LA JIRIBILLA
SIGNIFICACIÓN DEL CENTENARIO
MARTIANO
(FRAGMENTO)


Martí mismo decía que las grandes verdades se podían escribir en un ala de colibrí. Lo que él trajo no fue, pues, una nueva filosofía, sino un ardor incomparable de convicción y una conmovedora elocuencia, puestas al servicio de nociones eternas.

Jorge Mañach


Tal es la vida, luminosa y sin desviaciones, como la trayectoria de un cometa, del hombre cuyo centenario honramos hoy. Brote de conciencia precoz en el erial de la Colonia, voluntad heroica de decoro y justicia desde los primeros años, talento múltiple y genial, capitán del espíritu intuidor de la unidad de que procede y que ávidamente busca por sobre las discordias del mundo, señor romántico de la amorosa espada, desde el idilio hasta la dación total de sí propio, poeta de toda la letra, cuyo verso trasciende el ocaso romántico para anunciar otra mañana de la sensibilidad, y cuya prosa, apretada de su propia opulencia es lujo y prez del idioma; voz de América que rescató las consignas unitarias olvidadas después de Bolívar; héroe moral y sustanciador del pensamiento democrático, de quien pudo decir una pluma extranjera, hecha a biografiar hombres egregios, el mundo tendría hoy mucho que aprender en su doctrina; tribuno arrebatador, animador de la fe de un pueblo, predicador sin odio de una guerra ante la cual preparó, al mismo tiempo, las vías restañadoras del amor, el exaltador del pueblo para darle una dimensión nacional a la voluntad de su patria; conductor de hombres por el tacto y el personal sacrificio, que no por los fieros ademanes, soldado del honor en la batalla que no quiso esquivar, queredor del deber hasta la muerte; "alma grande y dulce", que hubiera podido decir de él Emerson; semilla moral, en fin, para los afanes más nobles de un pueblo que no sabe cuidarse la conciencia sin consultarse con él.
¿Quién se atreverá a decir que es nuestro fervor, por nuestra necesidad de mitos patrios, lo que ha fabricado esa grandeza? ¿Quién podrá regatearnos el derecho al orgullo? Porque Martí nació en una Isla pequeña de un pueblo sin proyecciones universales, ¿qué extranjera displicencia podrá escatimarle el reconocimiento de su estatura humana? En las naciones pequeñas como la nuestra, el privilegio de no tener grandes responsabilidades externas está más que pagado -y muy melancólicamente sin duda- con el hecho de que les sea tan difícil a sus hombres egregios trascender por sobre costas y fronteras. Si Martí hubiese nacido en alguna de las tierras imperiales del poder o de la cultura, el centenario que este año celebramos llenaría muy espaciosos y muy ilustres ámbitos. Pero la gloria de los grandes hombres suele ser proporcional a la importancia de los países a que pertenecen. La de nuestros próceres padece, pues , de nuestra humildad, y aun se la merman todavía más los rebajamientos de prestigio colectivo con que a veces se empaña nuestra vida histórica. Si no hubiese otras razones para querer hacer de Cuba un pueblo con firmes tradiciones de cultura de fruición social y de dignidad política ya sería razón bastante la de darles de ese modo marco digno y resonancia cierta a nuestras figuras más altas.
Esto nos trae s lo que necesariamente debe ser parte de esta conferencia, comprometida como está a ponderar la significación del Centenario martiano. Es la cuestión de si la República ha sabido vivir el legado de Martí, honrarle con sus actos, con sus hábitos, y no solo con las palabras de ocasión o con el fervor de un culto genuino, pero casi desesperado. Para podernos contestar sin dejar margen a la pasión adventicia o al juicio arbitrario, necesitamos recordarnos a nosotros mismos, siquiera sea escuetamente, lo esencial del ideario martiano.
Ese ideario es a la vez ético y político. En rigor, no existía aquí para Martí dualidad alguna. Intuidor constante del fondo uno de todas las cosas, perseguidor de la armonía en todas las formas del Ser único, estaba convencido de que la conducta de los pueblos , para poder servir a los más altos fines propios y humanos, ha de regirse por los mismos valores y normas que la conciencia moral le señala a los individuos. Si hubiese que reducir este desideratum a las más esenciales consignas, yo me atrevería a decir que se agrupaban en torno a tres grandes conceptos: El de la dignidad, el del deber y el del amor.
Muy gastadas están ya estas viejas, nobles palabras; pero ¡de qué ardorosa convicción se llenaron siempre en el pensamiento del patricio! La dignidad no es para él meramente ese celo quisquilloso del respeto puramente formal en que devino el culto hispánico del honor, de la honra: es, sobre todo, la categoría humana por excelencia, la suma de respeto intrínseco que al hombre corresponde y que a sí mismo se debe por el hecho de ser hombre, esto es, criatura dotada de conciencia, de espíritu. Supone el derecho a no verse desconocido, atropellado en su discernimiento de lo justo, humillado en nombre de ningún interés, circunstancia o pretexto como la casta, la raza o la supuesta necesidad pública; pero exige también que el individuo no se falsifique, no se traiciones, no se humille a sí mismo.
La dignidad supone, pues, la libertad, que no es para Martí -ya lo vimos- una mera condición jurídica o política, sino, antes que eso, la dueñez de sí propio que solo se perfecciona cuando el hombre puede, no ya actuar, sino hasta "ser honrado y pensar y hablar sin hipocresía". Más de una vez he subrayado el alcance profundo de esta concepción martiana de la libertad, por nadie, que yo sepa, rebasada. La libertad empieza por ser una demanda interior, moral. Si tanto hay que defenderla, es porque conspiran mucho contra ella las tesituras del mundo, pues el hombre, cuando una fina conciencia moral no lo refrena, tiende siempre a abusar del prójimo o a ignorarlo; y de esa tendencia proceden las condiciones sociales que impiden la libertad interior -la ignorancia, la falta de justicia social y económica, los abusos del poder privado y público.
Pero Martí no habla solo de derechos. Tanto relieve o más tiene en él la idea del deber. El privilegio natural del hombre por ser hombre conlleva supremas obligaciones: señaladamente la de vivir él mismo, y contribuir a que los demás vivan, según la ley íntima más noble. "He aquí la ley suprema (escribió) legislador de legisladores y juez de jueces: la conciencia humana". Por la dignidad, el hombre percibe y defiende no solo lo que a él se le debe, sino lo que él debe a los demás. Vivir de acuerdo con esa doble ley moral es la perfección genuina del carácter, es ser hombre a plenitud. Y como también contra eso conspiran los egoísmos individuales y las deformaciones sociales, "ser hombre (nos dice Martí) es en el mundo difícil tarea". No se la cumple sino por el ejercicio constante del desinterés, de la benevolencia, de la abnegación, llevada, si es preciso hasta el sacrificio: en una palabra, del amor. Sin generosidad de los individuos unos para con otros, sin atención de los poderosos al menester de los débiles y de los que rigen a los regidos, el mundo será siempre el triunfo de la garra sobre el ala. El amor es para Martí le ley de todo - hasta de la política. 
Estas ideas no son nuevas, no lo eran siquiera en los tiempos d Martí. Procedían, bien lo sabemos, del pensamiento clásico griego, enriquecido por el Cristianismo y por la doctrina renacentista del derecho natural. El racionalismo filantrópico europeo las había proyectado con nueva energía, y l liberalismo romántico las había sublimado. Pero ni ellas habían perdido mérito por esa secular ejecutoria, ni es el pensamiento de Martí menos vigoroso por haberlas sustentado. La originalidad es mínima en el mundo de las ideas; los principios, siempre viejos y pocos. Martí mismo decía que las grandes verdades se podían escribir en un ala de colibrí. Lo que él trajo no fue, pues, una nueva filosofía, sino un ardor incomparable de convicción y una conmovedora elocuencia, puestas al servicio de nociones eternas.
¿Eternas? No falta por ahí quienes rezonguen por lo bajo que esos principios, como los de todo idealismo, son ingenuamente románticos, entiendo por eso meras expansiones de visionario. El mundo se ha vuelto empedernidamente "sofisticado", como dicen los sajones, vocablo que es más certero de lo que se sospecha, porque lleva como una alución implícita aquella posición escéptica de los sofistas griegos, para quienes todos los valores y normas eran relativos, condicionados por el interés o la circunstancia. Acaso reside aquí el problema más hondo que el ideario de Martí nos plantea: si esos principios éticos en los cuales se apoya su pensamiento democrático, son principios absolutos, que por su valides permanente nos siguen obligando y nos obligarán siempre, o si, por el contrario, fueron el producto de determinado temperamento, o a lo sumo de determinado complejo cultural y de determinada situación histórica.
Creo que ese problema, el capital de la filosofía de los valores, es susceptible de una solución teórica que permite la adhesión racional más sólida a los principios martianos. Pero en todo caso, la experiencia puede servir de criterio suficiente cuando la teoría se abisma en lo problemático, y si algo va enseñando la experiencia de nuestra época relativista es que el hombre necesita de esos austeros principios. Ha aprendido a dominar toda la naturaleza excepto la propia. Aunque progresa sin cesar en lo científico y en lo técnico, resulta cada vez más desatinado o perplejo en cuanto a su propio destino. Por todas partes se oye que para rectificar de veras lo que hay de tuerto en el orden social, es indispensable reconstruir al hombre desde adentro, ordenarlo según principios espirituales. En su dimensión universal, el mensaje ético de Martí tiene hoy más vigencia que nunca.


Fragmento tomado del ensayo SIGNIFICACIÓN DEL CENTENARIO MARTIANO, publicado en la Revista Universidad de La Habana, Nro. 249, 1998.


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La Habana. 2002
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