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LA
JIRIBILLA
LA REALIDAD
Y LA UTOPÍA
Retomemos a José Martí,
este proveedor de futuro, sempiterno subversivo, para
guiarnos bien contra todas las colonizaciones, incluidas
las espirituales que pretenden hacernos cómplices de la
dominación. Para volver a interpretar el mundo desde
nuestra América y para prefigurar su porvenir.
Fernando Martínez Heredia
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La Habana
El rasgo dominante de la actualidad es el intento del capitalismo de hacer creer a todo el mundo que su sistema constituye el único horizonte posible y la expresión más acabada del sentido común. Su propósito es llevar a todos a admitir la imposibilidad de que se produzcan cambios sociales, que los países llamados subdesarrollados puedan aspirar al desarrollo, y que las personas puedan ser mejores. Dentro de esos tres límites funciona el sistema que, para decirlo de manera sintética, consiste en el predominio del proceso de transnacionalización en la economía, de la democracia controlada en la esfera política y del totalitarismo en la formación de opinión y sentimientos públicos. Es muy difícil generalizar acerca del continente latinoamericano, por lo que advierto que hablaré siempre de tendencias.
Tanto el crecimiento de las inversiones, las exportaciones, los precios o la inflación, como sus decrecimientos, son funciones ajenas a los intereses y necesidades de las mayorías. El reino de la macroeconomía es el centro ideológico de la transnacionalización. Su logro mayor, de más alcance, ha sido el neoliberalismo, ideología que convierte en algo natural que a los ministros "las cuentas les dan bien", mientras a la gente no le alcanza para vivir. Más del 40% de la población es excluida de esa economía, o no le es necesaria; la mitad de ellos ya son indigentes. El desempleo y la miseria reinantes no son funciones de una "crisis" sino del "avance" del capitalismo: no proceden del atraso, sino del desarrollo del capitalismo. La informalidad, ese eufemismo contemporáneo, es el adiós al empleo como realidad o posibilidad. Mientras se entona el canto del mercado, la oferta y la demanda son menos libres que nunca.
La formación económica latinoamericana está adecuándose al modelo excluyente y subordinador que le impone el capitalismo mundial. Y Estados Unidos, menos competitivo que otros y con fuertes problemas internos, pero única superpotencia mundial hoy, trata de aprovechar esa condición y su vieja implantación imperialista en América Latina para imponerle una dominación más dura y exclusiva. Pretende hacernos rehenes de su debilidad además de víctimas de su fuerza.
La democratización de los años 80 está desgastada. Ha incumplido todas sus promesas de bienestar y de logros sociales; sólo mantiene la vigencia del orden jurídico y las elecciones sucesivas a los cargos públicos. Ellas funcionan, sin embargo, y son mecanismos de consenso favorables a las clases dominantes en estos tiempos difíciles de transición. En la superficie se constata --a veces con desilusión-- que muchos pobres votan por los candidatos de los ricos. La realidad es mucho más complicada. Los recursos y la maquinaria del poder inclinan mucho la balanza precisamente donde la necesidad y el desamparo son mayores. Además, las grandes y vacías palabras retóricas no tienen porque ser asumidas por quienes no viven de ellas ni tienen tradición de sentirlas suyas. Y está siendo un gran logro de la opresión hacer normal la miseria, y que ella no forme parte de la política. Su éxito es lograr que la oposición "de izquierda" acepte los axiomas macroeconómicos y las reglas del juego político que le fijan, que no exagere en sus planteamientos y programas, que evite ser tachada de populista y espere más de ser considerada respetable y madura.
Estamos entonces ante un punto clave: los conflictos y luchas entre las clases dominante y dominada están en una etapa baja. Hoy esas luchas son en general inefectivas para defender los niveles de vida y conquistas anteriores de la gente. Esto no es fortuito: como parte del proceso de integración de la América Latina al sistema del capitalismo avanzado actual se produjeron represiones terribles en muchos países contra toda forma de protesta o rebeldía organizada, que llegaron al genocidio en algunos lugares. Los gobiernos civiles han abierto un espacio a los derechos ciudadanos y a las actividades de muchos millones de personas que han desarrollado autoidentificaciones y capacidad organizativa. Los que controlan la política tradicional se han visto obligados a admitir los avances de la conciencia y de la presencia orgánica de la sociedad. Se abre ahora un nuevo campo polémico: los movimientos sociales, ¿serán una nueva forma de contrastar a los poderes capitalistas, que se engranarán con una nueva manera de hacer política, o serán una forma nueva de ampliar la hegemonía capitalista en la región mediante un aumento de la participación que a la vez sea capaz de limitar los fines de los movimientos y manipularlos?
Esa hegemonía parece muy poderosa, pero en realidad incluye varios puntos débiles. Ante todo, ella no está lograda aún. Los sectores ligados al capital transnacional y a los Estados Unidos sacrifican a las mayorías, a muchos sectores medios y parte del empresariado, a todo proyecto capitalista nacional y a la propia soberanía. No pueden tener una política social, ni impulsar nuevos reformismos basados en determinados sectores medios: la naturaleza del sistema no deja espacio para eso. Los grupos dominantes no tienen a su favor la tradición ni la seguridad nacionales, y su democracia política ya es muy contradictoria con su régimen de desigualdades y exclusiones crecientes. Por tanto, manipulan la democracia en la búsqueda de gobernabilidad, un objetivo más limitado que todavía está a su alcance.
A la dominación le resulta esencial mantener la hegemonía durante la transición en curso, aceptar el crecimiento de la cultura política de decenas de millones y maniobrar para usarla en cuanto sea útil a su poder y negarla en cuanto afecte a lo que le es esencial. Separar la vida cotidiana y la actividad social de la vida política, reducir el alcance de la política, separar la moral de la economía y de la política. Todas esas relaciones deben restablecerse en los terrenos que controla la cultura de la dominación: los mecanismos masivos de información y de creación de opinión y estados de ánimo públicos, los medios formidables del Estado y del sistema político, y la homogeneización abstracta de los modos de vida, las instituciones económicas y políticas y los consumos culturales, que el capitalismo desarrollado está imponiendo por todo el mundo. Esa tarea parece más factible en la América Latina que en las otras regiones del llamado Tercer Mundo, porque en ella han incidido más profundamente los procesos de universalización característicos de la modernidad capitalista.
Una gran guerra cultural está en curso, y el cuestionamiento de la utopía forma parte de ella. Dominando el presente, pero sentados sobre un volcán, los que mandan en América necesitan despojar a todos de la esperanza, o arriesgarse a perder su poder y sus ganancias. Para actuar contra la dominación habrá que comenzar por liberar al presente de sus velos, pero eso sólo podrá hacerse con ayuda de visiones del futuro. Los que se oponen al capitalismo parecen muy débiles, pero es porque tienen que volver a reconocerse a sí mismos y al mundo en que viven. Para esos reconocimientos y esas visiones de futuro será inapreciable la ayuda de José Martí.
El pensamiento y el ejemplo de Martí proveen bien para esos empeños, por lo menos en seis sentidos:
1) elevación sobre el rasero de las condiciones existentes y las actuaciones que desde ellas parecen posibles. "Lo imposible es posible. Los locos somos cuerdos", escribe en 1880. En sólo 15 años demostrará que tiene razón;
2) planteo de los verdaderos problemas, esa dificultad suprema del análisis social, y acierto en el contenido de sus posiciones. Sus tesis de
Nuestra América --que mencionaré después-- son una muestra ejemplar;
3) relaciona entre sí a la utopía, los fines mediatos, las políticas, los medios que utiliza, la estrategia y la táctica, la organización revolucionaria;
4) relaciona íntimamente la justicia social con el independentismo, lo político con lo social, inaugurando así las actuaciones y las ideas de liberación nacional;
5) relaciona la disciplina con la libertad, el gobierno del pueblo con la guerra, la democracia con la organización revolucionaria;
6) es ejemplar su eficacia para producir campos culturales de liberación desde la especificidad en que trabaja, en este caso lo cubano y la Cuba de fines del siglo pasado.
Sintetizo las tesis de Nuestra América para ilustrar la posición martiana: a) las estructuras coloniales han permanecido en las repúblicas; b) el liberalismo no es la opción de progreso que "civilizará" a América Latina; c) el peligro mayor para la región es Estados Unidos; d) nuestra América sólo se salvará con soluciones propias y con participación de la masa de oprimidos. En lugar de una unidad abstracta, Martí predica una política práctica, creadora de liberación nacional y social, que: -libere a Cuba y Puerto Rico; -inicie la segunda independencia latinoamericana, no sólo contra el imperialismo neocolonial, sino también contra el orden social vigente; -levante a los humildes, implante la justicia y logre cambiar la vida de todos con métodos e instituciones democráticas. Estos rasgos son indispensables para vencer, porque sólo desde ellos podrá movilizarse a mayorías y llevarlas a cambiar su mundo y cambiarse a sí mismas en el curso de las revoluciones; sin su fuerza serían imposibles esas tareas tan ambiciosas, y sin esos objetivos de liberación la idea y el movimiento carecerían de moral para llamar a luchar.
En Martí, las necesidades prácticas y conceptuales de la revolución cubana tienen nexos profundos con su comprensión de la América Latina y su proyecto de liberación. A diferencia de casi toda América, Cuba no tenía Estado propio a fines del siglo XIX. Pero la formación social de Cuba combinaba la continuidad de la sujeción colonial y de una sociedad que vivió un siglo de esclavitud masiva y castas, con la discontinuidad aportada desde los años 60 en adelante por radicales cambios económicos, sociales, ideológicos y de vínculos internacionales. Luchar por la independencia en esas específicas condiciones presentaba problemas que Martí supo comprender y plantear, e intentó resolver: a) saber de qué Estado y de qué nación reales se trataría, y en qué medio internacional real habría que pelear, negociar y concertar; b) presentar un programa anticolonial beneficioso y atractivo para el pueblo, sin cuya participación masiva era imposible su proyecto; c) organizar instrumentos democráticos de combate armado y trabajar en la propia guerra revolucionaria "de manera que al desceñirnos las armas, surja un pueblo" (6-7-1885); y d) elaborar un proyecto factible de Estado-nación de base y objetivos populares, dados los fines de su proyecto, que eran: liberación nacional más que independencia; eliminación social, y no sólo político-estatal, del colonialismo; inicio de la lucha contra el neocolonialismo.
Lo cierto es que, a pesar de no gozar de independencia, aquella Cuba había sido en varios sentidos tanto o más "moderna" que la mayoría de la América Latina respecto a dinámica económica, niveles técnicos, servicios, comunicaciones, integración al capitalismo mundial y relaciones con los Estados Unidos. Sus contradicciones eran potencialmente muy virulentas. La posibilidad de que la revolución cubana fuera el inicio de una segunda revolución continental tenía fundamentos ciertos.
Casi no tengo tiempo aquí para asomarme al núcleo del pensamiento martiano y para sugerir apenas las que considero sus propuestas principales. Me limito entonces a llamar la atención sobre algunos puntos. El fundamento de sus ideas y prácticas revolucionarias fue la realidad del país cubano, y la necesidad de unir el problema de la independencia con el de la explotación y opresión de los humildes. Martí le cerró a la burguesía cubana la posibilidad de apoderarse de la idea de la nación cubana.
Martí se propone superar la antinomia y los desencuentros existentes entre el nacionalismo y la "cuestión social" --en lo tocante al Estado, el poder, la igualdad, la redistribución de la riqueza, la libertad, la democracia--, al entender y proponer la abolición revolucionaria de las castas en vez de su paulatina desaparición mediante modernizaciones,
la liberación nacional como revolución popular con métodos guerreros democráticos, la politización de masas mediante la participación, y el Estado-nación como "república nueva" opuesta a todo colonialismo y al neocolonialismo, y teatro de una futura evolución revolucionaria, con previsibles luchas de clases incluidas. Martí logró articular sus ideales, sus proyectos y sus necesidades políticas, al elaborar una teoría e impulsar unas prácticas de liberación que superasen al independentismo, el nacionalismo, la asunción subalterna latinoamericana de las ideas de progreso y civilización, y el liberalismo político y económico. Martí es indispensable para rastrear los inicios de una concepción socialista cubana y americana.
De sensibilidad precoz ante la injusticia social, sus experiencias de joven en Cuba y en la América independiente afectaron su tipo de patriotismo, y al volverse después --a mi juicio-- el más profundo conocedor extranjero de Estados Unidos de su época, supo integrar todo eso --y una magnífica asimilación crítica de la cultura española y europea-- a su posición madura, profundamente
anticolonialista americana. Desde la diferencia específica de nuestra América, Martí enfrentó a la vez al viejo colonialismo y a la civilización y la modernidad burguesas occidentales. Y logró expresar esa diferencia. Hijo de una colonia con formación en la metrópoli, individuo culto de cultura occidental, intelectual moderno como pocos ha habido, produjo sin embargo otro pensamiento, irreductible a la cultura dominante, y también a la cultura avanzada, pero dominada, que estaba floreciendo en su tiempo.
Su proyecto de segunda independencia no se dirige sólo contra el imperialismo: se enfila también contra el orden social vigente en la América Latina. No es sólo "hacia afuera", también es "hacia adentro". La nueva independencia será una liberación nacional y social. La soberanía nacional podrá sostenerse si se interrelaciona con la soberanía popular. El Estado y la sociedad se realizarán articulándose a través de la liberación. Lo social y lo político se anudarán en la participación política efectiva masiva, democrática, cuya maduración la tornará instrumento del desarrollo múltiple de la sociedad, y garantía de los fines sociales de la revolución. Esta es popular, porque sólo "con los pobres de la tierra", con "la América trabajadora", podría tener fuerza suficiente y ser su proyecto superior al capitalismo que se construye en América Latina mediante la "modernidad" autoritaria. El proceso será una forma nueva, americana, de integrar autoctonía y universalidad.
Todos esos elementos son fundamentales en la concepción de la revolución cubana de José Martí. Ella debe mostrar el camino con su práctica, esparcir la emoción y las ideas, iniciar un nuevo tipo de revoluciones que, a la vez, aporten la fuerza necesaria para enfrentar con éxito a "la Roma americana", sean eficaces para convocar a todos (el "todos" de Martí), y sean moralmente justas y aceptables. Esas revoluciones serán la base de la "república moral" que convierta al continente en el futuro de la Humanidad.
Martí pensó, luchó y cayó no solamente por la independencia nacional, sino por la liberación nacional y social de Cuba y de América Latina.
Cien años después, se impone develar las identidades del presente y reconquistar el futuro. Opino que es vital volver a identificar al capitalismo, sus modalidades y sus modos actuales de operar. No dejarnos dominar por su triunfalismo, sus datos, su lógica, su sentido común, ni conformarnos con las críticas y las soluciones que el propio capitalismo aplica periódicamente a algunos problemas. No ser prisioneros de sus preguntas y de sus modas. La independencia de criterio ya sería un paso formidable hacia adelante. Y sustituir el autoengaño y la superficialidad por la extrema rigurosidad en los análisis de las realidades, como hacía Martí, el patriota que en cuanto a calidad no le aceptaba a la poesía la disculpa de ser patriótica. Los destinos que parecen inevitables, las relaciones que esconden sus sentidos esenciales, pueden ser --es necesario que sean-- objeto de nuestro conocimiento.
El campo popular padece una profunda y prolongada crisis. Pero también es cierto que posee un inmenso acumulado cultural, en experiencias políticas, organizaciones sociales, capacidades y sensibilidad, un potencial que no existía hace treinta años y que permite a millones de personas autoidentificarse, y reconocer situaciones y problemas. La reformulación exitosa de la política popular, opuesta al sistema, dependerá de su capacidad de ser expresión de los movimientos de resistencia y rebeldía existentes, y de las necesidades, las representaciones y los sueños de las mayorías. Tendrá que reunir gradualmente identidad, prestigio, conducción, democracia, eficiencia, construcción de hegemonía. Evitar el autoritarismo y la manipulación, aprender y enseñar, combinar lo social y lo político, lo cotidiano y lo trascendente. En suma, ser un polo atractivo y ofrecer alternativas concretas en la lucha contra el dominio cultural del capitalismo.
Los que creemos que el futuro sólo puede nacer del predominio de los vínculos de solidaridad y libertad sobre los de egoísmo, lucro, dominio e individualismo, estamos obligados a revisar y redefinir al socialismo. Ya comenzamos a saber lo que no era, cómo no es, cómo no puede ser; es preciso continuar ese trabajo hasta el final, sacar provecho a lo que costó tantos sacrificios. Y preguntarse entonces qué va a ser, cómo será, qué puede ser el socialismo. Al menos tenemos las manos --y las cabezas-- mucho más libres que antes.
Si es acertada la idea de que va a comenzar una nueva etapa histórica en el continente, la utopía --ese más allá posible-- ha de ser un instrumento decisivo para proyectar las visiones, el entusiasmo y las conductas mucho más lejos de lo que aportan los magros instrumentos del presente. La recreación de la utopía está a la orden del día. Pero ella no será mera especulación. Como siempre, guardará relaciones con el entorno humano en que se produce, y con sus necesidades. Mas ahora enfrenta la sagacidad, los recursos y la acción intencionada de los opresores, por una parte, y por otra debe engarzar las vivencias y los sueños, satisfacer el espíritu y el protagonismo de los que hasta ayer eran masa pasiva o telón de fondo.
Retomemos a José Martí, este proveedor de futuro, sempiterno subversivo, para guiarnos bien contra todas las colonizaciones, incluidas las espirituales que pretenden hacernos cómplices de la dominación. Para volver a interpretar el mundo desde nuestra América y para prefigurar su porvenir, siempre con afán de cambio, como hizo él, ahora que deben multiplicarse los intérpretes y ser muchos millones los actores que conozcan y asuman las interpretaciones. Es urgente recuperar la iniciativa intelectual. En realidad el pensamiento sólo es válido si logra elevarse sobre sus condiciones de producción, y será más fructífero si es capaz de influir sobre ellas.
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