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LA
JIRIBILLA
Manchas azules sobre
trajes negros
Omar Valiño
Guardo en la retina aquellos uniformes negros de los
Orientales de los 70 sobre la grama del Sandino. No sé
por qué pero ese recuerdo está centrado por Fermín
Laffita. No lo sé, era un niño y me asombraba el hermoso
cromatismo ofrecido por el estadio. Desgraciadamente,
aquellos trajes no se conservan, al menos no así, lo que
explica el escaso uso de un apelativo magnífico: las
avispas negras.
Sin embargo, el equipo de Santiago de Cuba mantiene el
espíritu peleador de los temidos insectos y, como se
sabe, van en esta serie por su cuarta corona
consecutiva. Pero ningún equipo es tan bueno como cuando
está ganando ni tan malo como cuando está perdiendo,
según gusta repetir a mi padre, quien cita a su vez a un
famoso manager de antaño. Y el Santiago que transita
viento en popa por el campeonato se vio frenado por
Industriales, con la excepción de una tardía rebelión en
la despedida del duelo de anoche.
Duelo que aconteció nada menos que en el Guillermón
Moncada, el estadio oriental por antonomasia. Y así como
hay enfrentamientos clásicos en todas las ligas
deportivas que en el mundo son, y existen otros en el
propio campeonato cubano, nada como el
Industriales-Santiago. Ese es un debate que rebasa el
campo de juego e implica a la isla toda: una suerte de
dilucidación simbólica de las fuerzas de la cultura
insular.
Por eso esta semana todos, con ayuda de la televisión
(que alguna vez tiene que ayudar), estuvimos allí y
vimos perder a Santiago en toda la línea: estrellas en
baja, pelotas que dan en el guante y se caen o cruzan
entre las "patas", jardineros que chocan tras un flai
desfiles de pitchers, bateadores maniatados...
Ello no le quita mérito a un Industriales que se ha ido
recuperando de un comienzo de temporada desastroso y que
sin un profundo pitcheo va estableciéndose como lo que
es: un equipo imprescindible de la pelota nacional. Con
una tanda respetabilísima, ha multiplicado la filosofía
que amo en el béisbol: velocidad, robo, bateo y corrido.
En definitiva, una sana agresividad para entrar al juego
por los agujeros del contrario. Ello explica las dos
victorias azules (habían jugado el partido inaugural de
la serie con victoria santiaguera) sobre un equipo sin
recursos cuando le falla su extraordinaria maquinaria
ofensiva, una lección no aprendida nunca por ellos y por
desgracia extendida al equipo Cuba.
Como yo miro desde el centro, distanciado, sin
apasionamientos a favor de ninguno de las dos novenas,
disfruté la serie que provocó, imagino, insomnios en
Arturo y Codina y saltos en Fidelito y Aymara. Tengo que
convenir con estos últimos que mi pequeño hijo, vástago
de villaclareño, nacido en La Habana y criado en el
Cerro, y que ya pronuncia estrái a su manera, va a
encontrar a un pelotero al cual seguir en su
predestinado Industriales: Kendry Morales es verdad,
señores y no propaganda industrialista.
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