LA JIRIBILLA
NUESTRA AMÉRICA: PRESENTE Y
PROYECTO DE LA AMÉRICA LATINA
*

El socialismo cubano es la realización en América de la postulación martiana de la liberación nacional con justicia social, y la demostración palpable de que sólo uniendo ambas es posible triunfar, sostenerse y avanzar.

Fernando Martínez Heredia |
La Habana

I. La propuesta martiana

Es una coincidencia feliz la del centenario de «Nuestra América» con la necesidad de llenar el vacío que deja la caída del socialismo real, tumba ideológica a la que se quiere arrastrar en la actualidad a todo el pensamiento revolucionario. Antes de aquel derrumbe ya estaba en marcha en la América Latina una gigantesca operación que debía consolidar los efectos de las grandes represiones políticas y sociales, y del proceso neocolonial de transnacionalización, sucedidos ambos en las últimas décadas. Esa operación pretende renovar y ampliar el consenso de las mayorías con los sistemas de dominación, mediante la alternancia de gobiernos civiles en Estados nacionales más fuertes y tecnificados que nunca antes en sus funciones de mando y de represión, utilizando la recreación del mito de la democracia y el mito del liberalismo más bien que los avances de la democracia real, y con aparatos formadores de opinión publica a su servicio que han multiplicado su alcance, atractivo, nivel técnico, inculturación y diversidad.

La caída del socialismo real, desenlace funesto de un extravío que gravitará sobre todo el fin de siglo, introduce una formidable variación en contra de los intereses de los pueblos latinoamericanos, porque permite postular que frente a la fuerza inmensa e incontrastada de los Estados Unidos no queda otra salida que resignarse y «esperar tiempos mejores». Las políticas posibles serían sólo las orientadas o avaladas por el imperialismo y sus agencias, los arreglos bilaterales de las situaciones económicas críticas serían los únicos tolerados; ahora la soberanía solo puede defenderse parcialmente  —extraña parcelación— y hasta el crimen impune de Panamá induce a hacer más concesiones en vez de denuncias.

En perspectiva, resulta aún peor la supuesta lección que pretende sacarse de la caída del socialismo real: el socialismo como aventura de cambio de las personas y la humanidad, ha fracasado, fue una hermosa ilusión impracticable. No hay que mezclar ideales y realidades. Quizás, si somos pueblos laboriosos y juiciosos, alcancemos algunos logros que tal vez traigan consigo el mercado democratizado y la democracia mercantil. Se consumaría así el robo de la esperanza, con el decreto de que la historia ha terminado. En adelante, algunos países volarán en hermosos círculos; los demás podremos admirarlos mejor mientras nos arrastramos, en círculos también.

A un siglo de la aparición de aquel breve ensayo en Nueva York y en México, es necesario llamar la atención sobre la vigencia y procedencia actuales de «Nuestra América», esto es, del mensaje y del proyecto martiano de conquistar una segunda independencia de la América Latina, y dentro de él, del lugar y el deber de Cuba en América. Intentaré basarme en esa necesidad para presentar una visión de «Nuestra América» desde el presente y el futuro de la América Latina. Relacionar la prédica de José Martí con nuestra circunstancia exige que examinemos si aquella fue acertada, trascendente y duradera, y si su circunstancia es comparable con la actual.

Toda revolución profunda genera un pensamiento trascendente, y lo hace por lo menos en dos sentidos. Porque ese pensamiento analiza de manera nueva y radical todas las realidades de su entorno, incluidos los proyectos sociales, y las baña con una luz nueva, volviéndose a la vez capaz de participar de modo decisivo en la creación de realidades nuevas. Y porque el pensamiento puede trascender a la coyuntura que lo anima y al asunto inmediato que lo ocupa, e integrarlos a una perspectiva de mayor alcance acerca de la actividad y motivaciones humanas, y de las relaciones e instituciones sociales. Cuba entró en un profundo proceso de revolución durante el último tercio del siglo xix, que se propuso resolver —en grados y momentos diversos— los tremendos problemas nacionales y sociales del país. José Martí, líder político fundamental de la última fase de aquel proceso, produjo, con amplia ventaja, el movimiento y el pensamiento más revolucionarios de esa época.

«Nuestra América» expresa, en síntesis, la enorme riqueza y radicalidad de la posición y el proyecto revolucionarios de Martí, en su dimensión latinoamericana. Entre muchas sugerencias y afirmaciones importantes, veo en el texto cuatro tesis principales acerca de su asunto central:

1) las estructuras coloniales han logrado permanecer en las repúblicas latinoamericanas: «la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República», dice Martí, «nos quedo el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado»;1

2) el liberalismo no es la opción de progreso que «civilizará» al Continente, como disyuntiva excluyente frente al «atraso» y la «barbarie» de las dictaduras y las montoneras. Mentes colonizadas son incapaces para «regir pueblos originales, de composición singular y violenta», porque ellos no saben «con qué elementos está hecho su país», dice Martí. No pueden ser creadores estos estadistas o pensadores, y por tanto no pueden gobernar en un pueblo nuevo, ni guiarlo en el proceso de reconocerse —identificarse, diríamos hoy—, cambiarse mediante la acción conjunta, y disfrutar todos lo que debe ser de todos, que esos son para Martí los objetivos de la acción política latinoamericana. «Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano.»2 «Entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando por su falta de realidad local, el gobierno 1ógico»;

3) el peligro mayor para la América Latina es «el vecino formidable», «un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña», «el águila temible» el «crítico goloso e impaciente», «el yanqui aniquilador y rapaz», que de estas y otras formas parecidas llama Martí en sus escritos al imperialismo norteamericano. «La diferencia de orígenes, métodos e intereses» entre los Estados Unidos y la América Latina está próxima a convertirse en un intento de apoderamiento y dominio del primero sobre la segunda. Comprender esto es fundamental, y actuar en consecuencia;

4) América se salvará, esto es, hay que salvar a la América nuestra, pero sólo podrá salvarse mediante soluciones propias, y que impliquen la participación de la masa de los oprimidos. «A los sietemesinos sólo les faltara el valor», «porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás», anatematiza Martí desde la década final del siglo xix, no más fácil década que la que comienza ahora. La unidad es indispensable y es virtud suprema, postula, pero ella no es una abstracción. Ante todo es «la marcha unida», es una unidad para realizar una misión histórica, «la segunda independencia» latinoamericana. Es una unidad basada en levantar a los humildes y convocarlos a una lucha que si no es popular no tendrá fuerza suficiente para osar vencer, y si no es para que todos disfruten lo que debe ser de todos —para que se realice la república— no valdría la pena. «Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.»

La salvación no está en rescatar, mucho menos en imitar, «la salvación está en crear». Hombres nuevos americanos les llama Martí a estos que llegarán a verse a sí mismos «con los ojos alegres de los trabajadores». La América trabajadora es la que lleva a cuestas la gran tarea que vendrá, y es la heredera del Continente, en el arrebatado final de «Nuestra América» en que encuentran su sentido la naturaleza, las culturas autóctonas, los próceres y la gesta popular de la independencia, el proyecto de Bolívar, «el criollo independiente», el mestizaje triunfante y, sobre todo, la fundación que es preciso, realizar: «la América nueva».

Lo esencial se ha dicho, y el autor se explica: «Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.»

Martí siente orgullo de lo que la América Latina ha logrado ya: «de factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas.» Proclama ese orgullo ante todos, clava a los bribones que se avergüenzan de su origen, canta las glorias de la independencia y culpa al colonialismo del retraso y la herencia desventajosa que pesan ahora, frente a la urgencia de cerrar el paso al neocolonialismo y de crear repúblicas nuevas. Por lo mismo, no hace hagiografía con los héroes ni patrioterismo con la independencia. En cambio, Martí hace interpretación histórica y análisis de las estructuras de las sociedades y las conductas de los actores sociales —juicios asistidos por la pasión, como pedirá José Carlos Mariátegui una generación después—; y todo lo hace con el objetivo de aclarar, movilizar y organizar para la acción liberadora.

Están a la vista la trascendencia y el alcance extraordinarios de «Nuestra América». La visión martiana ha funcionado como forma de conocimiento social superior y guía política para toda una época histórica que apenas comenzaba a desplegarse. Martí logra formular una utopía (un más allá alcanzable mediante la praxis) americana, un objetivo y un destino específico para el Continente latinoamericano. En el mismo proceso en que devela o analiza lo esencial de la historia, las contradicciones y las necesidades de esta América, identifica a su enemigo principal —el imperialismo norteamericano— y explica que el enfrentamiento es ineludible, propone el desarrollo de una autoidentificación y una coordinación práctica latinoamericana para las acciones de defensa y de liberación, y postula que este programa es la única opción.

II. La producción de un pensamiento
latinoamericano

Si tomáramos el conjunto de la obra martiana, ya que «Nuestra América» es coherente con ella, todo lo expuesto se enriquecería y desplegaría mucho más. Toda esa producción intelectual de Martí, que guarda una correspondencia ejemplar con su trayectoria vital, es una combinación maravillosa de enfrentamiento y previsión de los asuntos de cada día con una lucha complicadísima y prolongada, que teje voluntades y maneja coyunturas muy disímiles, con una estrategia radical y unos objetivos revolucionarios de gran alcance.

Martí tiene un conocimiento profundo de lo esencial de la historia de América, de la nuestra y de la de los Estados Unidos, como evidencia, por ejemplo, en «Madre América» (1889). Tiene la comprensión más completa de la contraposición existente entre ambas Américas, a partir del conocimiento de sus raíces, su contenido a fines del siglo xix, la inevitabilidad del choque y la tendencia imperialista norteamericana. Esto fundamenta la necesidad de que nuestra América se una contra ese imperialismo, una necesidad perentoria si la vemos desde la actividad martiana como político revolucionario, o una necesidad histórica a realizar si miramos desde el pensador revolucionario que trasciende su tiempo.

Martí llama a la lucha, porque no hay otra opción: es fundamental que todos entiendan que el «convite» panamericano es sólo una estrategia norteamericana de debilitar, para el asalto inminente, a los países de la América Latina. «Lo menos peligroso», dice, «es ser enérgico», mientras que la debilidad y las concesiones no salvarán a nadie. Reclama no aliarse a los Estados Unidos en sus enfrentamientos con poderes europeos, no ir unas repúblicas al servicio de los Estados Unidos contra otra república latinoamericana, impedirle que ensaye su colonialismo nuevo (su neocolonialismo) en las repúblicas americanas. Son los pasos que deben llevar hacia la obra necesaria: la segunda independencia. No puedo evitar recordar al Che, setenta y cinco años después, llamando a nuestra América, al Tercer Mundo, con las palabras de Martí: «es la hora de los hornos, y no se ha de ver más que la luz».

El conocimiento de Martí de lo esencial latinoamericano es la base del alcance asombroso de su obra de madurez, intelectual y política. Sus manifestaciones innumerables están centradas o inspiradas, tienen su clave en ese conocimiento, que a su vez ha sido motivado, impulsado y alimentado por la acción revolucionaria cubana de Martí y por el largo camino de más de dos décadas de estudios de las realidades cubanas, hechos siempre desde el propósito de hacer la revolución de liberación nacional, cuyo carácter necesariamente popular, comprendido y emprendido como objetivo de su práctica política, estará en la base de su concepción de la república nueva. Y así, por ejemplo, en esa pieza crucial que es el discurso del 10 de octubre de 1889, expone acabadamente su tesis del papel de la guerra para que «un pueblo nuevo y heterogéneo» se descubra a sí mismo mediante su propia actuación, se unifique, ejercite «la originalidad necesaria para juntar en condiciones reales los elementos vivos que crean la nación». Y explica que los problemas de un pueblo así no se resuelven con los consejos del último diario inglés, ni con una recién llegada tesis alemana, ni con otras lucubraciones importadas del Norte, como alertará quince meses después, en «Nuestra América».

La exposición y defensa de la especificidad latinoamericana es el logro mayor de su posición intelectual revolucionaria. Martí la convoca a reconocerse a sí misma, que es una forma superior de existir, un peldaño decisivo hacia la toma de posesión de si misma. Si sólo eso hubiera logrado ya habría razón para elogiarlo mucho, pero Martí va más allá. Relaciona a esta América con «la que no es nuestra» y con Europa, por la raíz misma de esas relaciones, que son las colonizaciones. «Lo que es» la América Latina incluye desde ahora lo que le han hecho sus depredadores desde la conquista, 3 lo que le obligan hoy a ser, lo que en apariencia es, y sobre todo, lo que está obligada a realizar con su actuación para conquistar ese ser suyo. El manejo de la especificidad y la identidad latinoamericana frente al Occidente colonizador, criminal y burgués, al Occidente de maravillosas revoluciones tecnológicas y culturales, es el pivote sobre el que este hombre excepcional logra desarrollar una posición, una obra, un mensaje y un combate anticolonial y antineocolonial. Este hijo de una colonia y formado en las metrópolis, poseedor en grado sumo de los frutos espirituales de aquella cultura occidental, intelectual moderno como pocos ha habido, logra trasmitimos una posición, una obra, un mensaje y un combate frente a la colonización espiritual —funesta porque pretende desarmar para siempre al colonizado, y sumarlo, hacerlo cómplice contra su pueblo—, frente al dominio enemigo que convierte a la civilización, la modernidad, el liberalismo, las luces, los avances, en polos de dominio contra nuestros pueblos, y de antinomias falsas para desarmar y desmoralizar, y hacer lacayos a los pensamientos y los sentimientos.

Entonces produce Martí interpretaciones del mundo desde la América Latina, esa necesidad vital de hoy, sin la cual quizás no nos salvaremos; produce otro pensamiento, irreductible a la cultura dominante y también a 1a cultura avanzada pero dominada, que van floreciendo en el Tercer Mundo a partir de las colonizaciones. Es bochornoso leer tanta tontería o confusionismo presuntuosos con motivo del Bicentenario de la Revolución Francesa, un siglo después de la página luminosa en que Martí explica a los niños, y a todos, lo esencial de la Revolución Francesa; una página en que reconoce a los protagonistas de la revolución, y los menciona seis veces
—los trabajadores, los que trabajaban, la gente de trabajo, los hombres de trabajo, así les llama—, expone el sentido profundo de aquellos acontecimientos, no menciona por su nombre a ninguno de los personajes que llenan las narraciones sobre esa época, y concluye: «Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a ser tan esclavos como antes.» Tras lo cual se lanza, en diecisiete páginas agudísimas y atractivas, a mostrar y ofrecer, desde nosotros, claves de interpretación del mundo entero.4

El pensamiento martiano fue el más subversivo de su época, para Cuba y América Latina, porque fue a la raíz de los problemas fundamentales y de su superación, y mostró un camino para crear nuevas realidades y hombres nuevos, enlazando el proyecto más ambicioso de liberación nacional y humana concebido hasta entonces en América, con las propuestas concretas de cómo ir realizándolo. Martí emprendió una cruzada de clarificación y de reunión, de movilización de sueños y organizaciones, desde mucho antes que su lucha fuera visible, y lo fuera su papel de conductor supremo de la revolución cubana. Sus escritos durante la estancia en México (1875-1877) contienen ya elementos importantes de este nuevo pensamiento.5 En 1880 le escribe a Miguel Viondi: «Lo imposible es posible. Los locos somas cuerdos.» A fines de la década, ya se lo dirá a todos: «el único hombre práctico, cuyo sueño de hoy será la ley de mañana».

De aquí en adelante todo en Martí, hasta el último papel y el último esfuerzo, hasta la muerte, irá luchando y apuntando en esa dirección. Todavía cercana su caída, en marzo de 1896, Enrique José Varona, el científico social y el pensador que ha ido recorriendo laboriosamente su camino, comprende lo que da sentido y unidad a la obra y la conducta martianas, el reto tremendo de planteo y la política práctica que debía convertir lo «imposible» en posible, y en realidades. «No colocó su ideal en un mundo inaccesible», dice Varona: «todo lo hacía como si no hubiera de hacer otra cosa», «no era un político especulativo». «Tenía la convicción: “yo alzaré al mundo”. Y en todo fue grande, pero lo mayor fue su facultad de armonizar y organizar.»6

Martí fue el más revolucionario entre los revolucionarios de su tiempo, y era forzoso que arrastrara, que despertara fe en los que hacen la historia aunque no le conozcan del todo las razones. También era forzoso que polemizara con otros que dentro del campo de la revolución tenían ideas más moderadas o respondían a proyectos menos revolucionadores. Cuando se quebrantó el proyecto revolucionario del 95, cuando el país fue ocupado militarmente por los imperialistas norteamericanos y se desembocó en la primitiva república burguesa neocolonial, fue lógico que se rechazara a Martí, y que se le olvidara. La contrarrevolución ansiaba desaparecerlo, y no podrían asumirlo ni entenderlo «los reformistas sinceros —el movimiento regular que siempre sigue a un impulso prolongado», utilizo palabras de Martí de 1894. Agotado aquel ciclo revolucionario, Martí quedará como herencia yacente, que levantarán los revolucionarios del siglo xx.

III. Martí y el futuro de América Latina

Martí sigue vigente para América Latina, porque el problema básico que planteó hace un siglo sigue en pie: la necesidad de la liberación nacional, y la de las luchas populares, nacionales y continentales, para lograr esa liberación nacional. En el siglo transcurrido, los Estados Unidos cayeron sobre nuestra América. Las fases sucesivas de ese apoderamiento y de las resistencias y luchas revolucionarias y populares en la región son lo medular de la historia latinoamericana de este siglo. Pero la acumulación anterior de sus sociedades, más los modos específicos a través de los cuales se han desarrollado el capitalismo neocolonizado y la vida de los pueblos de la América Latina, dan por resultado una complejidad y suma de contradicciones tales que hacen a estos «pueblos nuevos» los más autoidentificados, caracterizados y potenciales sujetos de cambios radicales del Tercer Mundo.

No se muestra nada promisoria a simple vista, sin embargo, la coyuntura actual. Los problemas de los cambios posibles, que serían la cuestión democrática y la cuestión del socialismo, o expresado de otro modo, la cuestión de las relaciones entre contrarrevolución, reformas y revolución, tienen una riqueza y presentan unas dificultades extraordinarias. El proceso de «modernización» capitalista vivido por la mayor parte de la región en las tres últimas décadas ha producido desastrosos resultados que prácticamente nadie puede negar: grande y sostenida urbanización caótica sin empleo ni servicios suficientes; industrialización transnacionalizada que no forma parte de proyectos nacionales de desarrollo y que carece de apreciables mercados externos; capitalismo agrario sin desarrollo rural; violenta caída de los niveles de vida en los años ochenta y marginalización de gran parte de las poblaciones en cada país; 7 doctrina de seguridad nacional, dictaduras prolongadas y terribles represiones y matanzas «para combatir el enemigo interno», mientras en esos mismos países se ha consumado una gran dependencia externa; gobiernos civiles en los últimos años dondequiera que hubo dictaduras, pero que más bien continúan las políticas económicas y las tareas generales que sus predecesores militares emprendieron, y cuyos poderes representativos tienen en la realidad límites muy marcados. La lista de miserias amenaza ser interminable.

La Revolución cubana y el establecimiento de un poder socialista en América que ya tiene 30 años es la demostración práctica —con sus inmensos logros, sus insuficiencias y sus errores— de que es posible vivir de otra manera, incomparablemente más humana y justa, en este continente. Su desafío magnífico y permanente al imperialismo es el logro mayor de una política propia obtenido por pueblo alguno del continente, y eso lo saben los latinoamericanos. La alternativa socialista y el marxismo en español contenidos en la Revolución cubana constituyen un polo diferente y opuesto al del capitalismo en América. Los conceptos y la práctica fueron revolucionados por ella, piedra de escándalo y herejía para la escolástica, el dogmatismo y el reformismo. El actual proceso cubano, llamado de rectificación de errores y tendencias negativas, parte de los valores creados y las características propias de esta revolución para intentar superar las graves consecuencias de los cambios en Europa oriental y en la situación mundial, a la vez que las deformaciones y desviaciones del proceso y las insuficiencias del país, que fueron las causas del inicio de la rectificación en 1986. Para ello apela a promover una mayor participación popular en todos los campos, buscando el desarrollo de sus instituciones democráticas propias, y que de ellas salga la profundización del socialismo.

En la mayor parte de la América Latina las expresiones ideológicas, políticas y organizativas que provienen del campo popular tienen en su contra la sistemática destrucción a que han sido sometidas las organizaciones por la represión, y el aumento cualitativo de los medios de control ideológico y cultural. A favor tienen, además de la necesidad y los anhelos de los desposeídos y ofendidos, la enorme y dilatada escuela política y la herencia aportadas por las luchas de las décadas anteriores, y la ampliación consecuente —que es ya una verdadera multiplicación— de los actores populares y de las formas de su participación en la vida social. Sería un grave error subestimar el potencial que ofrecen, a quienes sean capaces de articular reivindicaciones inmediatas y estrategias de liberación, la profundización y el enriquecimiento de las percepciones y la cultura acumulada de autoidentificación y rebeldía que tiene hoy el campo popular.

La democracia está hoy en el centro de los lenguajes políticos, pero para muchos millones de latinoamericanos ella no es sinónimo de sueños ingenuos, engaños periódicos o espejismos. Por ejemplo, ya no es posible separar democracia de economía: a los líderes, partidos y gobiernos democráticos se lea exige ante todo políticas económicas de objetivos claros. Dentro del campo popular no se concibe democracia sin participación, y en las más diversas actividades y organizaciones se producen incontables experiencias, se critican las formas de conducción y de dominación que hasta hace algún tiempo se soportaban o se consideraban naturales, y se discute, se aprende o se diseñan formas democráticas para la actuación social y po1ítica. La necesidad de formas de poder popular se va abriendo paso en numerosos medios; de sus experiencias y debates saldrán planteos más claros y eficaces del problema del poder.

El juego de «democratizar» la hegemonía burguesa para ampliar el consenso, ese viejo juego con ventaja al que el capitalismo está obligado a jugar por su naturaleza, tiene siempre la desventaja de que expande la actividad y las representaciones po1íticas a cada vez más amplias masas desposeídas, cuyo desarrollo las va tornando más capaces de exigir lo que el sistema no puede satisfacer sin minar las bases mismas de su dominación. El reformismo es imprescindible para conjurar la revo1ución, pero a riesgo de que en el medio que el reformismo crea, mediante su negación activa, radical y eficaz, surja la revo1ución. En la América Latina el equilibrio es todavía más riesgoso para las clases dominantes porque, frente al potencial revo1ucionario del campo popular, el capitalismo carece de reformas económicas que realizar o incluso prometer, y en vez de bonanzas, trabajo o redistribuciones que amplíen o retengan su base social, debe hablar de po1íticas de ajuste, de obligaciones económicas, de «pactos» y «concertaciones» sociales, de «austeridad» para los pobres, o pasar abiertamente a la represión.

¿Contarán las clases dominantes de la América Latina en crisis de fines del siglo xx con un reformismo en el seno de las organizaciones populares y del pensamiento revo1ucionario que les favorezca en el objetivo central de conservar su poder? ¿Sólo serán posibles las «salidas» a la crisis permanente que el imperialismo y sus aliados en cada país tengan a bien ofrecer? Ante el agotamiento de los modelos de avance capitalistas nacionales, la vaciedad explícita de los pensamientos avanzados pero mentalmente colonizados, la unipolaridad emergente que aumenta el poder, la presión y la libertad de los Estados Unidos para actuar en la región, el reacomodo de tiburones que llenarán lo fundamental de la po1ítica internacional mundial en el futuro cercano, ¿qué puede hacer, cómo puede encontrar su camino la América Latina?

Buscar sus propias fuerzas y movilizarlas, interpretar el mundo desde sus realidades, intereses y anhelos propios, presentar a las relaciones inevitables con el mundo lo mejor defendidos sus intereses, pese a la heterogeneidad que la caracteriza también, hacerle cauce al movimiento popular y a la desesperación motivada por la crisis social. Me parecen estas, y otras como estas, las tareas posibles y el único camino para evitar el suicidio de las concesiones que culminarían en la entrega pura y simple. Para estas tareas, para planteárselas bien, es imprescindible que el pensamiento sea latinoamericano, y que sea él quien injerte en nuestro tronco el inmenso caudal cultural que se mueve en el mundo actual. José Martí resulta entonces indispensable, y asumirlo un acto que nos dirige hacia el futuro, y no al pasado.

Sus tesis mismas de «Nuestra América» están dramáticamente en pie, aunque sean ya otros los datos del problema. El conjunto de sus escritos, su modo de abordar los problemas, la armonía y complejidad de relaciones entre su conducta y sus proclamaciones, entre su objetivo liberador y su práctica política, entre la política y la ética, todo Martí puede servirnos para entender el presente y trazar el proyecto, si somos capaces de ser grandes y hábiles.

Martí vio muy claros el lugar de Cuba en América y el deber de Cuba en América. Su más famoso fragmento sobre el tema, la carta postrera dirigida a Manuel Mercado, expresa claramente su estrategia americana, y el alto destino que le tocaba a Cuba como parte de la lucha de nuestra América. También ve claro Martí en la necesidad de que el continente emprenda su camino de reafirmación y liberación, para que Cuba tenga en él aseguradas su independencia y su entorno natural, de pueblos libres coaligados. A su amigo querido se lo escribe, en esa misma carta: «Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, o yo se lo hallaré. Esto es muerte o vida, y no cabe errar.» Cuba será libre de España y de los Estados Unidos, esto es, del pasado colonial y del futuro dominador neocolonial, para iniciar así la segunda independencia; los demás países latinoamericanos necesitan andar ese camino, la unidad es indispensable para el triunfo.

Un siglo después Cuba se levanta, conseguida la liberación nacional que Martí comenzó a pelear, pero convencida de que ella tiene que consumarse una y otra vez en el mundo que existe, «que no nos es ajeno», y que a menudo intenta aplastárnosla, o recortárnosla. Los nexos de los fundamentos espirituales, de la cultura política y de la fe revolucionaria de los cubanos con la América nuestra son enormes y entrañables. Las relaciones reales entre nuestras culturas actuales son, sin embargo, muy insuficientes; muchos fuertes enemigos, falta de fuerza material cultural, algunos desaciertos nuestros, y el desconcierto que produce la originalidad misma de un régimen socialista como el cubano, están en la base de esa insuficiencia. Las relaciones económicas son una muy modesta fracción de nuestro intercambio, aunque crecen, y tenemos numerosas relaciones estatales.

Es previsible que los Estados Unidos sean más tenaces y agresivos contra nosotros, en la coyuntura actual. Pero también es previsible que Cuba sea identificada cada vez más como la alternativa de liberación latinoamericana que efectivamente es. Intereses diversos pueden mover a clases y estados que pretendan intercambios provechosos y cierta autonomía en beneficio propio; en el campo popular las desgracias materiales e ideológicas pueden acrecentar mucho la simpatía y solidaridad que siempre han existido, las que se multiplicarían si se abre un nuevo ciclo de protestas y movimientos populares y revolucionarios.

El desarrollo del socialismo cubano, los modos como salga adelante de su difícil circunstancia actual, renuevan el problema del deber de Cuba en América. El socialismo cubano es la realización en América de la postulación martiana de la liberación nacional con justicia social, y la demostración palpable de que sólo uniendo ambas es posible triunfar, sostenerse y avanzar. Es el proyecto de un cambio total de las personas y las instituciones, un cambio cultural como contenido real del socialismo, un largo proceso en que tienen que ser los participantes masivos los agentes fundamentales, los que harán realidad las tareas más grandes, antes tenidas por imposibles, los que se cambiarán a sí mismos en el curso de su actividad, y serán capaces de ir derrotando paulatinamente al egoísmo, el individualismo, el afán de lucro, el afán de dominio, organizados y unidos por el objetivo común y por un poder revo1ucionario que, siendo por necesidad muy grande, sea por naturaleza concebido como un servicio.

Con todas sus insuficiencias y errores, nuestro socialismo en un país pequeño, subdesarrollado, al pie mismo de los Estados Unidos, es mucho más fuerte moralmente, por sus valores, y materialmente, por la unión y capacidad de resistencia encarnizada de su pueblo, que un socialismo basado en la competencia entre las gentes y el ansia inalcanzable de los consumos de los desarrollados, que un socialismo que se convierta en la dominación de un grupo en nombre de la sociedad.

La conversión de proyectos en realidades, mediante el predominio del factor subjetivo en la sociedad, es el secreto del éxito de las revoluciones profundas. Violentación de lo que la sociedad parece poder «dar de sí», cuando se logra que las gentes den lo que sí pueden dar de sí, búsqueda pragmática y apasionada que exige una y otra vez la renovación organizada de lo que parece ya definitivo, por instituido, para aproximar la realidad cotidiana al deber ser del socialismo. En esa difícil y maravillosa tarea puede ayudarnos mucho Martí. Con su ayuda podremos incluso recuperar mejor el propio pensamiento nuestro, y pienso en el Che, ese hombre tan grande que hasta alguna vez hemos sentido la tentación mezquina de considerarlo demasiado grande. Este seguidor de Martí que reclamaba hace casi 30 años que se forjara el plan «como obra creadora del pueblo, como la acción de la voluntad del hombre, sobre las posibilidades o sobre la economía, para transformarla y cambiarle su ritmo». Y nos pedía a todos «no desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y capacidades».

Martí exclamó una vez, al honrar a Bolívar 63 años después de su muerte, que él permanecía en el cielo de América «vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear [...] porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy». Hoy los cubanos estamos en mucha mejor situación en relación con Martí, aunque tenemos mucho que aprender todavía de él, y que poner en práctica de su prédica entre nosotros. Y también los demás latinoamericanos, pese a faltarles la conquista decisiva de poderes populares, pueden asumir hoy a Martí desde una riquísima experiencia de luchas y de logros de sus sociedades, de crecimiento cultural propio. Unos y otros tenemos que acercarnos, y tenemos a Martí de nuestra parte para hacerlo, ahora que, para terminar con sus palabras, debemos reconocernos unos y otros, como los que van a luchar juntos.

Notas:

* «“Nuestra America”. Presente y proyecto de la America Latina». Anuario del Centro de Estudios Martianos, núm. 14, La Habana, 1991.

1      José Martí: «Nuestra América», en Obras completas, La Habana 19ó3-1973, t. 6, p. 15-23. .En lo sucesivo 1as frases o fragmentos de Martí, entrecomillados en el texto, pertenecen a ese ensayo, salvo indicación del autor.

2      Cintio Vitier, explica los papeles de los tiempos verbales en la prosa política madura de Martl: «daban» por «deben dejar de dar», o un tiempo presente para lo que debe suceder y con la acción hay que propiciar, son aspectos de ese lenguaje político.

3      «¡Robaron los conquistadores una página del Universo!», apostrofa en 1884 (O.C., t. 8, p. 335). El debate alrededor del quinto centenario del inicio de la opresión y explotación en América tiene en los numerosos pasajes en que trata el tema de la Conquista, y en el sentido de toda la obra de Martí, una de sus fuentes más valiosas y de mayor peso, desde el lado de la identidad y la lucha por la emancipación americana.

4      J. M.: «La Exposición de París», en La Edad de Oro, O.C., t. 18, p. 406-431.

5      Un ejemplo: en La civilización de los indígenas, a1 tratar el tema de la «criminal indiferencia ante una raza», afirma que las «revoluciones de principios» (liberales) serán infructuosas «mientras no hagamos una revolución de esencia». «Se está consumando el ideal político; pero necesitamos para realizarlo de la unidad social», «[...] las naciones no se constituyen con semejante falta de armonía entre sus elementos: todo debe repartirse equitativamente». (Revista Universal, México. 14-1-1876.)

6      Enrique J. Varona: «Martí y su obra política». Discurso, 14 de marzo de 1896. En De la colonia a la república. Sociedad Editorial Cuba Contemporánea, La Habana, 1919.

7       El estudio de CEPAL «Magnitud de la pobreza en América Latina en los años 80», de julio de 1990, estima en 183 millones a los pobres que residen en la región (pobres, según CEPAL y PNUD, son las familias que no pueden pagar el costo de su canasta familiar y apenas cubren sus necesidades básicas); constituyen el 44 % de la población total de la región. Según el estudio, 88 millones (casi la mitad) viven en la indigencia.

Tomado de El corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, 2001.

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