LA JIRIBILLA
CULTURA Y CONFLICTOS DE CLASE

Enrique Ubieta Gómez | La Habana


Hace algunos días conversaba con una buena amiga, la doctora Yiliam, de un hecho aparentemente natural, pero extraño en el contexto histórico: los médicos cubanos rompen todas las barreras culturales y entran con inusual facilidad a los hogares más humildes y diversos, y en el corazón de sus moradores. Recordábamos entonces un pequeño libro de un importante pensador martiniqueño (muy leído en los años 60 y 70), que vivió la experiencia revolucionaria argelina. Me refiero a Sociología de la Revolución de Frantz Fanon. En sus páginas, Fanon caracterizaba la relación siempre problemática de los colonizados con la cultura (impuesta como "superior") de los colonizadores, y la aceptación "bajo sospecha" de sus "adelantos científicos", entre los cuales se anuncia la medicina y la arrogante presencia de los médicos occidentales.
Los cubanos no son, por supuesto, representantes del mundo colonial, pero sí portadores de la cultura que identifica a ese mundo. ¿Por qué son aceptados? Una respuesta rápida y superficial alegaría que ofrecen servicios gratuitos. En este caso, se reduciría la relación humana a un intercambio de beneficios, que pasa por alto la sospecha y la resistencia cultural ante lo ajeno, así como evidentes manifestaciones de cariño. Por otra parte, en algunos países muy pobres, como Haití, los hospitales públicos cobran a sus pacientes una cantidad mínima -que es grande, para muchos-- como único recurso de autofinanciamiento, y aunque los cubanos no reciben ni participan de ese cobro, pueden aparecer como parte indiferenciada del todo. Y sin embargo, la población distingue la actitud de esos galenos por sobre la de otros países, e incluso, por sobre la de algunos nacionales. No se trata, desde luego, de una virtud inherente al "espíritu nacional" de los cubanos. Entonces, ¿qué es?
Nuestra hipótesis es ésta: la ausencia absoluta de un sentimiento de clase. Los médicos formados en otras sociedades cargan con ese prejuicio inconsciente, salvando naturales excepciones. He visto a médicos honestos acudir a zonas indígenas o muy pobres y comportarse en esos lugares "a la altura de sus pobladores", lo que inconscientemente significa "descender" a ellos. Los he visto usar guantes para auscultar a pacientes de enfermedades no contagiosas. Rechazar cortésmente alguna bebida o alimento ofrecidos con agradecida humildad. Ignorar, como prácticas salvajes, los remedios caseros o tradicionales, y escuchar con expresión risueña o impaciente la explicación del llamado curandero.
Los médicos cubanos jamás se piensan a sí mismos como parte de una clase superior o inferior. Tocan a los pacientes con las manos, no están apurados para irse, y conversan con ellos como simples vecinos o amigos. En realidad lo son, porque cargan el agua juntos, ayudan en tareas colectivas y están dispuestos a pasar la noche en vela junto al enfermo. En otras palabras: no reciben o visitan pacientes, sino seres humanos, a los que tratan de igual a igual. Agreguemos ahora (y sólo ahora) que son buenos especialistas, y que no cobran.
Esos médicos han derribado las naturales aprehensiones culturales de sociedades históricamente marginadas. Son bien recibidos en las más intrincadas aldeas de Benin, Argelia, Guatemala, o Paraguay; en países y pueblos musulmanes o cristianos; mayas o guaraníes. Demuestran con su presencia que no existe un irremediable conflicto cultural o de civilizaciones entre los seres humanos. El conflicto que sí existe, y que se agudiza cada día, es el de clase. El que se deriva de la riqueza que se construye a costa de la pobreza de muchos. El que hará naufragar esta embarcación sideral en la que navegamos todos. El 1° de octubre de 1999, el historiador liberal hondureño, ex - ministro de Cultura de ese país, Rodolfo Pastor Fasquelle, escribía en un periódico local, desde su perspectiva: "No le tengo al régimen cubano ningún afecto particular, sino sólo agradecimiento. Y no soy un admirador ingenuo de Fidel Castro (respeto el lugar que le da la historia), pero reconozco la superioridad moral de la sociedad que los cubanos han creado, y de donde nos han venido estos genuinos evangelistas, sobre la cabrona (sic) sociedad que estamos empeñados en proteger aquí, tan egoísta, torpe y miope.(...) La lección de humanidad y de solidaridad que nos han dejado estos vecinos es inolvidable". 


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La Habana. 2002
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