insoportable como es) sobre Celeste Kindelán. Se parecería a cualquier otra historia. Me preocupa hasta creerme mejor que la benigna Martha Rita, el olvidar la necesidad que tenemos de ser claros, transparentes, que no tontos. Se aleja mi motivación inicial, se va a bolina el cuento, lo siento línea a línea; creo que a Celeste lo que más le atañe es un poema, una oda, una novela testimonial, incluso un poemeto (a lo Alma Rubens, con dispensa de Poveda). Y eso vendrá después. Ahora, antes de que Juliette Aparecida Osinga-Rossetti de Lara Geremías Conceiçao encuentre otro de mis papeles ocultos y comience la burla, antes de que choque con otro de los gatos y lamente, por ende, la hora en que Rishilda de Polonia se lió a Alfonso vii de Castilla y León; antes de que la cabeza empiece a darme vueltas y me deprima la no-consumación de mi intento narrativo, quiero hablar con Celeste, decirle que el tiempo es enemigo demasiado cuerdo para desdeñarlo; si se viene a ver nada tengo contra él –porque es irreversible el muy cabrón; pero sí contra los estúpidos que le hacen el juego, andando con prisa festinada, seleccionando sólo lo grave para el viaje, prostituyéndose por los pequeños momentos de grandeza; sí contra aquellos que desean subir en loca carrera hacia arriba y hacia arriba, enseñando dientes a los triunfadores del tiempo, comprimiendo el espectro en extremos donde no cabe el color gris de los periódicos que me llevaron hacia ella: sí contra los subproductos del poder... Hacia arriba, Celeste, sin bajar antes a conversar contigo (con muchos) porque tú no existes para los otros más que en el papel, un papel como los que asaeto con espasmos neuróticos, con rabia espectacular y donde caben muchas cosas para no tomarlas en cuenta. Te creo, Celeste, definitivamente afortunada, donde quiera que estés. Tú al menos tienes a un tonto como yo, que te ha descubierto en los pliegos humedecidos: por mí tú te salvas, sin que por ello prevalezca... sé que nadie va a reencontrame dentro de treinta años (tampoco serán recordados muchos violentos, exquisitos, poetastros, intelectualoides, y mal ubicados...); las etapas no se salvan a grandes trancos, es a veces preferible diluirse en los días. Hoy lo sé. Delante de mí, almohada para mis codos, estos papeles inconclusos, aspirantes a trofeo de gavetas. Suficiente base material de estudio para mi nana intelectual. Los encontrará, para qué dudarlo y, si está de vena, si la neura la golpea contra lo bueno, ha de soltar una de sus frases rimbombantes (“me parece una cruzada pantagruélica contra la eticidad”) y luego mutar a su queja eterna, al lamento por la hora en que Rishilda de Polonia –sobrina del emperador romano-germánico– casose con Alfonso vii de Castilla y León. Cuando me emparede a penar por Celeste, por Johanna; cuando ellas me rodeen tras el altercado que sostendrán al sentir la diferencia entre la que es ya personaje y la que no pudo llegar a serlo, tomará forma el sujet (Juliette por la puerta entreabierta: “un buen sujet salva cualquier fábula, niño”). Queda el cumplimiento del pacto entre autores, Rita y yo, que ni chistamos. Ella, que me dio su cuento para alegrarme; yo, que intenté gestar el mío para demostrarle que me voy como Johanna, con la brisa, todos los días; que tomo partido por su causa y soy el primer convencido. Es más: no me importa si en el futuro, de seguir escribiendo, sea ella exquisita, violenta o lo que le venga en gana; no me dará mala espina verla ascender complicando los caminos, porque compartimos este rejuego, una alegría menuda como la gloria; porque me cercioro de que empezó desde abajo, o más bien fue hacia abajo para después subir, única manera de acceder, sin sonrojarse, sin miedo en el alma, a los altos asientos de pana roja de los recitales y lecturas. Seguidamente leeré (hablo del futuro, de lo no-contenido en esta historia) algún libro vetusto para preparar la coartada contra mi censora doméstica. Asumiré, no sin placer exegético si tenemos en cuenta que lo haré por deficiencia al no tolerar la diégesis que me propuse, mi pérdida de tiempo, esta vacua pretensión de hacer confluir las dos historias; es que Johanna y Celeste pueden convertirse en parientes cercanas si me place; es que Rishilda, polaca, princesa, no se unió gratuitamente a Alfonso vii de Castilla y León. Demostraré, alzando la barbilla a la distancia precisa, que la historia fabulada no puede contra el motivante. En cuanto la correctora de estilo termine la lectura prístina (no puedo negar cierta impaciencia, pero ella gusta de hacerse esperar), anexaré los acápites probatorios de mis conocimientos acerca de la posible consanguinidad entre ambas heroínas –dos mujeres que no existen por innegables causas: el maldito tiempo y la divina literatura– que no existen y a nadie puedo perdonar, mucho menos a mi dilettante de color, quien, dicho sea de paso, no figura en estas páginas por gusto, AMIGO LECTOR, QUE HAS TENIDO LA PACIENCIA DEL NARRATARIO, LA GENTILEZA DE SEGUIR HASTA AQUÍ LOS ALTIBAJOS DE ESTOS TRISTES EVENTOS. Algo tenía que inventar para resumir en un ente inubicable cronotópicamente (¿?) a todos los creadores, de la escuela que fuesen, exquisitos o violentos, poetas o narradores, mal ubicados o hijos del tino, poco humildes o chéveres personas... algo que doliera menos que saberme en ellos también. Tratar de apresarlos es un paso hacia lo innominado. Puedo molestar aún más con este pastiche incriticable. Unas líneas de apéndice, el gustazo de demostrar profundos conocimientos sobre genealogía, la maldad de bajar a Juliette Aparecida Osinga-Rossetti de Lara Geremías Conceiçao a su condición inicial de ser humano (¿a quién me recuerda, a quién me recuerda?) Algo de dramaturgia no podía faltar en tan postmoderna mezcla de géneros. Comienza la puesta... Mujer (que avanza despacio, con seráfico bamboleo y simula esquivar a imaginarios gatos): Buenas, qué tal; ¿cómo va la vida? Creador (con un mohín de disgusto y mirando exageradamente hacia el lateral contrario): Na’ bien... ahí. Mujer (colocándose bajo el cenital de proscenio, adoptando poses de mulata del teatro bufo): ¿Y Johanna? Creador (dando la espalda, porque por televisión muchos actores contestan dando la espalda a su interlocutor, y eso tiene mucho “swing”): Con Cristobita, bien... ahí. Mujer (que ha marchado al fondo del escenario, sobre el cual se proyectan fragmentos de Madre Juana de los Ángeles, algunos de los cuales remeda en movimientos, como poseída, escurriéndose sobre la pared): ¿Y la balista? Creador (que ahora no adoptará pose alguna, ya que le han dado donde le duele): Na’ bien, creo que “doquier que el hado en su furor le impele” será mejor que en un rengloncito del periódico Granma de marzo de 1975. (Se apaga el escenario; de fondo se escucha un bullicio in crescendo, susceptible de ser confundido tanto con el sonido ambiente de un stadium atlético, como con el de muchos creadores conversando antes o después del recital de marras. Los actores están uno frente al otro en el centro del escenario, al momento de iluminarse. En pantalla se suceden imágenes de todas las películas y documentales que en el texto se han mencionado: Fiesta en las Nubes, Ella vendía coquitos, Lo que el viento se llevó. En un lateral, mediante un video-bim, se puede apreciar la carrera final de los 400 metros con vallas para damas en los Juegos olímpicos de Los Ángeles 1984.) Mujer (que ahora da la espalda, rígida): ¿Y tu cuento...? Creador (llorando a mares): Na’ bien... ahí. (Los actores, con paso funeral, harán mutis por los extremos) Telón Genealogía de Celeste Kindelán Alfonso vii, El Emperador, rey de Castilla y de León entre el 1126 y 1167, casó en segundas nupcias con la princesa polaca Rishilda; de este matrimonio nació Sancha, la cual casó, también en segundas nupcias, con Alfonso ii, rey de Aragón entre 1161 y 1196; engendrando a Pedro ii, quien tuvo con María de Montpellier a Jaime i, El Conquistador, casado en segundas nupcias (¡!) con Violante de Hungría y padre de varios hijos, entre ellos Pedro iii, El Grande, rey de Aragón entre 1276 y 1285, que tuvo de Constança de Sicilia a Jaime ii, El Santo, de cuyo enlace con Blanca de Nápoles naciera Alfonso v, esposo de la condesa de Urgel, Teresa de Entenza, y padre de Pedro iv, El Ceremonioso, rey aragonés entre 1336 y 1387, cuyos hijos varones con Leonora de Sicilia no le dieron descendencia, pasando la corona de Aragón al nieto, Fernando, hijo de la primogénita Leonor con Juan i de Castilla. Este Fernando i (rey entre 1412 y 1416) tuvo con Leonor de Alburquerque a Juan ii, que uniera a la de Aragón la corona de Navarra, al casar con Blanca, reinando entre 1458 y 1479, y el cual de un segundo enlace con Juana Enríquez, hija del Almirante de Castilla, engendrara a Fernando v, El Católico, casado con su prima segunda Isabel –también La Católica– y reina de Castilla entre 1474 y 1504. De este matrimonio nacieron varios hijos, recayendo la corona, tras sucesivas muertes, en Juana, conocida por La Loca y enlazada con Felipe de Habsburgo, quien hacía honor al sobrenombre de El Hermoso. El hijo mayor de estos, Carlos v de Alemania y i de España entre 1516 y 1556, se unió a su prima Isabel de Portugal, naciendo así Felipe ii, quien de su cuarta esposa y pariente Ana de Austria tuvo un Felipe iii, unido a Margarita de Austria, pariente por igual; de tal enlace nació Felipe iv, que reinó entre 1621 y 1665. Carlos ii, El Hechizado o El Impotente, hijo de este último y de Mariana de Austria, no tuvo descendencia (era, claro, impotente), pero sí la tuvo su medio hermana María Teresa que, casada con Luis xiv rey de Francia entre 1638 y 1715, fue bisabuela de Luis xv, enlazado con la polaca María Leczinska y padre del delfín Luis, de cuyo matrimonio con María Josefa de Sajonia naciera Luis xvi, El Desafortunado, esposo de María Antonieta de Austria-Lorena, ambos guillotinados por la plebe francesa en 1793. De esta unión nació Luis Carlos, a quien llamaron Luis xviii aun sin reinar y de quien se dice murió por 1795. Tal aseveración no es cierta (y lo esgrimo con total seguridad porque me lo dijo Juliette Aparecida Osinga-Rossetti de Lara Geremías Conceiçao). Luis xvii, bajo otra identidad, vivió en Polonia y casó morganáticamente con Johanna Karlsson, descendiente por línea secundaria del rey Carlos xii de Suecia. Johanna, tras la muerte de Luis en 1827, emigró a los EE.UU. de Norteamérica con sus dos hijos, Luis y Ulrica. El primero, nacido en 1812, casó a los treinta y cinco años con una norteamericana descendiente de franceses y tuvo a Alfonso Luis Cristóbal, quien llevara una vida aventurera por diferentes países de América, padre casual en 1870 de María González Fitzroy, la cual se unió en matrimonio en la ciudad de Tampa a un tabaquero cubano al que dio varios hijos, entre ellos Jaime Luis Federico, que nació en 1898 y emigró hacia Santiago de Cuba o Matanzas –el lugar no ha sido precisado. Nunca se casó, pero sí tuvo relaciones de concubinato; primero con Juana Pérez y Pérez y luego con Eduvigis Kindelán, santiaguera de origen y negra. De estas segundas relaciones nació hacia 1922 Claro Kindelán, que no fue reconocido por el padre. Gracias a esta irresponsabilidad pudo apellidar en 1950 a su hija mayor, Celeste, portadora del apellido de la abuela. Por su parte de la primera unión en concubinato de Jaime Luis Federico nació, en 1920, Juana, madre soltera y progenitora de otra Juana en 1948 quien, también soltera, tuvo a Johanna en 1972. Las modas de la década de los 70, extranjerizando los nombres sin conocer muchas veces su significado lato, permitieron que esta Johanna que Martha Rita ha ficcionalizado rinda honor a sus ancestros escandinavos (¿recuerdan a la Karlsson?) La casualidad quiso que fuera, en este texto cañonero, la prima segunda de Celeste Kindelán por vía de su madre Juana, con nombre bien castizo, recordando aquel de la Juana medieval, bella y loca, que le antecediera premonitoriamente. No podía ser Johanna, pues, de otra manera. octubre y 1996 |
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