LA JIRIBILLA
"NUESTRA AMÉRICA": CIEN AÑOS

La dolorosa vigencia del magistral ensayo "Nuestra América" ¿se deberá a que, en cierta forma, hemos sido retrotraídos a 1891, y la humanidad tiene de nuevo por delante el reparto, entre un grupo aún más pequeño de grandes potencias, del mundo ya repartido, la destrucción de los países pobres que osen oponerse a ello, y quizá una tercera, y última, guerra mundial?


Roberto Fernández Retamar
| La Habana

A mis hermanos Cintio y Fina, ausentes tan presentes en este Seminario gaditano sobre José Martí.

"Mas queda otro sendero todavía
que purga la codicia y la miseria:
la ruta vertical, la poesía."


ALFONSO REYES

No hay que vivir al día, sino a los siglos, aconsejaba Miguel de Unamuno. Y a un siglo, a cien años estamos de la aparición primera de "Nuestra América", como se subraya en el título que a la conferencia final de este Seminario dieron sus organizadores, quienes me honraron generosamente al encomendármela.
No es necesario, ni acaso soportable, que intente un pleonasmo de aquel trabajo mayor, sin duda conocido por ustedes: y ni qué decir que intente hacer con él lo que Pierre Menard hizo con el Quijote gracias a la escritura sobradora de Borges. Sólo voy a destacar que aquel trabajo conserva plena vigencia; a citar, porque es imprescindible, algunas de sus líneas; a reproducir algunas observaciones martianas que conducen a "Nuestra América" o, siendo posteriores, lo complementan, y finalmente a compartir con ustedes algunas conjeturas nacidas al calor de los cien años del texto. Ahora bien, de entrada hay que recordar que desde que, entre 1875 y 1877, aparece en Martí (quien vivía entonces exiliado en México y Guatemala) la expresión "nuestra América" para designar a los países que se extienden del Río Bravo a la Patagonia, tal expresión implica para él la existencia de otra América que no es nuestra, y a la que al menos a partir de 1884 llamará explícitamente "la América europea"; así como que el concepto "nuestra América" no permanece invariable en él, sino que se va cargando de sentido hasta alcanzar la incandescencia del ya secular ensayo cuya evocación nos reúne esta noche.
Esa carga de sentido está directamente relacionada con la vida de exiliado que llevó Martí en los Estados Unidos entre 1880 y 1895. Si al inicio de ese exilio ya poseía él una noción clara de que nuestros países tenían que integrarse en una unidad dinámica que conservara y exaltara sus características propias, las profundas vivencias martianas en los Estados Unidos, si por una parte lo hicieron admirar lo mejor de su pueblo (trabajadores, combatientes por la justicia, pensadores, escritores), por otra parte, lo llevaron a conocer de modo directo y creciente los males que implicaba el sistema allí imperante, y el riesgo que tal sistema suponía para nosotros: hay que tener presente que durante los quince años que Martí vivió allí asistió con ojo sagaz y alarmado a la transformación en los Estados Unidos del capitalismo premonopolista en capitalismo monopolista, llegando Martí (en su condición de político, pensador y periodista) a hacer un análisis y una impugnación, creo que los primeros en el mundo, de los rasgos del entonces naciente imperialismo; y llegando también a comprender la razón de las grandes luchas obreras en los Estados Unidos de la época de los 80. Tal comprensión sin duda le facilitaría identificarse del todo, poco después, con la entonces incipiente clase obrera cubana.
Momento trascendente entre sus ricas experiencias norteamericanas lo constituyó la primera Conferencia Panamericana celebrada en Wáshington entre 1889 y 1890. Martí, el más profundo y violento censor de esa conferencia, ratificó ante ella que en los Estados Unidos los "imperialistas" (con esa palabra los iba a nombrar en 1895, en su última carta, que volveré a mencionar, a su hermano mexicano Manuel Mercado) se aprestaban a lanzarse sobre las Antillas, particularmente sobre Cuba, y más tarde sobre el resto del Continente; y del planeta.
Nutrido con esas experiencias y dueño de esos criterios, Martí escribió a finales de 1890, y publicó a principios de 1891, su ensayo orientador "Nuestra América". Allí, al fustigar con gran violencia a cobardes y traidores, la actualidad de Martí cobra vigencia impresionante: "Hay que cargar los barcos", dice, "de esos insectos dañinos que le roen el hueso a la patria que los nutre", esos que van "paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel", esos "desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos". Unas líneas después añadirá: "El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América." Contra ese "peligro mayor" va enderezado el texto martiano. Pero para poder salvarnos de él urge reconocer, proclamar y profundizar nuestra autoctonía, nuestra identidad.
A modo de premisa, y como había venido haciendo durante años, sólo que esta vez de modo lapidario, Martí rechaza que el mundo se halle dividido entre "la civilización" y "la barbarie", según la conocida tesis que edulcoraba (y edulcora) la existencia de países explotadores por una parte, que se consideraban la civilización (según las últimas o penúltimas teorías de moda, quiere presentárselos ahora como protagonistas del fin de la historia), y países explotados (estigmatizados ayer como la barbarie y hoy, supuestamente, con una historia irrelevante). En los tiempos que corren, se prefiere dar a los polos de esta dicotomía los nombres de Norte y Sur.
Martí añadirá en "Nuestra América" que "ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave" de nuestro enigma, y "por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico". Y de inmediato: "No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza."
A esta luz hay que entender la tajante propuesta martiana: "La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria." Y luego su consejo clásico: "Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas." Por ello, los hombres de la nueva América "entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación." Y, otra vez como si se estuviera refiriendo a nuestros días, dice Martí: "Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente." Y más adelante: "En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos."
Revelando la profundización que su pensamiento social ha ido conociendo, Martí escribe en este texto inagotable: "Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores." Esos "oprimidos" volverán a aparecer en texto suyo publicado ese mismo año 1891: el poema III de sus Versos sencillos: "Con los pobres de la tierra/ Quiero yo mi suerte echar." Este criterio lo llevaría, casi al finalizar su trabajo, a afirmar: "No hay odio de razas, porque no hay razas"; es decir, a impugnar, en una época manchada por el más vulgar racismo (el cual sobrevivirá hasta este siglo y está levantando nueva y fétida cabeza hoy mismo), incluso la creencia misma en que existan razas, creencia particularmente inaceptable cuando y donde millones de integrantes de supuestas "razas" inferiores se encuentran entre "los oprimidos". Por eso habla una y otra vez de "nuestra América mestiza".
A finales de ese año 1891 en cuyo pórtico mismo apareció "Nuestra América", Martí, en acuerdo absoluto con lo planteado allí, abandona sus múltiples responsabilidades diplomáticas y periodísticas (con excepción del más hermoso periodismo político que se haya hecho nunca), y, en fin, todo lo que pueda estorbarle su tarea de redención. Pasa a ser del todo, oscura y deslumbrantemente, lo que en estos tiempos suele llamarse un cuadro político, y en su caso se corresponde con lo que a lo largo de siglos se ha conocido como un apóstol. Así, El Apóstol, será nombrado con entera justicia a partir de estos años últimos de su corta vida de sacrificio y esplendor.
Es ese Martí en la plenitud de sus dones quien, tras enormes y delicados esfuerzos, funda en abril de 1892 el Partido Revolucionario Cubano, el artículo primero de cuyas Bases anuncia: "El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico." Que Martí no preveía sólo la independencia frente al colonialismo español lo expresa claramente en no pocos textos: por ejemplo, en su artículo de abril de 1894 "El tercer año del Partido Revolucionario Cubano" (cuyo decidor subtítulo es "El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América"), donde afirma:
En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, -mero fortín de la Roma americana; -y si libres [...] -serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio [...] hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellos abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. [...] Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar. [...] Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos.
A principios de 1895 Martí abandona para siempre Nueva York y se traslada a la República Dominicana, donde el 25 de marzo de 1895, ya rumbo a la guerra en Cuba, escribe al dominicano Federico Henríquez y Carvajal: "Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo." Ese mismo día firma con el también dominicano Máximo Gómez, Generalísimo del Ejército Libertador de Cuba, el Manifiesto de Montecristi, el cual, al dar a conocer al mundo las razones del conflicto bélico, explica:
La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América y la creación de un archipiélago libre.
Y añade: "La guerra no es contra el español, que en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen, podrá gozar respetado, y aun amado, de la libertad que sólo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino."
Al cabo Martí regresa a Cuba, el 11 de abril de 1895, tras un periplo harto azaroso. En la Isla, en atención a sus órdenes, había estallado ya, el 24 de febrero de ese año, el capítulo de la guerra independentista que él había preparado como una obra de arte, según dijera. En la manigua redentora Martí va a vivir sus últimos treintiocho días: acaso los únicos días felices de su vida agónica. 
El 18 de mayo de aquel año empieza a escribir su conocida carta a Manuel Mercado. Esa carta quedó inconclusa y adquirió, junto con la que semanas antes enviara al dominicano Henríquez y Carvajal, carácter testamentario. Al día siguiente, cuando hubiera debido terminarla, Martí murió en combate. 
A este ser humano excepcional Rubén Darío lo consideró "Maestro"; Gabriela Mistral, "el hombre más puro de la raza" (Gabriela se refería a nuestra estirpe, pero también puede pensarse en lo que José Vasconcelos llamaría "la raza cósmica"); Ezequiel Martínez Estrada, no sólo "un Héroe", sino además "un Santo, un Sabio y un Mártir"; Alfonso Reyes, "supremo varón literario", "la más pasmosa organización literaria"; y Fidel lo proclamó en 1953, y lo ha ratificado siempre, autor intelectual del ataque al cuartel Moncada y en consecuencia de la revolución desencadenada entonces. 

2
En las primeras líneas de esta conferencia dije que el extraordinario texto martiano cuya evocación clausura este encuentro conserva plena vigencia. Ahora debo añadir que este hecho me parece triste. Pues él implica, sobre todo, que el imperio contra el cual Martí se irguió con la honda de David, es hoy un Goliat bravucón y pendenciero (o, como dice el admirable intelectual norteamericano Noam Chomsky, gangsteril), el Leviatán contemporáneo, el "monstruo" en cuyas "entrañas" había vivido el cubano en tiempos que comparados con los actuales parecen una dulce primavera. ¿Será a un público formado principalmente por españoles, y también por algunos cubanos (es decir, por compatriotas todos, en el sentido amplio y noble del término), a quienes tenga que recordar que tres años después de la muerte de Martí, confirmando plenamente sus temores al estallar en el puerto de La Habana el acorazado Maine, de los Estados Unidos, el gobierno de este país acusó al de España del hecho y, tomándolo como excusa, intervino en la guerra que durante treinta años habíamos librado independentistas cubanos y colonialistas españoles, terminó de derrotar y además humilló a las tropas metropolitanas (ni unos ni otros podremos olvidar el hundimiento en Santiago de Cuba de la escuadra española al mando del valiente almirante Cervera), y de paso nos arrebató a los cubanos la ya inminente victoria, la cual, después de sesenta años de protectorado o neocolonialismo norteamericano, sólo vinimos a conquistar en 1959. Así, en 1898 ocurrió el hecho insólito de que perdieran la guerra, a la vez, los dos contendientes enfrentados durante décadas. Además, como se sabe de sobra, los Estados Unidos procedieron de modo similar en las Filipinas, donde también se desarrollaba una lucha de liberación nacional, y guardaron para sí como botín de guerra hasta hoy, entre otros territorios, al hermano Puerto Rico, para "fomentar y auxiliar" cuya independencia, según inequívocas palabras de Martí ya citadas, había fundado él en 1892 su partido revolucionario. Si se desea describir de modo sucinto lo que ha ocurrido en los noventa y trés años que nos separan de aquel año aciago, de las fechorías que aquí en España llaman elocuentemente El Desastre, nada mejor que volver a palabras que Martí escribió en 1894 y también he citado:
Las Antillas [...] serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder -mero fortín de la Roma americana-; [...] la gran república del Norte [...] en el desarrollo de su territorio [...] hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellos abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.
Sólo ese diseño planetario, que implícita o explícitamente es la columna vertebral del manifiesto "Nuestra América", y que la gravedad de estos momentos revela sobrecogedoramente profético, explica que Martí pudiera añadir de inmediato con toda razón: "Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar." No hace falta que vuelva sobre otras líneas martianas igualmente citadas, porque de seguro ustedes las tienen en la memoria.
He aquí por qué me parece bien triste la vigencia de "Nuestra América". No pocos economistas y otros estudiosos llaman a la pasada década, "una década perdida" para los países de nuestra América. ¿Será el casi agonizante siglo XX (en el cual tuvieron lugar las más devastadoras guerras que la humanidad ha conocido, algunos de sus peores regímenes, crímenes de todo tipo; que ha visto esfumarse, por mal encauzadas, torcidas o traicionadas, ilusiones sin embargo necesarias, e implantarse de oeste a este y de norte a sur, con tergiversadores "colorines", para volver a un vocablo martiano, el pragmatismo más grosero, la más desembozada codicia, el escarnio del Sermón de la montaña y el desdén y la explotación implacable de "los oprimidos", de "los pobres de la tierra"), será este atroz siglo XX un siglo perdido? La dolorosa vigencia del magistral ensayo "Nuestra América" ¿se deberá a que, en cierta forma, hemos sido retrotraídos a 1891, y la humanidad tiene de nuevo por delante el reparto, entre un grupo aún más pequeño de grandes potencias, del mundo ya repartido, la destrucción de los países pobres que osen oponerse a ello, y quizá una tercera, y última, guerra mundial? (Fukuyama y otros como él harían bien en recordar el hecho ostensible de que la llamada Primera Guerra Mundial ocurrió entre naciones de regímenes similares en lo fundamental, no obstante las mutuas y mentirosas inculpaciones.) ¿Le espera al homo sapiens el destino de los brontosaurios, los pterodáctilos y tantísimas especies, con lo que dejaría enteramente este ya muy maltrecho planeta en las manos (es un decir) de los antiguos concurrentes de los mamíferos llamados superiores, los casi infinitos insectos, llenos de millonaria paciencia?
Llegados aquí, es del todo innecesario recordarles que quien les habla es un poeta, y no sólo ni primordialmente porque haga versos, sino porque asume a plena conciencia la cita de otro maestro entrañable, el inclaudicable utopista Alfonso Reyes, puesta al frente de esta conferencia. Por eso me parece natural que el mayor visionario, en todos los sentidos de la palabra, nacido en el Hemisferio Occidental sea nuestro mayor poeta, José Martí. Y por eso cuando entre 1963 y 1964 escribí mi primer trabajo con voluntad rigurosa sobre él, al hablar de "Nuestra América" dije: "Se junta allí el análisis penetrante del científico al vuelo poético del creador de mitos"; y añadí después que en aquel texto mayor Martí "diseña el área, a la vez real y mítica, de "Nuestra América"." (No suelo citarme, pero en los días que vivimos, razones morales me obligan y me obligarán a hacerlo.)
Y ahora, después de tantos insectos, crímenes y espantos, me siento de nuevo en terreno firme, como cada vez que recibo el aliento sagrado de Martí, quien, destinado a las más altas empresas del alma, jamás cometió la villanía de rehusarse a las tareas que le correspondían, por nimias que parecieran o fueran. Él, al igual que su Santa Teresa, sabía que también "entre los pucheros anda el Señor"; a él no había que repetirle las palabras del Evangelio de San Juan: "Si a tu hermano, a quien ves, no amas, a Dios, a quien no ves, ¿cómo vas a amar?"
Vengo de un archipiélago nombrado en la cartografía europea al menos desde 1367, cuando ningún europeo había puesto pie en él: la Antilia, que tiempo después acabó llamándose, a semejanza de las Baleares y las Canarias, las Antillas, y cuyo sorprendente papel en el equilibrio del mundo ya hemos visto cómo fue señalado por Martí; y estoy en parte esencial de un continente cuyo "presagio de América", para volver a citar una imagen de Reyes, nos ha vinculado para siempre con ustedes.
He nombrado los mitos, he evocado las imágenes, y espero que no piensen que pretendo de manera insensata venir a bailar en casa del trompo, como decimos en Cuba, o a echar sal a la mar, como creo que se dice aquí. Soy del todo conciente de lo que supone estar (en mi caso, por vez primera) en Cádiz, uno de los sitios de este Continente y del planeta más lleno de mitos, más cuajado de imágenes. Pero Martí nos enseñó que el aire está lleno de almas; y Lezama, la fuerza irradiante de la imagen: así que estoy ávido de participar en el diálogo con Gades, con la cercana Tartesio donde Schulten reveló un mundo, con las sombras de los Atlantes y de Hércules; y desde luego con el "primer puerto hacia América, con un deje cubano en sus patios umbrosos" de que habló mi admirado Rafael Alberti, quien después volvería a trenzar la Ora marítima, como Avieno. En Cádiz verdad y mito se entrecruzan, y también se entrecruzan nuestras historias. En Cádiz, la invicta ciudad de las Cortes, en 1820 militares españoles rebeldes impidieron que una flota saliera a combatir contra la necesaria independencia americana. Aquí estuvo nuestro santo fundador el Padre Félix Varela. Aquí, en su primer destierro, entró en la Península José Martí hace ciento veinte años: ocasión para este fraterno encuentro de hoy. Aquí nació el enorme músico que murió exiliado del otro lado del Atlántico, intentando terminar (lo que al cabo haría Ernesto Halfter) su vasta obra para coros, solistas y orquesta sobre La atlántida, de Jacinto Verdaguer, catalán como los Roig de quienes, como de tantas otras estirpes españolas (asturianas, extremeñas, navarras por lo que sé), provengo. En una de las estrofas de aquel poema que ustedes de seguro conocen mucho mejor que quien les habla, Verdaguer evocó así esta ciudad:

Era'l teu front, oh Gades gentil, filla de l'ona,
gavina que en un cálzer de lliri feres niu,
palau de vori y nacre que'l sol de Maig corona;
li sembla al hèroe, al vèuret, que un cel d'amors li riu.


Daniel Moyano, el excelente escritor argentino y cálido ser, me contó que cuando era niño solía ir, en compañía de otro muchacho, a robar manzanas al cortijo de un anciano español, quien naturalmente los increpaba cuando los descubría en su faena hermética (propia de Hermes, claro), y se enzarzaban en las discusiones del caso. El anciano se llamaba Manuel de Falla; el muchacho amigo y compatriota de Moyano, Ernesto Guevara; el lugar era Alta Gracia, en la Córdoba argentina. Curioso capítulo de aquel diálogo mencionado: el Che niño en busca de manzanas como las de las Hespérides, esta vez no áureas sino argentinas, interrumpiendo al gaditano esencial que en sus últimos años ponía música a La atlántida.
Amigas y amigos: voy a terminar mis palabras de esta noche hablándoles, en esta tierra tan abierta a ello, de las Atlántidas. Creo que quizá no poco de lo que está ocurriendo ahora mismo ante nuestros ojos tenga que ver con las Atlántidas, así en plural y con los evidentes ecos de los diálogos platónicos a hoy, porque de esa manera introdujo el término entre nosotros Ortega y Gasset en su famoso ensayo homónimo de 1924, aunque voy a proponer para dicho término un sentido algo más ancho.
Para Ortega, a partir de Spengler, entonces muy en boga, y antes, como señaló aquél, de Frobenius (y antes aún, lo que Ortega pudo mencionar, de Gobineau), "las Atlántidas son las culturas sumergidas o evaporadas": de los dos adjetivos, propongo que retengamos el segundo ("evaporadas") para aquellas culturas que según Ortega se habían desvanecido "como fantasmas y vagos espectros", y sin embargo en este siglo estaban siendo descubiertas por los europeos, en éxtasis fáustico, como las culturas prebabilónicas, hitita, cretense, troyana, micénica, ganesa o paleoyorubá; y ni qué decir tartesia, "la más vieja de Occidente".
Quisiera proponer igualmente que conserváramos el nombre metafórico Atlántidas no sólo para aludir a aquellas culturas "evaporadas" inexistentes ya, a veces desde hace milenios, sino para aludir también, al menos por el momento (a fin de no llamarlas ahora culturas, etnias o pueblos, etc.), a esas vastas comunidades humanas acaso "sumergidas", pero ciertamente no "evaporadas" y mucho menos extinguidas, que están volviendo a la superficie; y lo están haciendo no en forma de mansas ruinas arqueológicas ad usum Fausti, sino con violencia, desgarrando incluso países cuyas fronteras se tenían, en general, por establecidas. Aunque los ejemplos son más de uno y en más de un continente, acaso los más sangrientos están ocurriendo, mientras escribo estas líneas, en Yugoslavia, país que recuerdo con afecto y dolor.
Pero la emergencia de tales Atlántidas no tiene que implicar por obligación desgarraduras. ¿No podría implicar en ocasiones, al contrario, el establecimiento de fuertes nexos no necesariamente políticos entre países diversos que comparten en medida apreciable arraigados sustratos comunes? Y se me ocurre que es ocasión bien propicia para abordar este tema la conmemoración de los cien años del ensayo martiano "Nuestra América". Pues ¿qué es nuestra América sino una Atlántida? Y habiendo ocurrido en este siglo último lo que ha ocurrido, lo que tanto avizoró y combatió en cuanto estuvo a su alcance Martí, ¿aceptaría él la hipótesis (o el mito) de una Atlántida más englobadora, que abarcaría no sólo a los pueblos de su América (cuyos países él, a diferencia de Bolívar, como ha subrayado Cintio Vitier, no pretendió soldar políticamente), sino también a los pueblos de la península ibérica? ¿Y qué nombre podría darse a esa otra Atlántida? Francamente, no tengo respuestas: sólo preguntas. Pero estoy convencido de que hoy por hoy pocos lugares son tan adecuados para hacerlas como Cádiz; y ningún ser humano de nuestra estirpe más digno de que en torno a él se hagan preguntas como ésas que José Martí, indudablemente el más español de los libertadores americanos.
En la primera parte de esta conferencia cité sobre Martí valiosos juicios de americanos, y hubiera podido añadir muchos más, de Sarmiento al Che. Concientemente dejé para este momento citas no menos importantes sobre él debidas a españoles; y al escoger tan sólo unas cuantas de esas citas, obligado de nuevo por el tiempo, voy además a limitarme, pro domo mea, a aquellas en que se relaciona a Martí con nuestra cultura común. Unamuno, quizá el primer escritor español en percatarse del valor de la obra de Martí, sobre cuya personalidad, su poesía y su epistolario dejó líneas penetrantes, afirmó que la carta en que, camino a la guerra, "en vísperas de un largo viaje", Martí se despide de su madre, "es una de las más grandes y más poéticas oraciones 
-en ambos sentidos del término oración- que se puede leer en español". Fernando de los Ríos, por su parte, llamó al cubano "la personalidad más conmovedora, profunda y patética que ha producido hasta ahora el alma hispana en América". Para Juan Ramón Jiménez, Martí es un "Quijote cubano [que] compendia lo espiritual eterno y lo ideal español". Y Guillermo Díaz-Plaja, al hablar de la obra literaria de este hombre que, fuera de dos cuadernos de versos y varios opúsculos casi siempre políticos, no publicó libro, afirma que "Martí, ese gigantesco fenómeno de la lengua hispánica", es, "desde luego, el primer "creador" de prosa que ha tenido el mundo hispánico".
Entiéndase bien: no se trata en absoluto de exhumar hispanidad alguna, como la que en los años 20 de este siglo, con paradójico énfasis vanguardista, propuso a Madrid como meridiano de nuestra cultura (y recibió un clamoroso rechazo de parte de los vanguardistas americanos); y ni qué decir como la que años después pretendió repintar las presuntas glorias de un imperio desvanecido para siempre cuyos últimos eslabones en América Martí contribuyó como nadie a destruir. Ahora bien, que existe un mundo mucho mayor que el de nuestras pequeñas patrias chicas, un mundo que integran los pueblos de la península ibérica y nuestros pueblos americanos, todos los cuales deben verse entre sí, y ser vistos por los otros, inter pares; que existe tal mundo, no me parece posible negarlo, aunque por ahora sea una Atlántida no sólo sumergida sino despedazada. Y me complace en este sentido suscribir las tesis expuestas por el gran paraguayo Augusto Roa Bastos en su ensayo "Una utopía concreta: la unidad iberoamericana".
Voy a mencionar un solo ejemplo, entre los múltiples que pueden aducirse, de cómo contemplar en conjunto aquel mundo (o buena parte de él) nos explica a nosotros incluso en las limitaciones de nuestros países respectivos. Asumiendo la mirada que da vivir a los siglos, el historiador cubano Ramiro Guerra, hombre por cierto conservador, escribió en España y publicó en 1935 un libro sin cuyo conocimiento no es posible comprender del todo (y comprender a medias ¿es comprender?) a los países mencionados en el título: La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos. Sin embargo, que yo sepa, esta obra capital sólo se ha republicado dos veces, en la Cuba revolucionaria. Me haría feliz saber que estoy en un error, y que en algún momento fue republicada en España, donde existe tan rica vida editorial.
Volvamos a Don Beltrán. En nuestra América es bien sabido que hay numerosas comunidades que, con razón, no se sienten parte de nuestra hipotética Atlántida: baste recordar a los millones de indios descendientes de quienes sobrevivieron a la espantosa operación genocida que fue la conquista; y a los caribeños que tienen (como los cubanos, los brasileños y otros pueblos de nuestra América) fuertes y dolorosas raíces africanas, pero que en su caso no viven en territorios iberizados. Sin embargo, aquella Atlántida englobadora de que hablé (ya lo había planteado José Martí en la valiente e imaginativa Atlántida que llamó "Nuestra América") está obligada no sólo a no excluir a tales comunidades, sino a reconocerles la importancia de primer orden que tienen, a defender sus culturas, a integrarlas como son a las sociedades armoniosas que debemos construir, y que no existen aún en parte alguna. Una de las muchas razones por las que leí complacido, con identificación, el ensayo mencionado de Roa Bastos, es que él es un paraguayo genuino, y por ello ciudadano del único país de nuestra América oficial y realmente bilingüe; que él, como fue el caso de José María Arguedas en el Perú, es encarnación irrefutable de ese mestizaje étnico y sobre todo cultural atribuido a nuestra América, y que en manos inescrupulosas ha llegado a ser otro artefacto retórico y cosas aún peores.
Quizá yo proyecte, al hablar de esa dilatada Atlántida que nos abarcaría, experiencias personales. Un estudioso contemporáneo del Cosmos, el norteamericano Carl Sagan, llegó a conjeturar que acaso alguna hipótesis sobre el origen (todavía misterioso) del Cosmos revele el trauma personal que fue su propio nacimiento en quienes sostienen tal hipótesis, cuyo nombre carece en español del impacto que en inglés: Big bang. Por mi modestísima parte, en consonancia con esas "pocas palabras verdaderas" (son cuatro) de Antonio Machado según las cuales "nadie elige su amor", desde mi más temprana edad, y por razones que no vienen al caso, di por sentada mi pertenencia a aquella Atlántida, aunque entonces, como es natural, no la llamaba así, ni sé si la seguiré llamando: acaso tal denominación sea sólo flor o espina de esta noche gaditana. Por ejemplo, jamás consideré la enorme, la extraordinaria cultura española (una cultura sincrética, y por tanto incorporadora, si las ha habido) como una cultura extranjera, quizá por la sencilla razón de que no lo es ni puede serlo para nosotros. Ahí están, para dar testimonio de ello en lo que me corresponde, muchísimos poemas y ensayos míos, de los que voy a limitarme a citar el trabajo "Contra la Leyenda Negra", que escribí en 1976 en pleno hervor anticolonialista (hervor que en mí no ha disminuido un ápice: todo lo contrario), y que más de uno consideró mi declaración de amor a España: como si yo no hubiera declarado ese amor desde que tengo uso de razón y de corazón. Tal trabajo sería publicado en países de las dos Américas y de las que entonces eran las dos Europas: aunque en la Europa no occidental sólo apareció (en castellano y traducido a la lengua nacional) en la irreverente Hungría.
¿Cómo podría sentir, actuar y escribir de otra manera quien así se formó en primer lugar con Martí, pero también con Darío, Henríquez Ureña, Reyes, Ortiz, Marinello, Nicolás Guillén, Lezama, Vitier; con Unamuno, Machado, J.R.J., Picasso, Falla, Ramón, Moreno Villa, Federico, Rafael, Buñuel, Aleixandre, Dámaso, María Zambrano, Chabás, Miguel Hernández, la España peregrina, la de los "trasterrados", como los llamó, definiéndose a sí mismo, José Gaos? No fue en arduos textos lejanos (a muchos de los cuales también debo gratitud, desde luego, pues felizmente soy ciudadano del mundo), sino en textos de alguien totalmente mío, uno de los hombres más talentosos, delicados y buenos de que he tenido noticia, y también uno de los más profundos conocedores y amadores de José Martí: Rubén Darío, donde, siendo adolescente, leí, frente al inmenso mar que en la otra orilla llega a las costas de Cádiz (lo que yo ignoraba entonces), estos inolvidables versos enderezados contra el Roosevelt que a principios de este siglo pronunció su ominoso "I took Panama", a propósito de un acto depredatorio que se repetiría a finales del siglo; estos versos escritos en Málaga en 1904 y recogidos en libro al año siguiente, en Madrid:

Eres los Estados Unidos
Eres el futuro invasor
De la América ingenua que tiene sangre indígena,
Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. [...]
Mas la América nuestra [es decir, una vez más, nuestra
América], que tenía poetas
Desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
[...] Que consultó los astros, que conoció la Atlántida
Cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
[...] La América del grande Moctezuma, del Inca,
La América fragante de Cristóbal Colón,
La América católica, la América española,
La América en que dijo el noble Guatemoc:
"Yo no estoy en un lecho de rosas", esa América
Que tiembla de huracanes y que vive de amor,
Hombre de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra, y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.


El autor de estos versos, capaz de escribir "sobre las alas de los inmaculados cisnes", lanzó "a la Esfinge que el porvenir espera" esta pregunta:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?


¿Cómo podría el adolescente que fui no sentirse aludido también por los versos de Machado: "Que en esta lengua madre la clara historia quede;/corazones de todas las Españas, llorad": versos de su elegía a Rubén Darío, el poeta que simbólicamente, siendo un mestizo de allende el Atlántico, fue el fundador de la moderna poesía en lengua castellana? ¿Cómo podría aquel adolescente no sentirse igualmente expresado en esos tremendos libros de enormes poetas americanos, mestizos también, con sangres y culturas españolas, indias y africanas: España, aparta de mí este cáliz, España en el corazón, España. Poema en cuatro angustias y una esperanza?
"La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,/ya que nacer es aquí una fiesta innombrable", escribió frente a nuestro mar (que en la otra orilla ya sabemos que es el mar gaditano) una criatura que según Vitier se atrevió "a intervenir en la historia de los dioses": José Lezama Lima. En Cádiz, frente a "la mar violeta" (adjetivo que no desdeñaría Homero, quien habló de un mar color de vino), aquí, hablar de dioses es casi una necesidad. Que tales dioses nos sean propicios y nos dejen creer, para volver por última vez a los versos de Reyes, que no todo ha de ser en la historia "la codicia y la miseria", que queda otro sendero que las purga: "la ruta vertical, la poesía." (No sé si vale de algo saber que, frente a tosquedades de tirios y troyanos, Reyes, con su frecuente ironía suave, llamó al soneto que concluye con esos versos, "Materialismo histórico".) ¿No tenemos derecho a esperar que un día, que querríamos cercano, emergerá esa Atlántida nueva y antigua en la que ustedes y nosotros ("corazones de todas las Españas") encontraremos casa común? ¿Se me dirá que sueño? Quien abraza una causa justa "es el único hombre práctico", dijo Martí, "cuyo sueño de hoy será la ley de mañana". Quizá sueño, quizá soñamos, pero no como el grandioso y atormentado príncipe del barroco que para olvidar una realidad cruel y confusa exclamó: "Soñemos, alma, soñemos"; sino como el lúcido poeta moderno cuyo geométrico y ardiente cántico se le volvió borrascoso clamor, cuando escribió: "¡Realidad, realidad, no me abandones/ Para soñar mejor el hondo sueño!"



© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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