LA JIRIBILLA
HACER LA HISTORIA
ES TAMBIÉN ESCRIBIRLA


"Estos años, si tienen algún mérito, debieran acreditarse entre otros a los eminentes historiadores que aquí nos precedieron y con quienes, espiritualmente, deseo compartir el homenaje de este lauro". Palabras de Osar Pino Santos con motivo de la entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales.


Oscar Pino Santos |
La Habana


Han pasado cerca de 60 años desde aquel día cuando, siendo un adolescente y estudiante de Bachillerato, en un aula de aquella vetusta y medio en ruinas -ahora en ruina completa- antigua residencia que alojaba el instituto de la Víbora, un profesor de muy menuda corpulencia, ojos negros y vivaces, anchísima frente y -en aquellos tiempos- obligado y correcto vestir de cuello, corbata y chaqueta, se movía inquieto. Se sentaba. Se levantaba. Daba unos pasos. Me miraba. Tornaba al asiento y así una y otra vez.
El aula estaba ya vacía, pues los otros alumnos habían terminado su tarea hacía rato y nada más quedaba yo allí, en medio de un silencio solo animado por los rasgos de mi lápiz y las actitudes impacientes del profesor, quien finalmente me preguntó:

-¿Cuántas páginas has escrito?

-Voy por la 24

-Está bien... no sigas... La biografía de Alejandro Magno da para eso y aún más. Pero basta. Entrega lo hecho que es suficiente.

-Pero...

-¡No, no, entrega ya. Es muy tarde!

-Bueno.

Unos días más tarde, el Dr. Fernado Portuondo del Prado daba a conocer los resultados del concurso de Historia Antigua y Media del programa del primer año de bachillerato de aquel Instituto.
Resultó que yo era el primer Premio, como lo fui en los años siguientes en Historia Moderna y Contemporánea e Historia de Cuba: algo muy estimulante, pero que también tenía su lado práctico. El Premio consistía en un libro de texto y la matrícula gratis. Lo que quiere decir que la Historia me financió en parte el bachillerato.
Creo que el Dr. Portuondo influyó en mi interés por esa disciplina. Era un profesor realmente excepcional. Había que verlo y escucharlo dando una clase: su dominio del tema, capacidad de exposición didáctica, sentido de la amenidad y poder de trasmisión emocional cuando, por ejemplo, refería hazañas mambizas durante las guerras de independencia, eran impresionantes. Hortensia Pichardo fue también mi profesora y con ella aprendí cuánto más fructuosas podían ser mis lecturas en la Biblioteca Nacional -entonces en el Castillo de la Fuerza- sí aprendía a hacer fichas.
Tuve suerte con la Historia y la Economía.
En realidad, durante un buen número de años mi trabajo fue más bien el de economista y en ello me ayudó formar parte de aquel trío que integrábamos en la clandestinidad -durante la tiranía de Batista- Carlos Rafael Rodríguez, Jacinto Torras y yo -yo, claro, en condición "discipular", como decía Carlos Rafael, parece que para ponerme en mi lugar y dejar bien claras las jerarquías. Tenía una formación marxista y algo me destacaba en la profesión, aunque seguramente no por mis méritos sino porque en aquellos tiempos -los años cincuenta- en Cuba podían contarse los economistas con los dedos de la mano -algo que asombra a los actuales que son más de 30 mil.
Pero la suerte me ayudó aun más con la Historia.
Mi generación fue la inmediata posterior a una que dio en nuestro país algunos de sus más eminentes historiadores -a varios de los cuales conocí y con algunos tuve también estrechas relaciones académicas y de amistad. Y ésta es una buena ocasión para dejar constancia del reconocimiento que debemos a aquellos que nos precedieron y cuya obra -realizada a veces en muy adversas condiciones- sirvió de base a nuestro esfuerzo por continuar enriqueciendo el conocimiento del pasado de nuestra nación.
Generalmente aquellas relaciones fueron buenas, excepto en un caso -algo dramático.
Esto ocurrió cuando conocí a Ramiro Guerra.
Yo tenía gran admiración por don Ramiro -conocía toda su obra historiográfica- de modo que, cuando recién cumplidos 17 ó 18 años accedió a darme una entrevista en su casa de la Víbora, me sentí como en la gloria. Era un hombrecito menudo, de ojos chispeantes y vocecilla un tanto aflautada, que hablaba con una autoridad que parecían respaldar los numerosos libros de la estantería que le servía de marco detrás de su gran escritorio. Pero, si mal no recuerdo, aquel encuentro tuvo un imprevisto desenlace: discrepamos sobre el problema latifundiario -que él, para mi asombro, llegó a sostener que ya no existía y, por tanto, tampoco representaba un obstáculo para el desarrollo del país. Respetuosamente discrepé y se inició poco a poco una discusión tan acalorada que aquello terminó un tanto bruscamente: yo, acusado de comunista, puesto de patitas en la calle y con un gran portazo tras de mi como despedida final.
Desde luego que no le guardé ningún rencor a don Ramiro por aquel incidente. No creo, por cierto, que dado el nivel alcanzado por nuestras ciencias históricas, tenga hoy la vigencia de antaño aquella afirmación de Carlos Rafael -compartida por Cepero- en el sentido que "la historia de Cuba no puede escribirse con Ramiro Guerra pero tampoco sin Ramiro Guerra". Me parece, no obstante, justo reconocer el papel que desempeñaron en una época los aportes que hizo al conocimiento de nuestro pasado aquella prolífica, talentosa y erudita personalidad.
En esa misma contradictoria cuerda -aunque con un bastardo final- habría que situar a Herminio Portel Vilá. Le conocí porque compartíamos un programa televisivo en el que él hacía los comentarios internacionales y por mi parte los económicos. Yo sabía del pie que cojeaba ideológicamente -y no me agradaban sus actitudes un tanto presuntuosas- como cuando en un español de acento norteamericanizado le dijo un día a la muchacha que debía maquillarnos: "¡A mi no me pone usted ese menjurje en la cara!".
Sin embargo, dada su equívoca trayectoria política, ¿podemos desestimar la información contenida en los cuatro volúmenes de su historia de las relaciones cubano-norteamericanas-españolas? ¿No sería más práctico purgarla de comentarios innecesarios y no siempre acertados y publicar su valiosa parte documental? También Portell Vilá -auque tal vez ello le pesara- contribuyó a nuestra formación y al desenlace de aquel régimen de dependencia al que tan lamentablemente se plegó.
Por otro lado, le debemos más -desde luego que mucho más- a otros exponentes de aquella generación y a la siguiente, incluyendo algunos casi contemporáneos míos, cuya obra intelectual alcanzó sus más altos vuelos por la rigurosa retroalimentación de su patriotismo y, si entonces vivos, también por la militancia en un proceso revolucionario que permitió cristalizara la nación al estudio de cuya evolución histórica dedicaron su vida.
Nunca tuve oportunidad de hablar con Emilio Roig de Leuchsenring, aunque le vi una vez pronunciando un discurso en la acera del Louver en conmemoración del fusilamiento de los estudiantes del 71. Era un hombre más bien de baja estatura, cuerpo compacto y voz muy ronca, tal vez por la enfermedad que ya entonces minaba su organismo. Yo le escuchaba con mucho respeto y admiración. "Cuba no debe su Independencia a los Estados Unidos" y su "Historia de la Enmienda Platt" fueron claves en los inicios de mi temprana militancia antiimperialista. Esos libros y los de Julio Le Riverand -con quien mis contactos fueron más ocasionales- son quizá los más subrayados de mi biblioteca -los de Julio no tanto en sus valiosas y bien conocidas historias económicas como la de la provincia de La Habana y la esclarecedora de los problemas de nuestra formación agraria.
En los casos de Serio Aguirre -cuyo buen humor y amistad disfruté desde los tiempos en que coincidíamos en "Hoy"- y Raúl Cepero Bonilla -cuando ambos colaborábamos en "Carteles"- me parece oportuno observar algo que generalmente se pasa por alto: en ambos era común el esfuerzo de enfoque marxista, pero también el ejercicio de un periodismo concebido como frente de lucha contra los gobiernos corruptos y antinacionales de entonces. Sergio -el autor de "Seis Actitudes de la Burguesía Cubana", y otros trabajos importantes- y Cepero -el autor de "Azúcar y Abolición" y agudo economista- destacaron también como expositores de lo mejor que pueda recordarse aquí en ese difícil subgénero periodístico que es la columna.
El caso de Manuel Moreno Fraginals merece unas palabras aparte. Sabido es que en sus últimos años, como alguien observó recientemente, "se metió en un mundo ajeno a su trabajo" y en el que hizo, lamentablemente, absurdas concesiones. Pero "El ingenio" no sólo es la obra de un talento dotado de la más prodigiosa capacidad de investigación, análisis y exposición. "El ingenio" es también y sobre todo monumental pieza de nuestras ciencias sociales -lo que quiere decir parte inalienable e inseparable del patrimonio cultural cubano. Siempre estaré orgulloso de haber sido, como él decía en sus mejores tiempos, su "amigo entrañable", si bien me ahorro agregar sus -en prenda de esa relación- exagerados calificativos sobre mis modestos aportes a la historiografía de nuestro país y a los que él, sí, tanto contribuyó.
Estas palabras, en ocasión de la entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales, las comencé rememorando aquella primera y más intrascendente distinción que recibí al iniciar mi bachillerato hace ya unos 60 años. Entre aquellos días y el de hoy hubo tiempo de adquirir conocimientos, experiencia y realizar algunos modestos trabajos para el entendimiento de nuestro pasado. Estos, sin embargo, si tienen algún mérito, debieran acreditarse entre otros a los eminentes historiadores que aquí nos precedieron y con quienes, espiritualmente, deseo compartir el homenaje de este Lauro.
También aprovecho la oportunidad para agradecer a mi querido y admirado Jorge Ibarra -nuestro historiador mayor- sus palabras y sin duda su papel como presidente de un generoso jurado compuesto por María Isabel Domínguez, Yolanda Ricardo, Jorge Hernández y Enrique Ubieta- hacia todos los cuales quiero esta noche dejar asimismo testimonio de mi sentido reconocimiento.
Como, finalmente, también a la Academia de Ciencias y al Instituto Cubano del Libro, auspiciadores de este estimulante, prometedor e inolvidable Premio.

Muchas gracias.


2002. La Jiribilla. Cuba.
http://www.lajiribilla.cu