LA JIRIBILLA
EL CANTAR DE LOS DOS JOSÉS

El primero de nuestros cumplidores: ese era José Martí para José Lezama Lima, quien, para no dejar de ser él mismo, solía repetir que en Cuba hay sólo dos Josés: José Martí en el siglo diecinueve y José Lezama Lima en el veinte.


Rogelio Riverón
| La Habana


A José Lezama Lima, poeta esencial, riesgoso y ecuánime, le gustaba la idea de que el suyo era un nombre hecho para la custodia de lo tremendo, de lo sanguíneo. Católico del último banco, como se dice en Cuba, es decir, con una traviesa inclinación a creer sin demasiadas ortodoxias, se sabía ligado a José, el carpintero santo, el padre terrenal de Dios. Y a José Martí, el Apóstol de Cuba, cuya muerte -insistió-ocurrió para nuestra salvación, como una elegante garantía del futuro de la Isla. 
Esta es una bella exageración. Incluso los más incrédulos pueden verse enamorados por esa manera de plantear una muerte, y seguir a Lezama en la reverencia filial a Martí, el poeta genésico. También, cuando he tenido lugar para creerme un elevado melancólico, he comparado a José Martí, el símbolo, con otros símbolos, es decir, con las formas torpes, cacofónicas, en que los hombres nos sentimos en deuda de amor. Pienso en Alexander Pushkin, a quien los rusos le conceden la renovación de su lengua tendida e imprevisible. O en Walt Withman, el aleph de toda la literatura norteamericana. O en Goethe, con su palabra gótica y enamoradiza. Pero hay en el cubano un dolor que lo singulariza, pues no es el del artista: no al menos exclusivamente. Martí es un misterio que nos acompaña, dijo Lezama, y de esa clave hemos sacado algunas advertencias. En primer lugar, la de la entrega. Entregarse, a qué o a quién, presupone un abandono, un saber previo, y también una contribución: la conciencia de un peligro. Saberse el elegido-no importa por quién, no importa si por sí mismo-para lograr que los cubanos por fin se reagruparan en pos de la independencia, dio unas fuerzas a José Martí y le prohibió otras, entre ellas, la de la escritura como meta, como paraíso. A los ojos de un escritor no debe haber sacrificio más grande. 
Dice Lezama: El nacer de Martí comprende el nacer de una forma del idioma y también del sacrificio, pues la opulencia de su destino y de su idioma lo cierran como un contínuo viviente, de permanente respiración. La opulencia de su destino... Confieso que me hubiera gustado robarme esa frase de Lezama.
Hay otras, generadas por una devoción que se regodeó en relecturas y en hipótesis trenzadas por Lezama, cuyo sentido de la cubanía es medular en sus paradojas. El primero de nuestros cumplidores: ese era José Martí para José Lezama Lima, quien, para no dejar de ser él mismo, solía repetir que en Cuba hay sólo dos Josés: José Martí en el siglo diecinueve y José Lezama Lima en el veinte.


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La Habana. 2002
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