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LA
JIRIBILLA Se me antoja que uno de ellos es la actualización de la mirada sobre el minuto genésico de la República en Armas, el 10 de abril de 1869, y sobre la figura descollante del arranque independentista cubano: Carlos Manuel de Céspedes. He insistido en los tres libros dedicados a este hombre y su rol fundacional en la Historia de Cuba que el enfoque hechológico del cual ha sido objeto, hasta el abuso, por casi toda la historiografía (la de antes y la de después de 1959) han privado a los estudiosos y los interesados el poder conocer su rico ideario y su complejo pensamiento. Céspedes fue un hombre de la cultura, un intelectual educado en Europa y sembrado después en el Bayamo decimonónico, cuyo accionar paralelo a la abogacía y la tenencia de tierras fue la de escribir poemas, crónicas de viaje, obras de teatro, traducciones sobre el ajedrez y fundar, juntar a otros coterráneos, las Sociedades Filarmónicas (o liceos en la terminología española de la época subsiguiente) en Bayamo y Manzanillo. Compuso canciones, actuó él mismo en algunos repertorios teatrales, organizó bailes y otros eventos artísticos. Fue, según su más joven contertulio, Fernando Figueredo Socarrás, “el director nato de todo lo que tuviese que ver con el progreso y la cultura” en aquellas ciudades del sur oriental del país. Políglota (hablaba cinco idiomas) y lector voraz, suscrito a varios periódicos extranjeros, cuando se afilia a la masonería del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA) fundado por el médico Vicente Antonio de Castro para colaborar en la organización de la independencia cubana, ya poseía el expediente más grueso de acciones conspirativas y contestatarias contra el dominio español en el país. Vino después lo más conocido: el 10 de octubre de 1868 y su Manifiesto político, la creación del incipiente Ejército Libertador, la creación del periódico El Cubano Libre (como diciendo que la palabra antecedería a la acción armada), la toma de Bayamo, la constitución de un gobierno local con negros, músicos y españoles en su membresía (todo un mensaje en los primeros y convulsos momentos), la libertad definitiva de los esclavos (oponiéndose a tendencias más conservadoras en cuanto a este asunto crucial) y las difíciles negociaciones que dieron lugar a la Asamblea de Guaímaro donde a base de numerosas concesiones logró que de allí salieran los cuerpos esenciales y los símbolos de lo que sería la República en Armas, nuestra primera República históricamente hablando. Todo esto, repito es harto conocido en su trayectoria. Su pensamiento puede rastrearse entre cartas, circulares, proclamas e informes a gobernantes de los Estados Unidos (algunos son verdaderos ensayos socio-políticos sobre la Cuba de entonces y la guerra independentista). Fue siempre la posición más radical en cuanto a los temas básicos de aquellos duros años: la abolición de la esclavitud, el ascenso de negros y mestizos a altos grados en el Ejército Libertador, la necesidad de fortalecer el mando centralizado de la revolución en contra de posiciones regionalistas y caudillistas que hicieron un daño enorme a la causa patriótica, la dignidad en las relaciones con los gobiernos de Estados Unidos que nunca reconocieron a los independentistas, y su decisión de suprimir la Agencia Diplomática ante ese país al descubrir el juego ambiguo de los gobernantes norteamericanos; en fin, dotó a la presidencia mambisa de una personalidad y estatura que ninguno de sus sucesores pudo mantener. Céspedes diseñó la República de Cuba en su mente, y en sus actos hizo todo lo posible por bocetearla en las adversas condiciones de una itinerancia rural en plena guerra a muerte contra el dominio español. Puso en contacto a esa República mambisa con otros gobiernos suramericanos y europeos y si no logró el reconocimiento norteamericano fue porque los dirigentes de Estados Unidos también, en esos mismos momentos, ya habían diseñado su política hacia Cuba. He sostenido que no se puede trazar una parábola entre el independentismo embrionario de Félix Varela y José María Heredia hasta José Martí sin pasar por el pensamiento de los hombres del 68 y por el de Carlos Manuel de Céspedes en particular. Hombre cruce de caminos entre el liberalismo más radical y el romanticismo de la época, sus posiciones políticas lo convierten en la figura más alta del independentismo de 1868-78. La prédica posterior y la labor proselitista y organizativa de Martí hasta llegar a la tercera batalla, la de 1895, se basó, en buena medida, en los cimientos colocados por Céspedes y sus compañeros en la llamada Guerra Grande. El aporte fundamental del pensamiento político cespediano fue la nueva calidad que le confirió a la categoría independencia nacional. Céspedes representó el inicio de una nueva etapa en la Historia de Cuba y el cierre de otra que fue negada por la práctica independentista. La gesta liberadora del 68 fue nuestro primer esfuerzo serio por acceder a la modernidad de la que nos privaba el status colonial. En 1868-78 el movimiento de ideas dejó de ser un asunto de gabinete para convertirse en la acción de miles de hombres que lo sacrificaron todo, hasta sus vidas, por llevar a término el ideario independentista. La república comenzó a dejar de ser un sueño para configurarse en la manigua, en las prefecturas, en los emisarios y agentes que como palomas mensajeras llevaban la correspondencia mambisa hasta las repúblicas americanas y europeas. Pero por sobre todas las cosas, la República se identificó, para los cubanos que la gestaron, con una estatura moral que no tuvieron, posteriormente, en su concreción de 1902, ninguna de las etapas de gobierno que conformaron ese período del siglo XX hasta la lucha revolucionaria que concluyó el 1º de enero de 1959. Fue la guerra revolucionaria contra la tiranía batistiana el reverdecimiento de los mismos ideales del 68 y del 95, el resurgimiento de aquellas voluntades y del ideario mambí. La Revolución nació, pues, del mismo basamento moral y político negando todo lo que de corrompido habían ostentado gobiernos que no se situaron jamás, salvo honrosas excepciones de figuras individuales, en la línea del pensamiento independentista.
La evocación de la
República surgida en 1902 no debiera esquivar los
orígenes de todo el acontecer independentista que la
precedió y que fue el sustrato moral de las mejores
fuerzas patrióticas y humanistas que tuvieron lugar en
su decursar. Fueron hombres de la cultura los que
detonaron las guerras libertarias del siglo XIX cubano,
hombres de honor que lo sacrificaron todo en aras de la
fundación de la nación cubana, pensadores que soñaron
una patria libre de las injerencias foráneas y que
nutrieron el alma del cubano para los tiempos por venir.
La Habana, marzo del 2002 |
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© La Jiribilla. La Habana. 2002 |