|
LA
JIRIBILLA
El terrorismo en el país de las "maravillas"
A partir del 11 de septiembre, sospechosamente, Bush asumió el papel de la reina, que ante el asombro de la pequeña Alicia, ordenó: "Primero la sentencia; el veredicto, más tarde." Solo que no vivimos en el País de las Maravillas, y es probable que
en este caso no conozcamos el veredicto nunca.
Ricardo Alarcón de Quesada |
La Habana
En los días previos al 11 de septiembre, no era el terrorismo lo que llenaba los grandes espacios informativos que llegan a centenares de millones de personas. Otra vez, una joven interna se había convertido en el epicentro de un incesante torrente de imágenes e informaciones. Su bello rostro aparecía en los noticieros del mundo entero, que cubrían hasta el detalle numerosos aspectos de su vida, incluyendo sus supuestas intimidades con un legislador que también era perseguido día y noche por infatigables cazadores. ¿Dónde está Chandra Levy?, preguntaban en todos los idiomas las grandes cadenas transnacionales de televisión desde que ella desapareció sin dejar rastro. ¿Dónde está Chandra Levy?, repetían obedientes los medios de comunicación del mundo entero, incluyendo los de este continente, que tiene decenas de miles de desaparecidos, cuyos nombres nunca ha mencionado la CNN.
George W. Bush aparecía entonces como el presidente más cuestionado. La validez de su elección era puesta en duda, y al mismo tiempo, gran parte de los norteamericanos y casi todo el mundo, no vacilaban en tacharlo de incapaz para desempeñar el cargo. Por ese motivo, por su insólito régimen de trabajo y sus interminables vacaciones, se habían convertido en temas recurrentes dos importantes aspectos: el nivel más bajo de popularidad, y el nivel más alto de chistes que se hacían a su costa en los programas humorísticos de la televisión norteamericana, que, como se sabe, son los más importantes instrumentos para reflejar y formar la opinión pública de ese país.
También, cuando llegamos a septiembre, se estaba a la espera de un estudio que había recibido enorme publicidad, emprendido por los principales diarios norteamericanos. Ellos mismos lo habían convertido en noticia, al arrogarse para sí la misión de determinar quién había ganado realmente las elecciones en el estado de la Florida, contando uno a uno los votos de las personas a las que se les permitió votar en aquellas elecciones -hubo miles de norteamericanos, todos ellos negros, a los que no se les dio esa oportunidad.
No era George Bush el único político con dificultades en términos de imagen pública. A la altura del diez de septiembre se anunciaba que el senador Torricelli, estaba a punto de ser arrestado y encausado criminalmente, por una interminable lista de violaciones en materias electorales, específicamente en la recaudación de fondos.
Había también razones para que los grandes medios se hubiesen ocupado del tema del terrorismo. Por ejemplo, la decisión del Fiscal General de Estados Unidos -primero en julio, y después, en agosto-, quien puso en libertad a los dos asesinos de Orlando Letelier. Se trataba de dos individuos de origen cubano que pudieron dirigirse a su casa tranquilamente, pero prefirieron irse al local de la Fundación Nacional Cubano Americana, y hacer declaraciones públicas, conferencias de prensa, donde no dejaron de reiterar su militancia a favor de la violencia anticubana. Hubo una celebración bastante estridente en Miami, pero los grandes medios prefirieron no hacer eco, en absoluto, de esa noticia. A pesar de que la muerte de Letelier había sido un acto terrorista, sin precedentes en la historia de Estados Unidos. Por primera vez, se había hecho estallar con un explosivo un automóvil en pleno centro de la capital norteamericana. No solo había muerto un chileno prominente, sino una norteamericana.
Y a pesar del hecho de que el Fiscal General, el mismo que había puesto en libertad a los dos asesinos, es la persona que se ha arrogado el derecho de mantener en prisión por tiempo indefinido a cualquier extranjero, aun cuando no haya sido objeto de una sanción judicial, esto no alcanzó mención alguna en los grandes medios norteamericanos. No debe sorprender, por tanto, que en Miami, se publique en el Nuevo Herald una declaración de principios, donde se reitera por los firmantes que van a continuar empleando contra Cuba todos los medios, sin excluir ninguno, que es una forma de incluir al terrorismo. Sobre todo cuando firma la declaración Orlando Bosch.
Otra noticia que comenzó antes del 11 de septiembre, relacionada con el terrorismo y que no ha ocupado espacio alguno en la información de los grandes medios de ese país, lo fue el juicio contra Gerardo, Ramón, René, Fernando y Tony, cinco compatriotas, cinco Héroes de la República de Cuba. Ellos fueron sometidos a un proceso judicial sin precedentes. No hay otro caso en la historia de Estados Unidos de personas acusadas de "espionaje al servicio de una potencia extranjera", que sean juzgadas allí. La práctica normal es la expulsión de esas personas hacia el país, a cuyo servicio se alegaba estaban trabajando. Se produce el juicio, en un medio como el de Miami, en el contexto que ya he explicado, lo que supone evidentemente un proceso de carácter eminentemente político. Y la irracional desmesura de las sentencias que se les ha impuesto lo subraya.
Claramente se trataba de un operativo, cuya finalidad no es otra que mantener el control de Miami en manos de la mafia terrorista. La persecución contra nuestros compañeros se ha hecho, exclusivamente, para proteger y apoyar a los terroristas, para intimidar a quienes en Miami se oponen al terrorismo. Recuerden las declaraciones del señor Pesquera, el jefe del FBI en Miami, anunciando que seguían buscando a otras personas y que se producirían otros arrestos.
Cuando hizo esta declaración -y nosotros la denunciamos en la Asamblea Nacional antes del 11 de septiembre-, estaba manifestando la voluntad de intimidar y atemorizar a otros, que en Miami se oponen al terrorismo. Pero ahora, después del 11 de septiembre, se puede señalar el contraste entre lo que el jefe del FBI dijo que era su tarea principal, y lo que ha estado ocurriendo en Miami. Mientras el señor Pesquera se dedicaba a perseguir y a castigar a nuestros compatriotas, y a amenazar a otros, en esta misma ciudad, las personas que después fueron acusadas de ser los autores del atentado contra las Torres Gemelas, estaban allí a pesar de que, algunos de ellos, habían sido acusados desde mucho antes de pertenecer no solo al grupo de Al Qaeda, sino de haberle confesado a la policía filipina que entre sus planes estaba atacar con unos aviones las Torres de Nueva York.
Después de haber visto eso, de haber recibido el FBI esa información, estos individuos se instalaron en Miami, contrataron los servicios de una academia de aviación de esa ciudad, y allí, debajo de las narices del señor Pesquera, aprendieron a conducir los aviones que se convirtieron en armas mortíferas contra el pueblo de Nueva York. Lo anterior prueba que como las autoridades de esa ciudad se dedican a aterrorizar a los cubanos y apoyar a la mafia, no por casualidad Miami fue escogido para la acción del 11 de septiembre.
Muy poco de estas cosas son conocidas por el pueblo norteamericano, aunque tenga acceso a Internet, a la televisión por cable, y a otros medios. No olvidar que allá rige lo que Mark Twain, escribió hace más de un siglo: "Por voluntad de Dios, tenemos en nuestro país estas tres cosas indeciblemente preciosas: libertad de expresión, libertad de conciencia, y prudencia para no ejercer jamás ninguna de las dos."
Después del 11 de septiembre, George Bush sigue sin leer un libro, sigue trabajando cinco días de nueve a cinco, continúa con sus constantes y prolongadas vacaciones, sigue siendo el fundamentalista intransigente del culto al ocio estéril y a la chabacanería, pero es ahora el jefe del planeta y el presidente más popular de la historia de Estados Unidos.
Ya nadie habla del fraude electoral del 2000. Después del 11 de septiembre el New York Times anunció que, "por patriotismo", habían decido guardar discreción sobre el resultado de sus famosas investigaciones. Torricelli, hace dos días, fue perdonado por el Fiscal General. ¿Y Chandra Levy? ¿Dónde está Chandra Levy? Sigue desaparecida, pero desapareció también de la televisión. Ya nadie pregunta dónde está Chandra Levy. Y aquel político, a quien se perseguía por todas partes por su vínculo con la interna, la semana pasada anunció, que va a presentarse nuevamente como candidato a la reelección.
La reacción norteamericana sobre el 11 de septiembre dará mucho que pensar. Es obvio que se trató de evitar desde el primer momento cualquier intento de explicar lo que había ocurrido. Primero, por la repetición de imágenes que llevaban al abismo de la desesperación. Después con la incesante retórica guerrerista, y luego con la guerra misma. Se ha repetido hasta la saciedad que se trataba de algo sin precedentes, que conmovió hasta la raíz a la sociedad norteamericana, pero que desde el primer momento fue definido como un acto de guerra, como un ataque desde el exterior. Obligaron a la gente a mirar hacia fuera, y se olvidaron de algunos datos elementales: los aviones que utilizaron eran norteamericanos; quienes se apoderaron de ellos y los lanzaron contra los objetivos, eran personas que vivían en Estados Unidos; gente que había entrado y salido de EE.UU. sin mayores dificultades, después de advertencias al FBI; ningún funcionario del gobierno ha renunciado; a nadie se le han exigido explicaciones; ningún comité legislativo se ha interesado en averiguar cómo fue posible que todas estas cosas ocurrieran en un país que tiene más de 40 agencias oficiales dedicadas a proteger su seguridad y que persigue cada día a miles de extranjeros.
No hubo cesantías ni en el FBI, ni en inmigración ni en cualquier otro de los aparatos represivos; todo lo contrario. A esos aparatos se les ha otorgado nuevas facultades y un poder extraordinario, con miles de millones de dólares adicionales agregados a su presupuesto. Todos fueron visitados por el presidente Bush, que se deshizo en elogios.
Cuando ocurre un crimen en cualquier sociedad civilizada, se produce una investigación policial, un juicio donde además de castigar a los culpables, se esclarecen los hechos y se depuran responsabilidades ante la sociedad. A partir del 11 de septiembre, sospechosamente, Bush asumió el papel de la reina, que ante el asombro de la pequeña Alicia, ordenó: "Primero la sentencia; el veredicto, más tarde." Solo que no vivimos en el País de las Maravillas, y es probable que en este caso no conozcamos el veredicto nunca. O que este, más tarde o más temprano, se convierta en algo inalcanzable.
La sentencia más visible, la vemos todos los días gracias a la televisión donde, por cierto, y esta es otra novedad que hay que agradecerle al 11 de septiembre, en todos los canales norteamericanos, nacionales e internacionales, han aparecido generales y almirantes, coroneles y altos oficiales retirados, según dicen, transformados ahora en analistas informativos. Hace tres meses que los comentaristas noticiosos han sido sustituidos por ellos que son quienes dan la interpretación y el análisis que reciben millones de personas, no solo de los Estados Unidos, sino del mundo entero.
Pero siempre hay alguien que sobrevive a un bombardeo y existe, por tanto, el peligro de que algún día pueda ser llevado ante un tribunal y entonces se produzcan enojosas explicaciones o haya que dar datos sobre las responsabilidades de cada cual. Imaginen por un momento a un terrorista respondiendo estas simples preguntas. ¿Quién lo reclutó?, ¿quién lo entrenó?, ¿quién lo armó, equipó y apoyó financieramente?. En este libro van a encontrar varios autores que se refieren a datos que todo el mundo conoce. Una organización terrorista que surgió por iniciativa de la Agencia Central de Inteligencia que usaba el llamado fundamentalismo musulmán para luchar contra el comunismo ateo, contra los soviéticos en Afganistán.
Y supongan a un representante del régimen talibán enfrentando estas otras preguntas. ¿Por qué el gobierno de los Estados Unidos nunca los incluyó a ustedes en la lista con la que Washington define a los países que apoyan el terrorismo? Ya perdieron la oportunidad, ya desapareció ese régimen. Nació vivió y murió sin haber sido clasificado nunca por Estados Unidos como régimen que apoyaba al terrorismo y sin embargo lo han destruido, supuestamente, por tener una conexión con los autores de los hechos del 11 de septiembre. O quizás esta otra pregunta:
¿por qué contra su régimen, señor talibán, no existía un riguroso bloqueo económico? O esta otra peor: ¿por qué, incluso este año 2001, su régimen recibió ayuda económica del gobierno de Washington para combatir el narcotráfico?
Obviamente, razones había para evadir los procedimientos de un tribunal. Pero como existen riesgos y como el nuevo jefe del planeta desde el principio le echó mano a lo que quizás sea una de sus escasas lecturas, aquella de "Vivo o muerto", al prever el riesgo de tener que enfrentar tribunales inventó la creación de tribunales militares secretos en donde juzgaran a personas designadas por el presidente. Los jueces serán oficiales nombrados por el Ministro de Defensa. Y como dijo un autor muy conservador, William Safire, ahora tenemos que el gobierno norteamericano y sus militares son a la vez jueces, testigos, acusadores, defensores y ejecutores de la sentencia inapelable de pena de muerte.
Como si fuera poco, estos tribunales operarían en cualquier parte del planeta fuera de los Estados Unidos, de manera que si alguna vez se celebra algún juicio para juzgar a alguien acusado del horrendo crimen es perfectamente posible que no se sepa nunca nada de su desarrollo y resultado. De hecho, ¿alguien puede asegurar que no se haya efectuado ya algún juicio?. Si se parte de la premisa que van a ser secretos nada tiene que saberse con relación a ellos.
A las víctimas del 11 de septiembre, las cifras de ayer eran 2 936 -hay indicaciones de que hoy han descendido un poquito- y a sus familiares se les ha castigado con el atroz castigo de que la verdad no se sepa nunca. Para evadir la investigación criminal, la búsqueda de la verdad que sería la verdadera justicia, se desató una guerra que desde el primer momento fue concebida de un modo muy peculiar. Es justo condenar la guerra contra Afganistán por lo que significa de masacre de personas y esta bien condenar la amenaza de llevar la guerra a cualquier otro país y sobre todo esa actitud insolente del gobierno de Estados Unidos de atribuirse la facultad de lanzar la guerra contra cualquier nación sin contar con la comunidad internacional. Pero también es importante poner la atención en otra dimensión de la situación creada el 11 de septiembre que esta misma guerra tan televisada, con todo su despliegue de cohetería, pretende ocultar.
He dicho más de una vez que no hay como agradecerle al Secretario de Defensa Donald Rumsfeld el haber sido una de las personas más sinceras en todo este proceso. Quizás sea porque habla demasiado. Está todos los días dando conferencias de prensa, ha asumido el papel de vocero del gobierno norteamericano. Antes de empezar los bombardeos contra Afganistán en uno de esos contactos con la prensa varios periodistas trataron de sacarle qué tipo de guerra era la que el estaba anunciando y le preguntaron si sería como la intervención militar en Vietnam o si sería una guerra como la del Golfo. Rumsfeld, en una ocasión y después lo repitió varias veces, dijo que la guerra que iba a venir él no la compararía con ninguno de esos conflictos militares. Dijo, en cambio, lo siguiente: "si quieren que la compare con algo yo diría que será como la guerra fría". La guerra fría, como se sabe, fue un periodo bastante dilatado, duró mucho más que otros conflictos militares conocidos -medio sigo aproximadamente. Además va a tener un carácter multidimensional, no va a ser sólo militar, va a tener una dimensión política, económica y en el plano de la propaganda advirtió Rumsfeld.
Y efectivamente ya hay numerosos indicios de qué tipo de conflicto es el que se ha desatado sobre el mundo de hoy. Lo vemos en la persecución a los extranjeros, no sólo en los Estados Unidos, también en otros países de occidente; la expulsión de miles de inmigrantes; el hecho de que hace tres meses en Estados Unidos hay más de mil personas detenidas sin que se les haya formulado cargo alguno y sin que siquiera se le haya dado publicidad a sus nombres; el hecho de que se hayan destinado miles de millones de dólares para engrosar los recursos de los aparatos represivos.
Como en la guerra fría, no podían faltar las listas negras de intelectuales y académicos. En el número anterior de La Jiribilla se reproduce un panfleto bipartidista, sus autores son la esposa del vicepresidente Cheney y el que aspiraba a ser vicepresidente, el señor Joe Lieberman. Es un alegato de denuncia a la actitud "antipatriótica" que, según ellos, manifiestan algunos profesores y estudiantes norteamericanos.
Por cierto que el fundamento de la acusación es que en más de 140 universidades de Los Estados Unidos, en más de 36 estados, ha habido actos donde estudiantes y profesores han criticado la guerra o han adoptado una posición distinta a la del gobierno. Los invito a que busquen en los grandes medios de información alguna referencia a esas manifestaciones en donde han participado, según parece, miles de estudiantes norteamericanos y centenares de profesores.
Tampoco han cubierto los grandes medios -salvo La Jiribilla- la emisión de esta lista negra. La Ley Patriota, que es como le llaman y que trata de estructurar toda esta acción represiva, fue presentada a la semana de haber ocurrido lo del 11 de septiembre. No la traigo conmigo por consejos facultativos, es demasiado pesada, la columna vertebral de cualquiera no olvida cuando uno hace la gracia de cargar con la Ley Patriota. Es una cosa muy voluminosa y sin embargo fue aprobada con bastante facilidad por ambas cámaras del Congreso.
A propósito, recuerdo lo que se publicó hace 30 años en un estudio sobre la más secreta de las agencias norteamericanas, La National Security Agency que es la que se dedica a interceptar las conversaciones telefónicas, a grabar y estudiar esas conversaciones.
En dicho estudio, publicado en 1970 en Estados Unidos, se cita lo que se consideraba como una especie de lema que existía entre las personas cuyo oficio era interceptar las conversaciones telefónicas privadas. La frase es la siguiente: "In God we trust, all other we monitor" (Confiamos en Dios, a todos los demás los controlamos). Esto era lo que decía hace treinta años alguien que se dedicaba a eso. Tres décadas después logran aprobar una ley que efectivamente les da todas esas facultades para que, por ahora, sólo Dios, nuestro Señor, sea excluido de ese despliegue represivo.
El 11 de septiembre vino como anillo al dedo a los que deseaban estructurar un sistema más represivo que diera más poderes a los que tratan de lograr un objetivo doble. Por un lado, hacer caer la crisis económica, que ya existía para entonces y que se preveía que se iba a agudizar, sobre los trabajadores como ocurrió durante la Guerra Fría. El Congreso que aprobó la Ley Patriótica ha autorizado miles de millones de dólares para las compañías norteamericanas, para de esta forma paliar la consecuencias de la crisis económica. Entre ellas, por supuesto, a todas las que sufrieron daños por los atentados del 11 de septiembre. Pero todavía las víctimas de esos sucesos se quejan de que no les han llegado las prometidas donaciones gubernamentales y, por supuesto, para los millones de desempleados sin subsidio no hay crédito alguno otorgado por el Congreso.
Hoy sábado si ustedes encienden la televisión internacional van a encontrar en CNN la protesta de los trabajadores del sistema postal norteamericano porque no se ha hecho -como sí varias veces en el edificio del Congreso, oficinas de senadores, representantes-, ninguna investigación en los locales donde se procesa la correspondencia en busca del famoso ántrax.
Recuerden aquel imborrable ejemplo de responsabilidad democrática, cuando los representantes abandonaron la sede del parlamento, para que llegaran los inspectores y expertos a buscar el ántrax y limpiar sus edificios. Los pobres carteros, la mayoría de los cuales en la ciudad de Nueva York son negros, no han conseguido todavía que los visite un inspector para tratar de combatir el mal del ántrax.
Les auguro lo peor porque con el ántrax ha ocurrido algo parecido a los ejemplos que les puse antes. Mientras se creyó, como dice una pobre señora neoyorquina en uno de los artículos finales de este libro, que el antrax era algo que algunos misteriosos árabes iban regando por las calles de Estados Unidos. -Y como a ella, como a muchos neoyorquinos, le gusta comer frutas y vegetales sólo compra los artículos que se vendan herméticamente sellados-.
Mientras se creía y se apuntaba hacia fuera, hacia los árabes y musulmanes, como los causantes del supuesto ataque del ántrax, los grandes medios se ocupaban del tema. Pero se le ocurrió un día a alguien en The New York Times publicar, y no en primera plana, que algún científico decía que las cepas de ántrax encontradas eran iguales a unas que solo existían en instalaciones militares de Estados Unidos. Y se les ocurrió más o menos por los mismos días detener a quien, hasta ahora, es el principal sospechoso de haber enviado algunas correspondencia con ántrax: el jefe de uno de los grupúsculos de ultraderecha de los Estados Unidos. En cuanto ocurrieron esos dos detalles, ocurrió lo inevitable. Ya el ántrax no existe, a nadie le interesa y por supuesto los pobres carteros van a tener que sobrevivir el resto de sus vidas sin saber que el sobre que tienen que repartir contiene esa amenaza o no.
Y el segundo objetivo de esta ofensiva contra las libertades en el mundo occidental es reprimir, dividir y debilitar al movimiento mundial contra la globalización neoliberal. No voy a extenderme en eso pero son incontables los ejemplos que se han sucedido desde el 11 de septiembre que prueban como este fue un objetivo primordial y como, desgraciadamente además, han obtenido algún éxito. Yo estoy seguro que fracasaran en ello.
Finalmente quiero rendirle homenaje al viejo Orwell que hace mucho tiempo escribió bastante sobre cómo se pueden manipular los vocablos y cambiarle el sentido a las palabras. Recordemos que toda esta gran operación para evitar que hubiera una investigación policíaca, un proceso judicial normal, un juicio a los culpables, los responsables y los cómplices de la salvajada del 11 de septiembre, fue llamada inicialmente como "justicia infinita". "Justicia infinita" se le llamó al movimiento que desde el primer momento se concentró en evitar precisamente la acción judicial.
Y ahora, esta agresión brutal a las libertades democráticas de los norteamericanos y de gente de muchos otros países, ha sido bautizada como "libertad duradera". La nueva cacería de brujas, la victoria final de los que aspiran controlar a todo el mundo menos al creador, la nueva Guerra Fría, es bautizada con esos términos. De manera que, nunca como ahora, adquiere tanta importancia las ideas, el pensamiento propio, el esfuerzo de cada cual por razonar y no dejar que otros manipulen sus sentimientos y controlen su razón, como Brezinski definió en su día que era el objetivo de los grandes medios.
Este libro creo que puede ser una importante contribución a ese fin y por eso termino, como deben hacer todos los presentadores, recomendándoles su cuidadosa lectura.
Muchas gracias.
Notas:
Palabaras de Ricardo Alarcón en la presentación del
libro Mensaje del 11 de septiembre, el 5 de enero
de 2002.
|